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  |   Anecdotario  VII     

Supervivencia y cotidianidad con Cipriano Sancho Bernardo

Muerte y resurección en el frente de guerra

Este es un episodio vital del que su protagonista habló sólo en contadas ocasiones. Por una razón muy comprensible: lo pasó tan mal, que contarlo le suponía cierta forma de revivirlo; y lo que menos quería era eso, revivirlo. Aunque su relato aparece en esta sección de El Soportal, no es, en sentido propio, una anécdota, sino un trance.

Nos trasladamos por un momento a un campo de batalla de la guerra civil española, en tierras de Extremadura, lugar donde se libraron enfrentamientos muy duros, sangrientos y con multitud de muertos por ambas partes. De Madrona no fueron muchos los soldados que llegaron a combatir en trincheras, a disparar con el fusil Mauser de repetición (el chopo) hacia un enemigo real, cercano, y que asimismo dispara contra ti porque, aunque no te conozca de nada, ni tenga ninguna cuenta particular que saldar contigo, quiere matarte a toda costa y hacerte desaparecer sin contemplaciones.

A nuestro convecino Cipriano Sancho Bernardo le cayeron varios años de mili obligatoria y una buena parte de ese tiempo lo pasó en el frente, disparando y recibiendo balas reales. Era la guerra en estado puro, con sus miserias, calamidades, sinsentidos..., con su sangre y desolación... y, sobre todo, con la certeza de que tu vida no vale nada; de ahí la expresión eres carne de cañón... hoy estás vivo, pero es muy probable que en un instante ya no lo estés... y eso sí es para siempre. No tenemos noticia de que haya otras vidas.

Este suceso ocurrió en uno de los días más cruentos. Hubo combates y refriegas que extendieron los cadáveres de ambos bandos por doquier. Casi al final de uno uno de los combates, un pequeño grupo de sobrevivientes de la compañía de Cipriano se había puesto a cubierto del fuego enemigo en el resguardo de una loma, a esperar el final de los tiros y explosiones.

Cuando recobraron el resuello y pudieron hablar, relataron los daños, muertes y heridos que ellos habían visto o sabían. Fueron repasando todos los nombres y, según pusieron de manifiesto, una gran parte de los componentes de esa compañía habían muerto.

- ¿Y Cipriano Sancho, el de Madrona? - dijo uno, también de Segovia.

- Del grupo de Cipriano no ha quedado nadie - afirmó otro con total rotundidad.

En ese momento y, dado que varios de estos supervivientes le conocían bien por ser de Segovia, iniciaron como un duelo particular, sincero y auténtico. La certeza de esta muerte les sobrecogió porque Cipriano era, ante todo, un buen tipo; alguien en quien se puede confiar sin reparos; un paisano considerado y apreciado por su nobleza.

Transcurridas varias horas, cesaron los disparos y las explosiones; se aproximaba la noche, por lo que decidieron abandonar esa ratonera para volver al campamento base con el menor riesgo posible. Allí les confirmaron de forma oficial la muerte de Cipriano.

Aunque siempre queda alguna esperanza, por remota que parezca, el tiempo transcurrido tras este demoledor combate sin que llegaran otras noticias que lo desmintieran, o de alguna manera lo cuestionaran, corroboró las muertes (bajas en términos militares) de todos los compañeros y conocidos que ellos habían nombrado. Incluido Cipriano.

Poco después del amanecer del nuevo día, a estos y otros supervivientes les envían nuevamente a sus trincheras; en ellas se refugian, pero permanecen tristes, callados y abatidos como nunca antes han estado. Todavía no ha empezado la balacera. En un momento dado, alguien que llega por un lateral del foso se detiene y permanece mirándolos fijamente. Los soldados del grupo se quedan pasmados al comprobar el estado físico del aparecido, cuya identidad no pueden reconocer a simple vista. El sobrevenido se percata de que no lo reconocen y, a pesar del desmayo que arrastra, por fin habla:

- Que soy yo….

- ¿Y quién eres tú?

- ¿Pero es que no me conocéis?, ¡pero, la ostren, que soy Cipriano… !

