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  |  Anecdotario  II    

El Tío Navarro

Probablemente el personaje más popular y apreciado de los últimos tiempos en Torredondo sea El Tío Navarro, nombre coloquial con el que la vecindad conocía y designaba al señor Valentín Velasco, casado con Vicenta Moreno, padres de Marino (casado con Inés), Pablo (padre de Lisardo, Valentín y otra hermana), y Carmen (esposa de Maxi de la Calle Santos, alcalde de Madrona desde 1955 a 1959).

Su sobrenombre se debe su proveniencia: recaló en Torredondo emigrado desde su pueblo natal, al norte de la provincia de Navarra, tal vez en calidad de rentero, o jornalero; sin embargo, su inteligencia y su capacidad de trabajo hicieron que prosperara hasta conseguir una hacienda propia; heredad que hoy mantienen sus descendientes. No obstante, además de sus cualidades intelectuales, también era conocido por las peculiaridades de su carácter.

Una de las más reseñables fue su afición, más bien pasión, por las apuestas y desafíos durante las tareas de su profesión de agricultor.

Valentín era de complexión fuerte y vigorosa; trabajaba mucho y bien, y a menudo sus apuestas tenían que ver con la superación de pruebas físicas, como las de soportar pesos, transportar sacos o cargar piedras; de carreras, de siega, de carga, de habilidades…

En palabras de su nieto, no se le ponía nada por delante. Mi padre, por la frecuencia con la tuvo que acudir a Torredondo, conoció bien a todos sus vecinos, y por supuesto trató con Valentín, al que siempre se refirió con un punto de admiración; además, su descripción coincide con la que me hizo su nieto.

Confío en que algún día pueda ampliar el número de anécdotas sobre este hombre tan peculiar.

Los gallegos y el lagarto

Debido a que la familia de mi abuelo, como otras de Madrona, tenía múltiples, aunque diminutas, tierras en Torredondo, mi padre coincidía a menudo con muchos de sus vecinos realizando las tareas propias de la agricultura. Este episodio lo conoció de primera mano, de forma presencial y por eso lo sabía y contaba con todos sus detalles.

Coordenadas espacio tiempo: paraje Los Cantos de Torredondo, una mañana de julio, hacia la mitad del siglo XX.

Una mañana de siega, a muchos grados de temperatura, Valentín Velasco y su cuadrilla de gallegos se encuentran segando en una tierra de Los Cantos. Los adultos siegan agachados con hoces y zoquetas, los rapaces, tras ellos, recogen y gavillan con sus ganchos de metal.

En un momento dado, uno de los gallegos se estira hacia arriba y llama la atención del resto de la tropilla para mostrarles lo que ha cazado: un ejemplar de lagarto común de los que pueblan estas tierras.

A Valentín enseguida se le ocurre una apuesta mientras observa al bicho que intenta escaparse como sea de las manos del gallego. Enseguida les pregunta qué se apuestan a que se lo come vivo.

Los gallegos se parten la taba por lo chocante de la ocurrencia, pero el jefe envida en firme.

- Os apuesto a que me lo como entero aquí mismo y a cambio hoy me segáis de balde y, si no lo consigo, os pago doble, - les propone.

Los gallegos se miran, se agrupan, hablan entre ellos y acuerdan que aceptan la apuesta. Todo el que participa en una apuesta es porque cree que va a ganar, claro está, y los gallegos se mantienen optimistas porque no se habían visto en otra...

Al momento, Valentín le coge el lagarto del gallego, lo sujeta por el pescuezo y del primer bocado le arranca la cabeza. Los gallegos palidecen. Con gran serenidad, la mastica y la engulle como si tal cosa, sin ningún gesto ni aspaviento, como si se tomara una croqueta.

Los gallegos no dan crédito a lo que ven y su pasmo les corta no sólo la juerga sino bastantes posibilidades de ganar la apuesta. sin embargo, aun falta mucho lagarto por tragar...

Se trata del llamado lagarto común o lagarto ocelado (Timon lepidus).

Despacio y tranquilo, Valentín sigue dándole bocados y masticando bien cada trozo de saurio sin perder una sola hebra, avanzando hacia su cola, comiéndose todas sus vísceras, patas con garras, huesos..., con un trago de agua de cuando en cuando... hasta que lo termina sin mayor contratiempo.

Los gallegos se quedaron atónitos, en completo silencio, y perdieron la apuesta sin apelación posible.

Pero Valentín, que estaba hecho de una pasta especial y tal vez, supone mi padre, que debido a que a él no le había costado ningún sobreesfuerzo, al final les perdonó una mitad de la apuesta, con lo que a la cuadrilla el espectáculo sólo le costó media jornada de siega.

Al Tío Navarro le sentó bien la ingesta y no tuvo ningún contratiempo intestinal, ni de ningún otro tipo, a causa del lagarto.

Este episodio constituye una síntesis de lo que fue este hombre. No desafiaba para obtener dinero, para abusar o para quedar por encima de nadie.

Lo hacía por dar rienda suelta a su pasión por los retos. La generosidad que mostró con los perdedores una vez ganada con total limpieza la apuesta, puso de manifiesto su categoría humana.

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La trifulca con el Tío Añejo

En otra ocasión fue El Tío Navarro quien resultó dentellado. Este episodio le llegó a mi padre de oídas y no conoció la versión larga y detallada.

El caso es que al Tío Navarro le faltaba un trozo de oreja. Se debió al desenlace que tuvo una trifulca con El Tío Añejo, vecino también de Torredondo y llamado así por ser natural del pueblo segoviano de Añe; el caso es que, en un arrebato de ira por algún desacuerdo cuyo detalle desconocemos, el de Añe se lanzó a por Valentín y de un mordisco le arrancó un trozo de oreja. No sabemos el motivo de la trifulca ni tengo otros datos, por lo que tampoco sabemos cómo saldría parado el Tío Añejo en semejante contienda contra un hombre de ese tamaño, aunque en absoluto violento.

Mi padre tampoco tenía ningún dato que hiciera pensar en revanchas del Sr. Valentín; y, además, esto sería algo que quedaba fuera de su forma de proceder. Lo más probable es que se aguantara y dejara correr el aire y el tiempo, porque su campo de batalla no era el personal, sino la superación del mundo de los elementos y sus físicas, la conquista de retos.

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Fernando AYUSO CAÑAS. diciembre 2018

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