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  |   Anecdotario  V     

Bonifacio Arribas y su ganado lanar

En Rutas Sentimentales, ya consta un texto dedicado a los pastores en los que se nombra a varios de ellos.

A Bonifacio Arribas, Boni, lo conocí por ser convecino, con lo que supone compartir pueblo y, dentro de éste, diversas relaciones motivadas por la tienda y el bar.

Sin embargo, también tuve la oportunidad de conocerlo en su propia salsa; en el campo ejerciendo su oficio de pastor. Este conocimiento se debe a que mi padre durante los inviernos de las décadas de los 60-70, se quedaba con una corta de los montes de chaparros de Escobar o Guijasalbas. Corta es el término que designa una operación de clareo del monte. Mi padre convenía esta operación por una extensión que apalabraba con el encargado del caserío: Antonio y después Cecilio en el caso de Escobar y Domingo en el caso de Guijasalbas. Todo se convenía de palabra y en confianza por ambas partes. Nunca hubo conflictos.

El papel que mi padre me asignó en las cortas fue el de destaladar; término que no recoge el DRAE, ni tampoco el de estaladar, como se llama aquí a la tarea de limpiar los troncos y quitarles las ramas que después conforman la chasca. Con esta chasca, después, hacíamos cisco (carbón vegetal menudo). La limpieza selectiva del monte consistía en cortar todos los chaparros de cada mata excepto uno, llamado resalvo, destinado a convertirse en encina. Se trata de un aprovechamiento tradicional que beneficiaba a todos, empezando por el mismo monte.

Boni, debido a la amistad que mantenía con mi padre, siempre venía a nuestra corta, para saludar y a veces para echar una mano, sobre todo cuando había que olivar alguna encina. Olivar una encina es aplicarla una poda pero selectiva, con conocimiento sobre lo que se quita y lo que se deja, y en la forma apropiada. Respecto a esta habilidad mi padre conocía la teoría pero nunca se subió a una encina con el hacha. Sin embargo, Boni sí; conocía la teoría y el cómo aplicarla. Llegada la ocasión, se quitaba la chaqueta, el zurrón y los atalajes que llevara, trepaba a la encina con una agilidad de gato, a lo que sin duda ayudaba su complexión ligera, y, una vez asentado en el lugar elegido, sobre la rama adecuada, con tajos de hacha limpios y precisos dejaba la encina como un pincel. Arreglada para muchos años.

En una ocasión, para mí inolvidable, antes de subirse a la encina me dice:

- Anda Fernando, sujeta un poco las ovejas mientras olivo esta encina. Nada más que no se metan en los sembrados.

Y me entregó su cayado como ayuda, como si me pasara un mando a distancia. Yo en ese momento me alegré por cambiar de tarea y por experimentar sobre un oficio que hasta ese momento había percibido como sencillo.

Me acerqué al rebaño de ovejas, que esperaba tranquilo y en compacto. Miré a los perros para que vinieran conmigo para ayudarme, dado que las ovejas eran de su competencia, pero ellos se habían tumbado sobre la hierba del monte, cerca de la encina de Boni y por sus miradas y sus movimientos, o ausencia de ellos, me dejaron claro que conmigo no tenían ningún tipo de convenio, ni de interés; ni tampoco con las mismas ovejas, a su manera dejaron bien sentado que ellos sólo se debían a Boni… por lo que tendría que arreglármelas yo solo.

