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  |   Anecdotario  XXXII   

Química orgánica

En estos dos apuntes no se ofrecen imágenes, para no solapar las que tú, hipotético y apreciado lector, guardas en la intimidad de tus álbumes particulares.

Se han suplantado algunos nombres y oficios, si bien la coincidencia final de dos nombres de mujer en el primer episodio es real. Lo demás se narra tal cual sucedió.

Hay tantas ideas del amor como personas conscientes, por tanto, ni por asomo se pretende aquí dejar establecido nada en tan complejo arte. El arte de amar.

De entre ellas a mí me gusta una que no sé si ya está dicha, probablemente sí, que podría definir el amor como la química del alma. Casi en correspondencia con la química orgánica de nuestro bachillerato, pero a mucha distancia de ésta puesto que la casuística de aquella es inabarcable, infinita y estremecedora.

En una tarde muy calurosa del verano estoy con mi mujer en un Corte Inglés de Madrid, al amparo del frescor de su aire acondicionado. En esto se nos acerca un familiar de ella y nos saluda afectuosamente, con simpatía y su característico don de gentes. Se trata de Paulina una mujer culta, educada y simpática, nacida en Martínmiguel.

Para mí, la categoría de una persona se mide básicamente con una primera muestra: la del saber estar. Quién no sabe estar no tiene ninguna categoría, salvo la de merecedor de distancia y, según los casos, de desprecio. Viene al caso esta digresión porque en este sentido, a Paulina yo siempre la tuve como una mujer con categoría.

Como los protagonistas de la crónica anterior, la número 31, Modelos Referenciales, pronto ella también tuvo muy claro que no pasaría por la asfixia vital de quedarse en una aldea agraria que, en aquella época, como todas sus equivalentes de la provincia, se precipitaba hacia la desolación. Así que emigró a Madrid y superó un calvario particular; el rosario de apuros que a las personas decentes les llueve del cielo sin olerlo ni catarlo, tan sólo por aferrarse a su dignidad.

Para sufragar su independencia pasó por varios quehaceres, algunos colmados de trampas y espinas, y a base de clases de máquina y taquigrafía, cursos y temarios, todo ello con nocturnidad y alevosía, consiguió una plaza en la Administración de la que pudo vivir con total normalidad. En el día que nos saludó (en 2018) ya disfrutaba de su jubilación.

Superados los intercambios de saludos y novedades, me abordó de forma directa con una pregunta que parecía tener en reserva, y en conserva, desde hacía tiempo:

- Tu eres de Madrona, ¿verdad?

-Así es; de toda la vida -contesté. Ya había tenido otras conversaciones con ella; sabía perfectamente de dónde era, pero en esa tarde ella vio una ocasión para resolver una cuestión por lo visto muy arraigada en su vida.

-No sé si tu conocerás a un chico de Madrona, bueno, claro, chico en mis tiempos, ahora tendrá que ser ya un hombre de edad parecida a la mía, se llama Terencio.

-Terencio..., sí hombre, claro que le conozco. En verano le veo a menudo y algunas veces hablo con él.

-Y qué fue de él, ¿se casó?

Al intuir por dónde podrían venir los tiros, encumbré a Terencio hasta donde me aconsejó la prudencia.

-Sí; se casó. Vive en Madrid desde hace mucho. Aprendió el oficio de relojero; un buen profesional que se ha ganado la vida muy bien. Tiene un hijo y una hija y veranea en el pueblo con la familia. Muy buena gente.

-Fíjate, es que me he acordado, al saber que eres de Madrona, que cuando éramos jóvenes un día me pidió relaciones, así directamente. Y me acuerdo muy bien de que tenía un hermano que se llamaba Cornelio, alto y bien presentado.

-Sí pero yo a Cornelio no le pongo cara. No sé si le habré visto alguna vez, porque no me acuerdo. Se fue del pueblo muy pronto también.

Y, en ese instante, Paulina se ancla en un silencio demasiado sonoro, suspendida de sus pensamientos, sin saber por dónde seguir; como si el peso de los recuerdos y de las decisiones no se hubiera aliviado con el paso del tiempo. De tanto tiempo. Puede que con unas condiciones de más confianza, ella no hubiera cortado la historia de forma tan radical. Noté que se quedaba con ganas de seguir, pero eligió el silencio. Un silencio que pudo deberse a mi imposibilidad de informarle sobre el hermano.

Ella siempre se mantuvo soltera, eso sí es un hecho, pero no sabemos más.

