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Hornacina 7.

Don Eleuterio Ayuso Casado

Madrona tiene registrados en su historia algunos hechos que, profundizando en su trascendencia social, en el beneficio que han supuesto para las generaciones que les siguieron, pueden llegar a estremecer. De entre todos los que se conocen, hoy repasamos uno de ellos que lleva firma con nombre propio, un episodio que contemplado en toda su magnitud puede resultar el más importante de nuestra historia reciente. Tiene un protagonista principal y otro colectivo, una mayoría de pobladores de Madrona que determinaron de forma prodigiosa el devenir de las siguientes generaciones y, en consecuencia, el del mismo pueblo.


Hasta el año 1920 el distrito de Madrona lo componían nueve latifundios: los de sus dos anejos: Torredondo y Perogordo; los seis de sus caseríos: Paredones, La Rumbona, Abadejos, El Sotillo, Escobar y Valsequilla y el propio de Madrona, también de un único dueño.


Los habitantes de Madrona y de sus anejos, caseríos y casas de labor se dedicaban a la agricultura de secano pero en calidad de renteros: labraban con sus arados romanos unas tierras ajenas. Ninguno de nuestros vecinos antepasados era propietario de las tierras que labraba. También los anejos y caseríos estaban ocupados por familias de renteros que, independientemente de la suerte de la cosechas, abonaban una renta a los propietarios legales de tierras y casas, si bien ninguno de éstos residió ni poco ni mucho en el pueblo debido, suponemos, a su mejor posición social. Con estos juncos se tejió el cesto de nuestra historia durante siglos, y ésta circunstancia tiene mucho que ver con las causas de nuestro subdesarrollo particular, dado que un extenso término cuya variedad en recursos naturales (cuatro ríos, sotos, bosques, prados, huertos, viñas, tierras de labor…) nunca repercutió en justa medida en el desarrollo de las familias que lo trabajaban.


El término de Madrona pertenecía al condado de Puñonrostro, (Wikipedia: título nobiliario español de carácter hereditario concedido por Juana I de Castilla el 24 de abril de 1523 a Juan Arias Dávila, IV señor de Puñonrostro, en recompensa a sus servicios como capitán en la Guerra de las Comunidades de Castilla en favor de Carlos I de España. El 29 de noviembre de 1726, Felipe V le concedió la Grandeza de España) cuyos dominios se extendían hasta Valdeprados. Son numerosas las escrituras de tierras y edificios que señalan como colindante propiedades del Conde Puñonrostro. El hombre que ostentaba este título en aquella época, probablemente Ricardo Arias Dávila y Matheu Bernaldo de Quirós, que accedió al título en 1898, vendió a Dª Valentina Romero Gilsanz y D. Mariano Sáez Romero las tierras pertenecientes a Madrona, excluidos caseríos y anejos, y aquí es donde comienza nuestra historia. O, mejor dicho, el cambio de nuestra historia.


Un día de 1920 D. Mariano Sáez comunicó al Ayuntamiento su voluntad de vender el término de Madrona y, como es de ley, tenían preferencia de compra los renteros en primer lugar. El negocio tocaba las fibras del alma, los anhelos de todo labrador, pero se presentaba poco menos que una quimera. Las familias de Madrona no tenían ahorros de ninguna clase. Sólo contaban con la fuerza de su trabajo y, en los mejores casos, con su buen hacer como agricultores. Labrar el campo de esta parte de Segovia siempre fue duro tanto por el clima como por la calidad del propio terreno que, aun dedicándole el mayor esmero, se muestra bastante ruin con las cosechas, así que nuestros antepasados bastante tenían con sacar adelante a sus largas familias, objetivo que no siempre se cumplía. La mortalidad infantil era muy alta. Por lo tanto, su situación financiera, por así llamarlo, se mantenía en los límites de la subsistencia.


En estas circunstancias, los labradores fueron convocados en asamblea por el secretario del Ayuntamiento para anunciarles la propuesta presentada por el Sr. Sáez: una opción de compra de todas las tierras de labor del término de Madrona. Un objetivo que, de conseguirse, cambiaría completamente la historia de este lugar. Ocupaba el cargo de secretario del Ayuntamiento de Madrona en esa fecha don Eleuterio Ayuso Casado.

Eleuterio Ayuso: hermano de Manuela (casada con Prudencio, de Melque, sin hijos) y de Benjamín (casado éste con Agapita, padres de Carmen y de Manuela - casada ésta con Eduardo Piñuela).

Las cuentas no salen

Para que también hablen los números, números traemos. El jornal de un agricultor era de una peseta al día. La huebra, que consistía en unas ocho horas de trabajo en el campo con una yunta, se pagaba a una peseta. Una obrada de tierra de labor costaba en aquellos años 500 pesetas. Esto da una idea de lo cara que estaba la tierra. Este precio tan elevado la hacía prácticamente inasequible. Un año entero de trabajo, suponiendo que todo lo cobrado se pudiera destinar a comprar tierras, no daba ni para una obrada.