A los dos minutos escasos de estar al cuidado de las ovejas, éstas notan el cambio, que para ellas sería enorme, y empiezan a moverse como impulsadas por una fuerza centrífuga, nunca mejor dicho; como si no hubiera un mañana, disgregan el grupo, avanzan en cualquier dirección… mi mente se revoluciona: ¿cómo se ataja esto? Yo imito a Boni y, al principio, levanto la voz de forma suave, me vuelvo hacia los perros, les llamo, pero continúan en posición pasota total; mi apuro va en aumento, empiezo a dar carreras para atajar las fugas, pero mientras intento sofocar una, han aflorado otras cinco, o más ¿… pero dónde van?; tampoco sé silbar como es debido; sólo doy voces, ya a pleno pulmón, pero la sangría ya es total, el grupo se ha descompuesto en tantas partes como reses… y no sirven ni los gritos, ni las carreras de arriba a abajo, ni lanzar cantos… el caos se extiende y las ovejas se van a salir del monte para entrar en los sembrados, si es que algunas no lo han hecho ya…; no puedo hacer más, porque cualquier maniobra que hago influye para peor, así que ajigolado, desesperado, derrotado, contrariado, con la autoestima por los suelos… acudo a Boni a presentarle mi rendición por la hecatombe:

- Boni, se me han escapado todas las ovejas y no sé dónde paran. No he podido con ellas.

Me escucha atento pero no dice nada, tan solo sonríe, con una serenidad que para mí la quisiera yo. Vamos a ver, le oigo que pronuncia para sí mismo. Se recompone el atuendo, y veo que los perros, como impulsados por resortes, han brincado a su lado como dos escoltas, sin que nadie les haya ordenado nada... (los cabrones).

Flanqueado por sus perros dirige hacia el lugar donde él dejó una piara como es debido, se coloca en un punto de la ladera desde el que puede ver a gran parte de las ovejas en dispersión; yo le he seguido, más que para ayudarle, posibilidad inexistente, para observar cómo recompone semejante destrozo. Achucha a los perros con unas órdenes en sánscrito, emite unos silbidos que llegan hasta la sierra y los perros empiezan su tarea con una rapidez que sorprende; enseguida veo que a las ovejas se las ha acabado la fiesta y ya no se burlan; al contrario: retroceden rápidamente presionadas por los perros hacia lo que será el núcleo del rebaño agrupado. Veo cómo incluso los perros se adentran entre las matas de chaparros para encontrar y obligar a regresar a las que se han escabullido. De ellos, repito, no se ríen, porque a veces, a las más reticentes, las muerden en los costados para forzarlas; pero no las muerden de buen rollo, no; sino con tal agresividad que llegan a colgarse de ellas con los colmillos. En unos diez minutos escasos, y sin moverse del sitio, Boni, con distintos silbidos, gestos con los brazos y con alguna voz, ha recompuesto el rebaño y ya lo tiene en compacto, quieto, controlado... lo ha retornado a cuyo es.

Yo me retiro muerto de vergüenza y apenas me alcanza para decir un menos mal… Boni me mira compasivo antes de alejarse y como ve que no se me ha pasado el sofocón, me da ánimos:

- Ya está arreglado, hombre, tu tranquilo. Bueno, me voy con ellas hacia aquel bajo.

Cuando regreso tengo que soportar cierta burla callada de mi padre, que se lo ha pasado en grande en calidad de observador.

Como se puede deducir, este episodio me sirvió para descubrir, o tan solo aproximarme, a la complejidad de un oficio que sólo en apariencia puede parecer sencillo. También me sirvió para fijar una costumbre que consiste en, cada vez que surge la ocasión, deleitarme mientras observo en las habilidades de los pastores que, tan sólo con uno o dos perros y unas órdenes en forma de silbidos o voces, dirigen y mantienen a raya a varios centenares de animales tan dispuestos, a la chita callando, a armar la de San Quintín.

* * *

Los perros de Boni

A Boni no le gustaba presumir de perros. Ni de nada. Pero cuando hablaba de los suyos, siempre por demanda ajena, le podía la emoción. Yo le he visto emocionarse en algunas ocasiones pero, de una forma especial, cuando recordaba a Canelo, uno de aquellos que no quiso hacerme un favor en la anterior historia; como no encontraba las palabras que pudieran describir con justicia a un animal tan excepcional, repetía una y otra vez, que, ... sólo le faltaba el habla... Y lo curioso es que Boni siempre atribuía el mérito al propio animal, cuando la realidad es que la valía de un perro de carea se debe a las habilidades del maestro que le ha enseñado; también es verdad que, al igual que ocurre en el mundo de los humanos, la misma enseñanza tiene aprovechamientos distintos.

