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  |   Anecdotario  XXIX   

Rimas y leyendas sobre latifundios

El Conde de Puñonrostro siempre ha sido una referencia repetida en las conversaciones sobre los territorios de Madrona. A pesar de ello, es inconmensurable lo que desconocemos sobre los cinco siglos de historia que unen a este pueblo con la familia que durante ese tiempo ostenta ese título nobiliario.

Sin embargo, sí tenemos al menos dos certezas: una, que en 1490 a punto estuvo de convertir Madrona en un despoblado, como Cristóbales y Bernuy en la misma época. Dos, que en estos cinco siglos, jamás construyó nada en el pueblo ni en los despoblados citados, en los que desaparecieron hasta sus iglesias, cuestión que da para otra crónica. Tampoco una sola aportación de mejora; algo compartido por todos los latifundistas que por aquí han pasado. Y así continúan pasando, dejando el mismo rastro de vacío e indiferencia.

Desde pequeños en nuestras casas ya se nos cuenta la leyenda del Conde de Puñonrostro, la cual, a pesar de su brevedad y concisión, concentra toda la irracionalidad, asimetría y disparate propios de este tipo de cuentos, cuya premisa principal es la de tomar al receptor por bobo. La versión que yo he escuchado no tiene ningún adorno literario aunque sí contiene alguna brizna de verosimilitud que atenúa otros desatinos. Aun hoy, su relato aflora cuando intentamos entender, que no comprender, porque los excesos siempre son incomprensibles, como se originó el sistema de latifundios que componen el 90% del territorio de todos los términos de Madrona.

Otra particularidad es la de que a poco que hurgues en escrituras antiguas de propiedades en Madrona, enseguida aparecen como linderas fincas del Conde de Puñonrostro. Mi padre siempre tenía a mano la misma explicación, compartida a su vez por todos los de su generación, que la habían recibido en los mismos términos:

- Es que antes todo esto era del Conde Puñonrostro.

- ¿Y eso? -le pregunté yo la primera vez que le oí. Y su leve respuesta concentraba la leyenda explicativa.

- Porque, por lo visto, hace mucho, cientos de años, este conde ayudó mucho al rey y éste, para compensarle, le ofreció todo el territorio que pudiera abarcar de una sola vez a lomos de su caballo. El conde se puso a la tarea y, para cubrir la mayor cantidad posible de terreno, espoleó a su caballo y le hizo galopar sin respiro hasta que, en el término de Valdeprados, reventó y cayó desplomado. Y hasta ahí le concedió el rey. Por eso desde Segovia hasta Guijasalbas, que pertenece al término de Valdeprados, ha sido todo suyo.

Así es la leyenda, tan escueta como intensa, que sobre este particular se ha transmitido verbalmente de generación en generación durante siglos en Madrona. En mi memoria, de forma inseparable, flota unida al poema de León Felipe Sé todos los cuentos:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto:

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

y que el miedo del hombre...

ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,

pero me han dormido con todos los cuentos...

y sé todos los cuentos.

León Felipe (Felipe Camino Galicia de la Rosa, Tábara, Zamora, 11 de abril de 1884 - Ciudad de México, 18 de septiembre de 1968)

Nos toca deshacer el entuerto en lo que buenamente se pueda.

 

 

Rótulo de la calle Puñonrostro en el centro de Madrid. Más bien una travesía corta, estrecha y lóbrega, que se conecta con la calle de Segovia mediante la Calle del Cordón, toda una alegoría. En ella vivió Juan Árias Dávila, primer conde de Puñonrostro

Parece que los munícipes de Madrid también han optado por el caballito a la hora de ilustrar los azulejos del rótulo.

No sé si existe alguna alusión a los Árias Dávila que no decepcione.

Interesa leer esta de

Rutas por Madrid

 

 

El título de Conde de Puñonrostro lo detenta por primera vez Juan Arias Dávila en el año 1523, otorgado por Juana I de Castilla para recompensar sus servicios como capitán en la Guerra de las Comunidades de Castilla, en favor de Carlos I. Es nieto de Diego Arias Dávila (Digarias el Viejo), judeo converso asentado en Segovia. Este Diego es el titular de nuestra leyenda, aunque no tuviera el antedicho título. A mediados de S.XV reinaba en Castilla Enrique IV, personaje que da para escribir más tomos y de mayor grosor que los que ha escrito R. A. Salvatore sobre los avatares de sus reinos olvidados. Durante su reinado estableció la corte en Segovia, que es el escenario de "nuestra" acción.

