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  |   Anecdotario  XXIII   

Años 1974 - 1980: expectación e intensidad

De los años 1974 a 1980 la expectación y la intensidad impregnaban el ambiente social tanto en pueblos como en ciudades, y llegaba sobre todo, de dos ámbitos. Uno era el político, debido al interés de los ciudadanos por los cambios profundos que en esa órbita se anunciaban y se iniciaban; y la intensidad la generaban los avances industriales, a veces vertiginosos, iniciados con la mecanización del campo. Algunos costes de este desarrollo son manifiestos: uno el ecológico, con el resultado que podemos comprobar; y otro en forma de drama social, con el éxodo de decenas de familias hacia las ciudades; sin embargo, las que pudieron quedarse prosperaban despacio pero adecuadamente.

A partir de 1974 varios jóvenes de pandas y quintas distintas sacamos el carnet de conducir y poco a poco nos incorporamos a un mundo motorizado todavía muy reducido: se trató de una incorporación muy condicionada, por cuanto consistía en una especie de préstamo ocasional del vehículo que la familia utilizaba como herramienta para su actividad. Había que tratar al automóvil con cuidado y devolverlo sin merma alguna.

Se dio un avance cualitativo inmenso porque muchos saltaron de la bici al coche. Otros ya partían de la pequeña moto en propiedad, de 49 cc, que se podía conducir con un simple permiso. Es el caso de Abel (Bravo Rincón) y Mauri (Sacristán de las Heras), que tuvieron una Guzzi Dingo 49 como la de la imagen; Paco (De la Calle Sánchez), que tuvo una Guzzi Ranchita, y algunos otros. En Madrona, la marca mayoritaria en ese segmento fue la Rieju 49, porque varios trabajadores la eligieron, no como juguete para el ocio, sino como medio de traslado al tajo diario, normalmente a Segovia (Juanito, Enrique, Jose, Faustino, Balilla y otros).

Guzzi Dingo 49, idéntica a las de Abel y Mauri.
Guzzi Ranchita 49. Una de estas tuvo Paco, aunque llegó bastante tuneada.
Rieju 49, una de las marcas más duras y fiables. Fue por la optaron los trabajadores que la necesitaban a diario.

Con el acceso a los vehículos, el territorio del ocio para la exploración se volvió casi ilimitado; con esta independencia la libertad de movimientos mejoraba a ojos vista. Así que empezamos a acudir a la ciudad con frecuencia y autonomía. Asimismo, cuando la ciudad no interesaba lo suficiente, emprendíamos itinerarios alternativos por los pueblos en fiesta hasta entonces imposibles de alcanzar, investidos de una actitud optimista, como si en ellos se nos esperara desde hace mucho tiempo.

Se ampliaron nuestras posibilidades del ocio nocturno pero también del diurno, como fue el de viajar para conocer lugares diferentes, urbanos o naturales, que de otra manera no hubiéramos podido alcanzar. Ésta fue una de las actividades más recurrentes y gratificantes.

Motos 2

Puede que fuera hacia 1974, llegó Pedro Tanarro con una flamante Montesa Enduro 75, recién inventada por Montesa, que algunos nos hacía babear cada vez que la veíamos, la oíamos, la olíamos (motor de dos tiempos con mezcla) y sentíamos. Pedro se divertía con ella viajando a pueblos; viajes de ida y vuelta en el mismo día, sin equipaje, sin casco porque no era obligatorio, y a mí estas escapadas se me quedaron registradas como la forma más sublime de emplear el ocio. Hoy, cuarenta años después, mantengo la misma convicción.

En el 1976 llegaría mi también flamante Montesa Enduro 250 H (de trinca, como se dice en castizo en Madrid: nueva) y poco después la idéntica de los hermanos David y Juan Carlos López García y a continuación la de Abel Bravo Rincón, una Montesa Enduro 360 H7… un maquinón que acabaría dándole un disgusto por una cuestión con el muro del recinto de la iglesia. Y después una Bultaco Alpina o Matador, no me acuerdo bien, de Arturo Bernardo Sancho.

