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  |   Anecdotario  XXIV   

La nobleza de los bueyes

Aún es noche cerrada cuando Natalio Ayuso y su hijo Lauro han terminado de acoplar la yunta de bueyes al carro de estacas, para dirigirse a acarrear las hacinas de unas tierras en El Lomillo. Los bueyes están perfectamente uncidos a su yugo y éste, a base de coyundas y sobeos, a la pértiga del carro. Un carro largo que, sin tapiales, tan solo con las filas de estacas, parece desnudo y liviano. Salen muy temprano de casa porque antes de la amanecida quieren tener el carro ya descargado en la era, para proceder a la trilla con la luz del sol. Es el mes de junio de un verano de aquellos años sin motores, donde el tiempo y el trabajo se medían de otra manera.

Los dos van subidos en el carro y a los bueyes prácticamente no hace falta guiarles porque saben recordar perfectamente los itinerarios y seguir la dirección de las roderas de los caminos. Padre e hijo apenas hablan en el trayecto; son de ese tipo de castellanos que se complacen más en los silencios que en las chácharas.

De todas formas, para mandar a los bueyes se acompañan de esa vara larga terminada en una afilada punta de clavo, por si hiciera falta emplear la fuerza en alguna maniobra comprometida. Esa vara llamada aguijada (o aijada), capaz de hacer daño si se emplea con fuerza sobre los cuerpos de los animales.

Todo transcurre con la tranquilidad que impone el andar parsimonioso de los bueyes y entran en el soto para dirigirse a esas tierras de El Lomillo. De repente, los bueyes, sin venir a cuento, sin ninguna orden ni impedimento externo que lo imponga, se paran en el prado del soto. Lauro, que es quien los dirige, les da unas voces de ánimo, se dirige a ellos por sus nombres para que continúen pero no hacen el mínimo caso y permanecen inmóviles. Dado que no encuentra ninguna razón a este comportamiento tan extraño, piensa en un principio que esa mañana los bueyes están antojadizos, tal vez somnolientos o vete a saber en qué tipo de huelga no declarada están. El caso es que al no ver motivo alguno para este plante y desobediencia, de otra parte inusual en esa yunta, agarra la aguijada y les clava en las ancas de cada uno de los bueyes la punta de clavo. Los bueyes sienten el dolor del aguijonazo, pero aun así permanecen inmóviles, petrificados. No avanzan un palmo. Lauro piensa que una dosis de dolor podría ser insuficiente para ellos, por lo que instintivamente repite la acción: otro aguijonazo a cada uno y, extrañamente, todo permanece en el mismo punto. Al ver que siguen igual, lo comenta con su padre y se baja del carro para averiguar qué puede impedir que los dos enormes toros se nieguen a obedecer incluso a la aguijada.

Reproducción a escala de un carro de bueyes preparado con estacas para el acarreo.
Obra perteneciente a la colección del artista segoviano de Etreros, D. Julián Maroto de Nicolás.

Llega a la cabecera del carro y ve como el cuerpo de un hombre permanece dormido, tal vez muerto, cruzado de lado a lado en el camino. Le zarandea para averiguar la situación y el hombre, afortunadamente se despierta. No es de Madrona, no lo conoce, parece un tipo extraño y en extraña situación, Le pregunta cómo se le ocurre tumbarse sobre las roderas de un camino habiendo tanto prado pero, tal vez por cierto aturdimiento, el otro no da con ninguna respuesta, por lo que Lauro le pone al corriente de cómo la nobleza de los bueyes le acaba de salvar la vida.


Detalle de la parte izquierda de la citada obra del Sr. Maroto de Nicolás.

Una nobleza a prueba de oscuridad, de órdenes personalizadas en contra y de varios aguijonazos en la carne. El hombre, que en ningún momento fue consciente de que había vuelto a nacer, se apartó del camino y entonces los bueyes, tras una leve indicación verbal, continuaron la marcha con su andar antiguo hacia El Lomillo.