Este era el panorama tan imposible al que se enfrentaban los pobres agricultores de nuestro pueblo, necesitados de tierras de labor propias y sin dinero para comprarlas. Y aquí es dónde cobra relevancia histórica don Eleuterio Ayuso, porque él fue quien promovió, organizó, facilitó y finalmente hizo posible que las tierras de Madrona pasaran a ser propiedad de los que hasta ese momento sólo eran sus renteros.

Las tierras que vendían los propietarios antedichos eran entre 1.800 y 2.000 obradas y sólo las más inmediatas al pueblo sumaban unas 1.671,6 obradas (668 hectáreas, 62 áreas y 70 centiáreas. 4.000 m2 la obrada en esta parte de Castilla). Así figura detallado en un mapa de la época elaborado por encargo de Valentina y Mariano y que se custodia en el edificio del Ayuntamiento. El precio de venta por obrada se fijó en 500 pesetas, por tanto el precio total rondaba el millón; ésta es la cifra que hacían circular los labradores de Madrona. Puede existir variación respecto al coste real, ya que no se dispone de documentación oficial que detalle los números de esta venta En cualquier caso, una suma de auténtico disparate, atendiendo a la, digamos, capacidad adquisitiva de nuestros antepasados labradores en aquellos años, precaria como ya se ha dicho.


Y en este momento tan grave es donde entra en acción nuestro personajes porque los agricultores, impulsados por don Eleuterio, no se arredraron y se movilizaron cuanto pudieron para conseguir préstamos, caros y además difíciles de obtener. Lógico en cualquier época de la historia ¿quién presta dinero a un pobre…?. La diferencia en este caso es que pedían dinero para transformarlo en tierras de labor, pero esto a los prestamistas no les dice nada.

Y aquí tenemos a nuestro hombre en acción empleándose a fondo en los trances más difíciles: hizo gestiones en la ciudad de Segovia para encontrar financiación, y como esta no fuera suficiente, viajó hasta Madrid, dónde también consiguió préstamos para los compradores. Al principio de la operación resultaba imposible que las cuentas cuadraran, pero a medida que el acierto de los movimientos de Eleuterio daba resultado atrayendo nuevos préstamos, el negocio se iba viendo como más alcanzable. Hasta que respondieron que sí, que tenían el dinero y que se iban a por las tierras. La parte más difícil estaba salvada.


Una vez concertada la compraventa, había que a materializarla. Había que hacer tangible lo que hasta ese día desde muchos siglos atrás sólo fue una ilusión. Don Eleuterio y otros labradores organizaron la venta elaborando conjuntos de tierras en lotes de una cuarta. Cada cuarta tenía 40 obradas, veinte a cada hoja, y estaba identificada con un número: Todo ello precedido de acuerdo y conformidad, como garantía de aceptación. En documento aparte se relacionaban las tierras concretas que contenía cada número. La adjudicación se llevó a cabo mediante sorteo, cada número tenía asignado una cuarta y así, sin trampas y sin manos negras, el contenido de cada cuarta estaba promediado y compensado en cuanto a calidad y ubicación en los distintos parajes del término y cada lote fue acordado y aceptado de antemano por sus destinatarios.


La operación resultó perfecta gracias a una organización de efectividad y limpieza que supo imponer el secretario, al que todos los que le conocieron coinciden en atribuirle una inteligencia extraordinaria.
Don Eleuterio era nombrado comúnmente como "El Tío Secretario" pero esa malicia popular tan arraigada en determinadas gentes de los pueblos no le privó de mote, y a nuestro protagonista le adjudicaron el de "El Tío Cabezota". Así le nombraban, a sus espaldas, supongo. Deduzco, por lo que me cuentan y cómo me lo cuentan, que es un mote a contracorriente, no peyorativo, como lo sería en su lugar el de cabezón… cabezota por su inteligencia y por su capacidad de llevar a cabo operaciones de esa importancia, con tanta gente implicada con tantos intereses y dineros y, sin embargo, sin conflictos ni pleitos de ninguna clase.

Por cierto, el tío Benjamín, su hermano, era uno de los que cultivaba con ahínco la afición de poner motes a la gente y aseguran que fue un campeón poniendo motes en Madrona.

El que nuestros antepasados salieran airosos de esta empresa fue un orgullo para ellos y lo es hoy día para nosotros. Desde entonces dejaron de ser renteros para ser dueños de las tierras que labraban lo que cambiaba radicalmente la historia. Pagaron un precio desorbitado y se dieron casos de quiénes, a pesar de todos sus sacrificios, no pudieron culminar este reto debido a la imposibilidad de cumplir con las deudas contraídas y, en consecuencia, se vieron obligados a vender, arrancándoselas del alma, sus tierras.