Montesa Enduro 250 H como la de los hermanos David y Juan Carlos y la mía.
Un vehículo adictivo con el que cada día te divertías más.

Montesa Enduro 75 como la de Pedro Tanarro.

Montesa Enduro 360 H7 como la de Abel.

Bultaco Matador.
Bultaco Alpina. Una de estas dos Bultaco tuvo Arturo.
Montesa 348 Trail. Cambié mi enduro por esta de la foto y me arrepentí mucho. Esta moto era una maravilla en todos los aspectos, pero con un estilo más trialero.

 

A las 4 ruedas.

Citroen 2CV, Descapotable, como el de Celso (Sonlleva Fuentes). A este modelo lo llamaron, justificadamente, el coche de los curas. Se podía arrancar, como todos los Citroen, a manivela.

Citroen 2CV furgoneta. Vicente Esteban (tahona) y Vicente Ayuso (bar) trajeron las primeras versiones. Después llegaron otras más evolucionadas, como la de la foto. Julián Fernández (tahona)y Marcelo Sánchez Bravo, entre otros.
Citroen C8 Break. Este es el modelo de coche volador de la segunda historia que se cuenta. Lo compró Francisco de la Calle.

Supervivientes al borde del linchamiento

De alguno de esos pueblos lejanos regresábamos, hacia las 4 de la madrugada, unos ocho aventureros, en dos coches. Era el fin de semana anterior a las elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras de la recién estrenada democracia.

En el punto de partida de regreso a casa, alguien, tal vez Mariano (Sánchez Álvaro) me pidió que condujera yo su coche, porque ni el conductor titular ni nadie del resto de ocupantes se encontraba en condiciones. Aunque yo tampoco estaba como para tirar cohetes, accedí porque en estas circunstancias siempre he aplicado (y los demás creo que también) el criterio de ir despacio, para contar con tiempo suficiente de reacción. Como se ha dicho al principio, el coche era sagrado y había que devolverlo tal cual. Esa pauta, y un poco de suerte, fue la que siempre nos acompaño y nos puso a salvo.

Venía otro coche más, creo que el Dos Caballos de Celso (Sonlleva Fuentes). Nada más arrancar, mis pasajeros, se acomodaron como pudieron en los asientos y acto seguido se amodorraron como si llevaran un mes pegar ojo. Provenientes de la dirección Soria, atravesamos la ciudad y su acueducto, porque el tráfico estaba abierto bajo los arcos.

Al llegar al solar donde después se construyó el actual edificio de la Dirección General de la Policía, en Ezequiel González 22, los dos conductores detuvimos los coches porque a los de Alianza Popular les habían destrozado, esa misma noche, las enormes vallas publicitarias de su propaganda electoral. Un destrozo considerable. No nos bajamos; tampoco pudimos comentar nada con los pasajeros porque se mantenían en lo más profundo del sueño. Ni siquiera se enteraron de la parada. Continuamos la marcha hacia Madrona.

A unos doscientos metros sobrepasado el cruce de Tejadilla veo que se nos acercan por detrás, a una velocidad sospechosa, tres coches. Nosotros mantenemos nuestro ritmo, más bien lento. Una vez que dos de ellos nos pasa, se paran y nos echan el alto. Dos delante y otro detrás, como cerrando posibles escapes. Se bajan los ocupantes y vemos como casi todos ocultan el rostro con pasamontañas, agarran bates de béisbol, cadenas y se ponen unos guantes muy especiales que son los que llevan hierros para demoler al contrincante con un solo golpe. Sus ademanes parecían saborear la venganza de antemano. Permanecen estirados y alineados en arco, esperando la orden de ataque.

