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Hornacina 4.

Aurelio de la Puente. Homenaje a un hombre y a una vida.

De todos es conocido que la realidad supera con mucho a la ficción, del mismo modo que la llamada por Unamuno infrahistoria supera a la misma historia escrita y dibujada en colorines. El hombre que hoy traemos a estas páginas tiene una existencia con la que el mismo Miguel Delibes, escritor especializado en personajes castellanos, se vería desbordado a l ahora de novelarla en varios volúmenes. Se trata del señor Aurelio de la Puente, nacido en el año 1902; 87 años sobre sus espaldas que no han conseguido mermarlas fas facultades de su cabeza a la hora de razonar y recordar con exactitud, si bien el cuerpo, como a cada quisque, le juega sus malas pasadas; golpes bajos que sin embargo no le impiden fumarse a diario sus buenos farias.

En las recientes fiestas, después de la misa mayor, ha sido protagonista de un acto cargado de emoción: el homenaje de todo el pueblo a las personas de mayor edad sin distingos de ninguna clase. Consiste en la entrega de una placa conmemorativa y la dedicación de unas palabras de gratitud, consideración y cariño, seguidas de un vino español bien compartido en armonía con familiares y vecinos.

El señor Aurelio o el tío Aurelio, como se quiera, ha vivido tiempos duros como los demás, pero él contaba con desventajas de peso: el no poseer tierra propia para labrar y el tener que sacar adelante a una familia de doce miembros: ocho hijos, dos sobrinas y el mismo matrimonio. Sólo disponía, pues, de la fuerza de su cuerpo y del ingenio de su mente. A ambos les puso a trabajar sin descanso en las mil tareas que llegaban con el tiempo y sus estaciones: zagal, pastor, yegüero, vaquero, gorrinero, hacedor de pozos, artesano de aperos para el ganado como colleras, coyundas y otras. Construyó su propia calera, es decir un gran horno de piedra dura para calcinar, para convertir en cal otras piedras calizas seleccionadas y transportadas por él. De forma completamente artesana obtenía grandes cantidades de cal viva que vendía a constructores y particulares. Fue reconocido matarife y en el matadero del palacio de Riofrío estuvo diez años ejerciendo esta tarea en los tiempos de Alfonso XIII. Trabajó en el río extrayendo gravas y arenas y, como complemento a todo ello, practicaba la caza silenciosa a base de poner lazos a conejos y otros animales de buen comer, arte en el que manifestó gran destreza e ingenio, inventando nuevos sistemas de lazos y trampas, midiendo su astucia con la de sus posibles víctimas. También inventaba, con algún fracaso que otro debido a la naturaleza del agua y a la ley de la gravedad, sistemas de riego para terrenos difíciles y así plantó árboles frutales y cultivó su propia huerta en plena lastra.

Todos los trabajos que desarrolló, que son más de los que se nombran, tienen dos características comunes: la dureza extra que imponían y, de otra parte, la independencia común a todos ellos, toda vez que nadie le imponía órdenes, ni tampoco al contrario. Trabajaba en soledad y siempre inmediato o inmerso en pleno campo, en la cruda naturaleza, con sus dones y sus exigencias... "... es que para sacar adelante a la familia sin hacer daño a nadie había que inventar mucho. Pero entonces no sentía yo el trabajo...", dice el señor Aurelio.

Hoy vive apaciblemente su vejez en la casa que se construyó hace algún tiempo y con las aficiones que se pueden llevar a estos años: la familia, los paseos, unas gallinas y las tertulias a la sombra si es verano y a la solana si es invierno, que es lo suyo. Pero, además de todo ello, posee tal cantidad de recuerdos que casi le haría falta otra vida entera para poder recordarlo todo.

(El Adelantado de Segovia, miércoles, 6 de septiembre de 1989. - Con una foto que le hice al Sr. Aurelio en la Procesión del Santo Cristo de la Salud, en las fiestas de 1989).

[Nota: Me contaron la muerte del señor Aurelio, que en nada se pareció a los trabajos de su vida. Una mañana soleada desayunó como todos los días y después se dirigió a sus rutinas cotidianas. Fue a ver a sus gallinas, les abrió la puerta para que salieran a su solar, recogió los huevos y, una vez acabadas todas las tareas complementarias se sentó, como todas las mañanas, en su viejo sillón de mimbre en un resguardo del patio; allí encendió su primer farias del día mientras se dejaba templar por un cálido sol primaveral. Fue así como se quedó dormido en el sueño definitivo, al aire, al sol, en silencio, como recibiendo a una vieja amiga con la que ya ha tenido algo que ver en los tiempos de lucha continua pero que nunca la dejó que pasara de una raya que ambos conocían a la perfección, hasta ese momento tan bien elegido. Aunque nunca sepamos quien lo eligió. Así fue como se lo encontraron: sin una sola muestra de dolor, como si estuviera, un día más, plácidamente sesteando. El señor Aurelio, su imagen sentado sobre las piedras de la pared de La Mancha, donde participaba en las tertulias vespertinas, y su sentido del humor nunca les olvidaré].

...árboles para la vida...