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Hornacina 1

D. Faustino Ayuso. Semblanza de un hombre extraordinario

El primer recuerdo de mi existencia que se deja ver en los túneles de la memoria es corto, nítido, luminoso e imborrable.

Se sitúa alrededor de los tres años de edad y, por tanto, hacia 1959. Me veo sentado en el umbral de la puerta de mi casa, con el pelo húmedo, recién peinado. A mi lado, sentada en una pequeña silla de madera, mi hermana Inés, también aseada y con olor a colonia, atiende a su muñeca y sostiene con ella diálogos ininteligibles para mí; juega trasteándola sin parar mientras yo permanezco sentado sobre el umbral de cemento, enfrente del moral.

Estamos junto a la pared de la fachada principal de nuestra casa, donde nacimos cuatro hermanos. Creo que pertenecemos a la última generación que nació en su propia casa. En la misma línea que nosotros, una gallina propiedad de mi familia escarba la arena y picotea los hierbajos rodeada de su grupo de polluelos recién nacidos; no dejan de piar y se mueven como por impulsos descontrolados, como si fueran bolitas de goma amarilla.

El sol nos da de pleno y la temperatura es muy agradable. Para mí todo es enorme y me siento más cercano a las dimensiones de los polluelos y de la muñeca que a todo lo que alcanzan a distinguir mis ojos. A pesar de esa distinción, la elementalidad de mi razón no me permite interpretar nada sobre los objetos que tengo delante, sus formas y proporciones.

Lo primero que vemos es una cacera que, después de cruzar oblicua la plaza de Oriente en la que estamos, se acerca hasta casi tocar la esquina de mi casa. Su trazado es paralelo al camino por el que transitan yuntas con carros o arados. A su vez, este camino discurre como al resguardo de la pared de la Huerta del Moral, dejando libre un gran solar en la plaza. La esquina de mi casa hace de cuello de botella donde confluyen camino, cauce y Huerta del Moral como antesala de la otra gran plaza, la de la Constitución; a ésta da la fachada norte de la vivienda, las ventanas de la cocina, de un dormitorio y las puertas de la cuadra; en ella vierte el caño del fregadero, en el que mi madre nos baña sumergiéndonos en un gran barreño de zinc.

Me llama la atención sólo lo más inmediato a mi asiento; por eso me fijo en esta cacera rectilínea, canalizada con piedra y argamasa de cal, tal vez debido a su rango superior de canalillo urbano; a ratos detengo la mirada en la gran piedra pasadera que hace de puente justo en la esquina de la casa y en el gran moral, que asoma su frondoso ramaje sobre la pared de la antigua huerta de los Sonlleva. Dos plazas interminables, imposibles de abarcar con mis ojos. Todo está aun por descubrir y se me presenta sobredimensionado y con los límites borrosos; tal vez por eso mi vista prefiere aferrarse a los movimientos de la gallina con su inseparable recua.

En las mañanas cálidas de primavera, una vez desayunados y limpios, mi madre oficiaba el ritual de sacarnos a tomar el sol en nuestra puerta, orientada al Este. Ella no sabía entonces que a esa edad los rayos del sol, cuando de forma suave llegan hasta la piel, activan la creación de múltiples vitaminas en el organismo. Ignoraba el proceso, pero sí conocía su efecto bondadoso. Permanecía en el interior despreocupada de nosotros porque sabía que no nos moveríamos del sitio, en tanto despejaba las muchas tareas que debería acometer ella sola, como cualquier ama de casa en una familia de labradores. Allí nos entreteníamos observando el acontecer en la pantalla panorámica de un cruce de calles. Desde este lugar, por encontrarse en la bisectriz de dos plazas principales, se podía hacer acopio de abundante información sobre los movimientos de la vecindad, tan sólo con guardar durante un tiempo la posición. Pero estas son cosas que sólo aprenderíamos más tarde, al despertar los relés del entendimiento y al abrirse de par en par las despensas de la memoria. Por allí cruzan madrugadores los escolares; los más pequeños con su cabás, en el que guardan una pizarra con su pizarrín; los mayores con su cartera provista de plumas y secantes.