Los primeros documentos de compraventa de nuestros agricultores los escribía don Eleuterio a pluma, empleando caligrafía de mucho porte y los actos de firma eran serios y solemnes. En cada documento figuraban las firmas del comprador, vendedor y la suya, revestida de máxima autoridad notarial. A aquellos documentos se les atribuyó una validez jurídica similar al de una escritura pública, no encontraron controversia alguna y han resultado de gran utilidad.


Era un hombre de palabra y su labor como secretario también la ejercía con seriedad. Entre sus funciones estaba la de tallar a los quintos para el servicio en el ejército.

Tallar consistía en realizar un reconocimiento físico de cada individuo para decidir sobre su aptitud para el servicio militar (talló a mi padre en 1946 y a Lucas, de Torredondo, que se libró de la mili porque era estrecho de pecho…).

A por Bernuy de Riomilanos, Bernuy

Muy poco tiempo después de este cambio prodigioso, surgió una nueva propuesta tan atractiva como la anterior: el dueño del caserío de Paredones vendía ese término y se lo ofrecía a nuestros agricultores. Precio: un millón de pesetas. También aquí las cifras varían según las fuentes no me ha sido posible dar por segura ninguna de ellas. Unos testimonios hablan de un millón, otros de 650.000 pesetas y otros de 360.000. Sin embargo en esta ocasión aparecen elementos nuevos de otra verdad, más complicada.


Ante esta nueva oferta don Eleuterio comienza de la misma forma a impulsar el acuerdo de los renteros para conseguir este nuevo lote, en esta ocasión mucho más atractivo debido a una mayor variedad topográfica y a una calidad, en su conjunto, superior a la anterior. Muchos de los agricultores que habían participado en la anterior operación no estaban en situación de asumir nuevas deudas, pero sí había algunos decididos a aprovechar esta nueva oportunidad, entre ellos el propio Eleuterio, Heliodoro, Anselmo, Frutos, Faustino y otros. Y aquí es donde aparece el tío Basiliso, al que le cabe el triste mérito de poner un tanto de su parte para impedir esta operación. Basiliso estaba empleado como capataz de Paredones y tenía a su cargo la gestión de los arriendos y asuntos de este caserío. Temiendo la pérdida de su empleo, atemorizó a los posibles compradores del pueblo advirtiéndoles de una futura pérdida de esas propiedades y algunos otros males añadidos si se empeñaban en comprar las tierras de ese término, también conocido como Bernuy de Palacios.


Lo cierto es que la situación se enrareció, si bien la causa principal fue la falta de dinero y de préstamos para aquellos que estaban en peor situación. Dado que el término se vendía en su totalidad como unidad indivisible, resultó de todo punto imposible que algunos, lo que mejor podían, se quedaran con partes separadas. Ahora en tertulias de plaza muchos convecinos aseguran que, de haberse comprado, los de Madrona seríamos ricos. Y nadie que conozca el término puede contradecir esta afirmación, porque este caserío contiene excelentes prados, vegas, sotos, tierras de labor de buena calidad, ríos… Finalmente el término del caserío de Paredones, se vendió, claro que se vendió, y fue comprado por D. Agustín Hernández Vinuesa.

Basiliso de Castro Hernando, casado con Juanita, tuvieron cinco hijos: Germán (Telefónica), Pedro (Madrid), Milagros (jefa de Falange) Irene (casada con Juanito Balarasa) y Concha. Fueron dueños de los edificios y solares pertenecientes a la casa que ahora es de Emiliana de la Puente y Simón Sanz. Basiliso se la vendió al "Tío Frutos" éste la legó a su hija Victoria (Jesús) y ésta se la vendió a Simón Sanz por 500.000 pesetas. Basiliso, Irene y Concha se trasladaron a la casa que después fue de José y Carmen, frente a las fuentes del pueblo.

Agustín Hernández Vinuesa, farmacéutico procedente de Pedraza, dicen que compró Paredones por 360.000 pesetas (2.164 euros). También tenía este hombre otras propiedades en Extremadura. Tuvo cuatro hijos, Carmen, (casada con D. Pedro Moreno), Celia, (sin descendencia), Rosa y Luis. A las dos primeras les legó Paredones y a Rosa y Luis, las fincas de Extremadura. La parte de Celia la heredaron los otros tres. Carmen lo añadió a lo suyo, Rosa lo arrendó y Luis se lo vendió a Braulio, a la sazón alcalde del pueblo segoviano de Encinillas.

También por aquellos años se vendió el caserío de Valsequilla; lo compraron entre Paco Cabrero (el tío Paco, padre de Eugenio y Salvador) y Aniceto Piñuela (el tío Aniceto, casado con María de la Calle y padre de Eduardo).

