| | El Soportal | ||
|
* Plaza Mayor * Rutas Sentimentales * Pretextos * Fotografías * |
||
Creadores > Sergio Ramírez > Relatos y Poesía >
Para mi Cris
Os voy a contar una historia. Una historia que sucedió aquí mismo, a pocos metros de tu casa y a muy pocos metros de la mía.
Lo normal es que una buena historia suceda en verano para así luego ser contada a secabocas dentro de un bar con los cristales empañados o sentado junto a una mesa con estufa o dentro de esa pecera, que es la parada de autobuses, donde muchos hemos pasado más frío que siete viejas. Pero en esta mi historia se añade la excitante casualidad de que ocurrió en las Fiestas del Santo Cristo de la Salud que, por si no lo sabéis, aparecen en las listas del Instituto Para la Observación y Catalogación de Fiestas (IPOC) como "Fiestas Populares Donde Suceden Muchas Cosas".
Para hacer honor a la verdad, todo lo que os voy a narrar a continuación no me sucedió a mí. Le sucedió a un gran amigo. Un amigo que no quiere que su identidad sea desvelada y al que a partir de ahora denominaremos con el simbólico nombre de "Manuel". Es tan buen y sincero amigo que os pediría que no dudarais ni por un solo momento de esas palabras que hoy pongo en mi boca.
Ahora, estamos en la noche del 25 de agosto de 2001 y todo lo que a partir de aquí acontece comienza con una meada. Sí, lo siento. "Meada" quizás no sea una de las palabras más bonitas del mundo pero el protagonista de todo esto así me lo contó a mí y así os lo cuento yo a vosotros:
"Sentir, confirmar que aún estás vivo.
Corriendo entre mis pies, pequeño río mío.
Notar su llegada por no sé cuál razón.
Hacer caso a su llamada, atenderla de corazón.
Alejarte de la plaza, sin decírselo a nadie.
Elegir a tientas el lugar donde nos lleve el aire.
Frente a la Pared del Monte, lejos de los gritos de la corte.
Oír muy lejano el baile, sentir contra tu cara el aire.
Rasgar tus vestiduras y reír, por efecto de las uvas.
Observar a tu inseparable amigo, dejar que respire las llanuras.
Estremecerte de frío y dejar sólo tu cuerpo.
Dejar parado el tiempo huyendo a otro momento.
Derramarte por el suelo y adelantarte al rocío.
Corriendo entre las piedras y abriendo en la tierra camino.
Fundirte con la vida, avalando una sonrisa.
Formando crestas de espuma que se secan con la brisa.
Espabilar a tu amigo mientras apuras el tiempo.
Recomponer tu figura y esperar otro momento.
Volver la cara al viento para desandar lo que has andado.
Sentir y confirmar y saber que aún estás vivo.
Corriendo entre mis pies: pequeño río mío"
En estas bellas cavilaciones se encontraba mi amigo mientras dejaba su particular firma sobre la Pared del Monte cuando una pequeña bombilla de su calurosa y veraniega consciencia le avisó de que debería reanudar sus particulares cometidos festivos consistentes en visitar los bares, bailar y bla bla bla bla bla. En uno de los entonces cinco bares andaba mi compañero (hoy no me está permitido publicitarlo) cuando se encontró de bruces con el tronco de nuestra historia:
El bar se encontraba muy solitario pues la orquesta había dejado de tocar para hacer un descanso, era ya muy tarde y todos sabéis que esa santa costumbre que alberga Madrona de rendir culto a las peñas la exime de que haya mucha gente en sus tabernas. Para ser exactos había tres personas, a saber: el camarero, alguien que dormitaba bajo una boina con un vaso de vino en la mano y otro vecino de esta parroquia cuya identidad también esconderemos lejos de curiosas miradas.
El protagonista de nuestra historia, la verdad, poco tenía que hacer ahí pues se trata de una persona joven y divertida que no encajaba en esa especie de velatorio. Pero la casualidad se puso para bien de la parte de todos los que nos gusta escuchar historias y mi compañero aparcó su trasero ahí mismito en busca de líquido antifreno y un poco de conversación poco convencional. La casualidad de nuevo, o deberíamos decir "la probabilidad", hizo de las suyas y Manuel se sentó junto a una de esas tres personas que no eran ni el camarero, ni el dormido borrachín de la boina.