Necesitamos un esfuerzo de síntesis.

Digarias el Viejo, tal como aparece nombrado en documentos de esa época, por sus incuestionables habilidades y también por su falta de escrúpulos, se hace con el puesto de contador mayor del reino con Juan II, padre de Enrique IV, además de otra ristra de cargos reales, hasta concentrar en su persona un poder de hecho casi igual al del propio rey. Alcanzada esta posición, constantemente obtiene riquezas materializadas en formas diversas, siendo la propiedad de territorios la más sustanciosa. Y es cierto que éstos alcanzan hasta Guijasalbas (a unos 22 km. de Segovia por la N-110 y 20 en línea recta), pasando por todos los términos intermedios: Perogordo, Torredondo, Madrona, Bernuy de Riomilanos, Cristóbales, Fuentemilanos, Otero de Herreros, Ortigosa del Monte y Valdeprados.

De algunos procedimientos utilizados por Digarias para adquirir su descomunal hacienda en Segovia, se da cuenta en el libro, que tengo pendiente de edición: ___La Dehesa Boyal Ð Madrona__. Una gran parte del territorio la adquiere por el sistema de trueque con Alonso Pérez de Vivero, mediante un contrato que figura en dicho libro. Otra parte, tan sustanciosa como la anterior, la adquiere mediante regalías recibidas de Enrique IV, el cual, entre otras, le entrega sin restricción todas las tierras y propiedades mostrencas de todos los términos antedichos. Mostrenca es aquella propiedad de la que no se sabe de cuyo es. Y un cuarto, y no menor, procedimiento es el de la ocupación de hecho, a veces con violencia, de cuanto terreno se le antoja a nuestro Digarias el Viejo; un tipo que primero los corta y luego los cuenta.

Es inmensamente rico pero en ello lleva también una penitencia, a menudo consustancial a esta condición: la de una codicia insaciable. Posee, entre otras muchas heredades, las de los municipios de Seseña, Alcobendas y San Agustín de Guadalix (Comunidad de Madrid), villas de propiedad familiar, la última adquirida mediante trueque en 1461 con Pedro González de Mendoza, obispo de Calahorra, por otras posesiones.

En Madrona convierte en un abuso manifiesto la sustracción de las propiedades que el considera mostrencas, de tal manera que las ocupa directamente y, quienes no pueden demostrar fehacientemente su título de propiedad ante él o sus matones, las pierden. Con una sola excepción: las propiedades de la Iglesia y sus instituciones, que son muchas en los Lugares precitados. En estas artes Digarias era un zorro viejo; sin embargo, para los dirigentes de la Iglesia se quedaba en aprendiz. Las instituciones religiosas de Segovia, que como diría mi padre ya le conocían desollao, se anticipan a sus acciones y encargan muy a tiempo varios apeos de sus propiedades en los términos de Madrona, que constan en el citado libro, con apeadores jurados acompañados de reconocidos escribanos de la ciudad de Segovia para ponerlas a salvo de esta incesante depredación; vorágine que no se detendrá con la muerte de Digarias el Viejo. Se trata de apeos confirmatorios, porque en los registros de la obispalía ya constaban debidamente todas sus propiedades. De ahí también el refrán: con la Iglesia hemos topado.

Y hasta aquí puedo contar.

Al Conde de Puñonrostro Cervantes le dedica este párrafo en su obra La Ilustre Fregona:

Sábete, amigo, que tiene un Bercebú en el cuerpo este conde de Puñonrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma. Barrida está Sevilla y diez leguas a la redonda de jácaros; no para ladrón en sus contornos. Todos le temen como al fuego, aunque ya se suena que dejará presto el cargo de Asistente, porque no tiene condición para verse a cada paso en dimes ni diretes con los señores de la Audiencia.

Las enormes heredades de esta familia en Segovia se han transmitido de generación en generación, con mayor o menor fortuna, hasta el S.XX.

A día de hoy los latifundios permanecen, si bien un poco más recortados debido sobre todo a la desaparición de la institución de los mayorazgos en Castilla, pero aún conforman el grueso de cada uno de los términos del Lugar de Madrona, excepto el del propio pueblo.

Y ahora, apreciado lector, en tu mano está quedarte con el cuento del caballito que galopa o con una realidad tal vez más prosaica pero más clarificadora y respaldada.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Diciembre 2020
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