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  |   Anecdotario  XIII   

Torredondo. Sandías y pólvora por San Bartolomé.

La generación de nuestros padres se relacionó con los vecinos de Torredondo de una forma natural, que les venía dada en ocasiones por vínculos familiares y, en general, por la participación en las mismas tareas agrícolas. Varias familias de labradores de Madrona tienen o han tenido tierras, muy dispersas y distantes hasta la concentración parcelaria en la década de 1990, en aquel término, por lo que, antes de la mecanización agraria, debían recorrerlo, a paso de yunta, para realizar las tareas propias que el campo requiere en cada estación del año.

Nuestra generación, que asistió a la despoblación del campo y de los pueblos, ya no ha tenido que trabajar aquellas tierras, pero muchos hemos mantenido ciertas relaciones con todos los anejos y caseríos del distrito de Madrona. Y, de entre ellos, Torredondo siempre ha ocupado un lugar especial. Entre las pandas de jóvenes se tuvo como costumbre arraigada el asistir a su fiesta, celebrada en un fin de semana de agosto, en honor a su patrón, San Bartolomé. De hecho, normalmente operaba a modo de ritual iniciático, según el cual constituía el punto de partida, ensayo y aprendizaje, para las posteriores salidas, supuestamente consentidas por la familia de cada cual, a las fiestas de los demás pueblos comarcanos. Era una ventaja que, en especial a Torredondo, te dejaran ir incluso desde los 12 o 13 años; ir sin más condición que la de volver en las mismas condiciones en las que ibas. Aproximadamente.

Torredondo siempre ha sido punto de destino en cuanto a actividades de ocio, debido a que el camino es prácticamente llano y ofrece otras recompensas de disfrute. En una primera fase se elegía como destino asequible incluso para ir andando. Después en bici; más tarde, y según los casos, con las motos; y, en la actualidad, nuevamente andando pero ya en modo ejercicio que nos conviene.

Torredondo siempre se eligió como un destino fácil y agradable también debido al carácter de sus vecinos que, por lo general, hacían recíproco el sentimiento de aprecio y respeto.

Pero esto no quita que entre el paisanaje de ambas poblaciones hubiera algunas cosillas. Muy pocas. Se trata de los desencuentros, hablando en fino, que siempre se han producido en torno a un solo tema: el temor de los torreondenses, de sobra fundado, al asalto a sus melonares por parte de las pandas de jóvenes de Madrona. Y este es el asunto de las dos anécdotas que aquí se cuentan.

La calidad de los melonares de Torredondo ha sido proverbial, porque los sembraban mayoritariamente en las tierras que dan a la vega del Río Milanos, que son las de mayor calidad de todos los términos de Madrona, con sus anejos, casas de labor y caseríos incluidos.

El Guardia Civil nos encañona

Este episodio, que yacía en un olvido profundo, me lo refrescó hace poco nuestro convecino Ángel Tuñón Celaya, coprotagonista del suceso.

A la fiesta de San Bartolomé de Torredondo los jóvenes de Madrona hemos acudido de todas las formas posibles, incluida la de viajar en el remolque de un tractor, que se llenaba de chicos de todas las edades. Ese año, en torno a 1972, muchachos de varias edades formamos un grupo bien nutrido para ir y, como no saliera ninguna oportunidad de recorrer el camino sobre ruedas, decidimos ir andando. Suele coincidir que para esas fechas, en torno al 24 de agosto, el calor es aliado de los trasnochadores y les facilita muchas cuestiones de logística, como son el desplazamiento, la ropa y otras.

En aquel San Bartolomé, llegadas las horas de madrugada, los integrantes de esta cuadrilla variopinta de peregrinos nos reagrupamos para regresar por el mismo camino y por los mismos medios. A cierta edad todavía no se apuraba la noche hasta el amanecer, como ocurriría después. Salimos del pueblo y afrontamos el camino con comentarios y risas propios de las circunstancias, de haberlo pasado bien y sin incidencias en una noche clara, cálida y agradable.

Llevábamos recorridos unos 150 o 200 metros del camino en dirección a Madrona cuando de repente oímos unos gritos procedentes de las tierras del lateral derecho, que se dirigen hacia nosotros.

- ¡¡Alto!!, ¡alto o disparo!, ¡alto he dicho! ¡Parad quietos!

