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  |   Anecdotario  XXVII   

Peajes por conversaciones y silencios

En las incontables tertulias que mantuvimos sobre vivencias de épocas pasadas, una de las actitudes que siempre valoré de mis padres, fue la de su serenidad en las conversaciones y relatos sobre los temas más espinosos. Ellos soportaron la Guerra Civil del 36, la postguerra y el interminable periodo de la victoria. Demasiada intensidad.

Aunque nuestra familia emigró a Valencia en el año 1966, ciudad en la que tan solo estuvimos siete meses, nunca llegamos a pasar hambre ni escasez, entre otras cosas porque, como reza el dicho popular, donde hay espigas no hay hambre.

Al rememorar episodios y vivencias en Madrona, no hacían una revisión del pasado; ni afloraba en ninguno de los dos ningún tipo de resentimiento; mucho menos de odio; como tampoco recurrían a falsas nostalgias. Salvo los lazos de amistad, no tenían grandes acontecimientos que añorar; tampoco cuentas pendientes con nada ni nadie, pero sí cierta lucidez para procesar con mesura cuanto sucedió a su alrededor... y el resultado era que preferían superar etapas sin anclarse en nada del ayer, recibir con optimismo los tiempos nuevos con la expectativa de otra atmósfera, otra luz. Siempre ligeros de equipaje, como Machado.

Todo esto viene a cuento por la relación con las anécdotas que siguen, cuyo contexto es el de un entorno atrasado, pobre (no confundir pobreza con miseria) y con el miedo presente en el mismo aire que se respira.

Tasio se confía

Anastasio Bernardo Herranz (Tasio, Chinito) (+ 1981, 70 años) y mi padre (+ 2017, 90 años), se ponen de acuerdo para hacer el recorrido en compañía hasta el servicio del silo de Segovia, para seleccionar, término con el que se designaba el tratamiento de los granos destinados a la sementera. Cada uno con su carro impulsado por su respectiva pareja de bueyes, emprenden el trayecto por la antigua carretera blanca, sin asfaltar, una mañana cálida y plácida de otoño. Los carros van cargados con sacos de cereales de secano. Cada hombre guía su yunta caminando delante del yugo, con su aguijada al hombro.

Pasado el Cerro de la Monjas, a Tasio, que lleva todo ese tiempo sin trabar conversación, le sobrepasa el aburrimiento, por lo que decide esperar a mi padre, que le sigue a cierta distancia. Dado que sus dos bueyes son nobles, confiables, conocen perfectamente el itinerario y saben la forma correcta de recorrerlo, Tasio deja de guiarles y permite a la yunta transitar sola porque sabe que, aunque no le vean delante, no aprovecharán esa coyuntura para armar una picia. No hay lugar para la preocupación. Así que se pone al lado de mi padre y ambos continúan el camino pegando hebra, tan animados, distendidos, fumando y riendo. Tasio, además, añadía cierta chispa personal a la hora del palique.

Imagen procedente de la web de Aldea del Pinar (Burgos)

Todo transcurre con la calma y el silencio habituales. La carretera no registra tránsito de vehículos porque, por lo general, la mayoría de conductores, de los escasos vehículos que había en aquel tiempo, elige la otra, la N-110, la que ahora llamamos "vieja", debido a la ventajas del asfalto. Trasiego insignificante, pues. El carro sin guía avanza por el camino trazando una línea impecable; va un poco más rápido que el de atrás y se ha distanciado un tanto; nada que deba preocupar. Todo en orden. Sin embargo, bajando ya la cuesta que lleva a Tejadilla, unos doscientos metros antes, la yunta se ha detenido y así permanece. A Tasio le choca esa parada; le anda la mosca en la oreja... se para un momento para otear en la distancia y averiguar la causa. Pronto da con la clave, porque ve relucir un charol muy familiar sobre dos cabezas. Una pareja de la Guardia Civil ha detenido a los bueyes y espera a que lleguen los que se aproximan con el otro carro.

Anastasio Bernardo Herranz con su yunta, y unos canadienses que le hicieron esta foto. Creo que 1962.

Foto procedente del libro Memoria Fotográfica de Madrona.

Una vez allí, un guardia pregunta con extrema seriedad por el responsable del primer carro, y a Tasio le cae una buena reprimenda por dejar solos a los bueyes con el carro en marcha; él aguanta el chaparrón sin rechistar porque sabe que le conviene. Mi padre, que permanece parado con su carro un poco más atrás, observa desde cerca y con preocupación la escena. Más pronto que tarde, los dos amigos escuchan lo que menos deseaban oír en ese momento:

- Pues le vamos a multar, porque esto es grave.

