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  |   Anecdotario  XI    

Las asignaturas y las bicis

En los años iniciales de la década de 1970, cerca de veinte muchachos formábamos cada día lectivo un grupo para ir en bicicleta, por la Carretera Vieja (antigua N-110, Soria-Plasencia), la SG-724 actual, a estudiar en distintos centros, sobre todo el instituto, de la ciudad de Segovia.

Las chicas nunca fueron en bici a estudiar. No se concebía tal cosa en esos años.

Ellas se hospedaban en casas particulares o centros, religiosos o no, como internas en la misma ciudad.

Nos agrupábamos a la altura de la Ermita del Santo Cristo, en mitad de la cuesta. Los principiantes recibían, según los casos, alguna ayuda suplementaria para subir toda la pendiente hasta casi entrar en El Hocino. Se trataba de una ayuda que consistía en empujarlo por el sillín, pero que, en todo caso, no debía inducir al arregoste por parte del primerizo. En tan numerosos y concurridos trayectos como recorrimos pasamos, en su mayoría, muy buenos ratos; otros regulares y algunos no tan buenos, porque la lluvia y el mal tiempo de los inviernos también nos estropearon algunos regresos.

La última clase terminaba a las 18h. En el recorrido de ida, a menudo surgían piques entre los componentes del grupo, se producían escapadas y se disputaban carreras, esprints, metas volantes… todo en régimen libre y abierto, con bicis de hierro, de un solo plato y un solo piñón.

En numerosas ocasiones coincidíamos, en el tramo de vuelta, entre Pizarrita y Hontoria, con Serapio, hijo de Paco, de Hontoria, e Irene Bernardo Ayuso, hermana de Filemón, Torino, Félix, Clemente, Luciano y Demetria y, por tanto con un montón de primos carnales en Madrona. Serapio también se desplazaba en bici para estudiar en la ciudad desde Hontoria, su pueblo. Dado su carácter apacible y bonachón aguantaba bien las reiteradas bromas que le gastábamos en estos encuentros (como la de empujarle hacia atrás para impulsarnos o la de agarrarnos a su soporte para que nos llevara, entre otras) a las que siempre respondía, y a cualquiera, de la misma manera:

- ¡Madrona, hooooostias…! - decía parsimonioso, pero nunca se defendía ni tomaba represalias.

De otra parte, tuvimos suerte en la carretera, en aquel tiempo apenas transitada, con tantas bicis… y con tantas ganas de fiesta, en el sentido de que no hubo percances de importancia. Tampoco incidentes entre nosotros, y sí muy buenos ratos de diversión, porque sobre las bicis, entre otros alicientes, se pueden mantener conversaciones y, en tiempos de bachiller, te sobran los temas.

En las tardes de invierno, sí sucedió en varias ocasiones, volviendo ya de noche, que una pareja de la Guardia Civil nos esperó en un punto aparente (tras la primera curva de El Hocino, donde no se les podía ver...) y allí pararon a todos (muy fácil para ellos), multaron a los que llevaban defectuosas las luces y el consabido sermón (así nombrado por el tono y los modos empleados) acerca de que no podíamos circular en pelotón (por nuestro bien).

En los regresos no se solía formar un grupo tan numeroso, debido a los distintos horarios y conveniencias.

En los trayectos de ida a menudo coincidíamos con algún camión que, cargado de grava, se dirigía a abastecer a alguna obra de la ciudad. Lo pesado de su carga propiciaba la lentitud de estos camiones, sobre todo en las cuestas arriba, circunstancia que siempre aprovechaba algún estudiante para agarrarse a la parte trasera de su caja y dejar de dar pedales. El camión te subía la cuesta.

A pesar del peligro real, nunca hubo que lamentar daños irreparables; sin embargo sí nos encontramos con camioneros que, viendo que no hacíamos caso a sus pitidos, reaccionaron mal; daban frenazos o también paraban del todo y salían de la cabina, gritando como cosacos y amenazando… lo cual nos hacía salir corriendo hacia atrás, a desandar camino… también otros que, aunque nos veían por los retrovisores, al principio protestaban haciendo sonar el claxon, pero después nos dejaban por imposible. Pero todos encontraban clientes. Rémoras sobre dos ruedas.

En estos recorridos surgieron decenas de anécdotas, y cada participante recordará las suyas. Las dos que siguen tratan precisamente de dos episodios ocurridos con los camiones.

