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Hornacina 10.

D. Anselmo de la Calle Orejudo

Hijo de Filomena Orejudo y Mariano de la Calle, matrimonio que tuvo tres hijas y tres hijos: Inés (Natalio Ayuso), Áurea (Fructuoso Bravo), Inocencia (Simón de Miguelsanz) Félix (Felisa de Castro), Anselmo (Arcadia de Castro, hermana de Felisa) y Frutos (Anastasia Santos).


A su vez, Anselmo, se casó con Arcadia de Castro, hermana de Basiliso (Juanita) y de Felisa (Félix de la Calle), y les sobrevivieron dos hijas: Antonia (Anselmo Ituero) y Teófila (Manolo) y un hijo: Frutos (Beatriz García); otras dos niñas y un niño fallecieron prematuramente.


Debido a que yo lo conocí cuando él era mayor, no guardo muchos recuerdos personales de D. Anselmo de la Calle, aunque me acuerdo perfectamente de él, incluso del timbre de su voz y de su forma de hablar, porque le he visto y escuchado muchas veces. Era tío carnal de mi padre y ambos mantenían una relación de amistad estrecha y un tanto peculiar.

Dª. Arcadia de Castro y D. Anselmo de la Calle en el día de su boda

 

Nuestro Sócrates amable

Sí puedo atestiguar que le he he visto acudir al bar Plaza desde 1966 (año en que lo compraron mis padres) jugando la partida vespertina de tute o brisca con su hermano Frutos, con el padre del cura de entonces, D. Jesús, y con Gervasio. No jugaban de dinero, sólo un chato con su pincho, que costaba entonces una peseta. Es decir, la mesa hacía cada tarde un gasto de cuatro pesetas, excepto si el padre de D. Jesús, como acostumbraba, se pedía una naranja, que costaba una con cincuenta, gasto que excedía en un cincuenta por ciento de forma injustificada al de sus compañeros de partida, que se lo consentían, aguantándose, por ser quién era, aunque les molestaba que abusara de ese privilegio auto-adquirido. Pero Gervasio, cuando le tocaba pagar, no se reprimía y soltaba bien alto para que se oyera:- ¡Joder con la naranjita...!

Pero allí nadie se daba por aludido y a la tarde siguiente, vuelta a las mismas.Sin embargo, sí retengo un recuerdo insistente, repetido y bien agarrado a las paredes de la memoria. Cuando mi padre era labrador, hasta el año que se hizo tabernero, he visto a D. Anselmo en innumerables ocasiones detenerse ante la fachada de la casa en la que nací, la que da a la Plaza de la Constitución, a la que daba la puerta de la cuadra, y enseguida, con las manos en los bolsillos de su pantalón de pana negra, pegar hebra con mi padre para llegar cuanto antes a la porfía, una de las pasiones de este hombre. Por edad y falta de atención yo no podía distinguir los detalles de la conversación pero sí los asuntos que trataban: hablaban de tierras, cosechas, yuntas, labores, climas, habilidades agrarias.... Siempre que pasaba, ya retirado de todo trabajo, se quedaba sí o sí a entablar conversación con mi padre; sin mostrar prisas ni preocupaciones; se deleitaba con la discusión y la dialéctica hasta su límite más lejano, si es que lo tiene.

Yo le recuerdo apacible, sin alterarse, amante del diálogo cordial; inteligente y respetuoso, sin levantar la voz, controlando su pasión, pero forzando a sus interlocutores a argumentar bien cada afirmación, en una lucha sin sangre, pero fructífera, donde cada interlocutor, convertido por él en contendiente dialéctico, se juega el orgullo y la posición con la que se ubica en el grupo social. En estos trances, es decir, con profesionales del debate, hay que saber lo que uno se trae entre manos y estar muy seguro de cuánto se dice y se discute, porque de lo contrario sólo se llegaría a resultar un bocazas o un fanfarrón; con el crédito social a cero y ya descartado para futuros encuentros.

