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  |   Anecdotario  XXI   

Enigmas en torno a una mula singular


Marcelo Sánchez Bravo (+1999, 85 años), se valía de una coletilla propia, que nadie más utilizaba en el pueblo y que nadie pudo rebatir, con toda seguridad porque no conocían el significado del término utilizado. Yo comprobé que la empleaba con frecuencia en dos circunstancias, las dos relacionadas con la predicción climatológica.

Nos vamos a la época de Mariano Medina, aquel hombre del tiempo de TVE que pronosticaba los fenómenos climatológicos de la jornada anterior.

Observé que en las socorridas conversaciones sobre el clima mantenidas en la plaza, o en el umbral del bar, Marcelo escuchaba en silencio las intervenciones de los demás y, cuando el tema ya se daba por agotado, él aún permanecía un rato con la cabeza inclinada y, con la mirada fija hacia las nubes, exclamaba siempre con la misma extrañeza:

- ¡Vaya un enigma…!

De igual manera, en otras ocasiones, sin mediar conversación por falta de intervinientes, cuando la atmósfera presentaba un celaje indescifrable, él se paraba y escudriñaba los entresijos de las nubes y, al no encontrar una mínima certeza en cuanto a la previsión, concluía con el mismo veredicto, esta vez ya sólo para sí mismo.

Me he acordado de Marcelo y sus enigmas, porque en aquel tiempo se dio el que también fue y será un enigma sempiterno: el que se refiere a ciertos comportamientos de una acémila; una mula; la mula de Adón.

Las rosquillas de Martín Miguel

En el pueblo de Martín Miguel ha existido hasta 2016, un horno de panadería regentado por varias generaciones de la familia Marazuela. Además de pan, en su tahona se elaboraban, de forma completamente artesanal, rosquillas, pastas, bizcochos, magdalenas, hojaldres, tortas, bollos… cuya calidad les otorgó prestigio y fama por las localidades de este cuadrante de la provincia.


Rosquillas segovianas


Para abastecer los convites colectivos, públicos o privados, en Madrona con frecuencia se recurrió a este establecimiento porque, por su buena calidad, el buen resultado estaba asegurado. No es difícil imaginar la bondad de este tipo de dulces en un tiempo en el que se preparaban libres de cualquier componente químico, como conservantes, colorantes, edulcorantes, estabilizantes, mejorantes panarios... y todo el repertorio de ingeniería química del que ahora disfrutamos… pero, además, horneados en tahona artesanal calentada con leña de encina.


Pastas artesanas de la pastelería familiar Yague, de El Espinar

 

La continuidad de este tipo de artesanías alimentarias choca con los actuales gigantes industriales; se imponen éstos y sucumben aquellas.

La mula de Adón

Varias veces al año, llegaba Adón a Madrona, uno de los integrantes de los Marazuela, para vender varios productos de esta tahona; Adón fue un hombre alto, corpulento, de voz grave, de rostro relleno, sonrosado y risueño; llegaba en una mula cargada con cuatro grandes cajas de aluminio con tapa de madera, colmadas de rosquillas, pastas, bollos y otros manjares. Simples cajas, pero que, por las conexiones que fuere, con sólo verlas activaban los jugos salivares.

Adón recorría varios itinerarios de pueblos a lomos de su mula para ampliar las ventas en establecimientos y a particulares. Y recuerdo el olor a gloria bendita que dejaban aquellas cajas a su paso, y más cuando Adón abría alguna de ellas para gestionar las comandas.

En Madrona, después de su recorrido por algunas calles y plazas, dejaba la mula atada en la Travesía de la Iglesia, detrás de mi casa, que era el Café Plaza Bar, para que descansara a la sombra mientras él comía y sesteaba un rato. Y la dejaba sola con toda su carga a la vista, sin más complementos que una simple tela para cubrir las tapas.

Claro, con estos aromas, en un pueblo de tan poca actividad, con la mula bien atada a una argolla a la pared... ¿qué muchachos no van a pensar en un asalto a esas delicias, sabiendo además que Adón permanece medio adormilado en el bar? Al fin y al cabo se trata de una simple mula, híbrido de burra y caballo o de yegua y burro, quién sabe; además sin ninguna protección física que impida meter la mano en una caja, protegida tan solo por esa elemental tapa de madera y acceder sin más traba a esa repostería de aromas tan sugerentes.

Estos lances siempre se planifican entre dos o más, claro. Así que la técnica de asalto se presenta fácil: mientras unos sujetan o entretienen a la mula, para que no se asuste ante desconocidos, por si extrañara, el otro, o los otros, aprovisionan. Así de sencillo. Sin embargo, en una primera vez, la ignorancia te deja perplejo ante el recibimiento que te ofrece el animal. Si te acercas por detrás, ella se mueve orientando sus ancas con la intención de soltarte una coz de plano, de lleno, sin tangentes, en cualquier parte de tu cuerpo, un impacto capaz de matarte allí mismo. Y realiza todos esos ademanes ya bastante antes de aproximarte.

No caben experimentos de prueba error cuando se trata de coces.

Si te acercas por la parte de la cabeza, o sea, pegado a la pared donde está la argolla, Adón la ha dejado ramal suficiente para que se mueva y gire lo que haga falta y lo que hace la mula es alargar el hocico, con la bocaza abierta del todo, adelantando y mostrando los dos arcos de dientazos como los filos de una tenaza, para atacar en cualquier posición a mordiscos, con esa dentadura que, vista de cerca, es como una entrada al infierno. No hay manera. La mula tiene cubierta un área de defensa que abarca 360 grados.