Parecía este señor, según me contó Manuel, muy afligido y apenado. Y si ya de por sí es una persona seria, ese día el gesto roto y la mirada perdida eran aún más acentuadas. Manuel, que como todos mis amigos es una buena persona, no dudó ni por un momento en cambiar un saludo con él e invitarle a una copa, gesto que él aceptó emocionado y agradecido. Así es que con estas cosas de la vida que deparan las fiestas, y mucho más las nuestras, estas dos personas en apariencia ajenas y antagónicas empezaron a conocerse, a comunicarse, a perpetuar la liturgia de la conversación. Los dos aprendieron cosas el uno del otro, los dos se dieron cuenta de lo diferentes que eran pero también de lo parecidos, los dos bebían y bebían, unas veces pagaba uno, otras otro y otras (las menos) invitaba la casa. La conversación fluía como fluyen los pájaros en el cielo cuando se reúnen por los caminos aéreos del Señor para comenzar su viaje a África. Manuel aprendía que su improvisado amigo era soltero (un solterón que suelen llamar por estos lares), que dedicaba su vida al campo y que tenía una "pena negra" que aún no había confesado a nadie. Las copas se amontonaban en la mesa como se amontonan los paquetes de paja en los pajares, la gente comenzaba a entrar y a salir de nuevo y todo alrededor de ellos daba igual porque sus ojos se encontraban como en un pulso que iba de los jóvenes ojos de Manuel a los cansados ojos de nuestro misterioso vecino. Las horas pasaron, los cigarrillos se consumieron y los dos, esclavos del alcohol, salieron a la calle propulsados por la escoba del camarero. Era ya tarde y otro, seguramente el último, descanso de la orquesta se había apoderado de todo el silencio del mundo. Hacía frío, lo que les hizo recordar que el final del verano se acercaba como cada año echando un leño más a la hoguera del tiempo.
A esas alturas, mal está decirlo, pero los dos estaban borrachos como cubas. Se encendieron el último cigarro dispuestos a dejar las cosas como estaban y comenzar el camino hacia mullidos y calentitos territorios de cines de sábanas blancas cuando a Manuel se le ocurrió una peligrosa pregunta de despedida:
- ¿Cuál es tu "pena negra", amigo? - dijo -
Su mirada le heló por un momento la sangre, estaba claro que nunca se lo había contado a nadie, era su secreto, un secreto muy bien guardado que alguien estaba a punto de vulnerar. Quizás se resistió un poco a contarlo, quizás no. Pero el caso es que después de sostener una mirada que era un desafío, dijo lo siguiente con una voz gangosa y alcohólica pero sincera:
- Mi "pena negra" es algo que nadie sabe. Sólo lo sé yo. ¿Quieres saberla?
- Sí, soy tu amigo. Quiero saberla. - dijo Manuel-
- Si te lo cuento, no te lo podrás quitar nunca de la cabeza.
- Adelante, me arriesgaré. - replicó Manuel tambaleándose y buscando el apoyo de la pared-
- ¿Conoces La Sima?
- ¿Ese agujero pantanoso que hay en la curva de la carretera?
- Ese mismo. Todos los 25 de agosto sobre estas horas
- ¿Qué pasa? - preguntó visiblemente intrigado Manuel -
- Nada. Olvídalo. Me parece que ya he hablado demasiado. Mañana me arrepentiré de todo esto.
Y dando un pequeño tropiezo marchó corriendo hacia su casa. Manuel intentó seguirle pero iba aún más borracho que él y no pudo alcanzarlo.
Manuel pudo marcharse a casa y olvidarlo todo con un sueño reparador o marchar con los de su peña y olvidarlo todo con unas risas o buscar una chica que le hiciera olvidarlo todo con unos besos pero... la curiosidad para bien o para mal es un deseo innato en el hombre y Manuel casi no dudó ni un momento en marchar a La Sima en busca de respuestas.
El camino fue bastante frío, largo y curvilíneo. Pero la obstinación de alguien que ha bebido no tiene límite. Por el camino no pudo reprimir la tentación de descolgar una hermosa y gordota cortina azul con corazones rojos, hizo un agujero en todo su centro e improvisó un poncho que le ayudó a pasar más alegremente los rigores del trayecto. Manuel llegó a La Sima cuando quedaba, aproximadamente, una hora para el amanecer. Lógicamente, pensó, aquí no pasa absolutamente nada. No pasan ni los coches.
Decidido ya a dar media vuelta y ponerse frente a las luces del pueblo hizo el intento de encender un cigarro con la mala suerte de que sus manos trémulas hicieron resbalar el mechero que cayó a ese pozo casi sin fondo que es La Sima.
Nadie en su sano juicio hubiera intentado coger un mechero promocional sin valor alguno, nadie salvo alguien que no tiene juicio. Y aún sabiendo que la noche era oscura, su vista poca y poca su estabilidad Manuel comenzó a bajar, rozando sus pantalones vaqueros con las retamas y malas hierbas que pueblan este empinado paraje en verano. De pronto, le pareció ver que la luna reflejaba sus mofletes en la parte superior metálica de su encendedor, se acercó únicamente sujeto con su mano izquierda a un cañote que le estaba abriendo una herida en la palma y con la otra... Con la otra tocó algo que no era metálico, que no era plástico. Algo que era como la morbidez de la carne humana. Era el roce de la piel contra la piel. Mirando hacia arriba penso en mucho menos de un segundo en todas las historias que su abuelo le había contado de pequeño y empezó a convencerse de que lo que vería sería horroroso, tétrico, algo mortecino que le provocaría sin duda un ataque al corazón. A cambio, tuvo ante sí el rostro más bello que jamas habían contemplado sus jóvenes aunque curiosos ojos. Era una mujer bellísima a la que no pudo poner color de piel, ni de pelo, ni de ojos. Ni altura, ni peso. Porque era muchas mujeres bellas a la vez. Porque era "la mujer". Lo único que acertó a comprender era que ella le miraba, sonreía y que estaba completamente desnuda:
- Hola. dijo ella con una maravillosa candidez-
- Ho-Hola. - dijo un confuso y asustado Manuel -
- ¿Es esto tuyo? - dijo la hermosa mujer que le acercaba su mechero-
- Sí, gracias. ¿Quién eres?