Interacción animal

La convivencia con los animales depende completamente de su especie en primer lugar y, en paralelo a ésta, de la condición de cada uno de ellos, por lo que su casuística es inabarcable. Recuerdo a mi padre contar de un buey comprado en el mercado de Salamanca, lugar donde se adquirían muchas de estas acémilas, que lo compraron por las cualidades que estaban a la vista: potente, buena figura, muy aparente... pero después comprobaron que esa prestancia no era más que pura fachada; resultó ya en casa un animal de mala calaña y peor proceder, algo imposible de averiguar en el momento de la compra. Después de muchos intentos, y de mucha paciencia, resultó imposible doblegarlo y mucho más amaestrarlo. Un día sí y otro también se sucedían sus fechorías, por lo que decidieron venderlo antes de que fuera demasiado tarde. Y así se hizo. Se supone que aquel animal tendría como destino el perpetuo cambio de pesebrera.

He tenido la oportunidad de escuchar muchos testimonios de quienes todavía desempeñaron aquella agricultura tradicional basada en la fuerza de los animales de tiro y carga y en herramientas elementales, como el arado romano, los carros de yuntas… tras miles de años con una agricultura trabajada con la fuerza de los cuerpos, tanto de animales como de personas, en apenas una decena de años, ni siquiera un instante en el cómputo planetario, se pasó a su mecanización; una revolución que desencadenó la emigración de miles de familias porque ya no eran necesarias y la desaparición de millones de animales que compartieron la misma condición de prescindibles.

Del mismo modo, por trabajar en el bar atendiendo a labradores y ganaderos de Madrona, y tratantes de fuera, oí muchas historias también sobre los animales domésticos, no domesticados, que compartían con las familias un mismo edificio.

Asimismo, hasta los 10 años lo viví en mi propia casa. Y de todo ello tengo una conclusión poco alentadora: los inconvenientes que sobrevenían del comportamiento de los animales, siempre fue un factor de incertidumbre que además añadía dificultades y riesgos personales en los desempeños. Son animales a tiempo completo y sus reacciones son las propias de su naturaleza.

El episodio anterior es un testimonio es verídico en todos sus términos, como lo es el de que Emilio Ayuso, tío de mi padre, encontró la muerte en 1957, cuando sólo contaba con 49 años, aplastado por una rueda de su carro, cargado de cereales y movido por una pareja de bueyes. Emilio estaba descargando los sacos del cereal y, para solventar la cuestión que fuere, tuvo que ponerse delante de una de las ruedas. Mientras hacía el arreglo, la yunta de bueyes hasta entonces inmóvil, por causas desconocidas, se espantó y emprendió la marcha tan repente y con tal fuerza, que no hubo oportunidad ninguna de escape y mucho menos de ordenarles que pararan. Emilio murió en ese instante, a la puerta de su misma casa.


Imagen de una yunta de bueyes que permanece inmóvil mientras descargan el carro de sacos de cereal para el molino.
(No sé de quién es esta foto, tomada hacia 1970).

A mi suegro, Andrés Garcisánchez, le ha tocado lidiar con ejemplares de múltiples especies de animales (vacas, bueyes, mulas, caballos, asnos, ovejas, cabras, cerdos, gallinas, conejos, palomas, patos…) y después de tantas experiencias posee conclusiones para él irrebatibles sobre el comportamiento, más allá de lo irracional, de todos y cada uno de ellos. Repite a menudo una de estas conclusiones:

- Cualquier animal que tengas a tu cargo ten en cuenta que te la arma de todas las maneras. Cuando sea, pero te la arma… tienen todo el tiempo del mundo para pensar cómo y, al final, de la forma que sea, lo consiguen.

En aquellos tiempos donde la fuerza era animal, en los pueblos la palabra mascota no se conocía. Ni siquiera se intuía el concepto. En el año 2006, durante una estancia de mi hijo Fernando en la ciudad británica de Sheffield, la niña de la casa donde se hospedaba jugaba apaciblemente con su mascota en el césped: un conejo. Fernando, de 15 años, se acercó a ella y la dijo:

- Mi abuelo tiene muchos de éstos…

- ¿Y que hacéis con tantos? -preguntó ella, extrañada por tal cantidad de mascotas.