 

Plaza de Oriente. 1960. Fotografía de José Luis López García

Inmediatos a nuestra casa también pasan los carros, llevados por sus yuntas de mulas, de vacas o de bueyes con cargas variopintas pero idénticos en su parsimonia y en su inseparable nube de moscas... Sabemos a dónde van algunos vecinos de los que cruzan, porque muestran la tarja del pan. Acuden a la panadería de Vicente Esteban, casi lindante con mi casa y de la que respiramos los olores que propaga su horno de leña: aromas de hogazas recién cocidas, de magdalenas y de tortas de anís. Otros se dirigen al barbero, a la iglesia, a las tiendas... Todos los que cruzan por la piedra pasadera nos dicen algo a lo que todavía no sabemos responder; intercambian unas frases con mi madre, que sale a saludarles, y después de unos instantes de conversación cada cual vuelve a su afán.

De entre quienes pasan a diario hay un hombre que baja por la cuesta de La Peña y, saliendo de la sombra del moral, aparece frente a nosotros. Cruza la cacera sobre la laja caliza que hace de puente y viene directo hacia nuestra fachada. Viste traje de pana negra y cada mañana repite la misma secuencia: se aproxima, nos acaricia muy suave la cabeza, nos habla despacio, dulce y, aunque sigo sin entender lo que dice, noto que me agrada verle porque me trasmite mucha tranquilidad. No me asusto, ni me aparto. En la puerta de la casa habla de forma cordial con mi madre; enseguida nos llega el sonido de sus risas. Antes de despedirse de ella se agacha, me acaricia la cara y deposita en mi mano unas monedas. Lo mismo hace con mi hermana Inés. Yo todavía desconozco estos metales, pero, tal vez por su brillo, las retengo en mis manos apretándolas con los dedos. Él sigue su camino hasta la barbería de los López, para que le afeiten.

Me quedo con mi hermana sin moverme del umbral, bañándonos de sol mientras se nos va secando el pelo recién peinado.

El segundo recuerdo es muy seguido a éste y extremadamente breve: me encuentro en el dormitorio inmediato de la entrada, a la derecha del pasillo de nuestra casa de planta baja. Apenas sé andar con soltura pero me he colado sin ninguna intención en esta sala. Estoy entretenido, casi absorto, contemplando un objeto grande, muy enredado de filigranas brillantes de purpurina: es la cruz de hierro pintado que colocarán en la tumba de mi hermano Felipe, fallecido con apenas cuatro meses de vida. Pero enseguida viene alguien, me suspende de los hombros, me saca en vilo de la habitación, cierra la puerta y me sitúa en dirección a la calle, para volver al sol.
Ese hombre amable que a diario nos obsequiaba con una propinilla de monedas agujereadas de dos reales, fue mi bisabuelo, D. Faustino Ayuso (1872-1959), casado con Dª Eulalia Bernardo. Si nos fijamos en la tabla genealógica podemos observar la gran cantidad de familias que parten del origen Ayuso. Se debe a que fueron en total quince hijos del mismo padre aunque de dos madres. Por el momento no figuran en la tabla los descendientes de la primera esposa.

No es preciso insistir en lo difícil de aquellos tiempos. Pero nos puede servir el siguiente detalle para hacernos una idea de la vida cotidiana en la familia de Faustino. Sus padres tenían establecida una norma para agilizar las sobremesas: de los quince hermanos congregados a la mesa, aquellos que renunciaran voluntariamente a cenar, su padre les pagaba un real u otra moneda. Y, a la mañana siguiente, los que quisieran desayunar debían entregarle esa moneda u otra de igual valor. Es sencillo imaginar hasta que punto resultarían prescindibles las conversaciones sobre el apetito en aquella familia.