Tasio entonces reacciona y habla, en ese tono sosegado que gastaba, sin subir la voz, sin aspavientos, un estilo que le confería seriedad y credibilidad; se defiende sin perder en ningún momento la perspectiva de su posición, y acentúa cuanto puede sus mejores argumentos:

- Ustedes no tienen porqué saberlo, pero esta yunta es de las más nobles de toda la provincia, si no la que más; sabe perfectamente a dónde va y lo que debe hacer; nunca he tenido un percance con ella... y además, si sólo ha sido un momento.

- Pues la yunta cumplirá perfectamente sus obligaciones, pero veo que usted no hace lo mismo con las suyas. El carro viene solo por lo menos desde antes del puente, porque desde aquí lo hemos visto, así que de un momento nada -le responde sin contemplaciones.

Los del charol no aceptan ningún argumento; es más, están muy lejos de sentir algún tipo de empatía y, por muy humilde y desposeído que sea el infractor, cumplimentan una señora multa con los datos que obtienen de Tasio y de la tabla o chapa del carro.

Así que ese día, que transcurría tan placentero, de repente se viene abajo con la sanción. Mi padre no me pudo decir cuánto suponían aquellas multas, pero sí que lo suficiente para amargarte por un tiempo.... y esos dineros, que siempre escuecen, abrasan cuando sólo con tanto sacrificio se alcanzan.

Ese día Tasio ganó un jornal inverso que le cambió aquel mirar eficaz con sus ojos raudos y su semblante habitual de bonachón. Así que el regreso lo realizaron cumpliendo escrupulosamente con todos los preceptos de las ordenanzas: distanciados, sin plática y en todo momento guiando la yunta.

Carretera blanca a Segovia, por la que transitaron los labradores con sus yuntas y carros. A la derecha se advierte la nueva N-110.

Peajes simples

Aún sin la influencia de Rousseau, a veces trasladamos al pasado un mundo imaginario e ideal cuyo escenario natural son los pueblos pequeños; una vida bucólica, dulce y exenta de sobresaltos. Sin embargo la realidad lo desmiente. Antiguamente, en la época de la agricultura artesanal, de yuntas, arados y carros, en esos pueblos que cierta literatura mostraba como idílicos, se presentaban situaciones muy desagradables. La mayoría sobrevenidas y ajenas a la voluntad de sus protagonistas.

Con frecuencia las parejas de la Guardia Civil denunciaban a los labradores que dirigían un carro con su yunta. Les echaban el alto y, para justificar la sanción, les reprobaban las condiciones de la carga, el modo de conducirlo, defectos de la chapa o la tablita de los datos, como el estar desactualizada o ilegible; el sobrepeso, el ir fuera de carril... cualquier defecto les servía para obtener la recaudación. Y si la carga del carro era de leña, lo tenían aun más fácil con el argumento de que los palos estaban mal colocados, que sobresalían... lo mismo con las cargas de paja. Dado que entonces, como ahora, la palabra del guardia en ejercicio goza de verosimilitud por sí misma y no necesita demostración... no cabía sino apoquinar con la factura. Además, hay que tener en cuenta que la indefensión administrativa del ciudadano común era proverbial en la dictadura.

Ahora que cada cual imagine los quebrantos sociales que hubieran causado los labradores con sus carros si no se les hubiera atado en corto con las multas.

Seguramente los mismos perjuicios que el grupo de estudiantes que, sobre nuestras bicis, hacíamos el recorrido cada jornada para acudir a las clases del instituto y, algunas tardes, en el regreso, nos esperaban en El Hocino para multarnos a todos: por ir en grupo, por luces defectuosas... siempre hubo algún motivo para que no se librara nadie.

Carro de mi suegro, Andrés Garcisánchez, de Sangarcía, con su tablilla y sus chapas anuales del pago del arbitrio sobre rodaje.

En algunas tablillas también se especificaba el tiro del carro: 1 C ó 1 C M (una caballería y media, en este caso)

Peajes reales.

La distancia y el tiempo transcurrido hacen que mi padre relate esta anécdota sonriendo, aunque todavía con algún resto de perplejidad.