Hay pastores que han sentido un aprecio tan especial hacia sus perros que, cuando éstos han llegado a su final no mueren del todo porque permanecen en la memoria de quienes los han tratado. Y han dejado una huella tan fuerte que cada vez que hablan de ellos, les brota la emoción, y puede que alguna lágrima. La realidad es que un perro de carea bien enseñado se convierte en ayudante insustituible de un pastor. Si se les observa en acción se comprueba que una parte del enorme trabajo que hacen no es consecuencia de órdenes recibidas de su pastor, sino de su experiencia para cada caso concreto. Los perros aprenden y, de forma autónoma, toman decisiones que satisfacen a sus amos, por su oportunidad y eficacia.

De ello trata la siguiente anécdota. En un día de invierno Boni se ha parado en nuestra corta, en uno de los montes de Escobar, a echar un párrafo con mi padre. Y no digo un trago o un pitillo porque Boni no bebía ni fumaba. Los perros se han sentado a su lado porque las ovejas, de momento, se sujetan solas. En esto que uno de ellos, Canelo precisamente, de repente da un brinco y desaparece como una centella entre las matas de chaparros. Nadie le ha ordenado nada. La conversación continúa como si tal cosa, pero al poco acude Canelo con un conejo enorme en sus fauces. A su dueño esto le pareció una cosa corriente pero a mí me sorprendió tanto el proceder del perro como su éxito.

- Este para vosotros, Lauro, -dice Boni.

Mi padre se niega en rotundo, pero llega un momento en que lo ha de aceptar porque Boni ya le obliga, más que por palabras, por su mirada, porque ellos manejan y comparten unos códigos que les eximen de protocolos de conveniencia y otros modos superfluos para transmitir voluntades.
El pastor continúa ladera arriba con su rebaño y sus perros cuando, pasado un rato, oímos unas voces.

- ¡¡ Lauro, Lauro!! …

- Que le pasará a Boni -dice mi padre

Salimos a mirar y vemos a Boni, a unos cincuenta metros ladera arriba, con un brazo estirado hacia lo alto, con el que muestra otro magnifico ejemplar de conejo, cazado en ese momento, supongo, por su perro Canelo, cuya imagen a mí tampoco se me ha borrado.

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La enciclopedia


La Marcha a paso pastor en su edición décimo sexta, del año 2014 http://elsoportal.avmadrona.com/sc2014%20map04.htm

tuvo como invitado especial a Emilio Asenjo, del que ya hemos dado algún apunte en el artículo Los buenos pastores, en Rutas Sentimentales. En su parte final, en El Rastrillo y a la sombra de los álamos blancos, nos contó algunos detalles de la trashumancia. A él le toco hacer varias de ellas en las que experimentó vivencias y aprendió muchas esencias de la vida.

Él también tuvo su propia piara en Madrona a partir de la década de los 70, donde compró un terreno inmediato al pueblo, al que puso el nombre de El Chozo, en rememoración de los que construían en trashumancia para dormir. De las anécdotas que contó de aquella época de trashumancias, me quedé con la que sigue.

En el grupo de pastores con los que hacía aquel año la trashumancia, había uno cuyo hijo era muy espabilado, con una inteligencia sobresaliente. Los pastores conocían bien esta circunstancia y, en un momento dado en una tertulia de sobremesa, y esto es un decir, porque los pastores no comían en mesa cuando trabajaban, en la que se hablaba de las buenas cualidades de aquel chico, uno de los pastores le dice:

- A ese muchacho le deberías comprar una enciclopedia.

A lo que, tras unos segundos de de meditación, le responde el padre:

- ¿Una enciclopedia? De eso nada, que se joda y vaya andando como los demás…

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Fernando AYUSO CAÑAS. junio 2019

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