Como sus coetáneos de esta zona, Faustino empezó a trabajar desde la infancia. Dado que en su casa no disponían de hacienda ni medios propios para emplear a ninguno de los quince hijos, el destino no admitía elección, ni discusión; no había nada que pensar: ingresaría más pronto que tarde como criado en cualquier labor ajena. Era frecuente el empezar de zagal con algún hato de merinas. O como rapaz en alguna hacienda. En aquellos años aun no se había vendido el término rural a los agricultores, por lo que la propiedad de las tierras de labor se concentraba en menos de media docena de familias, ajenas en lo demás a este pueblo. Debido a esa extrema concentración de la propiedad, los labradores de Madrona lo eran en calidad de arrendatarios o, como se les llamaba entonces, renteros. El término se vendió hacia 1920.

Más tarde, ya de mozo, se incorporaría como un asalariado más en las faenas agrícolas. Una vez cumplida su jornada laboral, destinaba el "tiempo sobrante" a huebras ajustadas con otros labradores o propietarios. Es decir, más horas de trabajo. Trabajo del de antes, del que se hace sentir en la médula de los huesos. Un estado puro de la poesía.

Su vida era ordenada, austera y sin sobrepasar lo esencial, es decir, de continuo sacrificio. A su favor consta que, en su época, resultaba incomparablemente más fácil prescindir de lo superfluo, por la sencilla razón de que en las familias humildes nunca sobró nada. A costa de mayores privaciones lograba ahorrar algo y sólo de esta manera, cada peseta conseguida fue aumentando un fondo destinado exclusivamente a comprar alguna parcela, algún solar, algún edificio.... Él consideraba esencial en un agricultor disponer en propiedad de tierras para labrar. La obsesión por comprar para formar hacienda era su principal impulso de trabajo.

Faustino enseguida descubrió los pilares que sustentan el logro honrado de una mejora en las condiciones de vida: trabajo, ahorro e inteligencia. Si contaba con 100 pesetas, compraba por 130; siempre mantenía su dinero en activo, pero en la dirección correcta y, en consecuencia, en aumento. Poco a poco, de una en una, fue comprando tierras y así, con un esfuerzo sobrehumano, reunió un grupo de obradas con un único objetivo: establecerse por cuenta propia. El llegar a disponer de una labor propia era una aspiración permanente en el horizonte de cualquier labrador vocacional. Algo así como tener casa propia.

Él fue uno de quiénes lo consiguieron.

Poco a poco y sin dejarse un átomo de honradez por el camino, se hizo con una hacienda bastante notoria, en relación, claro, con las que se creaban por ese tiempo en un pueblo como Madrona. Conoció, en la única proporción verosímil, la prosperidad. Sus manos y una inteligencia portentosa le proporcionaron edificios, rebaños, cijas, yuntas, casas, pajares, tierras....

Pero una vez establecido como labrador por cuenta propia, su habilidad y su capacidad de sufrimiento le proporcionaban un tiempo extra. Ese tiempo, que debería ser de reposición de fuerzas, de merecido descanso, Faustino lo dedicaba a "echar huebras" en las labores de otros agricultores como fuente suplementaria de ingresos, prolongando esta costumbre de su anterior condición de asalariado. Durante varios años, cada huebra, unas ocho horas de trabajo con su yunta, se tasó en una peseta; por eso, al final de su vida, cuando le comentaban que una tierra se había vendido por mil pesetas, él hacía sus cálculos y llegaba a la conclusión de que, a ese precio tan disparatado, ningún agricultor tendría días suficientes para poder comprar una sola tierra. No contemplaba la posibilidad de subir el precio del trabajo.

Lo descrito hasta ahora es una parte de la verdad. Sólo una parte y además simplificada.

Otro pequeño capítulo de la verdad es el de la aportación de sus hijos a las tareas de la familia. Hasta mediados de siglo pasado era arraigada la tradición de que los hijos, aun después de casados e independizados, sirvieran en la casa paterna contribuyendo con trabajos personales y medios materiales. Faustino sirvió en su casa catorce años desde su boda. Siguiendo esta costumbre él también se benefició de las aportaciones de sus hijos Natalio, Magdalena y Emilio, enseñados y dirigidos por él, también contribuyeron a la buena marcha de la familia.


