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  |   Anecdotario  XIV   

Riesgos buscados.

Amistades con el amianto

Mientras unos operarios retiran una bajante en el bloque de viviendas donde vivo, veo que van equipados con un atuendo casi galáctico; máscaras, guantes, casco y mono blanco. La tubería, que es la original, instalada hace unos 35 años, es de fibrocemento, lo que comúnmente nombramos como uralita. Este es otro caso en el que la marca o empresa pasa a designar el producto genérico, fenómeno de lexicalización como el del papel albal, kleenex, casera...

Toda la parafernalia de equipamiento de los operarios se debe a que este material de fibrocemento contiene amianto, un mineral considerado como cancerígeno y de riesgo para quienes lo manipulan o permanecen cerca.

En los años del desarrollismo, décadas 1960-70, los pueblos de España se poblaron de naves de todo tipo, para cuyos tejados se instalaron planchas grises de uralita. Por desconocimiento, se ha manipulado durante aquel tiempo profusamente y sin ninguna prevención. Hoy en España está prohibida su fabricación y uso desde 2002, y la legislación vigente obliga a las empresas que lo manipulan o retiran, a inscribirse en un registro oficial para obtener autorización y poder firmar los correspondientes certificados de desmontaje, transporte y eliminación conforme a la legislación aplicable.

Todavía quedan en Madrona decenas de tejados y tuberías fabricados con fibrocemento. Según los expertos, la vida útil de la fibra de amianto oscila entre los 35 y 50 años, cifra a partir de la cual aumenta su deterioro y su peligrosidad, sobre todo cuando el fibrocemento se disgrega en pequeños trozos, polvo o fibras y éstas se desprenden en el aire.

La observación de estos operarios de monos blancos me descubre ciertos recuerdos sobre otro peligro concreto de la uralita y me lleva hasta El Simarrón paraje en el que los de mi panda tuvimos algunos episodios con este tipo de planchas grises.

Mi panda de entonces, hacia 1968, la componíamos de forma más o menos estable, Mariano Sánchez Álvaro, Juanito Gómez Angulo, Pedro González Ituero, Jaime Sánchez del Pozo, Abel Bravo Rincón, Mauri Sacristán de las Heras, Federico Portero Rincón y quien suscribe. Uno de ellos, no me acuerdo quién, vino un día con la novedad de que la uralita, cuando está en contacto con las llamas, estalla y se descompone violentamente en pedazos que salen disparados en cualquier dirección, con su correspondiente estruendo.

Para que queríamos más.

Enseguida nos organizamos para recabar trozos de uralita, algo fácil de conseguir por cuanto en aquel tiempo se encontraban por cualquier corral o cercado, con el fin de realizar nuestra propia comprobación en un lugar apartado, donde los mayores no pudieran intervenir, ni vernos, ni saberlo… y así llevarlo a cabo a nuestras anchas y largas. Ese lugar no podía ser otro que El Simarrón, propiedad además de la familia de nuestro amigo Paisa (Mariano).

Subimos con bastantes trozos de uralita, algunos de ellos grandes, hasta El Simarrón y elegimos el espacio que precede la entrada de una de las cuevas, rodeado por grandes rocas que aparecen como emergidas de su mundo subterráneo. Allí preparamos una buena hoguera con leñas fáciles de encontrar en el valle del Arroyo de la Cueva. Una vez obtenida una pira bien encandilada, colocamos rápidamente varias uralitas de tal manera que las alcanzaran directamente las llamas, y acto seguido nos alejamos corriendo a protegernos tras las dichas rocas y esperar los anunciados estallidos.

Como pareciera que la cosa tardaba en mostrarse, empezamos a desconfiar de la información, por lo que nos asomábamos constantemente para observar si la lumbre estaba en orden, si bien nadie se aproximó a comprobar nada. Menos mal. Porque llegó un momento en el que empezó un festival de las explosiones con sus estruendos en el que, sucesivamente, trozos de uralita, salían disparados como metralla en múltiples direcciones.

Y en este plan permanecimos en El Simarrón, preparando las lumbres necesarias hasta agotar las uralitas y nuestro deseo de diversión. A pesar de ser esta la primera prueba, a nadie le pasó nada, si bien nos percatamos del enorme peligro de este experimento, cosa que tampoco nos impidió llevarlo a cabo en otras ocasiones.