A voces, y como si fueran mandos militares, nos ordenan bajar. Nos bajamos sólo los dos conductores porque los demás continuaban traspuestos en otro planeta lejano. Nos vuelven a ordenar que bajen todos, a lo que respondemos que los demás están dormidos, que los tenemos que despertar. Algunos se asoman al interior de los coches, tal vez buscando restos, herramientas o pistas que les confirmen su acierto en el hallazgo. Pero sólo ven chavales somnolientos, en estado de abatimiento total.

Acto seguido nos acusan del destrozo de sus paneles porque cuando llegaron al solar, nosotros estábamos saliendo con nuestros coches. Tuve que despertar a todos mis pasajeros porque seguían dormitando profundamente. Y el otro conductor, lo mismo. También para que nuestros atacantes vieran que con semejantes efectivos, poca actividad destructiva podría caber.

Aún así, su nerviosismo nos indica a cada momento que están a punto de atacarnos porque están poseídos por la ira y el ansia de venganza. Uno de ellos, el cabecilla, me reconoce, porque sus familiares tienen un chalé en Madrona y van al bar de mis padres a menudo; eso, de momento, parece frenar la orden de ataque, pero yo no sé si va a ser suficiente.

A mí, como en el episodio con el guardia civil en Torredondo, me tocó hacer de mediador e intentar aplacar a aquella jauría sedienta de sangre, ante cuyo jefe, un chico alto, gordo y rubio de una familia burguesa de Segovia, muy conocida, cuyo nombre prefiero no dar, le expuse varios argumentos de peso. El primero fue que nosotros no estábamos en condiciones de romper nada, como estaba a la vista. El segundo, que nosotros éramos ajenos a los partidos políticos, como muy bien podrían saber ellos en un lugar tan pequeño y abarcable como Segovia, donde nos conocemos todos, y el tercero y más contundente, fue cuando le dije:

- Mira, tu sabes que conozco bien a tu familia porque vais con tu padre a mi bar a menudo. Pregúntale, y él te dirá sobre mí y sobre mis amigos. No tenemos nada que ver con todo esto. Buscad en otra parte a los culpables y estaos tranquilos porque nosotros no hemos roto nada. Veníamos de fiesta y tan solo hemos parado para ver el destrozo sin bajarnos siquiera de los coches.

Durante todo el diálogo se mostraron con el mismo nerviosismo y con idéntica agresividad; exhalando gases, sin aflojar las ganas de sacudirnos con sus cadenas y sus bates de béisbol, pero la mención al padre del cabecilla creo que fue lo que finalmente les hizo desistir, aunque aún nos amenazaron y advirtieron de que averiguarían todo y entonces ya veríamos... etc..

Tanto el otro conductor como yo siempre estuvimos convencidos de que la tropilla nuestra, a la que hubo de informar del trance hasta ese momento, nunca se percató bien de hasta qué punto estuvimos al borde de una soberana paliza. Más que una paliza, porque nuestros cuerpos no hubieran aguantado los golpes con bates, cadenas y puños metálicos de una decena de sabuesos, tal y como nos encontrábamos, derrotados ya de antemano por el alcohol, el sueño y el cansancio. Es que, además, esa misma noche, cuando llegamos al pueblo, apenas comentamos el episodio porque todos estaban para el arrastre y lo único que querían era llegar a su casa a tiempo de dormir algo... porque en breve algunos ya tendrían que estar ordeñando y atendiendo los ganados.

Aquella jauría eran los cachorros de extrema derecha, los de Fuerza Nueva, que en las elecciones se presentaban a cobijo de Alianza Popular. Un partido que jamás ha revisado el pasado reciente; que tiene pendiente la reconciliación con la historia, la verdad y gran parte de la sociedad española, por lo que se mantiene como parte del problema.

Ese mismo verano el jefe de la siniestra recua volvió algunas veces con sus familiares al bar de mis padres, pero no nunca hubo comentario alguno sobre aquel "incidente" por ninguna de las partes.