Otra parte de la verdad, de formidable peso, yo la sitúo en las mujeres de la casa: su esposa Eulalia y su hija Magdalena. Es un lugar común decir que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Suele cumplirse. Algunas veces ellas actúan como motores que impulsan sin hacerse notar y otras son arietes que horadan montañas. Eulalia le dio seis hijos, pero Virtudes murió de muy joven "por un cólico misere", Lucio murió cuando sólo contaba 2 años y Emeterio falleció con tan sólo 6 meses. Le pregunto a mi padre por el papel de Eulalia y de Magdalena. Aunque se lo piensa antes de responder, dice que no encuentra nada especial para contar: mujeres trabajadoras que organizaban las hazanas que, sólo por su condición femenina, tenían asignadas: cocinar, comprar, limpiar, lavar la ropa, coser, y atender los múltiples entretenimientos y encargos que surgen en las familias de labradores... tal como se hacía en la mayoría de casas en aquellos tiempos. Se esfuerza por encontrar algo que destaque más en concreto pero no averigua nada. Recuerda que hacían bien sus cometidos, como en casi todas las familias de entonces, sin distinguirse por nada en especial. Sin embargo Eulalia murió joven y él se fue a vivir con su hija Magdalena y su yerno Adelardo, otra buenísima persona. Tal vez no conceda mayor relevancia a esta normalidad debido a que él también participó de esas condiciones en las que a las mujeres, a cada una ellas, sobre todo en las casas de pequeños agricultores con ganado, sólo las paraba la enfermedad o la muerte. Es muy fácil de entender si tenemos en cuenta que no disponían de ninguna ayuda, tampoco de un sólo automatismo elemental para aliviar alguna tarea del hogar. Lo mismo sucedía con los trabajos agrarios: continuaban haciéndose con idénticas herramientas a las empleadas desde la época del imperio romano. La corriente eléctrica era tan floja y escasa que apenas daba para media docena de bombillas de 15 watios. Lo arcaico era la única democracia que compartían.


Yo siempre las he considerado como heroínas porque jugaron un papel decisivo a la hora de sacar una casa adelante. También corrobora este dato el hecho de que antes hubiera menos viudos: enseguida "debían" casarse en segundas nupcias para impedir el menoscabo de una actividad tan necesitada de estas manos. Ellas trabajaban más que los hombres; no estaban exentas de ninguna tarea en campos, huertas, cuadras, eras..., y además tenían la obligación de atender las necesidades materiales de todos los componentes de la casa, niños y grandes, sólo con la ayuda de su destreza. Por todo ello la aportación femenina resultaba imprescindible en cada casa. Recordemos que los hombres al menos ejercían el privilegio de acudir a las tabernas.

Eulalia y Faustino

 

El hecho de que ésta familia alcanzara ese cupo de prosperidad me parece extraordinario por sí mismo. Sin embargo, el rasgo más sorprendente de Faustino fue la solidaridad. Son muchas las familias de este pueblo a las que, de la mejor forma que encontrara, socorría generosamente para sacarles de sus apuros.

Tal vez debido a su experiencia directa con la necesidad y la angustia, estaba dotado de una predisposición natural y permanente para echar una mano. Acciones que alcanzaban tanto a su persona como a sus bienes, porque ayudaba con su trabajo, con sus yuntas y sus carros; prestando ganado... y hasta su dinero muchas veces. Sin convertirse en un prestamista, Faustino prestó su dinero con cierta asiduidad. Según la necesidad verdadera de las familias, así les cobraba o no intereses. No era tan tonto como para que se rieran de él y de su sacrificio. Esta faceta de ayudar personalmente a sus vecinos, de dejarles dinero o bienes, fue motivo de algún enfrentamiento serio con sus hijos, porque a ellos les parecían mal algunas de estas caridades hacia personas que, a su juicio, bien no se lo merecían, bien era un riesgo manifiesto.