Creo que a nuestro ángel de la guarda de entonces le tocaba trabajar a pleno rendimiento. Convencimiento que también corrobora el siguiente episodio. En cuanto a las consecuencias de riesgo cancerígeno, afortunadamente tampoco se ha materializado en ninguno de los antedichos.

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Acceso al Simarrón desde la parte de Madrona, por la Vega del Arroyo de la Cueva.

Al fondo, la sierra del Sistema Central, con la silueta de La Mujer Muerta.

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Munición fuera de control

En la misma época de este llamado desarrollismo, tuvieron lugar en los términos de los caseríos de Paredones y la Rumbona diversas monterías colectivas en sus respectivos cotos de caza. Allí se desarrollaban, en formato idéntico al que recrea la película de 1978, de Luis García Berlanga, La Escopeta Nacional, escenas de sangre, muerte y destrucción.

Todo un triunfo.

Llegaban los cazadores de Madrid con su parafernalia de coches y atuendos y el organizador de la cacería ya les tenía preparada toda la infraestructura para que pudieran practicar esta actividad con la mayor de las comodidades.

Entre éstas estaba la de disponer de ojeadores y escopeteros. Los primeros recorrían en paralelo una franja de terreno, campo a través, haciendo todo tipo de ruidos y voceando para sacar de sus escondites a las aves susceptibles de caza, como codornices, torcaces, perdices...; y también conejos y liebres. Todo ello con el fin de hacerlas pasar lo más cerca posible de los puestos de tiro y, una vez vistas por el cazador, el cual permanecía apostado tras su parapeto en espera de la cercanía de sus víctimas, éste disparaba su escopeta repetidora hacia los pobres animalillos, que caían como moscas por cuanto si se libraban de uno o dos puestos, sería difícil librarse de los disparos de un tercero, cuarto... De otra parte, los cartuchos que emplean en este tipo de caza menor, contienen múltiples bolas de plomo que desde el mismo disparo se expanden en la atmósfera y abarcan una gran área de impacto, a modo de las bombas racimo, con lo cual resulta más fácil matar a los animalillos, independientemene de la cualidad de la puntería. Incluso es posible abatir a varios con uno de un solo disparo si éstos huyen agrupados o en bandada.

Por su parte, los escopeteros eran como los ayudantes de cámara de los tiradores. Permanecían siempre al lado del cazador para llevarle las armas, la munición, la mochila y cualquier cachivache. Dependiendo de la confianza del cazador, también le podía cargar las escopetas que éste alternaba con cada serie de disparos.

Cada vez que había una montería de este tipo de caza, los organizadores buscaban en Madrona chicos jóvenes tanto para escopeteros, unos diez o doce, como para ojeadores, unos veinte, quienes recorrerían los campos armando cuanta más bulla mejor. La asignación de una u otra función la fijaba el organizador. Cualquiera de las dos era una tarea fácil y muy bien retribuida, por lo que todos aspirábamos a ser elegidos.

Entre los de nuestra panda teníamos acordado que, a quien le tocara de escopetero, tenía que guardarse, sin que nadie se enterara, unos cuantos cartuchos sin estrenar, cuántos más mejor, para otro divertimento que también tendría lugar en El Simarrón, y en el mismo lugar de las uralitas.

El juego, por llamarlo de alguna manera, también consistía en encender una hoguera y encandilarla bien. Una vez conseguido este punto, echábamos como una media docena de cartuchos al centro de la lumbre y corríamos a escondernos. El desenlace era similar al anterior. Los cartuchos explotaban con estruendo y la munición de perdigones salía proyectada en cualquier dirección. En estas ocasiones el peligro era más fácil de controlar por cuanto había tantas explosiones como cartuchos, por lo que sabíamos de forma fehaciente el final de cada tanda. A veces tardábamos en aproximarnos a la hoguera porque faltaba alguna explosión, hasta que la excesiva tardanza nos indicaba que algún cartucho no había caído bien. Pero nunca había certeza total, por lo que hurgar en la lumbre en su búsqueda era algo muy peligroso.

Y así hasta terminar la remesa de cartuchos disponibles.

No sé a qué o a quien debemos el agradecimiento, pero lo cierto es que ni en estas fogatas ni en la manipulaciones de los cartuchos, la pólvora y sus detonadores, algo que es preferible no rememorar, tuvimos que lamentar accidente o daño alguno.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Diciembre 2019

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