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  |   Anecdotario  XV   

Gato por gato

A pesar de la contundencia con la que el frontón presidió la Plaza de la Constitución durante varias décadas en el siglo pasado, la afición al juego de pelota mano no encontró entre los vecinos de Madrona una práctica estable o sostenida de este deporte. Se disputaron algunas eliminatorias interesantes; partidos con componentes de expectación y emoción, sobre todo después de pavimentarse el suelo y, mayoritariamente, en competiciones programadas para la fiesta mayor, en las que los asistentes disfrutamos de estos encuentros, pero no se creó escuela, ni seguimiento, como tampoco se organizaron campeonatos, ligas o eliminatorias con jugadores de otras partes. Sí existió afición pero local y limitada.

Plaza de la Constitución hacia 1991. El frontón se construyó en la década de 1950.
La piedra caliza que aparece tras los enfoscados, la sacó, con herramienta de mano, Aurelio de la Puente Bernardo del paraje Los Azafranales, en la Lastra frene a El sotillo.

Para mí tengo que uno de los motivos de esta falta de interés, creo, radica en la misma pelota. Casi todos los jugadores, a pesar de vendas y protecciones, terminaban cada partido con las manos hinchadas, enrojecidas, con bastante destrozo y quién sabe si con algún huesecillo roto. El aspecto que ofrecían sus manos tras un solo encuentro resultaba lo suficientemente disuasorio para que tan solo unos pocos, muy pocos, fueran los valientes que de cuando en cuando competían con esas pelotas reglamentarias. El sonido que desprendían en sus impactos contra la pared era similar al de los cantos en el mismo trance.

El común de los mortales nos arreglábamos con pelotas de goma, huecas, de marca Gorila, o similares, y tan contentos de echar un partido y salir indemnes. Corríamos lo mismo y la técnica de competición era similar. De otra parte, el frontón casi siempre estaba ocupado por grupos de jóvenes jugando a la pelota, en sus múltiples juegos de diversión, pero pocas veces con pelotas de competición.

En junio de 1988 publiqué una crónica en El Adelantado de Segovia, titulada Sobre los juegos a los que ya no se juega, en la que consta este párrafo:

CON BALÓN, CANICAS O PELOTA. Gua, Balón Prisionero, Higo Moñigo, Rey-Reina, Primi, Titisí todo el mundo quieto, Perrera... En algunos de estos juegos, si así se acordaba antes, se daban las colas, que consistía en hacer un túnel o pasillo humano contra una pared por debajo o dentro del cual habrían de pasar los perdedores del juego para recibir sobre sus costillas toda suerte de empellones, golpes y hasta patadas en el culo. En el juego de pelota llamado la perrera se cosechaban vidas, posibilidad de hacer malas y seguir jugando hasta agotarlas.

Pelotas de frontón

Las pelotas destinadas a competición no se compraban, sino que las confeccionaban personas del pueblo que entendían del asunto. Su elaboración es, en apariencia, sencilla, salvo en un punto. El núcleo de una pelota de frontón es un cantito lo más redondo posible, de sílice, de proporciones, peso y medidas aparentes, al que se le rodea de forma sucesiva con cintas de goma elástica con las que se va perfeccionando la curvatura de la pequeña esfera y cuya misión es la de que adquiera un bote apropiado y más o menos previsible. Este es el punto clave. Si no se conseguía este efecto adecuado, había que desmontar todo el entramado y poner o quitar goma, según los casos.
La capa siguiente es una tela fuerte que, bien cosida, afianza el entramado interior. La capa de fuera, la que se ve, es una piel curtida, engrasada y resistente, también cosida con hilo bramante.

En Madrona, los artesanos de estas pelotas, al menos los dos que he conocido, Justo Matías, El Tío Justo y, algunos años después, Pedro (Perico) de la Puente Sanz, hijo de María Sanz y Aurelio de la Puente Bernardo (El Tío Aurelio); ambos emplearon siempre la piel de gato. No por antojo sino porque es la más apropiada para este menester.

Retrocedemos en el tiempo para contextualizar adecuadamente las acciones que siguen (no quiero pacmas….). En los años que se jugaba a pelota mano, los gatos aún no eran mascotas, no entraban en las partes de las casa destinadas a las personas. Vivían aparte y, asimismo, se procuraban su sustento por ellos mismos; en todos los pueblos se prodigaban sin apenas control. Se les protegía porque eran ellos los que evitaban situaciones de riesgo, eliminando ratas y ratones; ninguno de estos felinos tenía, ni por asomo, un atisbo de privilegio en el hogar, al modo los que ahora disfrutan a plenitud. De otra parte, siempre había en el pueblo una tropa de gatos que medraban por el pueblo completamente asilvestrados.

