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  |   Anecdotario  XXXIII   

Retales

De cuando en cuando aflora en la memoria alguna de las miles de anécdotas sucedidas en el periodo de desempeño del bar, en una época donde el acontecer se mostraba, o así lo percibía yo, más expectante. Veintitrés años de mostrador en un pueblo como Madrona dan para mucho texto. Y el hecho de estar en la Plaza de la Constitución, enclave principal, y nudo de vías de paso, lo convertía en una especie de atalaya desde la que se obtenía una panorámica social óptima del acontecer. Estos retales son sólo una ínfima muestra.

Los caballos "de antes".

El bar, en penumbra, está tranquilo. Por la tele como es costumbre, dan una cinta, como nombraban algunos a las películas, del oeste, que es seguida en silencio y concentración por los pocos que están de pie en el mostrador. Aparece una larga secuencia de una persecución de los del Séptimo de Caballería a un grupo de comanches que cabalgan a pelo sobre sus imponentes caballos. No puedo asegurar si era en blanco y negro o ya en color, aunque me inclino por el color. La secuencia es larga, y la persecución muy vistosa; con primeros planos de los caballos tomando curvas, barrancos de vértigo, ríos... todos permanecen embebidos en el espectáculo que han sabido crear los expertos de Hollywood.

Miguelín (Miguel Segovia, el molinero, cuyo diminutivo no se debía a cuestiones de tamaño, sino al simple hecho de ser hijo del Tío Miguel El Molinero, para distinguirlos), era uno de los que en primera fila, había permanecido extasiado durante estas escenas de grandes galopadas. Y en un momento de tregua... exclama:

- ¡¡Qué caballos había antes, eh!!

El silencio radical de los acompañantes le sacó los colores por un rato.

Escena rutinaria del bar. En la barra, Olegario Martínez Zurdo, Miguel El Molinero (Miguelín) y Maurino, hermano de Olegario. Mi padre atendiendo dentro.

El año puede ser 1982, tal vez el 83. El televisor, un Philips a color comprado en 1982 con motivo del mundial de fútbol.

(Foto escaneada, realizada con una cámara mala, mala, y en interior...)

Cuestión de precios

También a Miguelín, casi en trance de otro éxtasis, se debe este segundo retal. Recién llegado de unas vacaciones de la costa mediterránea, después del relato sobre los pormenores de su experiencia añade:

- Pues vi un apartamento precioso que vendían enfrente de la playa y que no le faltaba de nada. Porque pedían mucho dinero por él, que si no, lo compro.

A lo que mi padre le responde:

- Entonces te ha pasado lo que a mí con el término de Escobar.

Ir a piñas

Cuando Clemente Bernardo se jubiló y cerró su bar, gustaba de alternar en los de la plaza y era asiduo del nuestro.

Anochecía un día húmedo de otoño cuando mi padre entra en el bar equipado todavía con su inseparable mono azul. Clemente, que está en la barra lo ve y esto es lo que sigue:

- Hombre Lauro, ¿de dónde vienes a esta horas?

- Vengo del pinar, que he ido a por unos sacos de piñas.

- ¿Y no había níscalos?.

- Ya lo creo que había, un montón.

- Habrás cogido un buen talego.

- No. No traigo ninguno. -Clemente no da crédito a lo que oye.

- Coño, ¿y eso?

- Pues porque yo iba a piñas.

El desconcierto de Clemente le impidió seguir con más preguntas.

Reflejos

Este episodio, también con Clemente, se mantiene indeleble en mi memoria con todos sus detalles. Será porque fui yo el artífice.

Es domingo y la hora del vermú, es decir, después de misa. Clemente y Paulino López están en la barra y para su alterne uno me encarga los chatos y otro los pinchos.

Los chatos podrían ser de vermú (a granel, fabricado por Nicomedes García, se tomaba siempre rebajado con sifón, nada de hielos ni de limón); de vino de pellejo sólo o con sifón o gaseosa y, para los que no tomaban alcohol, de fanta o de mosto. Durante muchos años, los grupos de veteranos alternaron con este sistema tan sencillo como efectivo. Los chatos y los pinchos costaban lo mismo, muy poco, y era una forma inteligente de alternar y hacer los recorridos por todos los bares sin caer en los excesos. Con este sistema los parroquianos, en grupos o de forma individual se invitaban asiduamente entre ellos sin ningún miedo a la cuenta. Surgía, de forma espontánea, mayor interacción, más feedback... Las generaciones siguientes vinieron con otros desempeños... que si martini rojo o blando, que si biter kas, que si cocacola, que si rioja... y, como es de suponer, este sistema moderno ya no facilitaba el rondeo ni los convites.

Volvemos con nuestros protagonistas.