Relató Cipriano muchos años después que no sabe si fue por las trazas que llevaba, con la ropa destrozada, sucio, descompuesto y en verdad irreconocible, o fuera debido incluso a que parecía que les había sentado mal la interrupción de un duelo ya asignado, asumido y definitivo..., el caso es que se quedaron bloqueados, atónitos… no sabían bien si eran visiones suyas, una aparición, un espectro, una suplantación…, el caso es que tardaron en reaccionar y sólo cuando comprobaron con sus propios ojos que aquello que tenían delante, a modo de despojo, era en verdad su amigo y compañero Cipriano, empezaron a dar muestras, aunque contenidas, de alegría, aunque fuera con lágrimas en los ojos.

Y así es como Cipriano figuró y salió del registro de los muertos (caídos en la terminología bélica de los sublevados) en un frente de batalla de Extremadura.

No puedo acordarme, si es que lo detalló, de lo que pasó este hombre durante y después de la refriega, cómo logró salvarse, cómo pasó la noche y todo el tiempo en el que se le dio por muerto; cómo acertó con el camino de vuelta y encontrar la trinchera después de más de una jornada perdido o escondido, sin agua ni alimento…

Pero como en los designios de su destino no constaba que debiera morir en aquel infierno, logró superar las incontables adversidades de la guerra y, una vez acabada, volver a su casa salvo, aunque no sano.

Contaron su familiares, y los vecinos así lo vieron, que después de tanto tiempo en el frente de guerra volvió muy desmejorado tanto física como psicológicamente. Tan profundos fueron los daños, que tuvieron que pasar varios años para que Cipriano recuperara la personalidad que por naturaleza le correspondía. Volver a quien había sido antes de vestir el traje militar y partir hacia la guerra.

De otra parte, la vida que le esperaba, en la famosa postguerra, tampoco iba a ser un camino de rosas; con eso también contaba, pero al menos dejaría de oír el silbido de las balas sobre su cabeza, el estallido de los morteros; el olor de la carne quemada, las esquirlas de la metralla en su cuerpo... dejaría de ver jóvenes abatidos, extensiones de sangre y desolación.

En Madrona se incorporó, como mayor de siete hermanos, a las tareas y responsabilidades que te vienen dadas por ocupar ese lugar en el orden de nacimientos dentro de una familia agraria, en ella cumplió los cometidos que llegan con el devenir de los días con la bondad y nobleza que siempre tuvo.

Priscila Migueláñez Mateos y Cipriano Sancho Bernardo en el día de su boda.
Imagen procedente de un álbum familiar.

Yo lo conocí ya hacia la mitad de su vida, ya con su familia formada, y creo que lo conocí bien, más que por el bar, que no lo frecuentaba, por la gran cantidad de tratos de palabra que realizó con mi padre en torno a la leña, y también sobre compraventa de cerdos para matanzas. Con su hijo Julio y su mágica mesa con disco movido por la toma de fuerza del tractor Ebro, hemos serrado en varias plazas de Madrona o en el monte, decenas de toneladas de troncos de chaparro y ramas de encina cortados por mi padre en los montes de Escobar y Guijasalbas. Del mismo modo, también ha transportado muchos remolques de cisco con destino a la ciudad y otros tantos de leña hacia el pueblo.

Presencié muchos de esos tratos, silenciosos, muy rápidos, sencillos, sin chalanería… jamás hubo la más mínima discrepancia sobre ningún aspecto, convenido o no, porque todo se llevaba en perfecta colaboración y armonía, y todavía hoy me maravillo de lo que las personas pueden conseguir y cómo pueden funcionar cuando ninguno pretende un aprovechamiento o ventaja a costa de otro.

* * *

No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo...

La vida también proporciona sucesos, incluso en medio de la tristeza, que hay que tomar en clave de humor, porque no admiten otras interpretaciones y parecen enviados con el propósito de no volvernos locos; o tal vez volvernos del todo y convertirnos en otra cosa.