Porque mi conjetura, extraída de la intuición, de la lectura de los tonos, los silencios, las cadencias, los énfasis y matices, los ojos… es la de que a ella quien le gustaba en aquel tiempo era Cornelio.

Por lo que ahora se explica.

Paulina, como a la vista estaba, no aceptó aquella propuesta de Terencio que, de otra parte, no se volvió a repetir. Y es que Terencio, hombre inteligente, resuelto, simpático, habilidoso y nada feo, tenía un defecto muy visible o, mejor dicho, muy oíble puesto que tartamudeaba. No excesivamente, pero lo bastante como para suponerle una dificultad y no pasar desapercibido. Emigró a Madrid también sólo con lo puesto, como decimos aquí. Únicamente contaba con la decisión irrevocable de salir de aquel entorno y prosperar lo suficiente como para formar una familia e incorporarse a una normalidad que en el pueblo resultaba imposible.

Y, curiosamente, aprendió el oficio de relojero, una profesión que, más que conversación, requiere de vista afilada y dedos más ágiles que los de un pianista. Dado que se trata de una persona espabilada y con un cerebro que siempre le ha funcionado muy bien, se esforzó por corregir ese defecto y consiguió reducirlo bastante, hasta el punto de que quien no lo conociera de antes apenas lo detectaría.

Su vida laboral fue muy buena hasta que se vio sacudida con una crisis que se llevó por delante a buena parte de establecimientos y profesionales de su gremio. Después de trabajar en talleres de prestigio, se quedó en la calle. Pero no se arredró, y al poco ya estaba trabajando nada menos que en la RENFE, en un puesto de auxiliar de algo, hasta su jubilación.

Mi hipótesis es la siguiente: ¿qué recuerdo prevalecería, y probablemente desazonaría, a Paulina durante toda su vida en su faceta de célibe, ¿el amor imposible respecto al apuesto e inalcanzable Cornelio, o el de la oportunidad firme, a su alcance aunque perdida, con Terencio al que rechazó, con toda probabilidad, por aquel defecto?

El caso es que a mí me salió una tarea nueva. Necesitaba hablar con Terencio y, una vez puesto al corriente de lo esencial, conocer el episodio visto desde la otra parte. Semejante encargo venía impulsado tan sólo por mi curiosidad. En ese mismo verano, oportunamente, hablo con Terencio y cuando encuentro la ocasión le transmito la parte que a él le afecta del encuentro de El Corte Inglés. Le pregunto si se acuerda de ese episodio.

Me responde muy resuelto, tal y como es él:

-Pues no me acuerdo exactamente de esa chica; pero seguro que es verdad porque yo entonces era muy decidido y espabilado. No veas tú la actividad, a pesar de mi defecto, que desempeñaba yo entonces. Y no quiero detallarte, porque es mejor no entrar en ello, lo que conseguí yo en ese terreno con mis iniciativas y habilidades. Si yo te contara... ¿Paulina, dices? Coño pues ya es casualidad, mi mujer también se llama Paulina.

Los horizontes perdidos no regresan jamás, canta Franco Battiato en La Estación de los Amores. (Franco Battiato falleció el día 18 del anterior mes de mayo)

Cuatro almas

Se equivoca Battiato. A veces vuelven. Y lo hacen renovados, cargados de luz, de profundidad, de presente y de futuro.

A principios del año 1988 me destinaron a la unidad de personal de Muface, un organismo estatal cuyo cometido principal es el de gestionar la Seguridad Social de los funcionarios civiles del Estado; como Mugeju tiene encomendada la de los jueces; o como otras que ya han desaparecido como la Munpal, que gestionaba la de los funcionarios de la Administración Local... así como otras mutualidades, decenas, que se inventó Franco y nadie se atrevió a desmontar, pese a sus anacronismos y contrasentidos.

Al frente de esa unidad estaba en aquel tiempo José María González (nombre real), nacido en un pueblo pequeño de la provincia de Ávila, de cuyo nombre no consigo acordarme. Un hombre cercano, templado, discreto, que mantenía un buen ambiente de trabajo en la oficina… un mérito que me llamó la atención; sin embargo, lo que más me intrigaba era su resistente optimismo, su buen carácter y su apariencia de estar ungido por una suerte de estado de gracia permanente. A mi llegada le quedaban apenas dos meses para jubilarse y se encontraba pletórico, lúcido e incomprensiblemente rejuvenecido. Ningún compañero de despacho supo dar razón, hasta que una mañana él mismo nos contó a todos el secreto que sustentaba su entusiasmo.