En cuanto a los amenazados, después sí, en La Piedra Filosofal sí fue comentado en muchas ocasiones, claro, pero siempre les teníamos que informar bien Celso y yo. Los demás nunca llegaron, creo que por fortuna, a sentir la tensión y la gravedad de aquel trance. Y, en consecuencia, tampoco experimentaron el miedo, el pánico, el temblor y la asfixia de cada una de tus células.

Resultado de las elecciones del 15 de junio de 1977. Fuente: Wikipedia.


Supervivientes aéreos abroncados

En ese mismo tiempo, cada mes de septiembre repetíamos una rutina a la que nos aficionamos. Pasada nuestra función del Cristo y gran parte de las fiestas de los pueblos comarcanos, un grupo intergeneracional, bien nutrido de elementos de las quintas mencionadas al principio, conveníamos cenar juntos en alguno de los nuevos restaurantes de Torrecaballeros (alguna vez cerca de 20); pueblo que entonces despegaba como alternativa hostelera a la saturada ciudad de Segovia. Una vez acabado el ágape con sus vinos y complementos y la tertulia de sobremesa, (o sea, cuando el establecimiento ya tenía que cerrar) elegíamos otro pueblo que estuviera en fiestas para continuar la juerga hasta el remate. El Espinar con su Noche del Teo fue el destino elegido en varias ocasiones.

En aquel tiempo no había controles de alcoholemia, ni radares, ni cámaras... y la vigilancia del tráfico, muy escasa, nunca fue preocupación para nosotros. De otra parte, los coches no equipaban ningún elemento adicional de seguridad. Ninguno. Ni cinturones de seguridad, ni retrovisores exteriores, ni reposacabezas para evitar daños cervicales (el término airbag aun no se había inventado)... los frenos eran de tambor, las ruedas muy estrechas... los cuadros del salpicadero apenas contaban tres o cuatro luces. Es decir, todos los vehículos se fabricaban muy desamparados frente a equivocaciones graves. Y esto lo sabíamos.

Citroen Dyane 6. Descapotable. Uno como este, en color naranja y comprado a estrenar, fue el de los hermanos Sánchez Álvaro. Y, de ellos, Mariano lo llevaba a menudo.
Este es un Simca 1000, como el que se compró Abel, de 2ª mano. Con el nos fuimos hasta Málaga en 1977 (Juan Carlos López, Pepe Esteban, Abel y servidor). En la bajada del puerto El suspiro del Moro, echaba humo por las cuatro ruedas.
Y este es el primer Renault 4-L, Súper que compró mi padre para el negocio del bar. Ahí aparezco yo con el pelo lo más yeyé posible. Año 1975, aprox.

En la velada de aquel verano todo estaba saliendo según lo previsto para un grupo de jóvenes impulsados por sus ganas de diversión. Acabada la cena en Torrecaballeros, acordamos acercarnos a la Fiesta del Teo, en El Espinar.

En cuanto a conducir, nunca tuvimos demasiado en cuenta las condiciones personales tras la cenas, discotecas y otros eventos. Había confianza suficiente como para no hacer de ello una preocupación. De otra parte, nadie del grupo llegaba jamás a un estado próximo al calamitoso. Era otra cosa. Es cierto que tuvimos mucha suerte por cuanto nadie tuvo accidentes a pesar de los trayectos de las madrugadas festivas. El episodio que aquí se cuenta también se narra por eso, porque fue excepcional.

Se iba con cierta alegría, pero a la hora de conducir el coche, se imponía un sentido de prudencia reforzado también por la evidencia de esa elementariedad de los vehículos antedicha, indefensos de por sí ante cualquier imponderable, inconveniente (handicap, lo llaman algunos...) que en las motos se multiplica hasta el infinito. Esto es algo que siempre tuvimos en cuenta. Con las motos también.

 

Bajada de El Portachuelo, en la N-603; desvío SG-A-7225, con dirección El Espinar.

En aquel año la única edificación era la de la casa antigua, lindante con la misma curva de la carretera.

El río es el Moros, se salva sobre un puente histórico.

