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  |   Anecdotario  XXXIV   


Mauri y la clarividencia.


Mauricio Matías de la Cita (+2018, 94 años), casado con Juana Álvaro Sanjuán; hijo de Juliana de la Cita Barahona, que murió al dar a luz a Tasio, el quinto de los hijos, y Justo Matías Estebaranz (el Tío Justo), vivió toda su vida en la casa paterna de la Calle del Norte, enfrente de la casa de mi abuelo Natalio. Esta cercanía física, casi inmediatez, me dio oportunidad de conseguir cierta confianza con los integrantes de esta familia, allanado este camino por mi padre que, como su vecino natural de toda la vida, se relacionó intensamente con El Tío Justo a base de porfías, desafíos, debates… incluidas carreras pedestres con apuestas… y al que profesaba tanto aprecio como admiración.

Sí, estoy hablando de cuando la vida era otra cosa.

Procesión de San Isidro. Mayo del 2017.
De izquierda a derecha: Mauricio Matías, Doroteo Ayuso; detrás de ellos Pepe Martínez y a la derecha Mariano Antona.


Todavía llegué a tiempo de presenciar, con un arrebato paralizante, algunas porfías y debates que tenían lugar en las refrescantes noches veraniegas (no había tele y se estaba mejor en la calle que en las casas), en los que se repetía este esquema: del Tío Justo contra todos los demás (la Tierra que no gira; la llegada a la luna...); de los hermanos García Otero (Fili y Juan Manuel) y de mi primo Jaime García Ayuso (que era el único que compraba, leía e interpretaba con vehemencia el diario Pueblo), en cuestiones de política (hasta dónde se podía); Eusebio de la Calle Valverde… en temas sociales y del campo… y varios circunstantes más, todos del Barrio de Arriba, en calidad de oyentes. Pero a Mauri nunca lo vi metido en una sola controversia; mucho menos en una trifulca.

Las sesiones dialécticas entre hombres, en los umbrales de las puertas, en plena calle, sin interferencias de ningún tipo, fueron siempre tan ruidosas como improductivas; se debe a que su fin primordial, su única justificación, fue el cultivo del arte de la persuasión mediante la retórica, llevada ésta un punto más allá, hasta la porfía. Los asuntos eran lo de menos; allí lo que se ventilaba era el arte sofista del convencimiento mediante la argumentación, la claridad expositiva y otras habilidades que recuerdan a Protágoras y su tropilla de sofistas. Las demostraciones y las pruebas ya se verían. El único límite a tanto desfogue fue el impuesto por el régimen; porque no se podían cantar ciertas verdades ni decir en voz alta cuanto se quisiera debido a que la dictadura de Franco gozaba de buena salud y, como en cualquier dictadura, todo está prohibido, salvo lo que expresamente se permite.


Sin embargo, los encuentros entre las mujeres de varias generaciones, en el mismo lugar, el rincón de la casa de Felicísimo y Águeda, en la tardes, eran silenciosos y productivos. Se reunían de forma ordinaria para bordar mantelerías, juegos de lo que fuera, ajuares… y hacer arreglos en la ropa de trabajo. No discutían ni levantaban la voz; ni siquiera hablaban porque escuchaban,
envueltas por la expectación y un silencio monacal, la radionovela, que salía por la ventana abierta de la cocina de Águeda.


Tal como explico en la introducción de esta serie, uno no es consciente de que no tenemos disponibles a nuestros vecinos y familiares para siempre. Convivimos con personas que pueden atesorar libros ocultos en su memoria, pero llega un día en que no se pueden abrir, porque se han cerrado ya para siempre.

En La Pradera del Molino, del Soto de la Grajera.

Paella popular de la Semana Cultural 2005. Mauri y, a su izquierda su esposa Juana Álvaro, que se gira porque no quiere fotos...(compartieron mesa con mi familia).


Sí me dio tiempo a hablar bastante con Mauri. Por supuesto, siempre a iniciativa mía. Cada vez que acudía a él tengo que reconocer que me costaba trabajo que se explayara sobre las cuestiones. Y es que personas como Mauri, de carácter extremadamente reservado, lo contrario a un sofista, te exigen un despliegue de habilidades que a veces no encuentras. Son pocos los temas que les enganchan. Y no siempre los dejan ver.


Al principio pensé que era culpa mía, por una alguna falta de destreza personal, pero después descubrí que Mauri era siempre y en todo lugar la misma persona: tranquilo, recatado, discreto, ponderado, serio, sellado por el silencio... y es que cuando te relacionas de forma directa e íntima con un superviviente neto, como Los Hombres del Musgo que señalo en la serie Hornacina, compruebas que la vida, para muchos de ellos no ha sido de chiste, ni les han dado motivos para la risa. No conozco ningún superviviente dicharachero, ni de risa fácil, ni optimista… (superviviente se nombra aquí a quienes el destino siempre les mantuvo en un filo de graves aprietos, y son quienes lograron esquivarlos). A mí, esta cualidad de superviviente me origina un respeto casi espiritual hacia estas personas, y este respeto puede que me perturbe el provecho del encuentro para obtener más relatos de sus vivencias. En cualquier caso, Mauri me proporcionó todo lo que él podía recordar acerca de la faceta creadora de su padre, Justo, también referenciado varias veces en esta web. Me dijo que el cura D. Rafael Matesanz sí tenía todas las composiciones de su padre, porque las había recabado de forma directa con él mientras fue el cura párroco de Madrona. Pero cuando me lo dijo, D. Rafael ya se había marchado también de forma definitiva.