Nada de esto contaminaba al arte dialéctico de D. Anselmo de la Calle. Él se dirigía como un socrático auténtico, aunque nunca lo haya sabido. Conocía, y dominaba, los principios fundamentales de una conversación inteligente: saber elegir a tus interlocutores y el momento oportuno. Por eso no se paraba a discutir con cualquiera. En segundo término, saber elegir los temas que uno conoce y que puedan compartirse con los compañeros de tertulia en un plano de igualdad o al menos de cierto equilibrio; en otras palabras no ir de listo, listillo o sabiondo. Tercera regla: no cerrar todas las puertas a tu contrincante porque se le obliga a huir y saltar las vallas... nunca hay que poner contra las cuerdas al oponente; todo es rebatible, cuestionable; el arte de la discusión consiste en un intercambio, nunca en un trasvase; nunca en escalar posiciones de sapiencia, porque esto es algo que espanta a posibles interesados. Él, como Sócrates, prefería llevar a su interlocutor a que se encontrara por sí mismo ante su equivocación al final de su propio razonamiento. Y, ante todo, respeto al “rival”. A D. Anselmo le sobraba inteligencia para comprender estas reglas, por eso era un maestro en el arte de la dialéctica.

Él se beneficiaba de su forma de ser porque, además de consolidar respetos y amistades, adquiría mucha y valiosa información. Me cuenta mi padre que mientras se afanaba con arreglos o labores propias de la agricultura en la misma puerta de su casa, llegaba su tío y procuraba iniciar una porfía a toda costa interesándose por la tarea que estuviera haciendo mi padre, cualquiera que ésta fuere, le daba igual, el caso era enganchar y para ello usaba cualquier subterfugio. Si mi padre, que no estaba retirado ni mucho menos y por tanto no le sobraba tanto tiempo, se encontraba poniendo orejeras al arado, decía el tío Anselmo:- Esa de la izquierda la has dejado más baja que la otra.
Y mi padre, como le conocía “desollado”, le contestaba:

-Ya lo he visto, ya...

A lo que él replicaba:

-Ya me has jodido, hombre....

Y discusiones sobre tierras, animales, cosechas y cualquier cosa relacionada con el campo, a miles.

Su domicilio fue la casa que hace esquina con la calle de los Perros y con la calle de Riofrío, casa que después comprarían Genoveva y Celerino. En ese entorno vivían también otros amantes de las discusiones, polemistas acreditados, como los hermanos Félix y Filemón Bernardo, Marcelino García (padre de Filón y de Beatriz), Lucio el panadero, Vidal, Inocencio, Servando e Isidro, entre otros, y fueron notorias las sesiones de debates que surgían espontáneamente en los umbrales de sus casas. En ocasiones incluso llegaba tarde a arar, o cualquier otra tarea del campo, porque se había enredado más de la cuenta discutiendo con alguien.Andrés, uno de sus nietos, hijo de Frutos y Beatriz, me confirma la pasión de este hombre por el arte de la comunicación con el siguiente comentario. Cuando Andrés ingresó en el seminario con la idea de entregarse a lo que siempre se ha dedicado, a su vocación religiosa, fue para su abuelo Anselmo motivo de un gozo inmenso, y cuando el estudiante venía al pueblo de vacaciones, le hacía subir a un taburete, que simulaba un púlpito, para que desde él Andrés predicara a modo de sermón. El seminarista le obedecía y su abuelo escuchaba atentamente la pequeña homilía. A términar emitía su veredicto crítico y, si el sermón estaba a su gusto, él sentenciaba:- Está bien traído.


Andrés, que siempre ha sentido que falleciera poco más de un año antes de que él cantara misa, porque recibió con mucha alegría el que estudiara en el seminario, le describe como un hombre singular, simpático, cordial, de fiar, buen conversador, labrador de pura zepa y un buen padre y abuelo al que no le importaba jugar con sus nietos como un crío más. A ellos les relataba historias y cuentos, tan bien narrados, que lograba ensimismarlos. También le gustaba hacer apuestas con ellos y éstos ahora le recuerdan siempre alegre, buscando y provocando la sonrisa.

Inteligencia y vocación de servicio

Inteligencia, significa, en su primera acepción, capacidad de entender y comprender y, en su segunda, capacidad de resolver problemas. Ambas cualidades eran innatas en nuestro hombre.


Tomó posesión como alcalde el día 22 de mayo de 1945 y, casi diez años más tarde, deja el cargo, por dimisión, el 19 de febrero de 1955. Le sucede como alcalde D. Maximiliano de la Calle Santos.