- ¿Y tú? ¿Quién eres tú? No eres el chico que viene otras veces, es muy simpático. Aunque tu también lo pareces. Mañana subirán al Santo Cristo a la ermita, ¿verdad?
- --------- - Manuel no podía articular palabra
- ¿Verdad? insistió ella
- Sí, sí. Mañana lo subirán.
- Se debe de sentir muy solo ahí arriba. Yo también se lo que es la soledad.
Manuel dice que siguió hablando durante casi una hora y que él sólo se limitó a cubrirla con su poncho azul de corazones rojos y a escuchar las palabras que salían de sus maravillosos labios.
Pero lo verdaderamente extraño viene ahora. Mi amigo dice, y recordad que yo le creo totalmente, que cuando empezaron a lamer la tierra los primeros rayos del amanecer ella dijo que se tenía que marchar y que La Sima de pronto se volvió a llenar de agua, de un agua pura y limpia como el primer agua de la creación. Que desaparecieron los desperdicios, los muebles viejos, las ratas de cloaca y las malas hierbas para convertirse en una especie de maravillosa piscina natural de un azul líquido que te llegaba al alma.
Dice que ella le besó y que cuando pudo abrir sus ojos llenos de lágrimas contempló como sumergía la mitad de su cuerpo en ese agua maravillosa y como después de despedirse con un leve movimiento de su mano, ella misma fue agua. Y entonces sintió que también se le escaparía de las manos como el líquido elemento, y así fue. De pronto, el sol apareció en toda su grandeza, el agua se torno rojiza y como en un estallido esa agua rojo fuego desapareció y marchó en milésimas de segundo hasta la sierra, que quedó totalmente poseída de ese bello y otoñal color. Y se fue cubierta con su poncho azul con corazones rojos y ya no la volvió a ver. Aunque la buscó, ya lo creo que la buscó, por todo el pueblo. La buscó por el campo, y cogió el coche para buscarla por Segovia. Pero ella ya no estaba.
No pudo dormir, lógicamente, esperando a que su nocturno amigo se levantara de la cama y le diera unas cuantas explicaciones. Fue a la procesión del Santo Cristo, pensando siempre en las palabras de ella, "se debe sentir muy solo". Y allí le vio. Le vio que andaba por detrás de la ermita. Solitario y meditabundo como siempre. Manuel le agarró del hombro.
- ¿Quién es ella?
- No se de que me estás hablando dijo él con una pobre actuación-
- Dímelo por favor.
- Te dije que no te lo podrías quitar de la cabeza. A mí me lo contó un pastor cuando tenía catorce años y he pasado toda mi vida acudiendo cada 25 de agosto a pasar unos minutos con ella. Sin pensar nunca en otra mujer, sin querer a otra mujer, sin formar una familia. Obsesionado con ella.
- Todavía no me has dicho quien es.
- ¿Viste como se convertía en agua que estallaba y desaparecía en la sierra?, ¿no te diste cuenta de que sólo cuando eso ocurrió se vieron las formas de la montaña?
- Sí.
- Pues ya sabes quien es.
- ¿Es La Mujer Muerta? dijo Manuel con tono incrédulo -
- Déjame. Ya sabía que no me creerías.
Nunca más volvió a hablar con él de ese misterio. Es más, nunca más volvieron a hablar como pasa con todos esos amigos de copas. Pero el caso es que Manuel un día me contó esta historia con la firme intención de no volver a pensar en ella nunca más para que no le ocurriera lo mismo que a ese joven de catorce años que llegó casi al medio siglo queriendo a una mujer de fantasía. Cuando me lo contó, yo no le pude creer. Me reí de uno de mis mejores amigos y él se enfadó. Tuve que ver para creer, como Santo Tomás:
Hace apenas dos semanas visité un domingo La Mujer Muerta con mi novia, quería que ella descubriera ese maravilloso lugar. Yo, por supuesto, no me había vuelto a acordar de la delirante historia de mi amigo.
Caminábamos los dos por esa parte que siluetea su pecho y cuando más cansados y colorados estábamos descubrí un trozo de tela que sobresalía de la nieve. Tiré con fuerza de él y ante mis ojos apareció algo que me trajo infinidad de sensaciones a mi helada cabeza: era una gordota e inconfundible cortina azul con corazones rojos y un agujero en el medio. Y estaba sobre su pecho.
Así es que ya sabéis, creed todo lo que os cuenten de las fiestas de vuestro pueblo. Por maravilloso que sea, seguro que es verdad.
Sergio "Lele" Ramírez Madrid, 19 de diciembre de 2001
Sergio Lele Ramírez |