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Hornacina 6.

Los Sánchez-Álvaro

Un pueblo pequeño como Madrona tiene su identificación más visible mediante los iconos consabidos de la torre, la ermita, el palacio y bosque de Riofrío, los Montones de Paja y Trigo, el soto... los cuatro puntos cardinales acotan un escenario conformado a la medida humana, casi familiar, y anclado ya en la memoria y el subconsciente de quienes han crecido en sus calles. Pero este escenario sin los referentes humanos sería pura acuarela, un paisaje mineral. Nuestro pueblo también cuenta con otros complementos imprescindibles e irrenunciables. Detallar todas las familias y personas que han aportado valores y han contribuido a la identidad y personalidad de las gentes Madrona es un tarea ingente, inabarcable y seguramente injusta. Mi propósito hoy sólo es el de subir a una hornacina un nombre propio.

Hay nombres que, sin uno proponérselo, sin pedirlo, incluso sin desearlo, se sitúan en tu mente, toman una silla y se acomodan en un rincón apartado para compartir una grata compañía pero sin hacerse notar, en sacro silencio, con elegante discreción. Cuando el nombre pertenece a una persona o a una familia, además de cierta armonía, notas un sentimiento de paz y de reconciliación respecto al mundo, hacia la misma existencia.

Hay personas, incluso familias, que, tal vez sin saberlo, poseen ese don de influirte con ese sentimiento de concordia, de comprensión, de tranquilidad... coronado además con el regalo del gesto adecuado para cada ocasión, una sonrisa casi siempre. Estar con alguno de ellos es como sentarse al sol.

En Madrona conocemos a varias y de entre ellas hoy elijo, porque lo siento como una necesidad no para saldar una deuda difícil de pagar, sino al menos para reconocerla, esta familia de los Sánchez-Álvaro; la familia de Los Paisa, tal como la nombramos cariñosamente en el pueblo. Este es tal vez el apodo más afectuoso y más apreciado de forma unánime en Madrona, porque su connotación principal, que salta como un relé en cuanto se pronuncia, es la de Buena Gente, así, con mayúsculas. Fue adjudicado, no sé por quién, a Luis Sánchez Bravo, padre de esta saga, debido a aquella costumbre que tenía de repetir la palabra paisa, tal como la dicen los marroquíes, intercalada como muletilla en cada frase. Luis se casó con Jesusa Álvaro y juntos sacaron adelante a seis hijos: Goyi, Elías, Doro, Luis, Mariano y María José. Puede parecer un tópico, pero quiénes les conocen saben de lo que hablo: la familia Sánchez-Alvaro, como muchas otras, pero en este caso tal vez de forma más especial, no tuvo nada a favor, y casi todo en contra, para cubrir las necesidades básicas de los ocho miembros de la familia. Con un miserable sueldo de peón caminero no cabía hacer planes. Sé de lo que hablo porque mi abuelo Felipe Cañas también fue peón caminero en El Espinar; lo mató un camión cuando regresaba del trabajo en la carretera de La Coruña, y a mi abuela Demetria tardaron, con mucho esfuerzo de trámites por parte de los familiares, más de diez años en reconocerle el derecho a una cicatera pensión.

 

Luis Sánchez Bravo. Elías. Luis. Goyi. Jesusa Álvaro.
Doro. Mariano. María José.
Foto de la familia.1960

Aquí tenemos pues a Luis Sánchez Bravo El Paisa con su prole, habitando en la casa más separada del pueblo, en la carretera de La Losa, en las afueras afueras porque más allá ya no vivía nadie, ni mucho más acá tampoco; a partir de los puentes sólo había prados y tierras. La vivienda estaba equipada con todas las comodidades de entonces, es decir, ninguna, pero en su caso tampoco cuenta con algún vecino y, por lo tanto, sin que ante una emergencia, un apuro, alguien próximo les pueda echar una mano en alguna tarea elemental. Están solos y lejos. La casa, el corral, las cuadras y la panera se pueblan de vida, de ajetreo de animales y personas... Cultivan alguna tierra, alguna huerta, crían ganado y pequeños animales que suponen una gran aportación a la economía familiar: conejos, gallinas, patos... Puede que no tuvieran entonces ni un duro, pero tampoco les faltó nunca una peseta; por eso salen adelante, avanzan. También cuidan a otros animales a los que hay que alimentar tan sólo a cambio de su compañía, como si necesitaran más jaleo. Pero son generosos y amantes de los animales y a su puerta nunca se tumbaban menos de tres perros, cada uno de su padre y de su madre. Del número de gatos no hablamos porque eran de censo imposible. A los perros, siempre sueltos, les amaestran para que no aúllen a lo tonto; y menos a las personas, sean del pueblo o forasteras; consiguen que estén tranquilos y sean confiables, es decir, se mimetizan con la personalidad de quienes les tratan. Uno casi blanco que fue tal vez el más bonito de presencia desapareció misteriosamente una noche y reapareció unos meses más tarde, ya sin ningún misterio, en el interior del Palacio de Riofrío. Eso sí, en una hornacina acristalada, disecado y exhibido en una preciosa escena del Museo de Caza. Inmortalizado. Por eso cuando visito el museo con alguien que no es de Madrona siempre les informo: este perro de aquí, el más imponente, fue de mi amigo Mariano El Paisa hasta que le desapareció por arte de... por malas artes de la oficialidad.