Tampoco caben probatinas cuando se trata de una dentadura de esas características.

Primer asalto, fallido, vamos, no solo fallido; es que ni hemos podido aproximarnos; ni siquiera oler las pastas… y gracias que nadie ha recibido coces o mordiscos. El resultado de este primer asalto nos deja el amor propio un poco maltrecho porque ¿cómo una simple mula, animal irracional donde los haya, puede impedir a dos o tres chavales, ágiles como gacelas, sacar unos unos bollos de unas simples latas?

A veces yo salía a mi puerta de atrás y permanecía quieto, observando al animal a distancia. Su apariencia no ofrecía ningún detalle a simple vista que informara de un atisbo de inteligencia ni de agresividad. La mula, aparejada y con su carga, permanecía tranquila, embebida en sus pensamientos y atenta sólo a sus moscas.

Al verla con este reposo, varias veces intenté la operación por mi cuenta, no ya por las rosquillas, que las teníamos en el bar para los aguardientes mañaneros, sino por un desafío personal.

Me percaté de que cuando pasaba cerca de ella algún vecino que iba a lo suyo, la mula permanecía quieta y ni siquiera se ponía a la defensiva. Intenté yo esta jugada pero, no sé si ya me conocía o es que averiguaba mis intenciones, el caso es que era verme, y salir de su aparente modorra para ponerse rígida y en guardia.

Conclusión: la mula distinguía perfectamente entre los que se aproximaban simplemente como transeúntes, y los que querían algo de sus cajas… y en función de eso actuaba, o avisaba; porque también es cierto que avisaba; y esto es algo de agradecer a ella y a su instructor. Imaginemos que te deja aproximar y, cuando te tiene a tino, te ensambla una coz de lleno... o un mordisco que te parte el brazo...

Segundo asalto: aumentamos los componentes de la tropilla para averiguar algún punto débil en la defensa del jumento. Mismo resultado. La mula se posiciona con destreza y, viendo como estira las patas hacia atrás, infunde un miedo que paraliza tanto a los pocos como a los muchos. Conclusión, sabia deducción en ese caso, no nos la jugamos, que lo intenten los mayores y después ya nos dirán cómo.

Sin embargo, al poco tiempo de nuestra intentona supimos que ninguno de las pandas de los mayores había logrado dar con alguna debilidad de la mula porque, en cuanto veía acercarse a alguien con estas intenciones atacaba con decisión y efectividad valiéndose de su bocaza y de sus patas.

Una mula sin talón de Aquiles.

En definitiva, de las muchas ocasiones que Adón visitara Madrona con su preciada mercancía, en ninguna de ellas le faltó una sola rosquilla. Sin candados, sin vallas, sin vigilancia, sin alarmas, sin guardar la mula en ninguna parte, sin estar al cuidado... siempre lo tuve por un hecho prodigioso.

Enigmas

Surgieron de este sencillo episodio varios enigmas que nunca pudimos resolver. Me hubiera gustado preguntar a Adón, porque le atendí en el bar muchos días, pero me quedé con las ganas porque yo aún era pequeño y, además, si le pregunto, me delato.

El primero se refiere la pericia o conocimiento de Adón o el maestro que la tratara, para enseñar a una mula a defender en soledad y sin señal alguna por parte de su amo, la carga que transporta. ¿Cómo se puede conseguir esto de un animal tan grande, de tanta sangre y de tan poco seso, y de naturaleza tan poco proclive a la instrucción?. En los pueblos siempre hemos visto que con mulas y burros, en trances de trabajo, que no de ocio, sólo cabían los entendimientos de la tralla y el palo. Quien no haya trabajado con este tipo de acémilas este método puede parecerle ahora un poco bárbaro. Pues nada, que pruebe a canizar una parva con un par de mulos y luego hablamos.

Volviendo a la doma, téngase en cuenta que los domadores que actúan con sus animales en espectáculos, cuando el bicho lo hace bien, su maestro le recompensa con algún obsequio adictivo, alguna golosina para él... En el caso de esta mula, su domador, amo y maestro, está dormitando y a distancia mientras ella defiende con cascos y dientes la pequeña pero apreciada hacienda. No recibe premio ni estímulo, ni siquiera alguna expectativa... por lo menos de inmediato.

Segundo, ¿Cómo ha aprendido la mula a distinguir entre quien se aproxima porque simplemente pasa por la calle, y por tanto a quien no debe atacar, del que se acerca con intención de robar bollos? Porque ya antes de situarte en corto, ella se ponía en facha.

Tercero. Adón nunca se enteró de nuestras intentonas ni, en consecuencia, del magnífico trabajo de su mula, aunque sí del resultado por cuanto las cajas se las encontraba intactas. ¿Cómo la recompensó entonces por su éxito? ¿Este animal no necesitaba, como los que vemos en los circos o en los delfinarios, de alguna gratificación para asegurar y mantener la misma respuesta?

Siempre hemos oído: tiene la memoria del burro, que nunca olvida donde come. Falso. Este equino, pariente inmediato, tuvo buena memoria, facultad no relacionada con su comida, y sí con nuestra glotonería.

Como es ley de vida, Adón nos dejó y con su marcha definitiva desaparecieron también las respuestas a estas preguntas. Además, con toda seguridad, con él desaparecieron asimismo decenas de anécdotas que necesariamente hubieron de acontecerle en sus trayectos por cañadas, cordeles, trochas, caminos y veredas en sus jornadas de itinerancia por aldeas y pueblos segovianos.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Mayo 2020
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