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  |   Anecdotario  IX    

Ernesto apuesta

Me recuerdan algunos amigos que mi padre contaba muchas veces una anécdota de Ernesto, que tuvo lugar de forma repetida, en la taberna. Y es cierto porque yo la oí en varias ocasiones.

Se refieren a Ernesto Bernardo Bravo, hijo de Mariano Bernardo Ayuso (El Tío Marianito) y Ana Bravo Arribas, familia muy apreciada en Madrona.

Los años 40, de postguerra victoriosa, fueron muy difíciles en toda España. Y Madrona no fueu una excepción. Pero la vida seguía porque está en su naturaleza el abrirse camino a costa de lo que sea. Por las fechas de las bodas, calculo que la podemos situar sobre el año 1942.

Ha sido una costumbre, mantenida incluso hasta hace poco, la de que los novios, no el genérico, sino sólo ellos, los domingos (luego también los sábados), después de despedirse de sus novias a la puerta de su casa, se reunieran en la taberna a prolongar el ocio nocturno participando en tertulias amistosas. Ernesto fue quinto y amigo de mi padre, y puede que esta costumbre la ejercitaran en la taberna del Tío Anastasio, (en la que yo descubrí un domingo el asombroso sabor de las aceitunas rellenas de anchoa, descubrimiento en el que me deleito cada vez que las tomo…); en la contigua del Tío Heliodoro, o en la inmediata del Tío Frutos. Porque funcionaron de forma simultánea estas tres que son casi linderas.

( Ver relación en este enlace: http://elsoportal.avmadrona.com/mcyn13_iglesia.htm

Ernesto también participaba de esta práctica general, aunque con una particularidad: cada vez que la cosa no había ido del todo bien con Emilia (Emilia Otero de las Heras), su novia y después esposa, entraba ofuscado, con bastante cabreo contenido. Pero, para descomprimirlo, para airearlo, nada más entrar en la taberna, se apoyaba en la barra y, dirigiéndose a la concurrencia en general, alzaba la voz para difundir su apuesta:

- ¡Si alguien me paga un litro de vino, me lo bebo de un trago!.

Esa fue la frase exacta con la que la tantas veces planteó su reto. Con su propuesta se entendía bien a las claras que, si no lo conseguía, debía de pagar su litro no terminado y otro más para el, o los, los apostantes ganadores.

Siempre encontró apostantes.

Por una razón simple: cada vez que apostaba perdía. En consecuencia, cada cabreo con Emilia tenía un coste añadido, porque Ernesto nunca terminaba de beberse un litro de vino de un solo trago. Jamás lo consiguió, por lo que deducimos que, en cada ocasión, serían dos los malos tragos.

La pregunta es inevitable, ¿por qué, a sabiendas de que va a perder, insiste en la apuesta? porque, por lo visto, los enfados que la motivaban eran habituales.

Hay dos explicaciones que podrían acercarnos a la verdad. Ambas son concurrentes, por lo que cada cual las puede combinar en las proporciones que mejor crea.

Una es la de que en ese lance encontraba un motivo de desahogo. Sin más. Es fácil imaginar que, entre trago va y trago viene, hablarían de sus cosas.

Otra, también con su peso específico, está relacionada directamente con su apellido: Bernardo. En Madrona todos sabemos algunas características que comparten quienes llevan este apellido, siendo tal vez la más acreditada la del tesón; aunque aquí se dice, con todo el cariño del mundo, la de ser cabezotas o testarudos a más no poder.

Nos quedamos, en cualquier caso, con el hecho de que en las tertulias de aquellas tabernas, a la tenue luz de una triste bombilla, tal vez un farol, también afloraban risas y esperanzas en plena travesía por la crudeza y la severidad de la vida en aquel tiempo.

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Ernesto y las ruedas

La vida está llena de contradicciones, sinsentidos, mezclas y superposiciones entre el dolor y la alegría… que tal vez por su carácter de incomprensibles e impredecibles la hacen más interesante o más patética, según los casos.

Esta reflexión se debía hacer mi padre cada vez que comentaba, pensaba en voz alta, más bien, un triste suceso que le ocurrió a su amigo Ernesto, aquí, en Madrona y a principios del presente siglo.

Ernesto fue guardia urbano de tráfico en Madrid durante muchos años; de esos que con un casco blanco se plantaban en mitad de una plaza o una avenida y dirigían a los vehículos, que ya eran muchos, sin ayuda de semáforos u otros medios mecánicos.

Una profesión dura y desagradable, porque se desarrollaba entre humos, gases y ruidos. Sufrían, asimismo, las inclemencias del tiempo, con sus temperaturas extremas y todas las peculiaridades meteorológicas. Pero fue, sobre todo, una actividad de alto riesgo, por cuanto estaban casi en contacto con todo tipo de vehículos: camiones, autobuses, trolebuses, turismos, motos, carromatos… algunos de los cuales pasaban inmediatos a estos agentes, con el peligro que ello supone.



Guardias urbanos de tráfico antes de implantarse los semáforos.

Aun así, no nos consta que en el desempeño de este oficio de riesgo tuviera Ernesto algún incidente. Tuvo suerte.

Llegó a la jubilación sano y salvo y pasaba en Madrona largas temporadas. Una mañana de verano, en uno de sus rutinarios paseos al Soto, camina tranquilamente al lado de Emilia por la izquierda de la carretera desierta, sin tráfico, cuando, inopinadamente y sin que les de tiempo a una mínima prevención, un chaval con una bici choca de pleno contra él, lo derriba y le causa heridas graves. Lo ingresan en el complejo hospitalario de Segovia y le diagnostican la rotura de varios huesos, por lo que debe permanecer hospitalizado un largo periodo. Afortunadamente, su recuperación fue sólo cosa de tiempo, sin que quedaran secuelas.

Pero a mi padre, esta paradoja de su amigo siempre le pareció sorprendente y la sintetizaba así:

- Hay que joderse, este Ernesto, -recordaba- que se pasa la vida en Madrid, entre camiones, autobuses, coches, motos…, que pasan casi rozándole, y no le tocan ni un pelo… llega a Madrona y, paseando tranquilamente con la Emilia, una bici se lo lleva por delante y lo esguardamilla…

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Fernando AYUSO CAÑAS. Octubre 2019

Anecdotario
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Perico y la granja familiar