Estos episodios también están protagonizados por Cipriano, pero su contenido está muy alejado, por fortuna, del precedente. Nos trasladamos a un día luminoso de un año de los finales de los 60. Habría en Madrona, como ya tenemos dicho, media docena de coches, algunos tractores y numerosas bicis. Cipriano acaba de estrenar una bici y uno del pueblo, al verlo pasar subido en su flamante vehículo, le suelta sorprendido y con admiración:

- Hay que ver Cipriano, como has prosperado, que te has comprado una bici nueva.

- Pues no es como tu dices, no; porque precisamente me la he comprado para prosperar... - le responde Cipriano con la sorna, serenidad y firmeza que le siempre le acompañaron.

* * *

Enigmático magnetismo

Al poco de estrenar su bici, una mañana se dirige Cipriano por la Calle Cantarranas (Calle del Barrio Abajo, en terminología local) hacia su nave del Camino de La Alamilla, para realizar sus rutinas diarias. En esos momentos también hay otra persona que viene de Segovia y va a entrar al pueblo por el otro extremo de la misma calle, y subido asimismo en otra bici. Se trata de nuestro convecino Primi, Primitivo de Miguelsanz Marinas, hijo de Primitivo y de Sofía.

Primi recorre los ocho kilómetros de ida hasta la ciudad de Segovia, y otros tantos de vuelta, porque allí ha de acudir a sus clases de aprendizaje del oficio de sastre, ocupación de la que después vivirá desempeñándola en Madrid.

Todos en Madrona admiraron en aquel tiempo a Primi porque para él, el realizar esos trayectos en bici no era como para los demás. Primi es cojo y no podía de ninguna manera dar pedales con las dos piernas; tampoco existían bicicletas especiales para estos casos, por lo que, en una bici corriente y moliente, se las apañaba colgando la pierna mala en la barra, con una cuerda o correa, en posición horizontal, mientras que con la buena pedaleaba y subía cuestas. Sin cambios para ayudar en los desarrollos, con un solo piñón y un solo plato en su bici de hierro, como todas. Lo que los estudiantes hicimos con dos piernas sobre nuestras bicis para ir al instituto a Segovia, él debía realizarlo con una sola. Por eso entendíamos a la perfección su sacrificio y su mérito por superarlo.

Primi conversa, el día 27 de este pasado mes de julio, con Carlos Bernardo Fuentes, el día de la Marcha a paso pastor.

Por lo tanto el escenario es la Calle Cantarranas, libre de todo tráfico, desierta, sin obstáculos, con la calzada completamente despejada y a plena luz del día. Ambos ciclistas se ven a distancia y se van acercando hacia la mitad de la calle, pero bastante antes de cruzarse, y yendo cada cual por su derecha, Cipriano exclama:

- ¡¡Aparta Primi, aparta!!

No concebimos de qué quería Cipriano que se apartara Primi, teniendo toda la calle en exclusiva para ellos dos, pero Primi le grita desde la distancia, tal vez por el barrunte de cierta posibilidad de conflicto:

- ¡¡No jodas, Cipriano, tu sigue por tu derecha!!

Cada uno de ellos avanza a su ritmo habitual, más bien lento, pero, cuando faltan escasos metros para cruzarse, ambos, como dirigidos e impulsados por una fuerza superior e incontestable se desvían de su itinerario para acabar chocándose frontalmente y con cierto estruendo, en mitad de la calzada...

Aunque los dos se cayeron al suelo, los daños personales fueron más leves que los de las bicis, que sufrieron varios desperfectos. Lo que sí hubo, a partir de aquel momento, y se mantiene hasta ahora, es el despipote general (o más bien descojone) que produce entre quienes escuchan el relato de esta anécdota, la cual pasó a formar parte del acerbo humorístico general de Madrona.

De otra parte, a fecha de hoy nadie ha podido descifrar cómo se produjo o de dónde vino aquel magnetismo, tal vez cósmico, por el cual, siendo cargas del mismo signo, Cipriano y Primi se atrajeron hacia un encuentro violento, frontal y perfecto con sus elementales vehículos de dos ruedas.

(Esta es la versión que yo tenía escuchada en las múltiples transmisiones verbales pero, desde octubre de 2020, puedo ofrecer la verdadera, contada por uno de los protagonistas, y que figura en esta sección con el número XXVI. Se puede leer en el enlace que sigue).

