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  |   Anecdotario  XXXI   

Modelos referenciales

En el mes de junio de 1979 volvía yo a Madrona tan ufano, con las notas de mi primer curso de periodismo en la Complutense de Madrid. Entrego las papeletas a mi padre con cierto orgullo contenido porque tenía muchos notables, dos sobresalientes y sólo una era un bien.

- Son buenas -le digo. Mi padre las toma, las lee y me responde:

- Bueno, no te mandan más que eso -dijo por toda respuesta. Me las devolvió sin preguntar nada y tampoco siguió conversación alguna. Enseguida me percaté de que en lo que callaba estaba su exégesis.

Yo había iniciado el curso en la Facultad el año 1978 con bastante preocupación, por muchos motivos. Desconocía todo del universo universitario; además eran los años de la transición a la democracia, muy revueltos, con huelgas de estudiantes (nunca he llegado a concebir ni comprender las huelgas de estudiantes, pero las hubo en ese primer curso), manifestaciones, boicots, jaleos... eso motivó que para el resto de los cursos me cambiara al turno de tarde, con el fin de encontrar un poco más seriedad y compromiso. Pero, la presión la tenía sobre todo en la obligación autoimpuesta de superar los simples aprobados; sacar buenas notas por varios motivos, algunos personales, pero otros sociales, como el de la responsabilidad ante mi familia, que me sufragaba los costes de estar en Madrid y los del curso. Bien es verdad que todos los festivos, fines de semana, vacaciones, huelgas... siempre estuve en Madrona para trabajar en el bar, las matanzas, la leña y en lo que hiciera falta.

Eso no quita que en aquel primer año de Universidad, yo registrara mis mayores sesiones de mus, las nocturnidades más prolongadas, y otros ítems de desaconsejable narración.

Cada persona tiene, o debería tener, unos modelos de referencia que le sirvan para orientar correctamente su existencia, su comportamiento, su ser racional. Mis padres tenían los suyos, claro, por eso en casi todas las conversaciones familiares, ellos se daban su maña para exponer las cualidades y los méritos de estos arquetipos, con la intención de que nos sirvieran de espejo en el que mirarnos; de que nos ayudaran a acertar con la luz idónea que nos guiara dentro de los cuatro puntos cardinales de nuestro crecimiento personal.

Mis padres siempre se valían de los muchos que manejaban, según el ámbito de cada pantanal. Para ambos, el de mayor categoría humana, y a mucha distancia de los demás, fue mi bisabuelo Faustino Ayuso, hombre peculiar a quien tenemos referenciado en la serie Hornacina, en este mismo Soportal. También su hijo, Natalio, mi abuelo paterno, por su ejemplaridad como hombre trabajador, sacrificado, bondadoso y equilibrado.

Mariano Santos Miguel (+2015, 87 años)

Pero eran los no familiares los más nombrados en nuestras conversaciones, y este escrito no va hacer justicia a todos porque algunos, al menos por ahora, se quedarán fuera, debido a que el listado de todos aquellos que podrían formar parte de unas hipotéticas instituciones actuales equivalentes a aquellas de Hombres Buenos de Madrona y Mujeres Buenas de Madrona, sobrepasarían tanto la extensión como el propósito de esta reflexión.

Desde niño mi padre ya admiraba a su compañero y además amigo: Mariano Santos Miguel, hijo del Tío Inocencio (1898, +1988) y la Tía Daría (+1998), (Tío y Tía en nuestro habla popular equivalen a Señor y Señora, sin más) una familia muy querida y respetada de Madrona, una familia de muchos valores bien reconocidos por toda la vecindad. Yo les conocí, les traté y lo puedo certificar.

Mariano Santos ya destacaba en la edad escolar por su inteligencia y desenvoltura. Su familia, como todas las de Madrona, era de condición muy humilde. Con una pequeña hacienda agraria se ganaba el pan con trabajo y honradez pero los ingresos no daban más que para asegurar una subsistencia digna. Sin embargo, Mariano destacaba tanto intelectualmente que siguió estudiando cuando acabó la primaria de entonces; cursó bachillerato y a la hora de decidir sobre la continuación o bien empezar a trabajar como hacía la mayoría, el mismo decidió que, en lo que a él concernía, ambas cosas eran compatibles.

