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  |   Anecdotario  XXII   

Decepción

Aquel verano, el melonar familiar de mi abuelo fue motivo de varios disgustos por cuanto cada vez que se acercaban para atenderlo y obtener lo que estuviera en sazón, comprobaban que algún ajeno se les había adelantado arramblando con el cristo y la peana. No sólo faltaban sandías y melones, sino que estaba como cosechado a conciencia, sin dejar nada aprovechable para un tiempo después.

Los melonares han constituido tradicionalmente una fuente de recursos muy apreciada en las familias humildes de nuestros pueblos. Además de sandías y melones también se sembraban en ellos especies de calabazas de fruto voluminoso destinadas a los animales de tiro, algo que les resultaba muy saludable también para complementar la postura, término empleado aquí para indicar cada reparto de comida para las acémilas. En el término de Madrona, como no todas las tierras valían para este cultivo, había que escoger con tino alguna que garantizara un mínimo de frutos a tiempo, porque los veranos en Segovia son cortos para los cultivos y el mes de septiembre podría venir con temperaturas traicioneras.

Imagen del SIGPAC. La Ladera de los Herreros fue uno de los lugares elegidos por los labradores de Madrona para plantar sus viñas.

El otro fue en el paraje El Palomarejo, ladera que vierte al Arroyo Matamujeres. Ambas laderas comparten la baja calidad de la tierra.

En aquel tiempo mi padre aun trabajaba para la casa del suyo, por lo que entre él y mi abuelo acordaron dar aviso al guarda jurado para que diera con el ladrón. Un ladrón muy dañino, tan activo como codicioso. Dijeron al guarda que, si lo atrapaba, lo llevara a su casa.

En Madrona también hubo épocas en las que se contrataba, no sé si por parte de la Hermandad de Labradores, o de Ganaderos, o de ambas, a un guarda jurado para que patrullara por el campo y estuviera al cuidado de las plantaciones y sembrados. El caso es que el melonar asaltado se había sembrado en una tierra cercana a la Cuesta Arnal (topónimo aquí transmutado en El Costarnal, como solecismo léxico popular).

El guarda eligió un sitio aparente para ocultarse y poder vigilar la parcela y, más pronto que tarde, sorprendió al avaro cleptómano con las manos en la masa, el cual, por otra parte actuó con total descaro, sin ninguna prevención y a la luz del día. Y fue una sola persona el autor de todo el estropicio.
Mi padre ese día estaba trabajando en el campo y cuando volvió a su casa se quedó de piedra al ver al guarda con el detenido, hablando con mi abuelo Natalio. Cada ve que me lo contaba parecía no haber superado el pasmo que le produjo la escena a pesar de la lejanía del episodio.

Resultó que quien saqueaba con insistencia, saña y codicia el melonar de la familia era Cornelio Céspedes (nombre ficticio aunque persona real), nada más y nada menos que el mejor amigo que mi padre tenía en Fuentemilanos.

Por el modo de contarlo, siempre pensé que el tamaño de su decepción era proporcional al de la calidad de la amistad. De la calidad que él suponía para esa amistad. Cosa que en la otra parte constaba de forma muy distinta, como quedaba bien demostrado.

Es algo natural. No puede decepcionarnos quien no tenemos en estima. No nos decepciona aquello en lo que no hemos puesto expectativas ni confianza.

Su disgusto no vino por el valor de la cosa robada, que también tuvo su importancia si consideramos que arramblaba con todo lo que podía y lo cargaba en su carro para transportarlo, sino porque Cornelio conocía perfectamente de quien era la tierra y el melonar. Y en aquel asalto estaba la traición a una amistad impecable hasta ese momento.

Pero hay otro agravante, doloroso también, ni Cornelio ni su familia estaban en una situación tan mala como para que le hiciera falta delinquir. Y suponiendo que lo necesitaran, que no es el caso, se lo podrían haber pedido y lo hubieran obtenido sin mayor contratiempo ni contraprestación. Sin humillación. Porque aquella amistad daba para eso y más.