Y razón no les faltaba si, como me cuenta mi padre, cuando murió su abuelo Faustino, a los 87 años, eran bastantes los vecinos que todavía mantenían deudas con él. Era acreedor de múltiples favores, préstamos sin saldar e incluso un vecino le debía aun veinticinco ovejas, cuyo valor alcanzaba las 25.000.- pesetas. De las de entonces; una pequeña fortuna con la que se podía comprar unas cuantas obradas de tierra. Otro vecino le quedó a deber, nada más y nada menos, que una ternera. No alcanzó a recuperar nada y la deudas ya fueron para siempre porque a ningún miembro de la familia se le restituyó nada. Aquellas deudas derivaban de tratos personales, basados en la confianza legítima, formalizados sólo con la palabra de honor y, por tanto, no constaban en ningún documento, sólo en la conciencia de quienes los acordaban.

Cada uno de sus tres hijos heredó una pequeña hacienda en funcionamiento. Casas con sus corrales, cuadras, pajares, alguna cija y tres lotes de 50 obradas de tierra, uno para cada hijo, suficiente como para continuar por cuenta propia la actividad agraria de la que tendría que vivir cada una de las familias.

Vivió una vida de trabajo y armonía sin conflictos, sin enemigos. En una ocasión, por un desacuerdo con otras familias propietarias de rebaños, decidió deshacerse del suyo para evitar enredos. Sin dejar pasar mucho tiempo desde esa decisión, empezó de nuevo tan sólo con tres o cuatro ovejas para que aprovecharan la hierba de las cunetas. En pocos meses ya tenía formado otra vez un rebaño completo.

Así era Faustino. Un hombre muy apreciado en este pueblo, respetado por todos y admirado por quiénes entienden el valor de gobernar con acierto los laberintos de la existencia. Sí cuentan de él que gastaba un genio muy fuerte; una leche de escobas, como se dice por aquí. Pero ¿quién puede concebir a personas como él sin sangre en las venas? Probablemente esa sea la clave de bóveda. La inteligencia por sí misma no abre caminos en la estepa; necesita de un temperamento que se atreva a romper las inercias de la fatalidad.

Esta es sólo una semblanza pero todavía viven muchos vecinos que le conocieron y que pueden atestiguar sobre su condición. Incluso ampliar con vivencias compartidas el contenido de este bosquejo.

Por supuesto que él no es el único que, valiéndose sólo de sus manos y de su inteligencia, llegó ser quien fue. No. Para mí es un representante más de una casta de vecinos, mujeres y hombres, que muchos hemos conocido en Madrona; se trata de una casta porque sus miembros coinciden en los trazos más determinantes de su personalidad: pegados a la tierra, incansables, espartanos, honrados, inteligentes, creadores de riqueza... y además, como diría Antonio Machado, en el buen sentido de la palabra, buenas personas. No escribo más nombres propios; que cada cual intercale los suyos y nos saldrá eso: una casta de colosos que no se conformaron con el destino tal y como les venía dado, e intentaron moldear sus designios en una medida humana, posible, sin arremeter jamás contra nadie, sin atropellar la dignidad de ningún ser humano.

Cuentan sus nietos Matilde y Lauro que el tiempo que estuvo desde viudo hasta la ancianidad en casa de su hija Magdalena no dio la más minima guerra, fue siempre autosuficiente y tuvo una vejez lúcida y sin perder un átomo de dignidad. El abuelo Faustino falleció a los ochenta y siete años de edad y tuvo el premio una muerte indolora, dulce; su rostro, aun mantenía aquella expresión amable con la que siempre se dirigó, sin distingos, a los demás. Esa fue su forma de despedirse.

D. Faustino perteneció a esa clase de individuos que jamás necesitan de políticos, subsecretarios, caudillos, sumos sacerdotes, policías, ejércitos, procuradores, reales decretos, jueces, tricornios, ni de escudos y ni banderas..., porque se conducen y se gobiernan entre ellos con los valores supremos de la concordia y el buen proceder.

Fernando Ayuso Cañas. enero de 2006

...árboles para la vida...