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  |  Anecdotario  IV     

Ruedas y centellas

Juan Callejo Valverde, conocido aquí como Juanito Relámpago o Relámpago, en función de las prisas de la conversación, fue una persona con la que todos de mi familia, por tener el bar tan próximo a su casa y por congeniar de una forma especial, tuvimos muchísima relación. Siempre veníai a nuestro bar. A él no le disgustaba que le nombraran así, por lo que este era el nombre con el que nos entendíamos.

Aparece en esta sección por méritos propios y, de entre ellos, me complazco en poner de manifiesto aquellos que más transcendencia social alcanzaron, al menos en el entorno en el que él se desenvolvía.

Procedía de una familia de resineros en Mozoncillo y vino como encargado de la propiedad de Celia Hernández Gil en Paredones, heredada de su padre, Agustín Hernández Vinuesa; en concreto la mitad de todo su término y diversas edificaciones de Bernuy de Palacios y Madrona, entre ellas La Casona.

Relámpago tuvo una vida tal vez corta aunque muy intensa en muchos sentidos, pero el que más me interesa aquí no es el personal sino el social.

Llegó a Madrona con sus dos hijas Milagros y Máxima a principios de la década de los sesenta e instalaron su vivienda en La Casona (los únicos conocidos que han vivido en ella), un complejo de edificios que ocupaba una gran manzana en el centro del pueblo y que contaba incluso con un torreón, aunque todo ello de construcción simple y de mala calidad.

En la época que llegó Juan, en Madrona no habría más de media docena de automóviles.

La historia del automovilismo en este lugar se inicia hacia 1956 con los hermanos Sonlleva Antón, Serviliano y Dionisio, con unos primeros coches de la marca Citroën, con esa silueta en negro, primigenia, de coche clásico.

A ellos se añadió el de Manolo el de la Teo, pero Manolo, no sabemos el porqué, se orilló demasiado a la cuneta y volcó sobre la cuesta que baja a la Calle de la Fuente, enfrente de la casa de Paulino y, como dio alguna vuelta de campana, no recuerdo si el vehículo volvió a su ser o tuvo que retirarlo.

Al poco trajeron sendos vehículos los hermanos hortelanos Ángel y Mariano Sacristán Sanz y su cuñado Carlos González; se trataba del primer modelo de las furgonetas DKW. Les siguieron los Citroën de Vicente Esteban, panadero, y Vicente Ayuso, para su bar. Y hay que contar también con Militino de Pedro Pérez, que enseguida se incorporó a esta ola, pequeña ola, e incluso llegó a diseñar y construir un prototipo de biscuter que sólo se pudo ver en su taller.

Aunque parezca un hecho extraordinario, la vida era posible sin coches y, después, también lo fue con pocos coches. Relámpago manejó desde el primer momento un Land Rover de gasoil que lo utilizaba a su conveniencia, pero sobre todo para los trayectos hacia y por el caserío de Paredones. Enseguida añadió otro coche, un Renault 10 verde que, como recordamos, llevaba el motor atrás y resultó, como su hermano el R-8, muy inseguro, y por ello a ambos modelos les adjudicaron el nombre de el coche de las viudas.

De otra parte, vivir en la Plaza de la Constitución era como estar en la primera fila de un teatro y nos daba la oportunidad de conocer de primera mano muchos aspectos del acontecer de la vecindad.

Uno de los que se daba con cierta frecuencia era la necesidad de cualquier vecino de acudir a la ciudad por temas de salud, fallecimientos y otros compromisos ineludibles y apremiantes que podían surgir a cualquier hora del día. En estos casos, los afectados sabían dos cosas, a la que después se añadiría otra, la más decisoria: sabían que Juanito tenía vehículo y sabían que por su forma de ser podían confiar en que les haría el favor de acercarles a la ciudad. Relámpago, además de buena persona, tenía un don especial para la empatía con las gentes más desfavorecidas y, que yo sepa, nunca le negó un favor a nadie. Sin embargo, esta forma de ser en un pueblo y una época con tantas necesidades conlleva el riesgo que todos sabemos. El contagio y abuso. O como decimos aquí, la gente se arregosta….

¿Cómo lo hizo Relámpago para evitar probables abusos? No hizo nada.

El tráfico de favores se reguló solo debido al tercer factor que faltaba por conocer. La mayoría, o puede que ninguno, de los vecinos que le pidieron ese primer favor no repitieron; por decisión propia y sin ninguna interferencia exterior. Y es que Relámpago no se desplazaba con los vehículos, sino que los hacía volar. Tal vez fuera porque tenía pasión por la velocidad, o simplemente que no concebía la lentitud sobre ruedas, el caso es que esa forma de conducir por la que se le adjudicó ese sobrenombre, hizo que prácticamente nadie quisiera subir en ninguno de sus vehículos, porque el miedo que pasaban en el trayecto no les compensaba en ninguna forma. La certeza de que este hombre llevaba los vehículos a tope, a pesar del estado de las carreteras en aquel tiempo, fue algo que nadie rebatió . De la misma manera que lo de pasar miedo de veras a bordo de sus vehículos tampoco fue cuestionado por cualquiera que hubiera probado algún trayecto... aunque fuera corto.

Se perdonaba la rosquilla por el coscorrón, por lo que esto suponía un filtro muy eficaz contra el arregoste.

Otra faceta que llegué a conocer bien de él fue la de los tratos con mi padre sobre cerdos y leña. Él a mi padre le compraba leña de encina, cortada a medida, y éste a su vez le compraba cada invierno muchos de los gorrinos que se sacrificaban en mi casa con destino a la venta de su carne y derivados.

En ninguno de los cientos de tratos que hicieron vi que surgieran discrepancias, quejas, o algo que perturbara en lo más mínimo la cordialidad, incluyo alegría, con la que realizaban estos acuerdos en un tiempo record. La confianza entre ambos era extrema. A mi padre le gustaba proponer el cálculo del peso de cada ejemplar por un alto, para ahorrarse el trámite de tener que pesarlos a romana y a Relámpago también le iba esa marcha, así que así lo convenían, pero al final no se ahorraban las molestias de cogerlos y sujetarlos para el pesaje y terminaban pesándolos a ver quién se había aproximado más. Los kilos supuestos y convenidos siempre quedaban inmediatos a los reales y prevalecían sobre éstos. Y con la leña lo mismo.

Foto del año 1967 ó 68 tomada en uno de los corrales de La Casona. De izquierda a derecha:

- - Emiliano Cañas Llorente -- Máxima Callejo Ruano - - Natalio Ayuso Bernardo - - Felisa Cañas Antón (batiendo en un puchero la sangre caliente de los animales, para que no se cuajara, porque se emplearía después para hacer morcillas)- - Olegario Martínez Zurdo -- Milagros Callejo Ruano -- Lauro Ayuso de la Calle - - Vicente Martínez Zurdo - - Juan Callejo Valverde Relámpago.

(los cerdos, todavía con la cuerda de pesarlos en romana; y en el tajón, licores que nunca faltaban para este momento...)


A pesar de esa forma de conducir, que aplicaba a cualquier vehículo en todo momento y lugar, nunca sufrió un solo accidente, incluso con el arriesgado R-10. Pero sí encontró su final en un episodio con otro vehículo, en este caso un tractor. Fue un 6 de octubre de 1971, día soleado y cálido, en el que se encontraba arando en el término de Bernuy en una ladera con un tractor sin cabina. El tractor volcó y le pilló debajo. Fue un accidente que conmocionó al pueblo debido a la gran estima en la que numerosos vecinos siempre le tuvimos.

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Fernando AYUSO CAÑAS. enero 2019

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