Y aún podemos añadir un otrosí más: podría haber tenido la consideración de repartir sus saqueos entre otros melonares para equilibrar un poco los perjuicios… pero tampoco se dio tal cosa.

Todas estas consideraciones desconcertaron y afligieron a un joven que hasta ese día mantenía, respecto a su igual, un espíritu de lealtad y confianza.

Dado que el guarda jurado tenía la consideración agente de la autoridad, su testimonio en el Juzgado de Paz gozaría de presunción de validez en sí mismo. Por todo ello podrían llevarlo a juicio para que se le aplicara la sanción correspondiente y el resarcimiento de los daños que dictaminara el juez.

- Pero, ¿sabía Cornelio de quién era el melonar? -le pregunté.

- Lo sabía de sobra -contestó mi padre de forma rotunda y seca.

- ¿Y qué hicisteis con él?

- Anda, y que íbamos hacer... él estaba también muy avergonzado; con la cabeza gacha. Yo no pude decir nada. Fue mi padre quién le dijo que se marchara a su casa y le advirtió de que no repitiera. A ver…

- ¿Y no os volvió a robar alguna otra vez?

- No. No volvió.

- Pero vosotros ¿volvisteis a ser amigos o no?

- Qué va.

En resumen mi padre perdió para siempre un amigo por unas sandías. No por unas sandías, sino por varios saqueos del melonar familiar, que no es la misma cosa. En cuanto a la amistad, tampoco es la pérdida del amigo, sino su causa y su forma, algo que te puede dejar una cicatriz indeleble, como es el caso. Entre personas cercanas, a veces no detectamos la asimetría en las relaciones que nos vinculan; por eso, llegada la decepción ésta se hace más dolorosa.

Comentario

Las relaciones de las gentes de Madrona con las de Fuentemilanos, han sido las que corresponden a los buenos vecinos: a veces buenas, otras regular y a veces un poco peor que regular. Lo normal.

En cuanto a melonares y viñas, siempre se comentó en Madrona que algunos de Fuentemilanos les tenían especial cariño a los sembrados en tierras que "les pillaban de paso" cuando volvían de Segovia. Aunque ese itinerario no vale como excusa, por cuanto también asaltaron a viñas y melonares, sembrados en la zona próxima a la carretera de Ávila (N-110), a los que bajaron ex profeso. Y se les temía. Mejor dicho, se temía a los daños que causaban, si bien no eran saqueos, sino abastecimientos un poco más largos que los de un antojo o necesidad puntual y personal.

Mi padre ha tenido familia en Fuentemilanos, también alguna tierra, conoció bien a todos sus pobladores y nunca ha hablado mal de ningún vecino.

Cuenta que, como en todos los pueblos, había allí su salón donde representaban comedias y siempre se llenaba de gente. La particularidad de las representaciones de Fuentemilanos es que contaban con un servicio de vigilancia para mantener el orden y el silencio en todo momento. Se mostraban muy celosos de que se guardara el respeto que se debe a ese arte, por lo que, durante la representación, tres o cuatro mozos patrullaban por los pasillos imponiendo con su presencia, y las advertencias que hicieran falta, orden y silencio al máximo.

Algunos de Madrona subían hasta el pueblo para asistir a esas comedias. En una de ellas, mi padre se había comprado una botella pequeña de gaseosa para beberla durante la representación, con tan mala suerte que el tapón de corcho salió disparado antes de tiempo y sonó como si fuera una botella de champán. Bueno, pues sin advertencia ninguna y antes de que mi padre se percatara, se encontró con un golpe en la cabeza proveniente de una vara de uno de los patrulleros. Y le dolió, por lo que el varazo fue con toda intención.

Para los de mi generación, las relaciones respecto a Fuentemilanos han sido distintas pero, aunque hay muchas anécdotas, ahora no hacen al caso, porque aquí y ahora tan sólo se trata de poner de manifiesto cómo un comportamiento incomprensible, injustificable, inexplicable y gratuito estropea en un instante una amistad que hasta entonces se mostraba como verdadera.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Mayo 2020
Anecdotario
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