Desconcertados, nos detenemos al instante y volvemos la vista hacia el origen de los alaridos. Vemos aparecer a una persona que se acerca corriendo atravesando tierras, de rastrojera en esa fecha, y reconocemos que es un guardia civil por el brillo que emite su tricornio de charol negro. Enseguida llega hasta nosotros empuñando una pistola con la que nos apunta con decisión. Se detiene a unos tres metros del camino y, muy alterado, sudando y agigolado, nos acusa de haber asaltado los melonares de Torredondo por lo que quiere llevarnos a todos al pueblo. Viene a decirnos que nos demos por detenidos o algo así.

A mí el que este señor, que en realidad era un guardia joven, nos apuntara con un arma permanentemente mientras hablaba, así por las buenas, me parecía un despropósito y, además, peligroso por lo que, sin pensarlo más, aunque despacio, porque él seguía apuntando, salí del grupo, fui hasta él de frente mientras le decía un momento, un momento, y, cuando estuve a la distancia apropiada, con el índice de la mano derecha le bajé despacio la pistola mientras le hablaba:

- No se preocupe; usted tranquilo que ahora lo hablamos todo, pero guarde ese arma. Que aquí no hay ningún bandido.

Me hizo caso, bajó el brazo y enfundó la pistola en su cartuchera. Se fue calmando. Creo que, de los del grupo, excepcionalmente, ninguno habíamos ido a melonares. O al menos por este supuesto tuve que apostar yo como representante o mediador sobrevenido de la tropilla.

Conversamos de forma tranquila y coloquial durante un buen rato, allí, a plena luna, en mitad del camino, y le pudimos convencer de nuestra inocencia, algo que no nos costó mucho; una facilidad que yo atribuí a su juventud. A su vez él debió percatarse de que nosotros no éramos quienes ellos perseguían. Aun así, yo no estaba tranquilo del todo porque temía que viniera el compañero, porque siempre iban en pareja, y nos estropeara todo lo avanzado hasta ese momento. Pero no acudió. Nos despedimos y continuamos por nuestro camino, alegres y satisfechos de haber resuelto bien la jugada.

Me comenta Ángel que a los de su grupo, más jóvenes que yo, y que también fueron protagonistas en este trance de tensión, les impresionó mi reacción de aproximarme al guardia mientras éste mantenía la pistola apuntándome al pecho, convencerle para que la guardara, incluso tocando el extremo del cañón y, después en la plática, de que nadie de esa cuadrilla había asaltado melonares, algo de lo que en ese momento yo tampoco tenía ninguna certeza, pero había que jugarlo así. Esta escena no la han olvidado. Y tienen razón en que hay cosas que si se piensan como es debido, no se hacen.

Por lo demás, es muy probable que otros fiesteros sí fueran de melonares, pero no me consta que les pillaran, ni siquiera el otro guardia que seguro se quedó en su puesto de vigilancia. Si les hubieran cogido, se habría comentado en repetidas ocasiones, tal como ocurrió con el episodio que sigue.

* * *


Panorámica de parte de la Vega del Río Milanos, en el término de Torredondo.

En el centro, el puente medieval sobre el Milanos, que da servicio al camino romano que comunica con Madrona (oculto en esta imagen) y el que enlaza con Abades, que es cordel.

A la derecha, alameda de Abadejos y Torredondo. Al fondo, el Montón de Trigo, en término de Abadejos.

* * *

Disparos con fuego real

Como afirmo en el relato anterior, los torreondenses, gente apacible que siempre han mantenido muy buenas relaciones con los vecinos de Madrona, temían a las pandas de jóvenes madronenses cuando acudían a la fiesta de San Bartolomé. En un solo sentido y además con toda la razón de su parte: el del asalto a sus melonares. Nunca fueron asaltos destructores ni vandálicos, sino de consumo propio y ocasional. Aun así, es creíble que se causaran daños y mermas suficientes para irritar a sus propietarios. En la anécdota anterior hemos visto que en esa ocasión incluso llamaron a la Guardia Civil para que nos pusieran un escarmiento, aunque no lo consiguieron.

En la presente, es uno de los dueños, cuya identidad verdadera se cambia a las iniciales ficticias de RNJ, quien, tal vez harto, creo que más bien ofendido, por esta práctica, decide solucionar el problema por su cuenta y a su manera.

En aquel San Bartolomé, una vez acabado el baile, Abel (Bravo Rincón), Cuco (Luis Sánchez Álvaro), Isi (Isidro Sanz de la Puente), Juanito (Juan Gómez Angulo) y quien suscribe decidimos que, mientras esperamos la hora del baile de la velada, nos vendría bien acercarnos hasta un melonar para refrescarnos un poco, así, en plan tranquilo.

