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  |   Anecdotario  VI     

Tragedia y supervivencia. Lecciones de vida.

Hace cincuenta años, el día 15 de junio de 1969, yo tenía 13 años recién cumplidos y, llegadas las vacaciones de verano, regresaba del Convento Seráfico de San Francisco de Asís, regentado por los frailes capuchinos de El Pardo, Madrid, donde había terminado segundo curso de bachillerato.

Volvía a mi hogar como recién salido de un túnel largo y lóbrego, al que ya nunca regresaría, con la esperanza de reencontrarme con la luz, la normalidad y los espacios abiertos y asilvestrados de Madrona; volvía a reencontrarme con mi bici y mis amigos, con los olores e imágenes a las que me debía; con todo un verano por delante para bañarme en los bodones del río, buscar nidos, pescar barbos, volar con la bici y sentarme por la noche a departir y comer pipas en La Piedra Filosofal… retornaba a un mundo del que nunca he terminado de de irme.

Hacia el mediodía llegué a mi casa, el Bar Plaza, y no recuerdo quién me llevó desde Segovia pero, teniendo en cuenta la media docena escasa de coches que habría en el pueblo, puede que fuera algún panadero, algún hortelano (Carlos, El Ángel o Matito), Militino o Juanito Relámpago. El caso es que nada más llegar me encontré de sopetón con un alboroto muy raro de personas, tanto dentro del bar como en el exterior, en el cuadro de cemento frente a la puerta; todo muy alejado de la normalidad. Me percaté de que, cuando pasaba junto a alguno de los corrillos de conversación, enseguida bajaban la voz o directamente callaban. Mi desconcierto aumentaba sobre todo porque ninguna de mis dos hermanas me decía nada; ni siquiera recuerdo haberlas visto; mi padre no estaba y a mi madre no la encontraba por ninguna parte. Ni en sueños podría imaginar, después de un año de internado, un recibimiento tan extraño y desconcertante.

Pasó, creo, mucho tiempo, en el que, mientras deambulaba como un sonámbulo sin orden ni concierto, oía repetir en los corros que se habían formado las palabras Los Ángeles de San Rafael, que para mí no significaban nada; Lauro, el nombre de mi padre, que para mí significaba todo; muchos muertos y heridos, algo ajeno a mi edad y a mi familia hasta ese momento y, sobre todo, no se sabe nada…

Al cabo de ese tiempo interminable por fin apareció mi madre y me abrazó como nunca lo había hecho antes; vino gimiendo de dolor, sin poder hablar; con un sofocón y la cara desencajada de tanto llorar… mientras yo seguía sin entender nada; sin poder ni saber decir algo inteligible; todos estábamos bloqueados. Fue ella la que, al cabo, me dijo como pudo que mi padre estaba en una comida de celebración en Los Ángeles de San Rafael, lugar desconocido para mí, invitado por Pascual Hermanos, y que había habido un accidente muy grave con muchísimos muertos y heridos, pero que mi padre, al parecer, se había salvado. Pero todo se quedaba en mera posibilidad.

Las noticias llegaban de forma muy lenta y a veces contradictorias y tergiversadas. Nosotros teníamos el número 14 del teléfono del bar, pero nadie llamaba para comunicarnos alguna certeza. Pasaron varias e interminables horas y por fin apareció mi padre, con el aspecto más extraño que jamás le haya visto; con la ropa descolocada, manchada de escombros y de sangre.

Después de los abrazos y las lágrimas de los familiares contó allí mismo y en ese momento, ante medio pueblo allí congregado, que se había salvado de milagro y que, junto con los demás supervivientes, había estado sacando de entre los escombros muertos y heridos para llevarlos hasta la carretera nacional que pasa por Los Ángeles, con el fin de que los coches que pasaban los pudieran llevar a Segovia, al hospital, al depósito, e incluso a la ciudad de Madrid, según los casos.

Mi padre, que a la sazón tenía 42 años, venía destrozado en todos los sentidos por la situación tan extrema que acababa de vivir. Y de sobrevivir.

Decisiones que salvan

Pasado ese día, mi padre pudo contar y repetir el mismo relato con más calma. Habían muerto 58 personas, la gran mayoría propietarios de pequeñas tiendas de ultramarinos de la ciudad de Segovia y su provincia.