En sus diez años de alcalde hizo grandes y buenas obras para un pueblo como Madrona, muy modesto en cuanto a recursos financieros, que es una forma de decir que nunca tenía, ni había tenido ni tendría una peseta para gastar porque no había ingresos, ni remanentes, ni subvenciones. A esto se añade la circunstancia de que en Madrona jamás se ha sabido (o se ha querido, o se ha podido) rentabilizar algunos de los muchos recursos, tanto naturales como sobrevenidos, con los que cuenta este pueblo junto con sus anejos, sus caseríos y sus términos.

D. Anselmo se empeñó en renovar la casa del Concejo utilizando el mismo solar que, desde siglos atrás, ocupaba el antiguo y, teniéndo en contra no pocos incovenientes naturales y artificiales, logró levantar el nuevo edificio, el cual permanece sin mermas, sin fisuras tan a plomo como el primer día a pesar de los daños, todos evitables, que le han infligido. Lo edificaron unos albañiles de Martínmiguel. Él tenía voluntad de levantar para el Concejo un edificio sólido, decente, práctico en la planta superior y, en la baja, un buen salón para actos sociales, pero en el Ayuntamiento, como hemos dicho, no había dinero; literalmente ni para empezar. Ese era el punto de partida. Pero D. Anselmo tenía “un conocimiento” (expresión que usaban antes para nombrar un contacto, un enlace o una amistad con influencias) en Madrid al que se podía abordar y convencer, hacerlos de tu equipo para ese menester, que no era otro que conseguir financiación. Siempre en términos de sensatez y honradez. Encontró mucha oposición en el mismo pueblo porque aquí también ha habido, hay y habrá, quien pone palos en las ruedas, pero viajó a Madrid con D. Silvano López, el secretario, y obtuvo financiación a través de ese conocimiento. Y el edificio se construyó, y se construyó bien, sólido, bonito, perfecto; y así permanece hoy en su verticalidad intacta como un tributo a su memoria. Y se pagó a los albañiles de Martínmiguel. Y se pudo construir porque los labradores de Madrona, unos 70 u 80, respondieron a la solicitud de este alcalde y arrimaron el hombro asumiendo todos los portes de materiales de construcción que se necesitaron. Por orden alfabético, se hicieron grupos de labradores que ponían sus carros, sus yuntas y su trabajo para los acarreos piedra, cal, arena, ladrillos, madera y todo cuanto se precisara para la obra. Es verdad que no todos mostraron la misma predisposición ni contribuyeron de la igual manera, pero esto ya forma parte de la condición universal del ser humano, allí donde éste se encuentre.D. Anselmo tenía reconocida otra gran habilidad social: el saber tratar con los demás; especial habilidad desplegaba respecto a los que necesitaba para algún proyecto municipal: sabía cómo lograr pactos y contratos de forma civilizada y efectiva. Pero me cuentan mis padres que también tenía enemigos, incluso dentro de la misma corporación municipal que él presidía, como los tienen quienes consiguen victorias, y cuánto más grandes e importantes son los logros, más encendidos y activos se muestran los enemigos, algo que, en un pueblo tan pequeño como Madrona, molesta y perturba. Pero él seguía, porque le movía la confianza y el orgullo de alcanzar beneficios para todos los vecinos.


Y en las mismas circunstancias presupuestarias y sociales se afrontó la necesidad de que los los escolares dispusieran de unas escuelas espaciosas, modernas y dignas y a ello se puso D. Anselmo para acometer la construcción de unas nuevas escuelas. Un complejo de edificaciones que comprendía dos viviendas con patio y cuadra-leñera para los dos maestros, un patio de recreo, dependencias para maestros y alumnos y dos entradas diferenciadas, una a cada parte del edificio, para no mezclar a estudiantes de distinto sexo. Se encargó de su construcción a Saturnino y los agricultores participaron de la misma forma que en el edificio del Ayuntamiento. También éstos tenían encomendada la labor de abastecer de leña para lals estufas de las escuelas.

 
 
 

Las escuelas nunca llegaron a desplomarse, pero quedaron inhabilitadas. Este es el patio de los chicos.
Foto de José Luis López tomada en 1980.