Don Eleuterio Ayuso sigue en el pueblo unos años más, y en 1946 le sucede en la Secretaría municipal Silvano López, pero su rastro se pierde cuando traslada su residencia a Madrid. Llegados a este punto nos faltan datos y nos sobran interrogantes. Lo cierto es que al poco de instalarse empieza a vender su hacienda: unas trescientas obradas de tierras, y de entre ellas muchas de muy buena labor, pero a un ritmo que a los vecinos les desconcierta y, a falta de información fiable, les llena de sospechas. Las compran los labradores de Madrona. Y aquí entra ya lo particular, lo que a él sólo incumbe, pero forma parte del comentario social. Todos los actos de un hombre de su notoriedad acaban teniendo, se quiera o no, protagonismo y resonancia en los mentideros. Se conoce y comenta que en la villa y corte se había echado una novia (conocida como La tía perdida) con una hija, y que entre ambas estaban devorando el patrimonio de nuestro secretario, que termina por vender todas sus pertenencias de Madrona.

Mi bisabuelo Faustino mostró cierta extrañeza (ninguna queja) porque a él siendo primo carnal, (sus padres hermanos) no le ofreció ni una sola de sus tierras en venta, no habiendo entre ellos ningún tipo de desavenencia. Eleuterio había comprado al tío Saturnino (casado éste con Estefanía, con la que tuvo a Agustín, un hombre considerado como muy listo que hizo carrera militar), la Huerta del Moral. Siempre fue una de las perlas de Madrona porque estaba cercada con una buena pared de piedra caliza y porque de su labor se obtenían buenas verduras y hortalizas, así como frutas de sus árboles. Y en el mismo corazón del caserío. Desde entonces pasó a llamarse "La huerta del tío Secretario" pero Eleuterio también se deshizo de ella cuando se la vendió a Serviliano Sonlleva por 100.000 pesetas.

Mi padre tuvo relación con él por diversos motivos. Pero uno de ellos fue el juicio por robo en su huerto junto a Bene, hija de Justo Matías, con la que acudía a robar fruta de este huerto mientras siesta. Se celebró juicio y se les condenó a una multa de 5 pesetas.

Ese huerto y lo que contenía era muy deseado.
Una tarde, también mientras siesta, José María, (hermano de Resure de Silvano), se encontraba robando peras encaramado al mismo árbol que Eleuterio tenía para, según su costumbre, sentarse bajo su sombra y recostarse en su tronco, para descabezar un sueño. Allí acudió ese día el secretario y se sentó apoyando la espalda contra el tronco del peral. José María no daba crédito a la situación. El caso es que allí permaneció inmóvil hasta que oyó roncar al Eleuterio, momento en cual se tiró del árbol provocando un susto al dueño que le valió para salir corriendo sin mayor perjuicio. De momento, porque luego tuvo que responder en el juicio y fue también multado.

 

Pero su vida privada, que sólo a él concierne, no empece su labor como secretario ni empaña la magnitud del episodio histórico que hoy comentamos, porque tan cierto es que don Eleuterio vende todo su patrimonio como el de que no tiene hijos, y como el de que tampoco tiene que rendir cuentas a nadie de lo que hace o deshace con lo suyo. Precisamente esta circunstancia de no tener familia amerita aun más su interés por favorecer al conjunto de agricultores de Madrona, aun a sabiendas de que, en su caso, este beneficio no trascendería a ningún hijo suyo. Todos los testimonios que aun encontramos sobre don Eleuterio por parte de quienes le conocieron coinciden sin contradicción alguna en su valía, en su capacidad. Esa unanimidad de criterio respecto a cualquier personaje no se da con frecuencia y eso es lo que cuenta.


Eleuterio es un ejemplo de que la inteligencia y el desempeño de un cargo público cuando se ponen al servicio de la colectividad dan estos resultados. Para tomar nota.


Podemos suponer, y entramos en el plano de la especulación, que el no poder comprar para los labradores del pueblo el término de Paredones supusiera para él una frustración personal y que ayudara a dar por cumplida una etapa al frente del Ayuntameinto. Una etapa determinante para nuestra historia.


Sí conocemos cómo murió. Se encontraba tomando un café en una cafetería de Madrid y de repente cayó fulminado por un fallo de su organismo. No saben mis relatores, quienes lo conocieron, si la causa fue un derrame o un infarto, nos importa poco, porque en cualquier caso, resultó letal. Pero su gran obra ya estaba culminada.


Esta es otra de las personas únicas de Madrona. Hay muchas más y las iremos subiendo poco a poco. Pero ahora este agradecimiento y esta hornacina son un homenaje a la memoria de don Eleuterio.

Fernando A. C. agosto 2011.

...árboles para la vida...