* * *

Carlines y la velocidad impuesta

En una de esas mañanas, soleada, Carlines (Carlos González Sacristán, hijo de Carlos González Marugán y Eustasia Sacristán Sanz), que en este tiempo aun habla con la zeta, como los de Bormujos, en Sevilla (...azí que uztede zon de Zegovia, no? - nos preguntó allí un camarero), se agarra a uno de esos camiones cargados con grava y todo va normal; hasta que descubre que el dedo que ha metido en una argolla para agarrarse, no puede sacarlo; cuando acaba la cuesta arriba, intenta desengancharse pero no lo consigue de ninguna manera. El camión tira de él a la fuerza, a una velocidad indeseada y peligrosa.

La cosa se pone fea porque cuesta abajo estos camiones sí cogen velocidad… Carlines, que así es como le nombramos, empieza a pasarlo mal de verdad, y trata por todos medios de no perder el equilibrio sobre su bici, de no caerse... porque ya es el camión quien tira de él y lo lleva como en volandas, aunque sin que su conductor sepa lo que se está cociendo en la trasera de su vehículo. Esto sí lo consigue, a pesar del miedo a una caída.

- ¡No zaco el dedo, no puedo zacarlo! - exclama, y cada vez se le ve más apurado por un problema en el que nadie le podemos ayudar, aunque pedaleamos lo más cerca posible de él, teniendo en cuenta que el camión ya ha cogido velocidad.

Así recorre unos cuantos kilómetros; a la velocidad que le impone el camión.

La situación empeora por momentos ya que falta cada vez menos para llegar a las curvas de Pizarrita (o de Carretero, como se prefiera), que serpentean una cuesta abajo muy pendiente; ese es un paso en el que Carlines no va controlar la inercias… enganchado con su dedo.

Con esta perspectiva, de la que es consciente, el sofoco de Carlines va en aumento porque, aunque hasta ahora está salvando esta yincana, sabe perfectamente lo que se avecina.

Milagrosamente, pasado el paraje de La Peladera, un poco antes de encarar dichas curvas, Carlines logra por fin desenganchar su dedo del camión.

No da abasto a resollar.

Ya liberado del camión, baja las curvas muy despacio y, cuando llega al Puente de Hierro, se baja de la bici y se sienta en el suelo para recuperarse del trance que acaba de superar. Está completamente colorado y sudando a mares.

Los acompañantes le hacemos corro; en silencio le observamos con expectación. Con la mano se aparta el sudor del rostro que le arde y dice:

- Como zudo, macho...

Cuando se normalizó continuamos para recorrer la poca distancia que nos quedaba ya. Afortunadamente no sucedió nada más y el dedo protagonista quedó asimismo sin secuelas.

Pero a los testigos sí nos sirvió como aviso.

* * *

Abel se ausenta de este mundo (y regresa) sobre la bici

Este episodio lo rememoró Abel (Abel Bravo Rincón) con todo detalle el 13 de octubre de 2019. Debido a su impacto, es difícil de olvidar, sobre todo para él.

José María Otero García y Abel coinciden en la carretera con sus bicis para ir a Segovia, pero ese día el grupo ya ha salido; ellos van tarde, y necesitan rapidez para tener alguna posibilidad de llegar a tiempo a las clases.

Cuando afrontan la primera bajada de la ruta, que es la que te mete ya en el paraje de El Hocino, un camión con grava está frenando para tomar la última curva a derechas en ese sentido, la que tiene peñascos a ambos lados; discurre en pendiente pronunciada y no tiene visibilidad. Abel ve ahí una oportunidad de agarrarse a la caja para así recorrer más rápido y sin esfuerzo el llano que serpentea el Arroyo Matamujeres, en el Valle de El Hocino, y recuperar sin esfuerzo parte del tiempo que llevan de retraso.

Se agarra por el extremo izquierdo de la caja, es decir en el lado hacia dónde va a presionar la inercia. Pero calcula mal dos variables decisivas: el momento de agarre, porque el camión va demasiado rápido ahí; y el sitio de la caja, por el perjuicio de la inercia.

El camión todavía lleva bastante velocidad y al tomar la curva, la inercia que Abel ha tomado desbarata su acople de tal manera que sale despedido a la cuneta de la izquierda. El trompazo es monumental. Además de todas las raspaduras también se ha golpeado en la cabeza con alguna de las piedras que acotan el arcén.

José Mª acude a auxiliarle y le habla, pero Abel, aunque parece mantener las constantes vitales en orden, actúa como si no le viera ni oyera, porque ni le mira, ni responde, por lo que José Mª interpreta que todavía está bajo los efectos del choque (en estado shock).

Con el mismo silencio, sin quejas, sin comentarios, sin dolor…, Abel se levanta y, sin fijarse en sus heridas y desperfectos, coge su Super-Cil (una que le dejó su tío Antonio) y se pone a dar pedales en la dirección correcta. Mantiene un silencio sospechoso sobre su bici y también un ritmo mucho más rápido de lo que cabría esperar; mucho más teniendo en cuenta su estado.

