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  |   Anecdotario  XX   

De gallegos

Hasta la mecanización del campo, décadas 1960-70, todos los pueblos cerealistas de todas las provincias desde Andalucía hasta franja cantábrica, recibían sucesivamente la llegada de las cuadrillas de segadores gallegos contratadas para la recolección de los cereales.

Los ciclos climáticos de cada comarca determinaban el orden, por lo que empezaban la siega en las comarcas más adelantadas, como las de Andalucía; continuaban después por las extremeñas, manchegas, Madrid y Castilla y León, desde Segovia hacia el norte cantábrico.

Hoces lucenses, del artesano Agustín Iglesias, para Castilla. Imagen de La Voz de Galicia.

Surcos, hoces, piedras...

A Madrona llegaban hacia principios del mes de junio y, para el 29, día de San Pedro, prácticamente había concluido el grueso de la siega.

Como norma general, cada labrador solía contratar a la misma cuadrilla de un año para otro, siempre que ambas partes hubieran quedado conformes con los resultados de la campaña anterior. Cuando no se daba esta continuidad, se sabía la causa: no eran motivos de dinero, sino de trato. A veces las cuadrillas de segadores no recibían un trato digno en la casa que trabajaban, y éstos, aunque volvían a Madrona, ya no repetían con ese labrador. No eran muchos casos, pero se daban. A pesar de lo insignificante o excepcional de su número, informaba de un conocimiento que se dejaba notar bien en el pueblo, aunque en cierta forma consabido, por cuanto siempre eran las mismas casas las que cambiaban.

Lo que cuento a continuación está referido exclusivamente a mi casa.

La situación de mi casa hasta 1966, año en el que emigramos a Valencia, fue la una familia de labradores de hacienda muy humilde, eufemismo de familia pobre y de escaso poder económico. Como tantas otras del pueblo. Aun así, cada año acudía a mi casa una cuadrilla de unos cinco gallegos y un rapaz que, con pocas palabras por ambas partes, convenían la siega de las pocas obradas familiares cultivadas por mi padre. Creo que sobre unas 80 obradas que, hasta la concentración parcelaria en la década de 1990, se encontraban fragmentadas en fincas pequeñas y dispersas por los términos de Madrona, Torredondo y Hontoria. La obrada castellana de Segovia tiene 4.000 metros cuadrados, la misma extensión que el acre americano.

En mi casa siempre se mantuvo buena relación con los segadores gallegos, y ellos con nuestra familia. Lo prueba el hecho de que siempre repetía la misma cuadrilla (me acuerdo de José, de Francisco..); debido al buen entendimiento se establecieron ciertos lazos de amistad por lo que, mucho tiempo después algunos de ellos han venido a vernos para invitarnos y recordar anécdotas y pormenores de aquellos tiempos de siega con hoz. Yo me acuerdo de que uno joven y muy aseado, que hablaba muy bien y que no echaba siesta, una tarde, sentados a la sombra en la puerta de mi casa, me informó de un secreto que nadie más conocía. Me dijo:

-¿Tu sabías que si coges un cristal y lo metes en el agua, puedes cortarlo con unas tijeras y sacar todas las figuras que te gusten...?

Yo me reí porque me pareció algo demasiado fantástico. Pero como me lo dijo con tanto aplomo, tan convincente y no insistió..., otra tarde, a escondidas, cogí unas tijeras y un cristal y me fui al abrevadero de la Calle de la Fuente, al pilón (no sé porqué supuse que se necesitaría gran cantidad de agua...), y allí, sin que nadie me viera, yo solo caí en la trampa como un bobito. Abochornado por la vergüenza, sin que nadie lo advirtiera, dejé todo en su sitio y, por supuesto que no dije nada a nadie, hasta muchos años más tarde, cuando a la autoestima ya la defienden algunos callos.

En tantas temporadas de siega, en el pueblo surgió algún episodio con los gallegos; mejor dicho, entre gallegos, pero yo sólo alcanzo a recordar el temor que me infundían sus discusiones en la calle, por la noche, porque a veces echaban mano de la navaja. Algo que luego se comentaba durante días con profusión de detalles. Yo fui a segar algunas veces con la cuadrilla de mi padre en calidad de rapaz. Bueno, rapaz me llamaban ellos pero yo, por edad y destreza, estaba a años luz de las tareas que desempeñaba cualquier rapaz.