Se fue a Madrid tan sólo con una mano delante y otra detrás y al poco de llegar ya estaba ganando dinero para pagarse los estudios, la estancia y la manutención. Mi padre, en sus reiteradas alabanzas hacia su antiguo compañero de pupitre, afirmaba que incluso ayudaba en su casa si la situación así lo requería.

Mientras cursaba una ingeniería, compaginaba estos estudios con la impartición de clases como fuente de ingresos; superó cada curso sin la más mínima contrariedad. Cuando los terminó empezó su despegue económico con el ejercicio de su ingeniería y sus iniciativas empresariales. Se casó, fundó una familia y su economía siempre fue viento en popa como empresario y emprendedor. No se detalla aquí todo lo conseguido por este hombre porque no es este el planteamiento de este escrito, ni es tampoco de buen gusto, pero consiguió mucho. Así que mi padre, como buen conocedor de Mariano, nos reiteraba cada dos por tres sus méritos, cualidades y logros, y otras virtudes que ya eran de conocimiento general, como la de abrirse tan buen camino sin menoscabo de nada ni de nadie, en aquellos tiempos tan difíciles de postguerra y autarquía.

En primer término, el matrimonio Inocencio Santos de Frutos (procedente de Marazoleja) y Daría Miguel Bravo.

Detrás, de izquierda a derecha, sus hijos Inmaculada, Mariano y Visitación.

Foto procedente del libro Memoria Fotográfica de Madrona, editado por la Comisión de Fiestas de 2004.

Véase parte de su genealogía en este apartado.

 


Recibí este correo de Mariano Santos a los ocho meses de abrir ___Cuaderno Ð Madrona__ y es su hallazgo lo que ha motivado este escrito.

También a modo de celebración de los 20 años continuados de este Cuaderno.

Del texto se han cortado los datos de carácter personal.

Emiliano y Tomás Burgos

Aunque comparten apellido, Emiliano nació de Santa Marta del Cerro - Duruelo y Tomás en Prádena. Mi padre los conoció en Melilla, durante el servicio militar, agrupados según las iniciales de los apellidos.

En los pueblos nombrados, como todos los de la franja inmediata a la Sierra de Guadarrama en la que se encuentran, entre ellos Sotosalbos, Collado Hermoso, Matabuena, Matamala, Arcones, Casla y otros muchos, no había espigas o había muy pocas; en consecuencia, eran pueblos donde la mera subsistencia se presentaba muy difícil porque la economía se sustentaba en el ganado y los pastos, cuyos límites y condiciones no daban para mantener a toda la población, por lo que siempre fueron pueblos de emigración; exportadores de mano de obra a mansalva.

Cómo se establece y acomete una prioridad.

También las familias de Tomás y Emiliano mantenían una economía limitada, en el mejor de los casos, a la mera subsistencia; sin altibajos, siempre al borde del precipicio. Esto es algo que ellos interiorizaron desde que empezaron a ver y entender. Los dos salieron más pronto que tarde de sus pueblos para recalar en Madrid. Sin medios, sin créditos, sin ayudas, sin más estudios que los que pudieran retener de sus ratos en la escuela. Pero contaban con su juventud y el impulso que les proporcionaba su convencimiento y determinación.

Sin embargo, lo más curioso es cómo uno de ellos, creo que fue Emiliano, acometió su idea de salir de pueblo. Aquella mañana de sus 15 o 16 años se encontraba a cargo del rebaño de ovejas en pleno campo como una jornada más; pero aquella no sería una mañana cualquiera. Estaba todo en calma, como siempre, y Emiliano, que ese día se había llevado el morral un poco más abultado que de costumbre, emprendió la marcha con brío hacia la carretera N-110, Soria-Plasencia para llegar a tiempo de una cita convenida con un camión de los de ruta ordinaria, para que le acercara hasta la Nacional 1 y desde ese ese punto, que estaría a la altura de Santo Tomé del Puerto, apañárselas para llegar a Madrid de la forma que fuere. Dejó a sus perros y a las ovejas en el campo, plácidamente. Y no hubo avisos, despedidas ni bendiciones... absolutamente nada. Sólo él conocía su verdad y su determinación.