Se casaba nada más jubilarse. Se casaba por primera vez.

La síntesis de su historia es que se trataba de un reencuentro con su actual compañera, tras una interrupción de medio siglo. De adolescente se enamoró hasta el tuétano de una chica de su pueblo, pero no consiguió iniciar una relación con ella. Ambos dejaron el pueblo y recorrieron caminos distintos y separados, si bien ella sí se casó. José María en cambio no lo hizo y aquí no podemos aventurar su celibato como algo voluntario por guardar la ausencia, como se dice en los pueblos, si bien tampoco podemos descartarlo. Todos conocemos casos.

Pero ese era su secreto. Y los secretos no se cuentan.

Sin embargo la vida, el Destino o tal vez una conjunción de astros, los condujo a un reencuentro que se perfeccionaría en una relación nueva e irreversible. En el momento de aquella recobrada cercanía ella ya estaba viuda y con los hijos asentados en su independencia, con lo cual volvía estar libre y, lo que es más importante, con muchas ganas de vivir.

Para mis trayectos en metro desde Palos de la Frontera hasta Moncloa en ese momento yo estaba leyendo El amor en los tiempos del cólera, una de las genialidades de Gabriel García Márquez de la que sigo cautivado.

Así la describe Wikipedia:
Es una novela dedicada al verdadero amor que perdura y supera las adversidades toda una vida. Es un homenaje al amor, las aventuras, el tiempo, la vejez y la muerte.

Con este argumento:
"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados". Cuando el refugiado de guerra antillano Jeremiah de Saint-Amour se suicida con un sahumerio de cianuro de oro, el doctor Juvenal Urbino atiende su caso (uno que creía perdido) y se asombra al saber que es el primer suicidio, en muchos años, no llevado a cabo por razones tan justificadas como el amor. Esa misma tarde el doctor Juvenal Urbino muere, tratando de alcanzar a su única mascota (un loro), y deja viuda a su amada esposa Fermina Daza. Al final del funeral, mientras Fermina está cerrando la puerta de su casa ve a Florentino Ariza, un espíritu del pasado que ahora arrastra consigo la promesa de un amor que él ha profesado, y así en un momento de inspiración le reitera su promesa de amor que ha cumplido durante cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días. Fermina Daza comienza a ser atosigada por el fantasma de un amor juvenil que no ha parado y desde este punto Gabriel García Márquez nos cuenta una historia de amor entrañable que ha de perdurar en el tiempo.

De tal manera que cada mañana, tras mi lectura matutina, al entrar al despacho yo no veía a José María González, veía a Florentino Ariza personificado en un despacho del edificio del Paseo de Juan XXIII, número 26.

Debido a que yo era un recién llegado a esa oficina no me dio tiempo a coger confianza con él, por lo que no obtuve más datos para ensanchar una historia que a todos nos sedujo y nos llenó de expectación. Tanta que al día siguiente de su jubilación llevó al despacho a quien en breve sería su esposa.

Un remate prodigioso para aquella historia, porque ella resultó una mujer hermosa, guapa, desbordante de vida y simpatía; plena de elegancia y resplandor. Su categoría nos eclipsó.

Nos hablaron de sus proyectos entre los que predominaban los viajes al extranjero y parecía notarse en ellos un afán por recuperar lo máximo de aquel tiempo no compartido. Un especie de justificado resarcimiento.

Todos en el despacho compartíamos la misma impresión. La admiración de ver a dos personas maduras enamoradas pero sin alardes ni manifestaciones fuera de tiempo y lugar.

No volví a saber más de su nueva vida.

Y volvemos a Battiato. Dice en esa misma canción que los deseos no envejecen. Una verdad a medias, en mi opinión. Los deseos satisfechos a veces envejecen, pero los enamoramientos que no se materializan en una vida en común, los llamados amores imposibles, se mantienen frescos, sin desgastes por el uso, la cotidianidad y otros agentes oxidantes; constantemente alimentados por los manantiales de la cabeza y del corazón… se blindan ante el paso del tiempo.

Los amores imposibles son para toda la vida.

Polvo seré, más polvo enamorado, escribió D. Francisco de Quevedo.

Y volvemos también a Gabriel García Márquez, que en esa misma obra nos da una definición de las que se quedan grabadas:

Estar enamorado es como tener dos almas.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Junio 2021.
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