Hacia la una de la madrugada, tras pasar Los Ángeles de San Rafael y ya bajado El Portachuelo, nos desviamos a la derecha para tomar la carretera local hacia El Espinar. Es un trayecto que yo conocía bien incluso desde pequeño, porque Dionisio Sonlleva nos llevó algunas veces a varios de mi familia a El Espinar para visitar a los parientes en un coche de época, un Citroen negro de ruedas grandes. Y hay conversaciones de los mayores que escuchamos de pequeños y ya nunca se nos olvidan. Cada vez que pasábamos por ese lugar, antes de afrontar la curva fatídica que está señalada en la imagen, por el puente sobre el río Moros, siempre comentaban que ese era un punto peligroso, con muchos accidentes.

De aquella noche nuestra me acuerdo que, de todo el convoy de coches, el Citroen 8 Break de Paco (De La Calle Sánchez) antecedía al Citroen 2CV furgoneta que conducía Pepe (Esteban Fuentes), en el que yo también viajaba. Como es cuesta abajo, creo que íbamos un pelín por encima de lo conveniente, y yo, por el conocimiento antedicho y también porque pasaba a menudo por allí, le advierto a Pepe:

- Pepe, frena que viene ahora una curva muy peligrosa y hay que tomarla despacio.

Pepe me hace caso inmediatamente y en ese preciso momento vemos delante cómo el coche de Paco no toma la curva, sino que se sale de la carretera haciendo una recta perfecta; debido a la velocidad, sobrepasa sin inconveniente, porque está casi al mismo nivel que el firme de la carretera, la pared de piedra del cercado, y sigue volando unos metros hasta caer de plano en mitad del prado, cuya cota está muy por debajo del nivel de la carretera. Aterrizó bien, sin vuelco ni filigrana.

Nos quedamos pasmados.

Enseguida paramos y bajamos para ayudar. Vemos al Citroen clavado en la hierba, pero sin daños de chapa e íntegro, cosa que nos choca. Vemos asimismo cómo los cuatro ocupantes, de los que ahora sólo me acuerdo de Paco y de Arturo (Bernardo Sancho), salen cual zombis, más pasmados aún que nosotros pero por sus propios medios y, en apariencia, ilesos, aunque aturdidos.

Mientras comprobamos que están bien, algo prodigioso dadas las características de los coches y el vuelo que se acaba de marcar el Citroen, oímos a señora gritando, recién aparecida en el prado, que se acerca hasta el grupo a grito pelado, despotricando: que hay que ver, que está harta de tanto accidente, que todos igual, que van como locos, que a qué se ponen si no saben, ..., y, sin ni siquiera preguntar si hay heridos o cómo estamos, pasa a regañarnos directamente, que somos unos chalados, unos sinvergüenzas, que se nos está bien, que a saber cómo venimos, irresponsables, que pabernosmatao... Menos bonitos, nos llamó de todo; y llega un momento en que Arturo, aun no recuperado del susto, se ve sobrepasado por esa retahíla de insultos, y le dice a la señora bien alto y claro:

- ¡¡Pues sí que estamos bien con la señora ésta, que estamos vivos de milagro y encima nos regaña!!

La mujer le oyó y por fin se calló o por lo menos bajó la voz y dejamos de oírla, aunque seguramente continuara con su monserga. Era la vecina de la casa de la curva, que por lo visto tenía espectáculo de accidentes cada dos por tres, y aprovechó para desahogarse a esas horas y con nosotros. Nadie llamó a su casa, ni la pidió ayuda, pero si estábamos vivos, muertos o entre medias, era algo que la traía sin cuidado.

Esa noche se nos escapó el Teo, pero nos alegramos de una forma indescriptible de encontrarnos todos sanos y salvos.

En cuanto al C-8, el remate del vuelo no le sentó del todo bien, por cuanto, tal vez debido a la carga, en el impacto del aterrizaje rompió completamente las suspensiones de las cuatro ruedas y se quedó tan hundido en el prado que parecía embebido por la hierba.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Junio 2020
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