- Nos los comemos.

Al oír la respuesta, el asombro y la mirada de la niña ubicaron a mi hijo en una tribu caníbal de alguna espesura selvática en África.

La popularización de las mascotas es un fenómeno reciente. En términos generales y sobre todo en el mundo agrario, la posesión de animales hasta finales del S.XX siempre obedeció a la satisfacción de necesidades. Debían cumplir una función de utilidad práctica y material. Se tenían gatos no para acariciarlos, sino para que mantuvieran las estancias libres de ratones y aves y no se les permitía la entrada en las estancias de las personas. Se tenían perros para la carea de las ovejas, o para guardar las reses o bienes de distintas clases. Y tampoco traspasaban la puerta de la vivienda. Nadie tenía, en mi ámbito, una jaula con un canario ni con ningún otro pájaro. Ni una tortuguita… mucho menos un conejito… porque esa posesión no se concebía ajena a la satisfacción de una necesidad. Algo parecido a lo que afirma Bertolt Brecht a través de uno de sus personajes literarios:

-A los pobres no nos hace falta el apetito. Tenemos el hambre.

La necesidad prevalece sobre la apetencia o el gusto. Por lo tanto, la óptica a utilizar cuando revisamos sucesos o formas de vida anteriores no debe ser la actual, donde una mayoría de animales han perdido esas funciones de utilidad y necesidad, y que, inherente a este proceso, un día u otro esa pérdida determinará su desaparición, como ya estamos viendo respecto a diversas especies y de entre ellas, especialmente las autóctonas. Vivimos en una sociedad utilitarista y mercantilista por encima de todo; sus fines no reparan en los medios y todo queda supeditado al beneficio. No pasa nada. Este modo de operar lo único que hace es acercar un determinado final.

Volviendo a los animales, para analizar el suceso que se narra a continuación, cámbiese de óptica, por favor.

Ley de prevalencia

Madrona fue una población muy tardía en varios avances sociales. Uno de ellos, la concentración parcelaria; otro, la canalización del agua potable hasta las viviendas de los vecinos. La población disponía de agua en abundancia, pero no de dinero para acometer las obras de distribución y saneamiento.

Debido a esto, muchas amas de casa, llegado el estío y la sequía de los ríos, decidían subir, al menos una vez por semana, bien al Molino Viejo de Ortigosa del Monte, bien al paraje de San Antolín de Las Navillas (Navas de Riofrío), en el bajo de lo que en Madrona llamamos Las Siete Revueltas, a lavar toda la ropa en corrientes de agua limpia de ríos que allí aún están en su curso alto. En el caso de Las Navillas, el río Frío y el Milanos en Ortigosa; ninguno de ellos se secaba en estos tramos.

En Madrona siempre hubo muchos pozos artesianos, públicos y privados, pero según comentaban, sus aguas eran, en demasía, gordas o calizas o ásperas… y en ningún caso congeniaban como es debido con el jabón de cantero. Eran reacias a la suavidad y a la espuma. No limpiaban bien.

Varias mujeres se ponían de acuerdo para subir juntas a los ríos vivos. Una vez atendidas las labores de la casa, preparaban los serones, los llenaban con cestos de ropa y los cargaban en el burro familiar. Ellas se colocaban sobre el burro a la manea femenina, con las dos piernas para el mismo lado y, a paso lento de los animales llegaban hasta más arriba de Ortigosa del Monte. Para impedir que los rayos del sol contactaran con la piel, se tapaban todo lo que podían incluso con varias capas. Su apariencia era más de tuaregs que de castellanas. Se cubrían la cabeza con pañuelos y sombreros de paja y aun así deberían de soportar mucho calor en los trayectos.

Llegado el mediodía comían de sus fiambreras a la sombra de algún fresno inmediato al río. Ese era, con diferencia, el mejor momento de la jornada. La ropa, sábanas y prendas personales, se secaba al sol, extendida sobre el césped, donde adquiría un olor indescriptible a heno y a veces tomillo. Una vez doblada en sus cestos, la cargaban nuevamente en el burro para el regreso.

