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San Isidro 2019. 15 de mayo - 1.

San Isidro (1082, aprox.-1172) no supo que su iglesia le haría santo, por ser buena gente, aunque un tanto abstraído, por no decir dejado en lo que a los requerimientos de la labranza se refiere. Cuentan de él que estaba más a los rezos que a los surcos, sabiendo como sabemos que con los rezos no se pagan los recibos.

Pero la iconografía santoral católica siempre nos muestra a los santos con la mirada colgada del cielo, ausentes, colocados... embebidos en lo suyo. Se echa en falta en estas representaciones, alguna mirada al mundo real, a sus colegas que tanto les quieren y les rezan; a aquellos que los han elegido, como compañeros; más aun, como patronos de sus actividades, y sus intermediarios entre lo máximo y lo terrenal.

Solo se justificaría esa mirada si la supiéramos debida a que está elevando a Dios las súplicas que le han llegado procedentes de las familias de sus colegas.

Pero no sabemos nada.

La fiesta de San Isidro es muy evocadora porque durante siglos la han celebrado cada año centenares de familias que vivían del campo. Hoy comprobamos que en Madrona no alcanza a la docena el número de familias que viven de la agricultura y nos apena en lo más profundo de nuestro ser el saber que esto, por naturaleza, no puede ser bueno, por cuanto los campos, las tierras, el sol, el agua, las semillas, las nubes, los ciclos... siguen siendo los mismos.

 

Este es el ayudante cualificado de San Isidro. El que, ante su amo, Juan de Vargas, le sacaba las castañas del fuego por estar el otro a lo que no debía.

Y el ángel, que tiene bien visto a Dios y tiene mucho conocimiento de las cosas, no se embelesa y mira a la yunta de bueyes y a la tierra que hay que arar, porque aunque tiene alas, pisa el mismo suelo que los bueyes, mientras que Isidro, sin alas, se entrega a sus vuelos personales. (Y luego dicen que si ahora...)

Este año, por cambiar de andas al santo, no han procesionado el ángel y la yunta, y por eso les traigo a procesionar aquí, para que sepan que no hay olvido.

 

La fiesta de este año contó con nada menos que tres dulzainas, tamboril y tambor. Todo un lujo que acompañó en todo momento las ceremonias tanto intra como extramuros.

 

La calle Segovia es actualmente la elegida para esta procesión, aunque en tiempos no tan lejanos se alternaba cada año un camino distinto, para que todos los campos quedaran bendecidos.

 

Y con la música llega la danza, porque la jota castellana llama y engancha... (a quiénes tienen oído y sentido del movimiento, requisitos cuya falta disuade de ponerse a ello por una cuestión de sensatez).

 

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