Les pongo los dos chatos de vermú y voy a por lo pinchos. Se los pongo del bacalao rebozado que hacía mi madre los domingos. Unas tajadas a la gabardina, voluminosas, de color amarillo y muy vistosas. Y, para el experimento que se me acaba de ocurrir, elijo una tajada notablemente mayor que la otra y las pongo en una bandejita de acero inoxidable. Dejo la bandeja en el mostrador, entre ambos clientes, y la tajada grande está del lado de Clemente, a mi derecha. Éste, que se ha percatado del avío, raudo mueve la mano en pos de su tajada; es decir, la grande, la que le pertenece por situación natural, digamos. Pero Paulino, también muy atento a la jugada, reacciona con extrema habilidad y, justo antes de que la mano de Clemente agarre el palillo de la tajada grande, Paulino gira la bandeja poniéndo la grande de su parte y, sin perder un milisegundo, la atrapa y se la lleva mientras los dedos de Clemente se estrellan en el palillo de la pequeña.

Jaque mate.

Ninguno dijo nada, pero yo, testigo en corto de la escena de cine mudo por mí creada, me tuve que volver hacia el rincón de la cafetera para disimular el golpe de risa.

Casi el mismo que me produce cada vez que lo recuerdo.

Otra de tajadas

Esta me la contó mi padre.

Después de una reunión en el Concejo de una corporación, o hermandad, o cofradía, los miembros acuden al bar a un autoconvite. Costumbre ésta que aportaba distensión, risas y riqueza de relaciones. Una forma amigable de recompensar la dedicación de los representantes. Única remuneración en cualquier caso.

En la mesas que les han preparado hay viandas y bebidas, y también una lata con tajadas de longaniza de matanza. Para coger una tajada, cada cofrade ha de levantarse y llegaqr hasta la lata, recién calentada al fuego, y meter el tenedor para pescar alguna tajada entre la grasa diluida.

Antonio Bravo, una persona entrañable por sus muchas virtudes, también tenía su forma de hacer humor, acorde con su modo de ser, se levanta, llega hasta la lata y cuando saca su tajada dice con su tono inocente, como el que no quiere la cosa, y por supuesto a sabiendas de que alguien en concreto del grupo, cuyo nombre no puedo decir, vamos a llamarlo X, se va a meter en un charco.

- Pues ya no queda más que una...

Efectivamente, nada más oirlo X se levanta a toda prisa para que nadie le quite esa última tajada; llega hasta la lata, mete el tenedor y empieza a rastrear, a dar vueltas porque la grasa le impide ver lo que hay, si es que hay algo, y así permanece un buen rato buscando a ciegas para asegurarse... sin más resultados que el de la vergüenza ante los compañeros; vergüenza que por otra parte supongo se le pasaría rápido debido a su bien acreditada condición.

Antonio "Venecia"

Guardo un recuerdo muy entrañable de Antonio (Tejedor Redondo) porque fue un personaje singular, muy buen cliente nuestro y muy buena persona. No sé de dónde le cayó el sobrenombre de Venecia, pero todo el mundo le llamaba así.

Antonio lo expresaba todo en voz muy alta y manejaba un buen repertorio de aspavientos y expresiones propias, que nadie más decía, como la de eso lo veo yo palpable, empleada para cuando lo afirmado por él no admite duda ni apelación. Por ejemplo:

- Que yo agarro una quiniela de catorce y lo mando todo a tomar por culo... eso lo veo yo palpable -repetía cada domingo, con el mismo volumen que para cualquier otra intervención.

Las quinielas fueron su máxima afición.

Normalmente tomaba una copita de quina (Santa Catalina o Sansón) y no solía rondear. Un día me equivoqué y le puse en la copa ponche Soto; se lo bebió de un trago, como acostumbraba, y cuando terminó me dijo levantando la mano hasta arriba:

- Joder, qué potencia tiene esto... -Después averiguamos el entuerto.

Una de sus experiencias más intensas fue la de conseguir el carné de conducir. Todos en mi familia fuimos testigos de cada paso del largo procedimiento hasta que lo obtuvo, contado por él en primera persona, cada día y con todo tipo de detalles. Compró con su hermano Valeria un Ford Fiesta nuevo de los primeros y cada viaje que hacía a Segovia como conductor, ocho kilómetros por trayecto, siempre por trabajo, porque los coches no se usaban tanto para ocio como ahora, estaba lleno de episodios. Eran dos largas aventuras, una de ida y otra de vuelta. Me resulta imposible recordar todas. La que sigue es una de ellas.

- Pues esta mañana he tenido una de las buenas... -exclama para toda la concurrencia de dentro y también de fuera, mientras gesticula con cuerpo y brazos cada vez que quiere resaltar algo. Resulta que iba yo al tajo, todavía de noche, claro, y en esto que al llegar a las curvas de Pizarrita veo que viene otro coche de frente, tomando la curva por medio de la carretera, y con las luces largas. Yo le hago señas con mis luces para que se aparte y ponga las cortas... y venga, y venga, y venga..., pero que no hay manera..., que sigue igual..., así que yo, descompuesto ya, dejo las largas puestas, cierro los ojos y digo, ¡¡me cago en d., pues a lo que toquemos...!!

No le paso nada. Afortunadamente nunca tuvo ningún percance con el Ford Fiesta en lo que para él resultaban travesías de alto riesgo.

* * *

Fernando AYUSO CAÑAS. Agosto 2021.
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