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  |   Anecdotario  XXX   

Bares y películas de la vida

Aquella tarde sofocante de finales de julio del año 1967 regresaba desde El Soto a mi casa pedaleando con toda la fuerza disponible, agobiado y con desesperación porque me esperaba una zurra con azotes en el culo bien con una zapatilla, bien con un manojo de atillos, propiciada rutinaria e ineludiblemente por mi madre.

Ese era el peaje a pagar por escaparme de la siesta veraniega con mi bici voladora, una Dal muy vieja que mi padre tenía ya muy rodada, y que desde que la recibí, compartida, mantenía siempre a punto: engrases, presión de ruedas, tensión de los radios, apriete de mariposas, frenos… para hacerla lo más veloz, confiable y segura posible.

Chapa con el emblema de la marca DAL, colocada de fábrica en el frente, bajo el manillar.
Año 1968. Con la DAL heredada de mi padre, en la trasera del Bar Plaza, donde normalmente la dejaba descansar a la sombra con total despreocupación.

Donde se ve al Citroen 2CV, de Vicente Ayuso, ataba Adón su mula cargada de cajas con las pastas de acceso imposible. Anecdotario nº 21.

A mis once años volvía con ese sofocón y algún tormento porque, no por sabido y repetido, ese trance dejaba de ser un mal trago, un atraganto a veces. Con todo, aquellos peajes no impedían la reincidencia de sucesivas escapadas hasta los bodones del soto, pesca en El Plantío, nidos en corrales y tinadas o donde fuere, en compañía del resto de cómplices. Las actividades de panda ejercían una atracción insalvable.

Cuando llego a mi casa, resignado a recibir la gresca y la azotaina (zarapinda lo llamábamos entonces), con el frescor del baño en el río echado a perder por el agigolón, resulta que no hay nadie esperando para ofrecerme la temida recompensa… La casa está abierta pero vacía. Muy extraño todo. Algún vecino se ha percatado de que busco y no encuentro, de que llamo y no me responden, de que entro y salgo sin resultados, y me informa:

-Tu familia está en el bar de Mete.

Se refiere al Café Plaza Bar, en aquel tiempo también con una dependencia destinada a ultramarinos de la cadena SPAR y en la misma Plaza de la Constitución en la que vivimos.

Mi desconcierto sigue en aumento. ¿En el bar? ¿a estas horas de la tarde? ¿a qué tón…? Me acerco al bar con una desazón inclasificable pero que me desborda. Tengo que llamar porque está cerrado con llave. Otro misterio. Me abren y cuando entro veo, en semi penumbra, a mis padres y hermanas departiendo alegremente, sentados a las mesas redondas de madera, con la familia de Anselmo (Ituero Garcillán) casado con Antonia (de la Calle de Castro), ambas familias al completo en un ambiente festivo que me resulta todavía más incomprensible. Y todo el bar para ellos solos.


Rótulo inicial e histórico del bar cuya integridad siempre se ha respetado.

 

Anselmo (Mete) se dirige a mí en tono jovial:

- ¿Fernando, qué te apetece majo, una fanta, una pepsicola…?

Pero bueno, esto es ya para enloquecer… ¿es que mi sanción se ha convertido por arte de magia en un premio…? Porque una fanta o una pepsicola en 1967, para cualquier chavea y, ojito, así, sin compartir… sólo se alcanzaba en situaciones muy, pero que muy, especiales, si es que se llegaba a conseguir.

Anselmo debió calibrar el asombro que me tenía paralizado y salió en mi ayuda dándome una explicación para tan sorprendente situación:

- Que tus padres nos han comprado el bar y la tienda, hombre…; y hay que celebrarlo. Anda siéntate que te traigo una pepsicola fresquita.

En mi vida me había encontrado en una situación con semejante distancia entre lo esperado y lo recibido.

Ya a la sombra, sentado y relamiéndome con el refresco, el sofocón se me va pasando, pero el desconcierto no mengua. Mi familia acababa de retornar al pueblo, procedente de una emigración a Valencia que resultó insatisfactoria por lo que sólo duró unos siete meses. En aquel verano, cuando llegamos al pueblo para algunos vecinos figurábamos como fracasados por cuanto ninguna familia de las muchas que emigraron regresó; sin embargo, los que más nos apreciaban felicitaron a mis padres. La venta del bar estaba anunciada desde antes de nuestra partida pero el anuncio permanecía sujeto a la pared cuando volvimos. Reanudar la antigua profesión de labrador estaba descartado porque, en nuestro caso, era una opción sin futuro; así que mis padres toman una decisión de la que yo soy ajeno totalmente. Ni siquiera de oídas. En ese tiempo, alcanzar el uso de razón sólo vale para trabajar, para ayudar… pero no para estar al tanto de los asuntos que te conciernen. Y este asunto nos afectaría a todos los de la familia durante más de veinte años.

Este momento asombroso, tan sólo concebible en las películas, para mí significó el ingreso en una nueva extensión vital cuyas expectativas enseguida se vinieron abajo, demasiado abajo, debido a otro cambio de rumbo sobrevenido: el próximo curso iría a estudiar interno en el seminario de frailes franciscanos de El Pardo. En esa época muchos dejamos el pueblo para iniciar el bachillerato en seminarios y colegios religiosos por ser la opción menos gravosa y en consecuencia, posible, de continuar con los estudios. Las evocaciones sobre esas experiencias aún afloran con íimpetu en algunas conversaciones porque son como las de la mili: de todos los colores e inagotables.