Nos escabullimos sigilosamente de la bullanga de la plaza y, sin decir nada a nadie, nos dirigimos hacia nuestro objetivo. Elegimos uno distanciado de la población, de los que daban a la vega del Río Milanos, la tierra más honda, fresca y fértil de Torredondo y de todo Madrona. La noche es especialmente luminosa, con luna llena y cielo raso. En el trayecto los cinco convenimos que cada uno elige una sola sandía, para no causar daños, y entre todos nos comemos las cinco, sin desperdiciar nada; para ello empezaríamos por las más pepinas para terminar con las más dulces.

Una planificación civilizada donde las haya.

Llegamos al melonar, cuyo propietario por supuesto desconocíamos, y cumplimos la planificación acordada a rajatabla. Nos acomodamos sobre la hierba del prado inmediato al río, sacamos las navajas y nos sentamos para abrir las sandías; vemos que de las cinco dos han salido algo pepinas y tres en sazón. Allí sentados en perfecta armonía y disfrute, a la luz de la luna nos disponemos a partir las primeras rajas cuando una voz potente se nos echa encima gritando:

- ¡¡Quietos todos, no os mováis que os disparo!!, ¡¡quietos ahí!!

Como cinco resortes sincronizados dimos un salto y nos pusimos a correr como antílopes… pero al empezar la carrera oímos el estallido del primer disparo muy cerca de nuestras espaldas. En ese momento, por su voz reconocimos que se trataba de RNJ, vecino de Torredondo. En lo que a mí respecta, tuve el presentimiento de que este hombre no dispararía munición de plomo hacia nosotros; pero al mismo tiempo no soportaba el temor a los cartuchos de sal que se disparan hacia el culo y a las nalgas de los que huyen y cuyos efectos son largos y dolorosos. Esta es una posibilidad que no hay que descartar en estos lances. Creo que mis compañeros de fuga pensaron lo mismo porque nuestro ritmo de carrera era vertiginoso. Desde una distancia que ya nos ponía a salvo, le oíamos que repetía:

- ¡¡Quietos he dicho!! ¡¡que os mato a todos si no paráis!! ¡¡quietos!!

A esta nueva advertencia le sigue un segundo disparo pero, a sabiendas de que a nadie le ha pasado nada, nos hace apretar el paso todavía más, si es que esto es posible. RNJ siguedisparando cada vez más seguido, lo que nos confirma que se trataba de una escopeta repetidora con al menos seis cartuchos, algo que le otorga una ventaja notable; la distancia que hemos alcanzado me permite girar la cabeza y comprobar que apunta al aire. Pero todo puede cambiar. Entre los retumbes de los siguientes disparos, continuamos casi volando sobre el prado en dirección a La Rumbona, pero Isi y Juanito, sin decir nada, se separan y toman otro rumbo; corren como posesos en dirección a Paredones, lugar elegido tal vez por la querencia de Juanito al caserío donde en su día llegó emigrado con su familia y donde pasó los años finales de su infancia.

Abel, Cuco y yo recalamos en una tierra de remolachas para recuperar el resuello; cada cual ha elegido el sitio más a su mano y nos tumbamos lo más estirados posible en lo largo de un valle entre surcos y unos tallos que no nos cubren lo necesario. Los disparos han cesado. Pero la luna emite tanta claridad que el temor a ser descubiertos va en aumento, por lo que enseguida nos ponemos de acuerdo para dar un brinco y, a un mismo tiempo, salir disparados hacia una colonia de fresnos y zarzas.

En el recorrido, cuando a Abel le toca salvar el cauce del río Milanos, se lanza pero no consigue el salto adecuaco, por lo que cae en el agua. Nos grita varias veces esperadme, esperadme... pero, dado que no le hacemos mucho caso, enseguida sale del atolladero y nos alcanza. Solo se ha mojado los pies. Reagrupados, nos escondemos tras las zarzas y permanecemos parapetados hasta comprobar que RNJ ha dejado de disparar definitivamente y que tampoco lo tenemos ya a la vista. Yo lamento el haberme dejado una preciosa navaja verde sobre una sandía en el prado. Una navaja en acero inoxidable con publicidad de la marca de relojes Thermidor. De Isi y Juanito ya no tendríamos noticia hasta el día siguiente.

