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Perico y la granja familiar

Tradicionalmente, y hasta varios años después de la mecanización agraria, en casi todas las casas de Madrona se criaban animales para ayudar a la economía familiar: cerdos, terneros... u otros menores como conejos y gallinas.

Cuando se producía un nacimiento, o la gallina sacaba adelante todos los polluelos de la incubación, la familia decidía si los criaría para aumentar la cabaña de la granja familiar, o bien los sacrificaría con destino a la mesa, dependiendo del momento y la conveniencia.

Las conversaciones entre los mayores de la familia sobre qué hacer con los animalillos sobrevenidos, eran habituales en aquel tiempo y yo las he escuchado cientos de veces con total naturalidad, aunque con un único deseo: de pequeños siempre queríamos tener cuantos más animales mejor, porque nos gustaba acompañarles en su crecimiento y también porque nos servían como diversión.

En la casa de Pedro González Ituero, Perico, también tenían animales de granja. En el tiempo que ocurrió la anécdota no sé con exactitud cuáles ni cuántos, pero los tenían.

Después de Perico, la familia, que ya contaba con los cuatro hermanos: Antonio, Jesús, José Luis y Perico, aumentó en dos de una sola vez con la llegada de las mellizas Fuencis y Sevita.

Perico, cuando contaba con unos cuatro años, tal vez dos más que las mellizas, cada día las veía crecer a su lado, pero no había oído nada al respecto de lo que la familia decidiría sobre ellas, en contraposición con lo que sí escuchaba en relación con los otros componentes de la familia granjera. Eso le debió preocupar, porque pasaba el tiempo... Fuencis y Sevita continuaban creciendo... allí no se producía ningún cambio... y él seguía sin saber nada.

Así que un día decide salir de dudas y, cuando encuentra el momento propicio, con las mellizas revoloteando como dos pollitas en la cocina, le pregunta a su madre:

- ¿Las vamos a criar...?

Fotografía que podemos situar en 1961, recién acabada La Pista

De derecha a izquierda: Felisa Ituero (Felisa de Plácido); Rosa Bernardo, (soslayamos a los tres anónimos metropolitanos dueños de la cámara, que pararon su 600 en La Pista, para hacerse una foto pintoresca) y los críos: Carlos Bernardo, Periquín (hijo de Felisa y Plácido), Jose Bernardo y, a su derecha, quien esto escribe, con un pantalón de peto de los que me hacía mi madre.
(me acuerdo de que el pantalón era muy bonito, pero con un fallo estructural que mi madre no detectó: no tenía bragueta y para mear, como tenía que hacer una maniobra con los tirantes y bajarme todo el atalaje, tardaba mucho más que los compañeros y, además, no meaba igual que ellos; inconvenientes que no te puedes permitir cuando funcionas en panda. No lo quería ni en pintura)

Estamos , en las Eras de El Plantío. A Carlos y Jose siempre les hemos conocido por el nombre de Los Mellizos y, además, a cada uno de ellos siempre se le ha nombrado como Jose el Mellizo y Carlos el Mellizo, algo que les libró de motes, aunque no al cien por cien.

Siguiendo con los nombres, por lo que respecta a Periquín, llegó a Perico puede que cuando tomara la primera comunión, pero, como Perico el del Tío Aurelio, entre nosotros nunca pasó a Pedro. Cosas de los pueblos.

Después, por dolorosos designios del destino, muy difíciles de asumir, porque no los podemos entender, ni descifrar, ni encajar, Perico y Jose nos dejaron antes de tiempo, y quiero que sirvan estas letras para enviarles, allí donde estuvieren, nuestro vivo recuerdo y todo el afecto que supieron merecer.

Jesús González Ituero, hermano de Perico, también nos dejó antes de tiempo, pero en este caso se trató de uno de los cientos de asesinatos infames del nacionalismo vasco, en concreto ETA (los chicos de la gasolina, los nombraba Arzalluz... otro honorable).Tampoco lo olvidamos.

Fotografía cedida por Rosa María Bernardo Fuentes.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Octubre 2019

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