El trabajo principal de los rapaces consistía en recoger las gavillas que iban colocando los segadores en perpendicular a los dos surcos que segaban en cada mano, o en cada pasada, aunque siempre había quien se atrevía con más surcos a la vez. Los rapaces utilizaban un gacho de acero, muy abierto, para acumular el máximo que daban sus brazos, con el fin de reunir mieses suficientes para completar un haz. También ataban los haces. Sin embargo, en algunas cuadrillas se les exigía mucho; apenas les dejaban tiempos de resuello. A veces llegaban rapaces muy jóvenes y daba lástima de cuántas labores les imponían durante todo el verano quienes eran compañeros, incluso familiares, a unos muchachos que a esa edad deberían estar jugando con sus bicis o bañándose en los bodones del río.

Zoquetas, piedras de afilar y hoces compradas por mi padre a segadores lucenses.

A los integrantes de cada cuadrilla les gobernaba un mayoral, que era quien hablaba en nombre de los demás; contrataba y ponía orden y disciplina si la situación así lo requería. Los labradores propietarios segaban a su lado y a veces se producían piques entre gallegos y castellanos por ver quién segaba más y mejor. Durante la jornada matutina se paraba a eso de las nueve para el almuerzo. El almuerzo siempre era igual y se componía de las ollas de la matanza: lomo, longaniza, torreznos, tortilla de patatas... y se remataba con unas sopas de café con leche, contenidas en recipientes de barro cocido, que en el campo, con ese hambre, con ese calor y con esa sed, se transformaban manjares. Terminada la jornada matutina todos regresaban a las casas para la comida. La comida solía ser casi siempre cocido castellano. Nosotros comíamos todos a la vez, juntos en la misma mesa y con los mismos platos. No se hacía una comida para ellos y otra para los de la casa. Después, una hora de siesta y por la tarde otra vez al tajo.

Los ajustes o contratos, eran por obradas. Los gallegos eran expertos en calcular a ojo la superficie de una finca y, en nuestro caso, como repetían los mismos, ya conocían bien las medidas de todas las tierras y lo recordaban a la perfección. A veces, en los ajustes de otras casas, se producían discrepancias con la cifra propuesta por el labrador. En estas discrepancias, se llegaba incluso a las apuestas. Y cuando veían al dueño apostar fuerte por su cifra, normalmente ellos lo daban por bueno para no arriesgar las ganancias. El contratarlo por lotes, a destajo, suponía que cuánto antes acabaran, antes se iban a otra faena y más dinero ganaban.

Como nota curiosa, cuando se comentaba el desproporcionado calor que tanto castigo infligía a los trabajadores del campo, mi padre, como todos los labradores de Madrona, resaltaban una cualidad de los segadores gallegos bien contrastada: cuanto más apretaba el calor, más y mejor segaban. A mayor temperatura, mejor trabajo. Algo que no ocurría con los castellanos, al menos con los de Segovia.

Muchos de ellos eran proclives al comercio, por lo que partían de sus pueblos, la mayoría de las provincias de Lugo y Orense cargados con hoces, piedras de afilar y zoquetas, todo ello nuevo y artesano, que iban vendiendo por los lugares en los que trabajaban y en algunas casas del pueblo todavía conservamos muchas de estas herramientas que, al menos para mí, aún guardan una significación especial.

Además de estos vínculos cerealistas de trabajo y sudor con los gallegos, en Madrona hemos tenido al menos, otros dos, en otra escala.

Aurora

Uno fue la esposa de Julián Rincón de la Puente que, aunque tenía el precioso nombre de Aurora, siempre se la nombró como La Gallega, incluido el propio Julián.