 
Estos edificios, que han prestado un buen servicio durante muchos años, no han podido mantenerse hasta hoy porque, hacia 1980, aparecieron unas grietas en los muros y techumbres y los alumnos, por dictamen técnico, fueron desalojados para evitar riesgos. Se trasladaron las clases precisamente al edificio del Ayuntamiento, que en su día, antes de la construcción del actual, también albergaron las primeras escuelas. Al cabo de unos años se construyeron otras y, en 2012, se han estrenado las últimas, agregadas a las anteriores.
Edificio del Concejo ( a la izquierda del Torreón), frontón y, en el extremo derecho de la imagen, los edificios de las escuelas construidas por D. Anselmo de la Calle

Las emprendidas por D. Anselmo pasaron por fases difíciles ya que desde que se proyectaron hasta su terminación tampoco estuvieron exentas de polémicas, críticas y desencuentros, por las mismas o parecidas sinrazones que concurrieron en el edificio del Concejo. Sin embargo, salieron adelante igualmente y todos los nacidos y venidos al pueblo hemos podido disfrutarlas durante muchos años. Probablemente me deje más obras que realizó D. Anselmo, porque el frontón, derribado con la reforma de la Plaza de la Constitución, lucía bien grande el año 1955 en la cornisa. Él dimitió como alcalde el 19 de febrero de ese mismo año, con lo que es muy probable que el proyecto se gestara en en su corporación.

Dar trigo

D. Anselmo era un hombre práctico pero también hombre de fe. Creía mucho en la capacidad de la persona para conseguir mejoras, tanto personales como sociales, las destinadas a disfrute de toda la comunidad, pero también le movía la otra fe, esa que, aun siendo más personal e íntima, se puede exteriorizar de muchas formas, la más importante, la de mayor valor, es la de hacer buenas obras a los demás. Es muy probable que su fe religiosa también le impulsara a concretar y llevar a cabo los proyectos que concebía para mejorar las circunstancias de sus convecinos. Él no predicaba pero sí daba, materialmente, trigo, algo en lo que también destacaba. Su devoción por san Antonio de Padua fue muy reconocida en Madrona porque antes de formalizarse la cofradía, él ya conmemoraba la festividad de san Antonio por propia iniciativa. Dª Arcadia y D. Anselmo preparaban el refresco para cuantos quisieran asistir (lo que ahora se llamaría aperitivo o vino español), repartían unos panes u hogacillas entre los más necesitados, traían la música y después D. Anselmo llevaba de vuelta a Segovia a los músicos, transportados en su carro de vacas. Este es el precedente de la Cofradía de san Antonio. Después de su fallecimiento se formalizó la cofradía como tal y así continúa hasta hoy, celebrando esta fiesta en la que se saca en procesión la imagen que él mismo regaló a la parroquia.Éstos y otros socorros menos conocidos y no vinculados a ningún día concreto formaban parte de las prácticas comunes este hombre.

También costeó dos o tres cruces labradas en piedra caliza para la ruta del calvario exterior, esas que conocemos al lado de la carretera vieja de Segovia. Los que le conocieron más tiempo recuerdan y alaban hoy su amplia generosidad, sus buenas obras, condición que comparte con otros compañeros de hornacina. Son buenas obras ofrecer un edificio para que los asuntos de todos tengan acomodo y protección, para que los representantes de los intereses generales del pueblo tengan un lugar digno donde reunirse y debatir. Y porque no había que olvidarse de los otros asuntos de los vecinos, también se destinó a salón un buen local que ocupa toda la planta baja del edificio, destinado a la celebración de bailes, representación de comedias y organización de actos sociales abiertos al público, como los que organizan asociaciones, hermandades y cofradías. Incluso los cacharreros han expuesto sus mercaderías en esos días canallas de los que decimos que parece que andan los demonios. Buenas obras es conseguir, contra viento y marea, unas escuelas nuevas para que todos los escolares tengan aulas e instalaciones modernas, luminosas, sanas, confortables. Y además, viviendas nuevas también para los maestros, para que se integren también como vecinos del pueblo. No hay mejores obras que éstas. Y tienen el mérito, además, de no resultar gravosas para los vecinos, porque no se dejaron trampas ni deudas inasumibles, porque nuestro vecino seguía esa máxima, antigua Ley, que dice que las personas no pueden obligar a los que son por venir. Echemos un vistazo a lo que hacemos hoy: comprometer con lo que gastamos prestado el futuro de nuestros hijos, nietos o convecinos, que vivirán esclavizados por nuestras deudas.

Entusiasta de la vida

Como a cualquier otra persona, a D. Anselmo también le ocurrían otras cosas, esas que acuden sin llamarlas, esos sinsabores que salen al paso de cualquier existencia, a los que en este caso añadimos los regalados por razón de su cargo como alcalde del lugar, pero también algún episodio sonado, como el del soto.