Atraviesan El Hocino, suben la pendiente de Los Arrebujales, superan el cruce que lleva al Bosque de Riofrío y, a unos doscientos metros de este punto casi llegando ya a Hontoria, de repente Abel se baja de la bici y, con una expresión ya más normal, pregunta a José María:

- ¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado?

José María, testigo directo de toda la extrañeza con la recorrieron ese tramo tras el batacazo, por fin le oye hablar y le resume lo sucedido. Abel le asegura que sólo recuerda cuando se agarró al camión. Y nada más hasta este preciso momento.

En esas coordenadas acababa de reingresar al mundo real.

La conclusión es nítida: ha recorrido un buen trecho en estado de inconsciencia. Sin sentir dolor ni otros impedimentos. Cuando lo cuenta se admira de que necesariamente tuvo que ser el subconsciente, en el que tenía bien grabado el itinerario, quien le guiara para seguir subido en su bici en estado de desconexión del mundo.

Tal vez del mundo, pero en ningún caso de su Super-Cil.

* * *

Adenda sobre los hermanos Servando y Serapio, de Hontoria

Respecto a Servando y su hermano menor, Serapio, también hay algunas anécdotas o curiosidades que yo conozco por la relación que tuvieron con mi padre, del que eran primos segundos.

En Hontoria fueron los únicos labradores que, tras la mecanización del campo, permanecieron arando todavía muchos años con yunta de vacas, ajenos a esa mecanización, que nunca incorporaron a su profesión.

Y sin ningún complejo.

Fueron los últimos que segaron a hoz y cuentan que Servando, de complexión ligera y muy habilidoso, avanzaba a buen ritmo, mientras que Serapio se aburría, se distraía y se retrasaba, por lo que, de cuando en cuando, Servando volviéndose hacia atrás, le gritaba:

- ¡¡ Aníma, Serapio aníma...!!

Fueron los últimos que pagaron pastos en Madrona, a los que tenían tierras en Hontoria, porque Serapio fue Jefe de la Hermandad y pagaban con total rigor cada céntimo que correspondía.

Hay otra anécdota breve sobre Serapio, aunque no sé muy bien si fue él o su hermano Servando. Da igual. El caso es que un invierno no tan lejano, jugó el mismo número a las cestas de navidad en siete bares de Segovia. Salió premiado ese número y, en consecuencia, le tocaron a él solo siete cestas.

* * *

Año 1969

Con mi flamante Super-Cil azul, que aun conservo, llevando en el soporte a mi primo Luis Pastor Ayuso por las eras de las dos carreteras.

En los años 1968 a 70 llegaron a Madrona veinte o más bicicletas Super-Cil nuevas para otros tantos estudiantes.

El día que recogimos la mía, en la tienda de los soportales de Fernández Ladreda, fuimos mi padre y yo hasta la ciudad en una antigua bici de marca Dal (que tenía como símbolo a dos elefantes sobre una bici) de la siguiente forma: salíó él con la bici vieja y recorrió como un kilómetro, aproximadamente; dejó la bici en el valle de la cacera paralela a cuneta y continuó caminando. Yo salí a la vez que él pero andando ligero. Cuando llegué hasta la bici, me subí en ella y sobrepasé a mi padre hasta otro kilómetro, e hice lo mismo que él: dejé la bici próxima a la cuneta para que la recogiera él, y me puse a caminar... y así repetíamos los dos la misma operación. Total que, de los 8 kilómetros que recorrimos, la mitad la hicimos a pie y la otra mitad en la bici vieja. Yo no veía la hora de encontrarme con la que sería mi primera bici nueva.

Fue un trayecto pleno de una de las mejores emociones de mi vida. El regreso, como es de suponer, lo hicimos juntos cada uno ya a lomos de su correspondiente bici. La mía iba como la seda.

A estas bicis de guías gachos se las clasificaba, en lenguaje coloquial, como de media carrera y a mi padre le costó 2.000 pesetas exactas (12 euros) de las de entonces, con bombla de inflar, soporte, carterilla de herramientas (caja de parches con raspador, desmontables, disolvente, pegamento...), faro y dinamo. Pero pronto la mejoré con un cambio de 5 piñones y unas cubiertas de dos colores, más estrechas, imitando a las de competición.

Al fondo, las naves, en construcción, de Los Lucios, primeros foráneos que compraron terrenos en Madrona.

 

Fotografía realizada con la cámara de Felipe Pastor Cañas

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Fernando AYUSO CAÑAS. Octubre 2019

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