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  |   Anecdotario  XVI   

Las bicis precursoras

Con motivo de una fotografía familiar publicada por Rosina de Pedro Herranz, todos nos acordamos mucho de aquellos días de cuando la vida era otra cosa, como afirma este sintagma que, según dónde lo lleves, te puede partir el alma. Recordamos de forma muy especial, a su hermano Juan Carlos, que nos dejó en 1984, con tan solo 24 años, víctima de un accidente de tráfico. A todos nos adjudicaban apodos y motes en aquella época, década de los 60, y a algunos nos tocó más de los que podíamos soportar, pero era algo que te venía dado y casi imposible de desprenderte de uno, cuanto más de varios.

A Juan Carlos de Pedro Herranz le cayó en suerte el de Pichi, sin que yo pueda en este momento, por mucho que busque en los anaqueles de la memoria, saber quién o porqué se le adjudicó este término tan castizo ya desde sus cuatro años de edad. Incluso antes. Él lo aceptó como lo aceptamos los demás los nuestros, sin plantear lucha contra ello, porque todos sabíamos que cualquier oposición operaba en sentido contrario: amplificaba e intensificaba el escarnio.

Tengo contado en esta página que hacia 1960-62, existían pocas bicis en el pueblo. De entre estas, una mayoría pertenecían a personas adultas; de entre ellas, obreros y estudiantes que las utilizaban para desplazarse hasta la ciudad de Segovia, mientras que sólo algún infante afortunado tenía una a su medida y para él solo.

Mauricio Sacristán de las Heras, de mi panda y buen amigo, fue uno de ellos. Matito, su padre, le compró una Super-Cil verde nueva y flamante (y otra de chica a su hermana Ana Mari); fue con esta de Mauri con la que aprendimos a rodar, a los cuatro o cinco años, la panda al completo y algunos de otras pandas también. Además, ocurrió en una sola tarde en las Eras del Mercado; tal era el ansia que nos devoraba, que supimos manejarla sin aprendizaje, como un pájaro cuando se lanza por primera vez desde el nido paterno y desde ese preciso instante ya sabe cómo se vuela para toda la vida. Igual. Sin ruedines, sin indicaciones, sin ayudas, sin técnicas… con un empujón, mirando hacia adelante... y listo. Y ese fue, en mi caso, el germen de una pasión (casi drogadicción) por las dos ruedas que aun mantiene su latido.

Cuentan sobre esta particularidad del aprendizaje (aun no lo he confirmado) que Silvano López Bernardo, quien fuera Secretario municipal, barbero y sacristán de Madrona, para enseñar a montar en bici a toda su recua de cuatro chicos (no sé si también con las tres chicas) lo hizo en muy poco tiempo, con una sola bici, y con una pedagogía tan inapelable como efectiva. Se los llevaba a la Cuesta Arnal, ascendían un tramo aparente y llegado el punto elegido, subía a un aspirante en la bici y, con un pequeño toque, lo lanzaba cuesta abajo. En ese mismo instante cada chaval, en su turno, sabía a ciencia cierta que le convenía de todo punto controlar el artefacto. Como los pájaros. Nunca hubo que lamentar daños mayores.

El caso es que nuestro amigo Pichi fue otro de los afortunados a los que su padre, Militino, le procuró una bici a los cuatro años más o menos. En este caso se trataba de una bici muy pequeña y de segunda mano, pero tan voladora como las demás. Yo sentí verdadera envidia de estos artefactos hasta que pude manejar una propia, que fue mucho más tarde. Y también fui de esa mayoría que supimos montar en bici en edad muy temprana pero nos tuvimos que conformar, durante una espera interminable, con que los afortunados propietarios nos dejaran dar una vuelta en las suyas, de cuando en cuando, sin arregostarse, favor que implicaba supeditaciones en otros órdenes. Por ejemplo, no puedes regañar con uno de la panda que es quien te deja su bici... El ser una carencia compartida por la mayoría a mí no me alivió ni un ápice. Qué mal se llevaba esto entre quiénes teníamos pasión por las ruedas, por sus movimientos de traslación, rotación y todas sus físicas posibles hacia huídas, escapes y exploraciones.

Yo nací cuatro años antes que Pichi, y cuando contaba con ocho, en el buen tiempo salía a jugar a la puerta de mi casa, con un pequeño tractor de madera que me construyó mi padre con una sierra, una azuela, un cepillo y poco más. El tractor era basto, sin proporciones, pero debía tener un toque resultón porque todos los chicos se paraban a verlo, querían tocarlo y jugar con él. Uno de los que se quedó prendado de este tractor fue Pichi. Llegaba con su bici, pintada de color minio, a mi puerta y, como era cuatro años menor, las primeras veces no se atrevía a decirme nada, por lo que tomaba yo la iniciativa.

- ¿Te quedas tu aquí jugando un rato con el tractor y yo me doy una vuelta por el pueblo con tu bici?.

El acotar por el pueblo, fue un truco mío muy importante para el trato, en un lugar con tantos caminos y salidas, tan abierto de par en par. Sin pensarlo, sin poner condiciones, sin ningún tipo de traba o desconfianza, Pichi, que era de pocas palabras, respondía:

- Vale.