Me habló mucho del caserío Los Paredones, tema que dominaba y del que no le costaba trabajo hablar, y de uno de los diálogos me quedé para siempre con una expresión espléndida que a nadie más escuché, a la hora de referirse a alguien que, por su estatus social, es muy influyente. Mauri decía: fulano de tal… tiene mucho fuero… de la misma forma que mi abuela Demetria decía, para referirse a lo mismo: fulano de tal … tiene muchos conocimientos, formas personalizadas de la expresión popular tiene muchas aldabas. Pero me quedo con la de que tiene mucho fuero, porque su amplitud va más allá de las influencias, los conocimientos y las aldabas.


Por sus explicaciones pude componer la tabla genealógica de la familia propietaria de este caserío. También acudí a Mauri porque era de los pocos que conocía el enclave exacto del antiguo pueblo medieval Bernuy de Riomilanos (o de Palacios), donde aún se conservan restos de paredones que, con toda probabilidad, han dado el nombre al caserío actual.
La vida para Mauri no fue lo que se dice un abanico de posibilidades. De hecho, la única opción fue emigrar a Lérida, como sus hermanos, o quedarse en Madrona de pastor, como su padre Justo. Y eligió, aunque aquí el término elegir puede que sea excesivo, esto último.


Vemos en la actualidad, hoy, en 2022, que este es un oficio que ya ni siquiera los emigrantes quieren, y este rechazo es una de las causas, de las varias que concurren, de la desaparición de los rebaños de nuestros pueblos.


Nuestro convecino se pasó toda su vida recorriendo los campos de Madrona, en solitario, como cualquier pastor, sin más diálogos que los interiores y, si acaso, los que mantuviera con sus ayudantes perros carea. Pastor a carta cabal, hombre leal, sereno, austero, trabajador…, la mayor parte de su vida siempre con el mismo patrón; más de treinta años en el caserío Los Paredones. Por su naturaleza y comportamiento, es un prototipo de aquellos que componían la institución Hombres Buenos, y creo que, de haber permanecido ésta, él sería miembro de pleno derecho.


Sólo con la llegada de la jubilación se le vio con más frecuencia por el pueblo y el bar. Un día me lo encontré cuando regresaba del bar precisamente, frente a las escaleras de la iglesia y le paré para saludarlo con tiempo. Le hablé de lo bien que le veía, porque se mantenía perfectamente a pesar de sus más de noventa años. Mauri bajaba al bar cada tarde a tomar café, su media copa y su cigarrito puro, y también a leer el periódico, gastos que a Juana le parecían dispendios, por lo cual refunfuñaba a veces y le echaba en cara lo excesivo de ese desembolso diario para una pensión. Mauri escuchaba impasible y esperaba en silencio a que pasara la nube. Cuántos nubarrones más amenazadores hubo de soportar al descubierto, en medio de ninguna parte.


Me respondió que, efectivamente, se encontraba bien, que no se podía quejar, pero enseguida añadió como si fuera su dictamen:


- Pero no te fíes, porque esto no tiene nada que ver de un día para otro.


Esta frase tan sencilla, que ya siempre me acompaña, expresa una advertencia que a todos nos conviene tener presente. Comenté con mi padre, otro superviviente pero en su caso con graves secuelas, este encuentro, y él también se sorprendía de su salud.


- Hay que ver este Mauri, lo mal que lo ha pasado toda su vida; desde pequeño a la intemperie, aguantando lluvias, fríos, nevadas… mal alimentado… calado hasta los huesos en muchas ocasiones… y cómo ha podido llegar a esa edad y en esas condiciones. Parece imposible.


Mauri llegó en perfectas condiciones hasta los 94 años sin conocer el goretex, el running, la gimnasia de mantenimiento, el spinning, la alimentación sana, los omega 3, la natación… y tantas actividades, complementos y elecciones que hoy nos parecen imprescindibles.

Salón del Concejo. Convite del día de San Isidro. Año 2015.


Y se cumplió en él su propio dictamen, por cuanto pasó de estar bien a simplemente no estar. Sin los frecuentes y dolorosos peajes del tránsito; sin ambulancias, sin urgencias, sin hospitales, sin operaciones, sin residencias… Quiero pensar, aunque sin el mínimo atisbo de certeza, que, al menos en su caso, el destino tal vez le compensó a última hora por las ineludibles penalidades por las que pasó en el desempeño de su oficio y le libró de los menoscabos de la dignidad por los que otros pasan hasta lograr el descanso eterno.


Y su frase, … no tiene nada que ver de un día para otro, en forma de veredicto, plena de sabiduría y clarividencia, pone de manifiesto algo que él siempre entendió y que algún autor expresó a través de todo un libro como:


La insoportable levedad del ser.


Que la tierra le sea breve.

* * *

Texto y fotos: Fernando Ayuso Cañas. Julio 2022.

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