Del bar al cine

Me surge este relato cuando me entero de que los padres de algunos actores y/o actrices han vivido de un bar. Por ejemplo, los de Raúl Arévalo, originarios de Martín Muñoz de las Posadas, Segovia; también los sevillanos de Candela Peña, nacida en Gavá, Barcelona. Otro es Karra Elejalde, en Salinas de Léniz, Guipúzcoa.

Un bar en un pueblo pequeño o en un barrio vecinal, si está ubicado en la plaza o en otro punto estratégico, como el de mis padres, es una atalaya, pero también un plató o un escenario con actividad constante. Faltan las cámaras, claro, pero eso no impide que cada jornada acoja las más insospechadas representaciones, observadas sin interferencias y registradas por quienes atienden el establecimiento. Por eso tantas series televisivas tienen como escenario principal bares y restaurantes. Sin embargo, nunca se llega a contar todo lo que en ellos sucede, porque sencillamente, no se puede. Lo impide el sentido de la ética; las consideraciones hacia las personas (aunque no todas las merezcan) y el respeto a la intimidad. Son observatorios del acontecer humano a pequeña escala y en ellos se adquieren y desarrollan varios conocimientos. Y es el de la psicología, y sobre todo sus prácticas, uno de los más recurrentes. Una cátedra sin título oficial pero con sólida acreditación en trabajos de campo.

Por eso no es extraño que profesionales de la representación, como los precitados, acreedores de premios y reconocimientos, den el salto a esa profesión. Desde mi punto de vista, parten de una situación muy ventajosa para esa actividad, y no se trata de un salto sino de un paso en una misma dirección; para ellos es una continuación de su vida, aunque ahora ya con guiones y escenarios profesionales. Pasan de directores de escena, a actores, o ambas cosas como en el caso de Raúl Arévalo.

Por lo demás, Madrona no ha tenido mucha relación con el mundo del rodaje. Son muchos los enclaves de Segovia que han servido de escenarios de películas, (algunos constan aquí: https://segoviaturismo.es/ven-a-segovia/segovia-un-lugar-de-pelicula/filmografia) incluido Valdeprados, con Las ovejas no pierden el tren en 2014.

Tan sólo en dos ocasiones, que yo sepa, se ha filmado en los términos de Madrona. La primera fue, como ya tenemos dicho en el relato XVII de esta serie, Orgullo y Pasión, en 1957, aunque sólo para una secuencia de corta duración en el largometraje, para el que eligieron una colina cerca del río Milanos, en el término de Escobar. Y la otra es La prima angélica, de Carlos Saura, en 1973, con unas escenas rodadas en el paraje de El Calvario.

Orgullo y decepción

Respecto a este rodaje sí puedo aportar un apunte, dado que el regidor o quien fuere, acudió a nuestro bar para contratar unas 18 o 20 comidas diarias para los participantes en el rodaje de esas escenas. Mis padres les dijeron que no había inconveniente, y acordaron los menús, los horarios y los precios. De esos participantes vinieron todos a comer excepto José Luis López Vázquez, que lo hizo en la ciudad de Segovia. Pero sí estuvieron el director Carlos Saura y su entonces pareja Geraldine Chaplin, junto a otros participantes famosos que entonces no reconocí.


Parcial del paraje El Calvario

Y hay que concluir sobre esta breve experiencia con este colectivo, de anónimos y famosos, que fue decepcionante. No hubo ningún incumplimiento por ninguna de las partes pero el comportamiento de este grupo en lo que se refiere al tiempo que estuvieron en mi casa dejó mucho que desear: desconsiderados, sucios, desordenados, requirientes… el aspecto desastroso que ofrecían las mesas y el suelo tras su paso les clasificaba con una elocuencia irrebatible. Puede que esta vivencia ayudara a mi desmitificación del famoseo, sus mundos y sus incesantes premios.

Por lo que se refiere al rodaje, estuvieron dos días y medio. Una tarde subí al Calvario para presenciar en directo algún tiempo de la filmación. Aprecié que tardaban demasiado en conseguir una toma válida; transcendía cierta falta de previsión y alguna que otra carencia. Presencié cómo en un momento tuvieron que detener la grabación porque algún labrador prendió unas rastrojeras en Los Álamos Altos y el humo no podía aparecer en pantalla, por lo que tuvieron que ir a por unas sábanas a Segovia para montar un fondo en blanco…

Después acumulé mucha expectación por ver esas escenas tomadas en nuestro paraje y de nuevo fue otra decepción: una secuencia de apenas veinte segundos de película. Casi imperceptible. Dos días y medio para veinte segundos escasos. Después en la Facultad de Ciencias de la Información, tuve la suerte de contar con un estimable profesor que venía de trabajar muchos años en la BBC y en su clase nos explicaba los porqués de la ineficiencia e ineficacia en España a la hora de rodar películas y documentales. Lo achacaba a la falta de previsión, a nuestro carácter tendente a la anarquía, corriendo de una improvisación a otra…

- ¿Y en Gran Bretaña cómo consiguen la eficiencia? -le preguntamos.

- Bueno; allí se funciona de otra manera, porque repudian la improvisación -nos dijo pausadamente-. Allí se paga a la gente por pensar.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Febrero 2021.
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