La Gallega siempre mantuvo un acento muy cerrado de su lengua, hasta el punto de que se hacía difícil comunicarse con ella, por cuanto mezclaba el gallego con el castellano en proporciones variables, desiguales e imprevistas y, además, con un acento muy particular por hablar ella un gallego, de los varios que hay, muy cerrado. Antes de la llegada del agua a los grifos de las viviendas, ella transportaba en la cabeza un cubo, vacío a la ida y colmado a la vuelta, con el estilo acompasado e idéntico al que se acostumbraba en las pequeñas aldeas gallegas; con esa maestría y perfección, por cuanto el cubo siempre mantenía su verticalidad; algo que en sus pueblos aprendían desde pequeños y practicaban hasta el final. De chicos a todos nos llamaba la atención esta forma tan original de transportar algo tan inconsistente como el agua, y muchos nos quedábamos observando cómo se desplazaba con el cubo en la cabeza, esperando su desplome y el desparrame del agua, porque las calles, aun de tierra, tenían un firme irregular y con guijarros muy aparentes para los tropiezos… pero jamás ocurrió tal cosa; ni tan siquiera una gota. La Gallega también transportaba, con igual maestría, otros objetos sobre su cabeza y en Madrona se consideró como una nota pintoresca de nuestra vecindad.

Aurora tenía tanto apego a su tierra que cuando se vio ya en cierto declive, prefirió regresar su pueblo para quedarse, ya de manera definitiva, allí donde había nacido.

El Gallego

Otro vínculo fue el de un hombre también llamado y conocido como El Gallego. Perteneció a un tiempo anterior y yo sólo lo he conocido de oídas. Mi padre me hablaba de él repetidamente, hasta el punto de que, estando inmediata su muerte, fue el tema de la última conversación que mantuvo en vida y fue ante Nando (Fernando Otero Bernardo) y ante mí. A su vez mi padre siempre nos repitió el deseo de ser enterrado en la misma tumba que posaban los restos de El Gallego, enterrado a su vez al lado de mis abuelos paternos Inés de la Calle (+1940, 40 años) y Natalio Ayuso (+1970, 70 años).

Sabemos poco de este hombre porque quienes convivieron con él tampoco tuvieron oportunidad de conocerlo bien, debido su carácter cerrado y el modo de vida en soledad que él mismo eligió. Sabemos que se quedó a vivir en Madrona, quién sabe si procedente de alguna de esas cuadrillas de segadores veraniegos, pero aquí no tenía familiares, ni arraigo ni tampoco amigos cercanos.

Estaba empleado en alguna casa agraria de Madrona, pero no he podido averiguar cuál, como tampoco su nombre de pila por cuanto quienes lo conocieron tampoco lo sabían y siempre se refirieron a él con el gentilicio de su tierra originaria.

Nadie sabía su nombre pero todos conocieron la noticia de su muerte.

El Gallego mantuvo una existencia apacible en Madrona, sin cuestiones, sin conflictos, conforme a su modo de entenderla. Vivía solo y disfrutaba con la soledad y el silencio; era un hombre pobre sí; pero no un pobre hombre; nunca menesteroso y, además, esta es una condición, la de la pobreza, que se relativiza mucho respecto a las necesidades y expectativas que cada individuo asuma para su vida.

El día que apareció sin vida, se lo encontraron sentado, recostado contra el tronco de un fresno, en el enclave nombrado como Los Cuatro Caminos, paraje de Los Rompidos, donde se cruzan el Camino Real de Ávila con el Camino de La Rumbona. Su cuerpo no presentaba señales de violencia, ni de heridas, golpes, ni otros indicios que informaran a simple vista de alguna causa, por lo que pareció una muerte tan dulce como misteriosa.

Cuando sucedió la muerte de El Gallego, aún se mantenía operativa la Cofradía de las Cinco Llagas, entre cuyos cometidos tenía el de prestar socorro y asistencia fúnebre a los más pobres... a los que no tenían donde caerse muertos... para que a su través no les faltara ningún tipo de acto, oficio, o asistencia que asegurase en todo momento la dignidad de la persona en su momento final. Esta asistencia incluía también la de los oficios religiosos funerarios y sepultura identificada en el cementerio. Todo ello sufragado por la cofradía.

La noticia se propagó por el pueblo en cuestión de minutos y los miembros de la cofradía entraron en acción. Recogieron su cuerpo y lo llevaron hasta la estancia aneja al cementerio, ya desparecida, destinada a varios usos y, de entre ellos, al de las autopsias. Aquí siempre nombramos aquella sala como El Depósito del Cementerio y, de chicos, atraídos por cierto morbo, nos asomábamos a ella por su única ventana, ventanuco más bien, con tanta curiosidad como miedo, porque los mayores nos contaban que allí había muchas calaveras. En mitad de la estancia había una mesa artesana de madera, larga y estrecha y poco más se divisaba en la oscuridad siniestra que dominaba su interior.