En cada casa podían convivir varios con el fin de que mantuvieran las estancias agrarias y las proximidades de la vivienda limpias de roedores y otros intrusos, como las palomas supercolonizadoras. Aun así, para evitar sobrepoblación gatuna, en ocasiones había que sacrificar camadas enteras debido a la intensidad y eficiencia reproductivas de esta especie.

Selección de gatos

Trampa artesanal para atrapar gatos. En el interior, el cebo se une al primer mástil de la derecha, cuando el gato lo mueve, se desencaja del surco donde posa el alambre que lo sujeta (figura de la derecha) cae la puerta, que está provista de un sobrepeso, y queda encerrado. Después hay que ejercer la habilidad de que entre en un saco para transportarlo sin que te hiera por arañazos o mordiscos. Porque se defienden freneticamente, tal como asegura el dicho.

Cuando los artesanos confeccionadores de pelotas preparaban pieles, no lo hacían de una en una, sino por tandas. Normalmente, a la hora de abordar el suministro de gatos, se elegían, por este orden, los mejores ejemplares de la casa propia, de familiares, de amigos o de aficionados a este deporte. Si a pesar de ello no se daba con los felinos adecuados, investigaban un poco para saber por dónde paraban los ajenos.

Una vez hecho el avistamiento, se hablaba con el dueño, que normalmente no tenía ningún impedimento en entregarlo. Sobre los dueños que se barruntaba que podrían poner pegas, no se les preguntaba, el gato desaparecía y todo iba como la seda. Esta fase siempre tenía lugar en invierno. Para esta tarea, si los gatos estaban algo domesticados, se les atrapaba por las buenas; para los más salvajes hay trampas que llaman gateras, que son cajas en las que entra el animal atraído por alguna golosina (como el queso para los ratones) y, una vez dentro, cae una compuerta que cierra la salida. Otras trampas empleadas son las de lazo, idénticas a las que se emplean para conejos. Como se ve, es un arte con mucho desarrollo.

No se detallan los pormenores inevitables que continuaban a esta captura.

En esta imagen vemos un magnífico ejemplar, castrado, junto a una trampa para ratones. Los roedores asciendan por la escalerilla de la izquierda y entran, a por el cebo que se sujeta tras la cajita superior. La superficie de esa cajia es una chapa oscilante, instalada en un eje sobre un hueco, que con el mínimo peso gira y vierte su contenido hacia el interior.

Tras su sacrificio, que en ningún caso fue motivo de violencia, ensañamiento, exhibición o fiesta, se los colgaba, como a cualquier otro animal, de las patas hacia abajo, al abrigo de alguna tinada; allí se les desollaba para obtener lo que motivó su captura. A partir de ahí, la piel seguía su proceso de limpieza, secado, curtido, según las artes y procedimientos propios de la curtimbre.

Gato por gato

¿Qué pasaba con los cuerpos?

No se desperdiciaban. Los evisceraban y, una vez bien limpios y sin cabeza, se mantenían colgados durante dos días con sus dos noches expuestos al oreo del sereno, para que su carne se oxigenara y se desprendiera de lo bravío o lo montuno. Algo parecido a lo que se hace con los jabalíes cuando les cuelgan en canal. A los cerdos de la matanza, en Castilla, también se les mantiene una noche a la intemperie, o en un lugar cuanto más frío mejor, para que se serene su carne. Pasado ese tiempo, llegaba la hora de cocinarlos. Era sabido en el pueblo que El Tío Justo y el Tío Francés (Ramón Tejedor Francisco, apodado así por ser emigrante en Francia la mayor parte de su vida) los troceaban y los guisaban en caldereta al modo de las que hacían los pastores con carne de oveja. En la época de la que hablo, mi familia regentaba el Bar Plaza y a mi madre la encargaron cocinar en alguna ocasión los que le llevó Perico, para unos ágapes muy particulares con su tropilla de amigos.