Tuvo lugar en una de las ocasiones en las que el Ayuntamiento, como es tradición, había repartido a cada vecino de Madrona un gran álamo negro de los muchos que crecían en la Encimada del Soto, paraje que se encuentra a continuación de Las Presillas, entrando al Soto de la Grajera por La Colada, pasado el río y siguiendo por la parte izquierda (si se sigue por la parte de la derecha encontraremos el paraje conocido como Los Badenes, después La Mesilla y más adelante El Canalizo). D. Anselmo se encontraba con su hijo Frutos talando uno de éstos enormes álamos para derribarlo y estaladarlo (estaladar o destaladar es un localismo que se usa en Madrona para describir la acción de desmenuzamiento de un árbol, especialmente la de separar el ramaje del tronco). De forma imprevista el árbol cayó antes de tiempo y, además, por el lado equivocado, de tal manera que fue a caer justo sobre la testuz de las vacas que aguardaban uncidas al carro; éstas recibieron el golpe con tal fuerza que cayeron al suelo hincando sus cabezas en el suelo, y aplastadas por el tronco. Murieron en el acto, claro. Fue un suceso muy comentado en el pueblo por la lástima que causaban los pobres animales. También por la pérdida de una yunta, que equivaldría hoy a un tractor. Y menos mal que ellos se han librado, se comentaba.

El otro suceso, más grave, es del cáncer que vino a prenderse de su piel y le causaba heridas permanentes en su cara. Pero él también supo vivir con esta desgracia con un estoicismo admirable, haciendo frente a una adversidad tan canalla, no permitiendo que mermara su dignidad. Cuenta mi padre una escena de la que fue testigo y que tuvo lugar unos dos meses antes de morir D. Anselmo (su fallecimiento se produjo el 28 de julio de 1970), estando una tarde a la solana del bar Plaza, en tertulia con otros convecinos, dijo el tío Julio Moca (Julio Fuentes):

- Qué harto me tiene la tierra que tengo en Las Cabras.

Las Cabras es el nombre del paraje que va desde la puerta del bosque de Riofrío hacia el Camino de La Lastra, inmediato a la pared del dicho monte, y la tierra a la que se refería el tío Julio medía una obrada. D. Anselmo le oyó y salió a su encuentro, porque las tierras eran otra de sus grandes pasiones.

- No querrás venderla, que te la compro -le dijo D. Anselmo, que conocía cada parte del término como la palma de su mano.

- Pues sí te la podría vender, sí.

- ¿Cuánto quieres por ella?

- Mil pesetas.

- Pues vente a mi casa que te las pago y mañana vamos al Ayuntamiento para que Silvano nos haga el papel.

Y así lo hicieron; y , cosa rara en él, sin discutirle siquiera el precio. Y es que esta podría ser su excepción: cuando se trata de comprar tierras, si se quieren hay que pagarlas y dejarse de polémicas, no se vayan a perder. Pocas semanas antes de morir estaba comprando tierras a sabiendas de que él no podría disfrutarlas, otra distinción de las personas excepcionales. Incluso algunas, por motivos que pertenecen a otra historia, las compró dos veces. También fue uno de los que participaron activamente en la compra del término, que se vendió por cuartas (una cuarta tenía 20 obradas a cada hoja).

Esta es una semblanza de D. Anselmo de la Calle que a buen seguro no le hará plena justicia por no contar, probablemente, con otras muchas buenas obras y episodios que acompañaron la existencia de un hombre tan activo, con muchas virtudes de las que los vecinos de Madrona nos beneficiamos en su momento e incluso hoy día. Por los testimonios que he escuchado sobre él y por lo que llegué a conocerle, se le podría definir como un hombre vital, un auténtico entusiasta de la vida. El entusiasmo por la vida es a nuestra existencia lo que el agua a la rueda del molino.

Por eso le subimos hoy, al menos de forma simbólica, en la hornacina que tanto merece, como si se tratara de un santo seglar; un hombre íntegro, de principios, solidario, inteligente, capaz, altruista, generoso, uno de esos que tanto echamos en falta en estos días y al que, allí donde su alma more, le enviamos nuestra gratitud y reconocimiento por ser uno de los hombres buenos y grandes de Madrona.

Fernando A. C. mayo 2013.


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