Por eso, aunque El Gallego estuviera solo en el mundo y nadie conociera su nombre, sí tuvo donde caerse muerto: sentado y apoyado apaciblemente en el tronco de un fresno y, aunque no tuviera dinero, tampoco le faltó su asistencia, su autopsia, sus oficios religiosos, su sepultura y su cruz. Mi padre fue miembro de la cofradía hasta la desaparición de ésta y participó en los servicios de asistencia de este caso. Por eso siempre nos lo recordaba con especial afecto.

Tuve oportunidad de preguntar a Abilio Ituero Barrio sobre este hecho. Lo vivió y se acordaba perfectamente, aunque me dijo que no podía acordarse del nombre de pila de El Gallego, porque nunca lo supo ni escuchó, si bien me amplió la historia con algún detalle de los que siguen a continuación.

Una vez tendido El Gallego en la mesa del referido depósito, la cofradía encargó al médico forense practicar la correspondiente autopsia. Éste, a su vez, requirió los servicios de un cirujano, algo imposible de facilitar en aquel tiempo y lugar, con lo que se acordó llamar al mejor cirujano posible, aunque del mundo animal en este caso. Se trata de Antonio Maeras, de profesión pastor pero devenido en personaje popular a causa de sus altas habilidades con las navajas, cuchillos, sierras y otros utensilios de corte a la hora de desollar, destazar, seccionar o extraer órganos o huesos de cualquier animal; destrezas acreditadas y reconocidas en todo el pueblo y sus términos.

Maeras mantenía los filos de sus herramientas en perfecto estado, siempre a punto, porque a menudo se le requería desde cofradías o hermandades para dirimir sobre cuestiones de daños o muertes de reses.

En esta ocasión, era el forense quien dictaba las instrucciones pertinentes y Antonio las desempeñaba con maestría, precisión y limpieza. Con su brillante ejecución, el forense pudo dictaminar sin ninguna duda que al Gallego lo mató un rayo, o una descarga eléctrica, en pleno campo. Interpretando el suceso, se dijo que buscó refugio de la lluvia y la tormenta bajo la copa de un fresno y allí mismo, sentado, recibió la descarga de su fatalidad.

Una vez sobrepasados esos trámites forenses de autopsia y certificación, el cuerpo de El Gallego recibió su ataúd, misa, entierro religioso, y sepultura con su cruz en el cuadrante superior izquierdo del recinto del cementerio. Todo ello costeado por la Cofradía de las Cinco Llagas. Su pequeña y elemental historia ha perdurado hasta hoy y pone de manifiesto las funciones humanitarias de las cofradías, una de las creaciones más inteligentes destinadas a resolver cuestiones sociales y de necesidad de las personas humildes.

Flores por los santos

Además, hay que reseñar otro hecho curioso; al Gallego, hombre solitario y solo, sin familia, sin amigos, casi sin nombre ... nunca le faltaron flores en su sepultura, ni oraciones, cada año por el Día de Todos los Santos. Mi padre, cuyo aprecio por esta persona siempre fue un misterio para mí, se encargó de que así sucediera. Primero lo hizo él solo y, más tarde, cuando su nieta Laura ya tenía edad (uso de razón, como se decía entonces, sobre los 7 u 8 años), la hizo socia de este cometido, en el que la nieta llevaba una carretilla con flores para repartir por diversas sepulturas, incluida la de mi hermano Felipe, que murió con sólo unos meses, en el año 1958. Y allí han acudido abuelo y nieta cada año con esta encomienda de veneración floral cada víspera de esta conmemoración católica.

Mayo 2005. Lauro Ayuso de la Calle acude al cementerio.

Algunos días antes de fallecer mi padre (+19-2-2017, 90 años), acudimos al cementerio para cumplir su deseo y localizar la sepultura de su amigo; en ella tan sólo quedaba una cruz de hierro oxidada cuya chapa de porcelana estaba tan deteriorada que no pudimos obtener un solo dato. Se recogieron sus restos y ahora posan en la misma sepultura de mis padres.

Que la tierra les sea breve.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Mayo 2020
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