Durante el invierno, para que las personas y su actividad no cesen, por aquello de que gente parada, malos pensamientos, mi abuelo Natalio, en días sin mayores requerimientos agrarios, porque el clima concede ciertas treguas, le encomienda a mi padre subir carros de basura hasta Las Navillas (Navas de Riofrío), porque allí ese estiércol es muy valorado para abonar prados, huertas o lo que fuere. Mi padre nunca supo qué acuerdo suscribió mi abuelo con los de Las Navillas, pero aquella faena ya desde el principio le pareció un sandez más que otra cosa, si bien, y aún en contra de su voluntad, lo cumplió sin cuestionarla. Pasado todo este tiempo y visto con la óptica actual, remarca lo absurdo de esa tarea con la que lo único que conseguían era trabajar a lo tonto sólo por aquello de no estar de más.

Así que en esa mañana de invierno, sin más quehaceres que los ineludibles, madrugan como cualquier otro día y cargan cada uno con su gario un señor carro de basura, hasta sobrepasar los topes de los tapiales. Uncen la yunta de bueyes y la acoplan a la pértiga del carro. Esta es la primera vez que mi padre acomete este encargo, así que emprende el camino hacia Las Navillas por el trayecto más favorable y corto, que es atravesando el Bosque de Riofrío. Los vecinos de Madrona tienen acreditado, desde que se valló para la realeza este monte, el derecho de paso, de sol a sol (desde el orto hasta el ocaso), por los caminos que lo atraviesan, tanto de personas como de yuntas y carros.

Todo transcurre sin contratiempos, según lo previsto, hasta que en las las proximidades del palacio, aparece de repente un guarda del Patrimonio Nacional, de nombre Acisclo, que sale a su encuentro y, como si lo tuviera bien ensayado de antemano, le echa el alto y a continuación empieza a reprenderle por las condiciones en las que lleva el carro; le regaña cuanto quiere, gesticulando, señalando al carro y a la yunta, moviéndose de un lado a otro sin parar... mientras mi padre le observa atónito. No da crédito a lo que sucede y le puede más lo absurdo de la escena que el respeto a la autoridad, por lo que rompe a reír sin el menor recato ante la autoridad presente, el del traje de pana y chapa dorada en el pecho con la letras en bajo relieve PN.

Acisclo se toma las risas de mi padre como una burla hacia su autoridad; se encrespa y pone más energía en la reprimenda.

- Pues te voy a poner una multa que ya verás tu la risa que te va a dar... y más cuando lo sepa tu padre... -y empieza a anotar la chapa del carro y los datos de mi abuelo, al que conoce bien.

- Pero hombre de Dios, -le dice mi padre, tras el desahogo-, ¿cómo tiene que ser un carro de basura?

- Pues un carro como éste, con este peso, que se mueve la carga, que se caen restos, que escurre, con este olor... no puede pasar delante de este Palacio. Para que lo sepas.

Cuando se convence de que Acisclo va en serio, a mi padre se le corta la risa, desde luego. Porque después del madrugón, de cargar el carro, la caminata... el soportar un trance como este... le contraría aun más, porque es la confirmación de lo absurdo de esta empresa. Terminado el lance recoge el papel de la multa y continúa con su yunta hacia su destino. Al regreso ya no está Acisclo.

Cuando llega a su casa, le cuenta a mi abuelo el episodio y se extraña de que su padre lo escuche con total tranquilidad, sin expresar algún tipo de disgusto. Mi abuelo coge el papel y le dice:

- Cuando te eche el alto Acisclo para denunciarte, no te opongas, no le discutas nada. Coge el papel de la multa y sigue tu camino.

Fueron varias las sanciones que le impuso Acisclo ese invierno por el mismo motivo y con idéntica comedia. Tal vez fuera cumplida la tercera, mi abuelo, se guardo todos los papeles de las multas en su chaqueta de pana, cogió su yegua, la cargó con media fanega de trigo y se fue a visitar a Acisclo.

Entonces mi padre comprendió a la perfección de qué iba aquella vaina, aunque se mantuvo en silencio. Al llegar de vuelta a casa con el cometido debidamente satisfecho, mi abuelo le remarcó que ese asunto se lo dejara solventar a él; que, hasta nuevo aviso, continuara pasando con el carro por el mismo sitio tranquilamente, sin discutir nada con el guarda y, sobre todo, sin reírse ante él si acaso le volvía a echar el alto.

Después de aquella embajada de mi abuelo con su carga, a la que sucedieron otras, Acisclo ya no se molestó en montar ninguna comedia respecto al carro y su distinguida carga. Ni siquiera se dejó ver.

Señal inequívoca de que el convenio entre las partes funcionaba perfectamente.

Camino de Riofrío hacia Las Navillas, con derecho de paso por el Real Bosque de Riofrío.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Noviembre 2020
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