Una vez calmados, a cobijo de los fresnos, debatimos sobre la conveniencia de regresar al baile de la plaza, y hacer como si nada hubiera pasado o mejor volvernos a casa para olvidarnos de Torredondo y de su fiesta mientras nos recuperamos del susto. Sopesados pros y contras, apostamos por Torredondo y apurar lo que queda de su fiesta. Sobre todo para que nadie nos eche de menos. Lo peor de esta opción es que tenemos que correr el riesgo de que RNJ pueda presentarse en la plaza e identifique a alguno de los tres; en cuyo caso caería en sus manos allí, en plena fiesta y delante de todos; algo muy perjudicial si nos atenemos al cabreo acumulado de años que gasta el torreondense. Aun así, apostamos por volver. Nos sacudimos de la ropa y la cabeza cualquier señal o resto que pudiera dar pistas y acudimos al baile de la plaza como si tal cosa. Esta presencia también nos valdría para defendernos en caso de acusación. Allí nos integramos en la tropilla de los de Madrona pero nos cuidamos de no decir nada a nadie. Afortunadamente, creo recordar que RNJ no apareció en ningún momento o, en caso contrario, no actuó contra nadie, por lo que todo transcurrió sin sobresalto alguno. Mucho tiempo después en las tertulias de La Piedra Filosofal fue un episodio comentado y reído.

Rendición de cuentas

Pasados unos meses, una tarde, estoy yo en la Cruz de La Piedad esperando a algún coche de Madrona que me lleve a mi casa, y en esto que veo venir a RNJ en su coche. Lo que menos deseo en ese momento es estar cerca de RNJ y mucho menos subir a ese coche, pero se detiene y me dice,

- Anda, monta, que te llevo.

- No. Déjelo. Que voy a Madrona -le digo yo para neutralizar la operación.

- Que no importa hombre, que te llevo igual, sube anda -remata.

No me queda otra que subir, porque no hay tantos coches en esa época como para argumentar que estoy esperando a fulanito. Además, en el asiento de delante también va su hija Raquel con la que yo mantenía cierta amistad.

Malo, malo, malo. Bien a las claras está que la cosa no pinta bien, porque es sabido que RJN nunca para para subir a nadie.

Ya antes de llegar a Tejadilla me lo suelta.

- Oye, tú eres uno de los que fue a mi melonar el día de la fiesta ¿verdad?

A lo que yo reacciono de la peor forma posible: negándolo de inmediato. Él insiste en que no le engaño, en que lo sabe bien, etc. Raquel se mantiene callada aunque sonriendo, o eso me parece, o eso quiero que me parezca. Estoy pasando mucha vergüenza en este trance, y por doble partida. Pero, sobre todo, por estar presente ella. Enseguida me percato de que, aunque RNJ no ha aportado nada en lo que apoyar su acusación, lo estoy haciendo fatal, siento que estoy como metido en un carajal bastante feo; porque lo suyo, considerándolo a toro pasado, tal como lo contemplé muy a destiempo, claro, hubiera sido reconocerlo y, sin ningún miramiento, recriminarle que cinco sandías no merecen tanto disparo de repetidora. Que se había pasado un tanto. Bastante. Y, además, aprovechar para reclamarle mi navaja verde. Esto es algo que sólo advertí cuando ya era tarde para revertir el curso de la conversación y salir del atolladero sin hacer el ridículo. Y más delante de Raquel. Bueno, en realidad detrás de ella, pero en este caso, con los mismos efectos.

RNJ continuó durante todo el trayecto con su caterva de amenazas, advertencias y otras monsergas pero ya hacía tiempo que yo me había desconectado de su matraca.

Mi negación la determinó el convencimiento, firme, la evidencia incluso, de que RNJ no podía tener ninguna certeza, ninguna seguridad en su acusación, por cuanto le fue materialmente imposible de todo punto reconocer a nadie en aquel prado, debido a varios factores: en primer lugar a nuestra velocidad de reacción; también a que no pronunciamos palabra y, además, a que él siempre nos vio a distancia y de espaldas. Aunque tampoco se podía descartar que alguna averiguación le llegara por la vía que fuere, porque en los pueblos algunas novedades se propagan a velocidad supersónica por tierra mar y aire.

Con todo, lamenté mucho mi reacción, mi gestión del aprieto, diríamos ahora, por cuanto, además de estropear el encuentro y quedarme sin la posibilidad de recuperar mi apreciada navaja, perdí asimismo una oportunidad de mostrarme ante mi amiga como un tipo resuelto y fuerte.

Y, lo peor de todo, porque se trata de algo que prende más adentro: mi autoestima, que en aquella edad temprana se encontraba más indefensa, tardó lo suyo en recuperar su natural.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Diciembre 2019

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