Versión oficial autorizada, contada por Primi

* * *

Las cepas para Aure

Mi padre me contó otra anécdota de un lance que presenció, leve, pero simpático, también protagonizado por Cipriano, en el que nos lo descubre en su faceta tunante, o pícara, que también utilizaba para según qué momentos.

El escenario en esta ocasión es el Soto de la Grajera (El Soto, como le nombramos aquí). Varios vecinos de Madrona han formado grupos para cortar leña de los fresnos con destino a las escuelas y al Ayuntamiento. Fue costumbre secular, desde tiempo inmemorial, el que los labradores de Madrona, a cambio de los beneficios obtenidos del soto, propiedad del común de vecinos, hicieran prestaciones y trabajos para el conjunto de la vecindad, y, entre los muchos que realizaban, se encontraba el de aprovisionar de leña a las escuelas, al Concejo, a la casa parroquial... etc.. En estas actividades siempre se trabajaba en grupos coordinados.

En el grupo de Cipriano están mi padre y Aure, (Aureliano Bernardo, casado con Petra) y creo que ninguno más. Aure creo que es el menor de los tres y siempre ha sido y es, tal como lo dijo Machado, en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno. En aquella, época, sobre la década de los 60, era joven, vigoroso y hábil.

En la suerte (conjunto de árboles para arreglar) que les ha tocado, ha entrado el derribo de un fresno, por enfermo, al que han de extraer en su totalidad; es decir, con cepa incluida. Los tres hacen todas las tareas con las ramas de las otras cabezas (copas) de los fresnos, como las de cortar, destaladar, desmenuzar... también han serrado el tronco del árbol enfermo, por lo que sólo falta entrevistarse con su buena cepa. Cualquiera que entienda de leña sabe que las cepas son lo más desagradable y trabajoso de tratar. Son duras, irregulares en sus líneas de crecimiento y llenas de nudos. Para trocearlos se requiere una maza, varias cuñas de hierro y las hachas más pesadas y toscas, porque las cepas suelen contener cantos y arena, y no merece la pena que se mellen las nuevas, o las buenas.

Se requiere asimismo entender el trenzado de hebras interiores, las vetas y la dirección de los nudos de la cepa, para atacarla por la parte más vulnerable con el fin de no trabajar en balde. Aun así, las cepas hacen sudar a todos los que la negocian (la entran, en terminología local).

Mientras los tres la miran y remiran para ver por dónde entrarla de la forma más eficaz, Aure, sin decir nada, se arranca y se pone el solo a la tarea mientras los otros dos observan en silencio. De cuando en cuando Cipriano le anima:

- La ostren, vaya bocaos que saca el tío...

Llega el momento en que Aure se detiene, se estira y espera porque ya ha cumplido de sobra el tiempo para recibir un relevo. Cipriano aprovecha ese momento de silencio y, en un tono sosegado pero de admiración, dice:

- Joder con Aure, qué bien se le da esto de rajar cepas. Nunca he visto a nadie con esa maña..., la leche cana...

A Aure le gusta tanto el halago que, sin enconmendarse a nadie, se ensaliva las manos y prosigue la tarea de cuñas, maza y hacha. Mi padre con el gario recoge ramas (o hace que las mueve, al menos), por no estar mirando tanto tiempo y Cipriano se mueve alrededor de la cepa, escudriñándola y animando de cuando en cuando al leñador.

Aure se ha venido tan arriba que no da pie a que le releve nadie. Los otros dos tampoco hacen ninguna intención, por lo que llega un momento en que él solo se ha ventilado la cepa.

-Se ha dao bien, sí -dice Cipriano.

Aure, de natural reservado, está sudando pero no dice nada; tan solo se limita a descansar.

Ni mi padre ni Cipriano, que, a tenor de cómo contaban la historieta, se mirarían como dos cómplices, comentan nada más en esa tarde sobre la cepa. Ni lo comentarán jamás con nadie; por eso esta anécdota no forma parte de la transmisión verbal. Eso sí, entre ellos, sin más escuchantes (conmigo como excepción) la han rememorado decenas de veces para echarse unas risas.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Septiembre 2019

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