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  |   Anecdotario  XVIII   

Aníbal y sus desencuentros con la historia de Europa

En Madrona se ha transmitido durante muchos años una anécdota sobre las bromas que los mozos (una generación ya desaparecida) le gastaban a Aníbal, tal vez el primer guía turístico del Palacio de Riofrío. Esta versión es la que oí de mi padre decenas de veces.

Aníbal era un guarda común del bosque, de aquellos equipados con aquel pesado traje de pana en marrón, con solapas y bocamangas en rojo vivo, tejido basto que desprendía calor sólo con mirarlo. Antes de cambiar de actividad, nuestro hombre ejercía las rutinas encomendadas como guarda del Patrimonio Nacional y los días se sucedían sin mayor sorpresa, salvando las jornadas en las que venía a cazar gamos el generalísimo de todos los ejércitos, caudillo de España por la gracia de Dios, según reza la inscripción de las monedas.

Sin embargo, después de una gran rehabilitación del palacio y de su entorno, cuyas obras dieron trabajo, y por lo tanto ingresos, a muchos madronenses que se acercaban al tajo en bici, llegó un día en el que abrieron al público las visitas guiadas; los directivos vieron en Aníbal a una persona resuelta, inteligente y decidida, porque así era en verdad, y le ofrecieron la posibilidad de enseñar, en calidad de guía, tanto las distintas salas de la primera planta del palacio como su espléndido museo de caza.

Aníbal aceptó el envite y así es como se convirtió en guía turístico sobrevenido.

Patio interior del Palacio de Riofrío

En aquel tiempo los guías turísticos ejercían su oficio de una forma muy distinta a cómo la desempeñan los actuales. Los de antes por lo general, carecían de formación específica, mientras que los actuales suelen ser licenciados universitarios, con especialidades y un bagaje a años luz de los de entonces.

A Aníbal le pasaron una especie prédica con el fin de que la aprendiera toda ella de memoria para después relatarla tal cual ante el público. Su composición teórica se estructuraba en función de cada una de las estancias, que guardan su lujoso equipamiento histórico, mostradas en un recorrido rectangular y horizontal por la primera planta.

Él, que sólo contaba con una media licenciatura en el acontecer de la naturaleza del bosque y otra media en el de la vida, consiguió memorizar esa retahíla de datos, fechas, nombres de la realeza con algunos parentescos, siglos, pormenores y detalles de distracción... sin ningún contratiempo y consiguió recitarla de una forma más o menos hilvanada, pero continua y mecánica, sin poder salirse de los raíles marcados.

A Aníbal le debió parecer suficiente con todas las hojas de prédica que hubo de amarrar al caletre y, por su parte, lo dio por bueno tal y como se lo presentaron.

Y por bueno resultó en todas la exposiciones normales que hacía para los grupos de visitantes, a cuyos integrantes les caía como llovida del cielo, una perorata sobrecargada de una información, inasimilable en tiempo real y además, tal vez como truco, con cierta prisa por pasar a la fase siguiente, dando la impresión de que no cabía el más mínimo entretenimiento, porque era mucho lo por venir y poco el tiempo disponible.

En las travesías por las salas reales, los turistas se entretenían con lo que veían y oían, y por lo general, se conformaban. Éstos, al ver al guía en ese frenesí, se reprimían las preguntas y las dudas se las llevaban a casa. Ya una vez en el museo de caza el ambiente cambiaba a mejor, a mucho mejor; es tal el magnetismo que desprende lo que en él se observa, que los visitantes se quedan abstraídos cuando contemplan esa grandiosa obra de arte, por la que podemos contemplar casi toda la fauna ibérica en actitud de movimiento, casi en acción real. Estas salas contienen tal expresividad, que no necesitan de intermediarios para hacer llegar su belleza y su mensaje. Recordamos aquí nuevamente a su creador: José Luis Benedito, venido de Estados Unidos en 1964 para crear este magnífico museo.

Sin embargo, ya sabemos que la felicidad es de naturaleza huidiza, incompatible con la rutina, y esquiva al arraigo. Los amigos que Aníbal tenía en Madrona, sabían bien todo lo aquí relatado hasta ahora, por lo que, para gastarle una broma, idearon acudir como visitantes al palacio e integrarse de forma anónima en los grupos de turistas oidores del alegato del guía.

Cada vez que Aníbal los veía en el grupo se ponía a temblar. Y con razón. Los de Madrona, que conocían bien su discurso, se preparaban unas preguntas a conciencia, pertinentes, por supuesto, pero que excedían en mucho la preparación académica de nuestro guía sobrevenido. De esta forma, elegían momento de máxima concentración, como hacia la la mitad de su relato, para, aprovechando algún episodio del mismo, formular alguna pregunta indagatoria, ampliatoria o aclaratoria, de todas hubo, que venía al caso y se hacía necesario conocer... con total educación, con la mejor expresión y actuando en todo momento, le preguntaban, por ejemplo:

- Disculpe, señor guía, - decían en voz bien alta, con total corrección y cortando en seco la retahíla del guía- ¿de qué ciudad de Italia era natural Isabel de Farnesio?

- ¿Y cómo es que vino a parar a España a casarse directamente con un rey?

A Aníbal le llovían preguntas como saetas, por cuanto no había terminado uno y arrancaba otro con más preguntas... y en ese maremoto Aníbal se atoraba, naufragaba ante el grupo de visitantes; se desquiciaba y no sabía cómo ni por dónde salir..., si no era farfullando lamentos y desesperos. Contestaba a menudo con generalidades, balbuceos, incoherencias.... los de Madrona, teatralizando, permanecían serios y dando la impresión no sólo de controlar el tema, sino de tener un verdadero interés en ampliar sus conocimientos históricos.

Se guardaban el descojone para la salida y para los momentos de contar el episodio en bares y tertulias.

Aníbal, para despejar las arremetidas, hacía el cambio de sala a toda pastilla y, si podía, se acercaba a los de Madrona para susurrarles:

- No me jodáis, no me jodáis, no seáis cabrones..., -cuentan que les decía lo más aparte posible, colorado como un tomate...

Pero no siempre transcurrió todo con total corrección. Otras veces, porque fueron varias las comedias, y cada vez con preguntas y actuaciones mejor pergeñadas, hubo ocasiones en las que estos amigos intentaban contenerse, mantener las buenas formas a toda costa, pero al estar en grupo, mirarse unos a otros haciendo lo imposible por taponar la carcajada y, al mismo tiempo, ver como Aníbal se hundía cada vez más en el atolladero, estallaban en tales risas que el protocolo quedaba hecho añicos y la normalidad, o seriedad de la visita guiada, con mucho perjuicio.

Aníbal temía a sus propios amigos de Madrona; pero sólo en este trance. Su forma de ser le ayudó a encajar bien estos embates de juventud. No consta que diera lugar a venganza alguna por su parte. Ni siquiera lograron estas bromas menoscabar la calidad de su amistad.

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Vista general del bosque y palacio, desde la parte de la Puerta de Hontoria.

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Fotografías del autor

Fernando AYUSO CAÑAS. Abril 2020
Anecdotario
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