Apenas había aceptado, yo ya estaba en su bici dando pedales a toda máquina en cualquier dirección. Tenía que aprovechar el tiempo al máximo.

Guardo aún el recuerdo clarísimo de que encima de esa bici me transformaba. Pedaleaba sin fatiga por todas las calles como alma que lleva el diablo casi en estado de shok. Perdía la noción del tiempo por lo que siempre abusé del convenio. Me costaba mucho trabajo bajarme de aquella bici. Cuando llegaba intentaba arreglar el agravio con Pichi, pero éste, a pesar del abuso, nunca me recriminó nada, ni se quejó, ni fue impedimento para que al poco acudiera a realizar el mismo intercambio, con el mismo desarrollo. Yo creo que supo entender bien mi necesidad patológica.

(Hombre, es que, de correr por el pueblo llevando un aro, aunque fuera de los grandes de alambre, con una guía, a hacerlo en una bici suponía un salto cualitativo de dimensiones galácticas... porque esos fueron los términos operativos en los que nos movíamos entonces los de diez años para abajo.)

Como los demás miembros de su familia, Juan Carlos siempre estuvo considerado como una gran persona, y no sólo por estos detalles de crío como el que yo ahora doy a conocer, que ya apuntaban su bondad.

Las bicis de Mauri y de Pichi han sido decisivas en mi vida.

Mucho después reflexioné sobre los motivos por los que Pichi se sentía tan atraído por un tractor de factura tan elemental, tosca incluso. Sin pala, sin remolque, sin mecanismos, y creo que también sin aperos… puede que alguna caniza… La familia de Militino, como la de Matito era de las pudientes en aquella época. Fueron de las primeras en tener coche, televisor y otras comodidades, por lo que en sus casas nunca faltaron buenos juguetes de todo tipo, incluidos los de ruedas.

La conclusión que obtuve es la que sigue. Debido a la profesión de cerrajero especializado de su padre, Pichi nació y creció en un entorno metalúrgico, lleno de hierros, soldaduras, chispas, con ruidos, deflagraciones y olores metálicos de taller. Seguro que él tenía tractores de fábrica, coches y otros juguetes con mayor refinamiento que mi humilde tractor. Seguro que su padre le fabricó alguno con rodamientos y toda la pesca. A poco. Pero tal vez el contemplar una máquina nacida de un fresno, tan sencilla, tan elemental y abarcable, fuera para él no sé si un reencuentro con la naturaleza o una simplificación que encajaba mejor en su tierna forma de concebir las cosas. Tal vez debido al exceso antedicho de metales. Dada su elementalidad, aquel tractor vegetal pudo servir de punto de partida que, como los Legos ahora, diera mucho juego para la imaginación, entelequia que es comprobada fuente de evasión y placer, en según qué circunstancias, para los seres humanos.

Aquel tiempo transcurrido desde que aprendí a montar en bici, hasta que pude disponer de una propia, es el que más largo y doloroso se me ha hecho de toda mi vida. Por eso no lo he olvidado.

A pesar de la diferencia de edad, siempre mantuve con Pichi una buena amistad, que incluyó el compartir exploraciones en bici por los territorios de lo que para nosotros en aquel tiempo y edad era un país llamado Madrona, rodeado de otros países vecinos llamados Torredondo, Perogordo, La Rumbona, Paredones, El Soto, Escobar… una pequeña galaxia que nosotros descubríamos poco a poco y con infinito placer a lomos de nuestras cabalgaduras rodantes.

 

Esta foto alberga contenido para varios comentarios. Año 1967.

En último plano, parcial de la silueta de La Mujer Muerta. Franja del Bosque de Riofrío y La Lastra.

Tejado de la casa del Tío Emiliano Cañas y Huerto del Secretario o Huerto del Moral, con vista parcial de la centenaria morena, aun no quebrada por el rayo que un verano la partió en dos y mató a dos chotos de Serviliano Sonlleva.

La pared de la derecha es la del Concejo, con sus colonias de ortigas como las que medraban en cualquier calle o plaza, entonces aún de tierra.

Juan Carlos de Pedro Herranz, con su segunda bici, apropiada a su edad y tamaño (aun con pantalón corto. A su izquierda, Encarna González Prieto, amiga de mi hermana Inés que estaba en mi casa en ese preciso momento, y, a falta de bici, la adjudicamos una guitarra (que nadie sabíamos tocar), para que tuviera algo a lo que agarrarse y no aparecer tan desposeída en la foto.

En primer plano un servidor en estado feliz con la primera bici que tuve. Es una Dal que guardaba mi padre en una troje del sobrado y a la que cada día me subía para comprobar si había crecido algo para aproximarme a los pedales y obtenerla cuanto antes. Aunque también sabíamos manejarlas impulsándolas por debajo de la barra. Todo un arte.

Fotografías tomadas por mi primo Javier Pastor Ayuso, con la cámara de su padre Felipe.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Febrero 2020

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