¿Por qué mi padre se había salvado, si él también era tendero de SPAR? Él siempre lo contó como sigue.

Había dos grandes salones para los invitados, uno estaba destinado a los empleados de Pascual Hermanos y el otro a los clientes, los tenderos. Mi padre no tenía amistad especial con ningún otro tendero y le daban igual las mesas presidenciales, autoridades y protocolos; por eso cuando al llegar vio a Pepe, repartidor de camión, que nos servía la cerveza Mahou, casado con Juli, hija de Rosario y Amadeo, nieta del Tío Justo Matías, se unió a él y su grupillo, formado por otros empleados de mono, también conocidos. A la hora de sentarse a mi padre le correspondía una mesa en la sala de clientes, en el salón presidencial donde estaban asimismo los directivos y autoridades, pero el optó por quedarse con Pepe y sus compañeros. Una vez acomodado con ellos, acudió un organizador y le advirtió:

- Señor Lauro usted no puede estar aquí. Tiene que pasar al salón de los clientes, donde le tenemos reservado un sitio -le dijo.

- Pues yo de esta mesa no me muevo, porque estoy con gente que conozco y me encuentro muy a gusto aquí -respondió convencido mi padre.

Tras alguna insistencia por parte del organizador, que encontró la misma respuesta, le dejaron en la mesa que había elegido, la de los trabajadores. Allí se encontraban departiendo en buena armonía, inmediatos a un gran ventanal de cristal que dejaba ver con amplitud decenas de mesas del salón contiguo, destinado a los clientes, separado de su mesa tan sólo por ese enorme cristal.

No habían empezado todavía a servir nada, cuando, de repente, mi padre ve, a través del gran cristal, como toda la planta contigua, que era otro edificio independiente, se hunde con un gran estruendo, arrastra y atrapa a mesas y personas y los engulle como si se cayeran al fondo de la tierra.

El pánico fue general y echaron a correr como pudieron para escapar de aquella hecatombe. Alcanzaron la salida. Se ubicaron a salvo de otros posibles derrumbes. Pero no podían irse a su casa sin más. Inmediatamente, antes de que llegaran bomberos, sanitarios, guardias y autoridades, todos a una, se pusieron a sacar cuerpos de entre los escombros con la esperanza de liberar cuanto antes a los atrapados. Pero enseguida vieron que salvar a todos sería imposible, dada la magnitud del hundimiento.

Una vez conocidos los datos, de los que estremece la cifra de 58 muertos, los periódicos nacionales y locales publicaron múltiples noticias con todo tipo de detalles y pormenores que hacían al caso.

La esencia del asunto es que la empresa Pascual Hermanos, concesionaria y distribuidora de la cadena SPAR, contrató con un tal Jesús Gil y Gil, desconocido hasta entonces, la preparación del evento y que éste, a sabiendas de que el edificio no estaba aun fraguado ni reunía las condiciones mínimas, no tuvo ningún escrúpulo en ocuparlo con el riesgo que suponía. También carecía de todos los permisos oficiales para la construcción de la sala que se hundió.

Fue juzgado en 1971 y condenado a 5 años de prisión menor, de la que tan solo cumplió 7 meses. Franco firmó el decreto de su indulto en enero de 1972.

Después vino una época muy provechosa para Gil y Gil, en la que se hizo con INnumerales empresas y hasta llegó a ser alcalde electo de Marbella, ciudad que gobernó a base de convenios y cuyo Ayuntamiento tuvo que ser intervenido por el Estado, debido a sus desbarajustes y disparates contables, de gestión y a su bancarrota. Aun así, Gil era muy celebrado en las cadenas televisivas y medios de comunicación; al parecer resultaba muy gracioso por sus ocurrencias y por su sistema de vida.


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Una información muy amplia y detallada está recién publicada por © El Cierre Digital y se accede a ella a través de este enlace.

https://elcierredigital.com/investigacion/620632001/Gil-50-aniversario-desastre-angeles-san-rafael.html

De este mismo medio se han extraído las siguientes imágenes:

 

 

 

 


Fernando AYUSO CAÑAS. junio 2019

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