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Hornacina 5.
Un árbol del soto.
(A Lauro Ayuso de la Calle, mi padre)
Cada árbol de nuestro soto tiene una historia propia. Es del todo imposible conocerlas todas, pero a mí me llaman la atención las gestas de cierta clase de árboles que crecen solos y logran alcanzar una altura que sobresale visiblemente sobre las copas de los demás. Comparten suficientes elementos en común como para constituir una casta dentro de la misma especie. Yo les llamo la casta del musgo, porque tienen la piel curtida por los avatares que han superado y en ella albergan universos de vida secretos y ocultos, sólo por ellos conocidos y sentidos.
Aunque conozco a casi todos los componentes de la casta del musgo, hay uno al que he seguido especialmente. Parte de su vida la he percibido cercana y del tramo anterior tengo anotado cuanto he podido captar. Como sus compañeros, ha crecido solo porque los ejemplares de esta casta necesitan amplios horizontes, anchos pasillos de aire y de luz, extensa tierra para transformar vida. Nació alejado de las corrientes de agua y desde pequeño hubo de soportar sobreesfuerzos diarios para asegurar el sustento de sus ramas; pasó tiempos en los que se vio obligado a extender sus raíces hacia territorios ajenos, hostiles, cruzados de sombras y de riesgos. Hubo de vérselas en otros avatares añadidos, extremos e incomprensibles, como inundaciones e incendios casi en una misma semana. Sin bajar la guardia plantó cara a la furia de vientos continentales, salió indemne de la ira de los rayos, se defendió de plagas, hachas y caprichos de leñadores y carpinteros. Como todos de la casta del musgo, es un superviviente. Al igual que ellos, la superación de todas estas acometidas le hicieron crecer y crecer, ser más fuerte y estar más preparado. Los leñadores se dieron cuenta enseguida de que los árboles de esta casta se ganan un respeto y por tanto, hay que preservarlos, atenderlos y estar a la altura de su merecimiento. Ya responderán ellos más tarde, con su ofrenda de abundante madera; de la más recia, de la más noble, de la más duradera. Es preciso dejarles solos, únicamente piden que no se les moleste mientras transforman y trasvasan las sustancias de la tierra, en una actividad constante, incansable y silenciosa, todos los días con todas sus noches. El resto es todo un compartir desde su copa todos los frutos y ahí les ves ofreciendo su madera, su cobijo en invierno, su sombra en verano, sus hojas al manto de la tierra en otoño y su gallardía todo el año.
También han disfrutado de las buenas épocas, como aquellas en las que a diario, cada minuto, seguían el crecimiento de sus semillas germinadas, o el de sus raíces afloradas a la superficie; les han visto medrar y lograr su autonomía. Objetivos cumplidos.
Esa es una de sus compensaciones pero, de quien hablo, alcanza la recompensa mayor cuando a su lado escucha contar: … de este árbol tengo yo una mesa eterna que no la cambio por nada; …de éste árbol hice yo un banco indestructible…; ..elegimos el pie de este árbol para darnos nuestro primer beso…; …bajo la copa de este árbol encontramos el acuerdo que nos libró del veneno de la enemistad…; …al lado de este árbol hicimos muchos y buenos tratos. Nos daba una suerte secreta y vigorosa…; …su sombra nos alivia los sudores del estío, a ella acudimos y sobre ella compartimos anhelos, conversaciones y alimentos…. Sólo quienes le conocen saben cómo sustentan su íntima dicha estos reconocimientos que para él son halagos.
A los árboles de la casta del musgo, sin embargo, se les ve ahora enredados en una contienda que a ellos, aunque nunca lo manifiesten, les debe parecer ridícula, humillante. Después de salir indemnes de enfrentamientos con gigantes, ahora se las ven y se las desean para combatir a unos seres microscópicos, invisibles, silenciosos, que se han propuesto operaciones de acoso y derribo. Y a veces hasta lo consiguen. ¿Es la grafiosis de los álamos negros?. No parece tan devastadora pero trabaja de la misma manera.
Me consta que, al igual que los majestuosos álamos negros fueron doblegados por la grafiosis, su orgullo les dicta que deberían ser vencidos no por microbios irrisorios e invisibles, sino por enemigos de su talla: gigantes que den la cara, que se les vea; por una tempestad de la que después se hablara durante muchos años; por aquel rayo que tantas veces esquivaron; puede que por la llama del mayor de los incendios; por algún cíclope de la naturaleza…. Pero la opción de determinar cada uno su propio destino tal vez esté reservada al privilegio de los dioses. Su experiencia les da para conocer esto y más, pertenecen a la tierra y de ella obtuvieron la sabiduría atesorada que ahora emplean en no perder nunca la dignidad. Ahora se les puede contemplar enfrascados en varios frentes, en lides contra adversarios invisibles, sin perder nunca su afán y ese porte de orgullo y señorío. Son de la casta del musgo, los árboles más legendarios del soto.
(Fernando Ayuso Cañas, abril de 2000. No publicado)