No rompió de ninguna manera los vínculos con su familia con la que después mantuvo todas las relaciones digamos normales, pero en aquel tiempo necesitaba esa ruptura, ese ejercicio de libertad, ese acto supremo de liberación, sin más consideraciones.

A eso se le llama cumplir una prioridad.

De Tomás y Emiliano, cuyas familias mantuvieron siempre la amistad con la nuestra y que, de alguna manera, aún perdura entre los hijos, tampoco voy a relacionar lo que consiguieron con un punto de partida similar al de nuestro convecino Mariano Santos. Baste decir que progresaron de forma muy adecuada. Y envidiable.

Mi padre en ningún caso ponderaba que hubieran llegado a ser ricos, porque a rico se puede llegar de muchas formas. Lo que él siempre valoró es la forma: sin perder un átomo de dignidad, ejerciendo esa inteligencia pura que detecta, mantiene y amplia los valores de la amistad, de la bondad, de la generosidad... con un comportamiento que sobrepasa al como es debido; sin estampitas ni publicidad.

Generaciones de Madrona

Mariano Santos fue en Madrona un pionero en acceder a la Universidad. Y por ese mismo camino, tras él vinieron otras generaciones que con sus licenciaturas, ingenierías y magisterios, chicos y chicas, consolidaron aquella senda que después fue transitada por decenas de jóvenes. Como hemos dicho antes, en los puntos de partida todos estaban igualados porque en Madrona nunca hubo familias ricas. Algunas han marchado algo mejor pero ni por asomo como para vivir sin trabajar. Muchos tuvimos que empezar en alguna institución religiosa porque en aquel tiempo ofrecían condiciones que posibilitaban la continuidad en los estudios. Prácticamente todos los estudiantes, ellos y ellas, han trabajado cada verano y en vacaciones. Unos en las tareas agrarias de sus familias, otros en obras y trabajos variados. De otra parte, en una mayoría de casos y debido a las buenas calificaciones, obtenían becas que resultaron decisivas a la hora de afrontar estudios superiores.

En definitiva, el listón de méritos, el nivel marcado por estas generaciones, siempre ha estado bastante alto en Madrona. Eso lo hemos sabido todos.

Por eso cuando presenté yo las calificaciones de mi primer año como universitario me encontré con aquella respuesta. Por supuesto, sin decir una palabra más, quedó perfectamente entendido y convenido el dar por hecho que yo sacaba adelante mis estudios sin el menor descuido, sin reveses, tropezones ni contratiempos. Nunca le volví a enseñar las papeletas de las notas. Como mucho, en el remate de cada curso, en junio, le dije que todo bien.

Yo cumplí con mi parte y él con la suya y su silencio.

Al fin y al cabo, no me mandaban más que eso.

En unas escaleras de la Facultad de Ciencias de la Información. Universidad Complutense de Madrid. Junio del año 1983. Fin de Carrera.

Licenciatura en Periodismo 1978-1983. Todos los componentes de mi grupo, letra A del turno de tarde.

En esa época sólo había en España tres facultades de periodismo: las de Pamplona, Barcelona y Complutense de Madrid. Por eso en este pequeño grupo hay estudiantes de Extremadura, País Vasco, las dos Castillas, Madrid, Galicia y otras.

Quien muestra un ejemplar de El País, es Roberto, de Miranda del Ebro. Lo muestra porque, en aquel tiempo y para muchos de nosotros, El País representaba el ejercicio de un periodismo modélico.

Quien suscribe (con polo amarillo en el ángulo inferior derecho de la imagen) llevó ese día su cámara con la que está hecha la foto, una PRAKTICA reflex, construida en la RDA, comprada en Melilla.

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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Fernando AYUSO CAÑAS. Mayo 2021.
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