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  |   Anecdotario  VIII     

Agradecimientos

En una mañana de invierno, un tipo de El Espinar de cuyo nombre mejor no acordarse, se dirige a mi padre, que está en su bar, para pedirle un favor: "que le ayude" o "le echen una mano", para matar un gorrino y prepararlo para llevárselo él luego a su pueblo, limpio, ya en canal. En realidad no recuerdo bien si era uno o eran dos cerdos. Vamos a poner uno, de momento, aunque al final veremos cómo de todas formas hay que añadir Otro.

Mi padre no conoce a este tipo; tampoco tiene porqué, pero, dado que mi madre es de El Espinar y allí tenemos mucha familia, le podía sonar de algo, o recordar su cara… pero no. Aun así, mi padre le dice que bueno, por qué no.

Quien solicita la "ayuda" no se ha traído herramientas para tal operación, como cuchillos, piedras de afilar, deslabón, raspadores, escobas, plataforma de madera para subir al cerdo una vez limpio, cubos… tampoco paja para chamuscar al cerdo… ha llegado en su furgoneta con una mano delante y otra detrás.

Mi padre llama a mi tío Emiliano (Emiliano Cañas Llorente), labrador ya jubilado, hombre de carácter sosegado, de muy pocas palabras pero enorme trabajador… con el cual tiene un convenio no escrito (de los incontables que se suscriben y perfeccionan en el pueblo a diario) por el que mi tío siempre está disponible y dispuesto a colaborar con mi padre en cualquier tarea que pueda desempeñar pero, sobre todo, en las de las matanzas. En mi casa algunos inviernos hemos llegado a matar más de ochenta cerdos, comprados a los ganaderos de Madrona y sacrificados en sus corrales o calles, para, una vez destazados, vender a los clientes sus derivados. También viene con nosotros cuando vamos al monte, donde se dedica a la tarea de destaladar chaparros que corta mi padre. Al final de cada prestación, mi padre le entregaba una cantidad de dinero que yo nunca supe ni quise preguntar, aunque me consta la conformidad por ambas partes, dado el larguísimo tiempo que estuvieron en este entendimiento.

Llega mi Tío Emiliano y se dirigen con la carretilla cargada de cachivaches, al corral de quien le ha vendido el cerdo. Todo el grueso (y lo fino también) de la operación la desempeñan ellos dos, porque el "Otro" ni lo huele ni lo quiere oler. Tan solo se ha limitado a sujetar al cerdo por una pata cuando estaba ya le habían subido al tajón.

Continúan con el chamuscado, el limpiado, el raído de la corteza… después el colgarlo y extracción de vísceras, su lavado…

En primer término, mi padre; a su derecha mi tío Emiliano Cañas; tras el humo, mi tío Adelardo García, El Tío Aye, con su casa de fachada esgrafiada a su espalda.
En la fase de chamuscado de los cerdos, en el ensanche de la Calle Norte.

Acabadas estas tareas, ambos ayudan al "Otro" a cargar todo en su furgoneta. Una vez cargado todo, con cierta prisa por su parte, de forma excesivamente amable, se acerca a mi tío Emiliano y le dice:

- Mil gracias, eh?, de verdad.

Sube con rapidez a su vehículo y sale escopeteado hacia su pueblo.

Tanto mi padre como como mi tío se quedan atónitos; pasmados por la desvergüenza de un tipo que ni siquiera ha preguntado por el precio de los servicios de toda la operación. Como tampoco se ha dignado a invitarles u obsequiarles con algo. El precio lo ha establecido él: cero dinero, cero invitaciones, cero obsequios… el más absoluto de los ceros.

Pero los burlados no se dicen nada.

Con el mismo silencio se ponen a recoger trastos y limpiar los cuchillos, que después habrá que fregar, las escobas y todo el material utilizado.

Una vez en el bar, mi padre se quita el mono azul y le pone un vaso de vino y algo de comer a mi tío (tal vez para que se reponga...).

Mi tío, pasados unos minutos apocado y en silencio, le dice a mi padre con toda solemnidad:

- Mira Lauro, he pensado que, para mí solo, las mil gracias va a ser mucho. Así que si no te parece mal, yo me quedo con quinientas y las otras quinientas te las quedas tú.

Mi padre, con la misma serenidad le contesta:

- Bueno, eso ya es otra cosa…

Aquel tipo nunca más se dejó ver por Madrona, y nunca más se supo.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Septiembre 2019

Anecdotario
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