En casa de mi padre, que también era la de mi abuelo porque entonces en las familias algunas cosas se mezclaban en convenios y relaciones hoy imposibles, tenían un burro poco fiable por cuanto su comportamiento se alejaba de todo aquello que significara nobleza, mansedumbre, obediencia… y reunió un historial considerable de fechorías con coces, respingos, espantos, reacciones y desvaríos respecto a lo que es o debería ser, o se espera, de un burro normal. Aun así, no se habían deshecho de él porque siempre tuvieron la esperanza de un cambio en el comportamiento del animal, bien por los correctivos que le aplicaban cada vez que la armaba, y que no hace falta detallarlos, bien por el cansancio natural de la propia acémila.

El caso es que aquella tarde, de regreso con la ropa limpia, por un respingo intencionado volvió a arrojar al suelo a mi madre y a toda la carga. Menos mal que iban en grupo y entre ellas se ayudaban en los malos trances. Ya lo había hecho más veces. Además del dolor de la costalada, que puede resultar fatal, todo el desparrame por el suelo, todo un sofocón, como escuchaba de mi madre muchas veces. Mi madre esa tarde llegó tan hundida que daba lástima. No tenía fuerza para protestar, sólo para llorar a trémolos. La recuerdo roja, sudorosa, jadeando, sin energía para reponerse. Mi padre, una vez que comprobó que no tenía nada roto y el daño en apariencia no parecía de gravedad, sin decir una palabra salió de casa, cogió el burro del ramal y lo llevó a la casa de mi abuelo, su residencia habitual.

Así estábamos en la cocina, acompañando a mi madre, cuando nos llegó lo que en voz alta se comentaba por varias calles del pueblo.

- ¡Lauro ha matado a su burro con una hoz…!

Salí como una bala de mi casa para subir corriendo a la de mi abuelo Natalio. Entré en el corral y allí estaba el animal extendido y aun sangrando por el corte en el pescuezo. Mi padre, con toda la serenidad del mundo, preparaba las sogas para atarlo al carro y llevarlo al campo; serviría de alimento de buitres y alimañas.

Después supimos que con una hoz bien afilada y de un tajo certero, mi padre le rebanó el pescuezo a la criatura de Dios, en este caso quizá del diablo. El burro no tuvo tiempo para padecimientos. No atravesó por ninguna agonía.

A mí, como chiquillo receptor habitual de regañinas, me desconcertó el hecho de que mi abuelo, propietario oficial del animal, autoridad superior de la familia y presente en todo el proceso, no sólo no estuviera enfadado con mi padre, sino que ni siquiera le reprendiera algo por dejar a la casa sin burro. Y de esa manera. Es más, allí nadie decía nada, todo se desarrollaba en total silencio. Un burro era un ser cotizado en aquel tiempo, tanto por su valor de uso como por el de cambio. Nada que ver con otros animales menores.

Más tarde comprendería que a un hombre que desde los 12 años conduce carros, trillos y arados con yuntas de bueyes; toma decisiones, compromisos y riesgos de adulto en cada jornada para, una vez atendidos todos los ganados de la casa, acudir a la escuela cada noche, nadie le puede recriminar según qué cosas.

Yo, sin salir de mi asombro, tampoco dije nada. A pesar de que era la primera vez que veía un burro en tal situación, su imagen no me conmovió, porque pudo más una satisfacción visceral por saber que aquel animal ya no le causaría más quebrantos a mi madre.

La última escena que recuerdo es la de ver a la yunta de bueyes partir arrastrando el cuerpo del asno, atado con sogas a la trasera de carro, hacia el Camino de Pozuelos, dejando tras sí un leve reguero de sangre sobre la tierra de la calle.

Después hubo más burros, más sábanas que lavar, más trayectos hasta la falda de la sierra, más cestos de ropa limpia con olor a heno, pero ningún suceso desagradable, más allá de los sofocones que el sol del pleno estío infligía sin compasión a las mujeres bajo sus pañuelos y sombreros de paja.

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Fernando AYUSO CAÑAS. Julio 2020
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