En el día acordado para la pitanza, siempre en la estación de invierno, Perico acudía con los gatos bien limpios y oreados que así vistos, sin cabeza, podían pasar perfectamente por conejos dada su semejanza, también en sabor, y, llegada la media noche mi padre cerraba el bar para todo el mundo, pero con esa tropilla dentro, con lo cual tenían el bar y la fiesta para ellos solos. Me acuerdo de algunos de los componentes y añadiré los que faltan. Perico y su hermano Carmelo de la Puente; Olegario Martínez, Alberto López; Frutos Sonlleva…

Mi madre los preparó de diferentes formas. Una de ellas era simplemente la de freir las tajadas hasta dejarlas doradas y curruscantes (o churruscantes, como decimos aquí), después las añadía un sofrito con ajo y perejil. Otras fueron las de guisarlos como si de un conejo se tratara: estofado o escabechado. Fue a finales de la década de los 60 y yo participé en una de estas cenas. Lo comí con total confianza, me supo a gloria y tengo un recuerdo muy bueno de aquella cena y de aquella compañía.

A veces hago el experimento de contar este relato ante mis compañeros de Madrid, simplemente para ver las caras que ponen cuando se lo detallo.

Siempre acabo igual. De mal.

Compruebo que la sensibilidad actual a este respecto no tiene nada que ver con la de hace tan poco tiempo. Hay que esforzarse para poder transmitir un sentido de normalidad y de sensatez en cualquier actividad en la que interviene la utilización de animales.

Para apoyar esta actividad ocasional, les digo:

- Vosotros preguntad sobre cuántos perros y gatos se veían en La Habana hacia 1995; que yo sí lo sé.

No les interesa. Prefieren no saber nada de ciertas necesidades.

Y tengo que remarcarles también que no es que en Madrona existiera la costumbre de comer gato, así por las buenas. No. Sólo con ocasión de obtener pieles para forrar pelotas de frontón se sacrificaban los necesarios con el desenlace que antecede, y tampoco en todos los casos pasaban por la cazuela.

Y asimismo tengo que insistir en que jamás surgió la menor contrariedad sanitaria respecto a este consumo ocasional y controlado.

Buen provecho.

Testimonio de Pedro

Me llega el relato de Perico, después de haber terminado lo que antecede, pero lo añado.

Respecto al material para forrar las pelotas de frontón, se podían emplear otros cueros, pero el del gato siempre fue superior. Por eso se elegía.

Cuenta que para esta misión, él siempre disponía de un socio infalibre: Arturo de la Calle García, quien, por su condición de labrador, estaba al tanto de los ejemplares más convenientes de esta fauna tan menuda que patrullaba por calles y tejados.

Elegían el mes de enero preferentemente, y febrero si llegaba el caso, debido a que el frío es aliado de la sanidad en estos trajines. Una vez seleccionados los gatos, el método más usado para atraparlos era el de hacerles pasar por la gatera, ese agujero en el bajo de algunas puertas. Tras la gatera les esperaba el saco. Dice que recién capturados, les leían sus derechos y, una vez enterados, pasaban sin más trámite a otra dimensión.

Acto seguido los limpiaban, y especialmente les quitaban de cada nalga, dos bolitas que son las causantes del mal olor; del olor a montuno. Una vez bien limpios, los colgaban ya en canal bajo una tinada o lugar donde le diera bien el frío. Durante las jornadas que permanecían oreándose, ellos los visitaban para asegurarse que todo seguía su curso según lo previsto. Mientras tanto, contactaban con mis padres para hacerles la propuesta el ágape.

Recuerda con aprecio y gratitud la buena predisposición de mis padres para acometer el guiso y la posterior pitanza en su bar, sobre todo recuerda la buena labor de mi madre, que también les guisó en otras ocasiones capones de alto nivel (pollos de corral).

En cuanto a los comensales, allí estaban, además de los dos artífices nombrados, Mariano Gómez Antona, Juan Antonio Sonlleva Fuentes, Olegario Martínez Zurdo y Carmelo de la Puente Sanz, hermano de Pedro y algún otro que se olvidará.

Algunas noches incluso surgió un segundo turno, en el que se incorporaron la panda de Alberto López García (no me cita los nombres de los componentes que asistieron. Los completaremos en otra ocasión.)

Vista de frente de la anterior trampa para cazar ratones. A la derecha, otro cepo basado en el mismo mecanismo, aunque a toda luz. En el interior de la jaula se suelta el cebo. El ratón entra por la parte de la derecha y, cuando llega a él, la chapa que lo sostiene gira, el ratón cae y ya no puede rectificar.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Febrero 2020

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