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Hornacina 3.

D. Antonio Bravo Casado, artesano de garios y herramientas de era.

Esta es la crónica que siempre he debido a Antonio Bravo y que nunca supe encontrar el momento de escribirla. La hago ahora aunque no sea publicada en el periódico. También he dudado sobre su ubicación, si ponerla en oficios o ponerla en personajes. Lo mejor será describir a la persona y después su actividad y que cada cual distribuya su consideración a las dos facetas a su modo.

D. Antonio Bravo pertenece a esos que definía Antonio Machado como, en el buen sentido de la palabra, buenos. Buena gente. Fue agricultor toda su vida. Con yuntas en tiempos de yuntas y después con su tractor Ebro azul, que conducía a la manera de su carácter: de forma lenta, templada, a una velocidad sólo un poco superior a la que tendría con una yunta, dando tiempo para un saludo generoso. También ha cuidado animales, pero con un trato que nunca he visto en ninguna otra persona. A mi lo que más me atrae de Antonio es ese tacto para tratar con todo lo que le rodea. las personas, los animales e incluso las cosas. Con las personas nunca se le ha conocido tropiezo alguno. Más bien al contrario, raro es quien, en el ámbito de su actividad, no tenga que agradecerle algo. En el trato con los animales le he visto cómo les infunde una especie de entendimiento sin voces, les hace unos gestos de amistad, unas indicaciones sin alzar nunca la voz a la que los animales responden de forma tal vez tardía y torpe, pero al final es como si hubieran captado el mensaje.

En realidad esta cualidad no es solo suya. Su hermano Paco también la practica de forma completamente desapercibida y su hijo Abel, también. Les da igual qué tipo de animal sea. Abel tuvo un caballo, Zeus, sin domar, al que le había enseñado de forma dulce varias acciones de obediencia, como la de silbarle de lejos y acudir a su lado de forma inmediata sin fallar una sola vez, o la de hacer que se pusiera de rodillas, o tumbarse, o ponerse de manos y así varias filigranas enseñadas todas ellas de forma natural, sin haber leído un triste manual de nada. Cosas parecidas ha conseguido con algunas aves.

Para ver a Antonio en estos trances con animales no hay más remedio que ir a sus naves de ganado. Pero tampoco hace falta tanto. Basta verle cómo se dirige a su actividad seguido en toda ocasión de tres o cuatro perrillos, a saber de qué raza, son perros mil leches, que no se separan de él ni una cuarta. Están atentos a lo que hace Antonio. Cuando se para, ellos se sientan a su lado y no se ponen empalagosos con nadie. Cuando se levantan, allí van. Nunca he visto que un perrillo de estos se aleje de él ni por un instante, ni que prepare camorra o que simplemente enrede. Antonio nunca les tiene que decir nada, mucho menos dar voces, A pesar de que su itinerario coincide con el de muchos vehículos, carreteras, calles de mucho tráfico, etc., nunca un vehículo ha atropellado a ningún perro suyo. La imagen con la que siempre recuerdo a Antonio es la de su figura menuda andando por el Barrio Abajo, seguido de sus tres o cuatro perros mil leches, así década tras década..

La otra faceta de D. Antonio también se refiere a otra habilidad: la de la artesanía en madera de garios, palas, rastrillos, horcas,.... Hacía para los labradores de Madrona todo este tipo de herramientas con garantía de por vida, porque también se le hacía responsable de su mantenimiento. Antonio, pacientemente, según su forma de ser, arreglaba los supuestos defectos del gario hasta dejarlo a la mano de su dueño, casi enseñado... a las ronías del cliente. No sólamente es un maestro en este arte sino que, por añadidura, y dado que conoce a todos los labradores de Madrona, sin son zurdos o diestros, altos o bajos, también tiene en cuenta estos detalles a la hora de hacer esas herramientas con las que tan duro se ha trabajado.

D. Antonio no es de bares, ni de porfías, ni den nada que se salga de su mera rutina. A cambio, a Antonio siempre sabes dónde le puedes encontrar, sin una oportunidad de fallo: o en su casa, o en su nave.

(D. Antonio nos dejó un mes de enero no sé si del año 2002. Que la tierra le sea leve.)

(No publicada. Segovia, mayo 2000).

...árboles para la vida...