El caso es que, como me decía el tío Aurelio de la Puente, en aquellos tiempos para sacar adelante, sin hacer daño a nadie, a una familia con tanto personal, la suya también lo era, hay que hilar muy fino. Que es como decir que hay que hacer trabajar mucho al ingenio y al cuerpo. Hay que mantenerse activo de sol a sol y no equivocarse (aunque por la noche, según parece, seguían cierta inercia de trabajo...). En esa encrucijada se encontraba también esta familia. Estoy convencido de que alguna bondad divina o natural tuvo que ayudar a los Sánchez-Álvaro ante semejante desafío. Y alguna de esas ayudas yo sé en que consistió: en la clarividencia de cada uno de ellos para saber enseguida algo que muchos descubrimos mucho más tarde: que estamos solos. Ellos ya lo supieron a tiempo y a esa constatación añadieron una virtud salvadora: todos coincidían a la hora de distinguir la importancia de cada cuestión, de cada necesidad y, en consecuencia, actuaban al unísono. Cualquier acción consistía para cada uno de ellos en un ejercicio permanente de solidaridad y generosidad absolutas. Así compensaban las carencias, los retos, las adversidades naturales y hasta los golpes bajos... que de todo ha habido.

Por eso, cada embate sobrevenido les ha servido afianzar más su unidad, para seguir dando preferencia a lo común sobre lo particular, para atender la necesidad del otro antes que la propia. Y eso, además de hacerles buenas personas, les salvó en cada situación de mayores males pero también de la dispersión, de la desintegración y el desapego. Ninguno optó por la emigración para aspirar a una vida más cómoda, una opción tan legítima como la de quedarse, pero en este caso nadie se movió. Ahora son varias familias pero siguen pareciendo la misma; a su pequeño planeta pueden acudir satélites pero nunca perturbarán la órbita preestablecida.

De pequeño hablé con Luis en muchas ocasiones porque era uno de los pocos mayores accesibles. Podía hacerle preguntas sin que se riera de mí, me respondiera con desgana o no me contestara (en aquel tiempo los pequeños no pintábamos nada ante el común de los mayores y hacer cualquier pregunta suponía ya un atrevimiento). Él era un hombre cercano, de natural apacible, sencillo, siempre con el ánimo en estado de sosiego, con el mismo temple así llueva o truene. Nunca le conocí enfadado, ni regañando, ni en lucha con nadie. Tampoco le recuerdo en polémicas, discusiones, desavenencias... mucho menos en pleitos. Es verdad que éstos no eran atributos exclusivos de Luis porque los comparten muchos de los Sánchez y también son frecuentes entre los Bernardo. La particularidad de estas personas es que transmiten esa forma de civilidad, de sabiduría, no sólo a sus familiares, sino a quienes se relacionan con ellos. Para mi, conseguir un tipo de relación así, representa la cultura en estado puro. Estando entre ellos te hacen sentir bien porque todo es dulce y fácil: desaparecen los riscos, las vallas, las zonas pantanosas, los charcos y las alambradas de espino. A veces mantenía con Luis conversaciones muy aparentes. Me contaba historias de las cuevas del Simarrón, del Soto, de las aves que los sobrevuelan, de su fauna, de las fatigas que pasaban Filemón Bernardo y mi padre para hacer subir los carros colmados de palos de encina y roble por las cuestas imposibles del Simarrón; carros arrastrados por doble pareja de bueyes o de vacas, uncidos en cuarta, así es como lo llamaban. Este tipo de personas tan apegadas a la tierra sacan de cada paraje del término una colección de anécdotas. Sin embargo, lo que se me quedó grabado fue una teoría suya según la cual, y explicado con sus palabras, venía a decir que las rocas y las piedras, aunque no lo percibamos, también tienen vida propia. De tal manera que unas desaparecen pero otras afloran. Otra forma de vida orgánica. Se encuentran en evolución permanente. Que sí, jodío, me decía porque ponía yo cara de que, a pesar de mis nueve o diez años, no me terminaba de cuadrar el asunto. Es lo que pasa en las tierras de labor, decía, que las saneas de piedras y al cabo de unos años vuelves a ver otras distintas, nuevas..., a ver dime porqué pasa eso... Esa teoría me inquietó, porque pensé que ante los animales y ante las plantas puede que los humanos nos defendamos, pero ante las rocas la cosa cambiaba, pero a peor, claro.... y puedo confesar que a algunas rocas del Simarrón les seguí la pista un tiempo para constatar sus cambios: si encogían o engordaban, si se movían o permanecían tal cual... cada vez que llego hasta allí al ver las peñas imponentes viene a mi el recuerdo su persona y su teoría sobre las rocas y los cantos.

Luis falleció de forma prematura, en un desencuentro absurdo con los mecanismos de un tractor. Una muerte evitable que tiñó el pueblo de consternación porque a un superviviente de casta como él sólo podría echarle abajo alguna plaga bíblica y no un simple mecanismo. Pero el destino, en un alarde de sinrazón, es capaz de fundir lo brutal con lo absurdo en el más breve los instantes, sin otorgar a la víctima la mínima escapatoria. Eso fue lo que sucedió.

A partir de ese momento, Jesusa se hizo cargo de un barco con un tripulante menos pero gobernado por un timón firme y compartido. ¿De ella qué podemos decir? Yo creo que tenía algún poder para hacer milagros. Milagros de multiplicación, sobre todo. Todavía sacaba algún rato para coser por las tardes a la puerta de su casa. Algunas voces he escuchado sus gritos por los apuros de las tareas, pero comprobé enseguida que era su forma de hacerse entender, porque los destinatarios, la respondían en un tono normal y continuaban con sus trajines sin alterarse y sin sentirse concernidos por el volumen de las voces. La voz la tenía ella. A los amigos de Mariano jamás nos dijo una palabra más alta que otra. Siempre nos trató, a pesar de nuestras escapadas, perrerías y otros desaciertos propios de críos asilvestrados, de una forma amable, exquisita.

Goyi es la primogénita y reúne todo el compendio de virtudes que he nombrado hasta el momento, aunque hay que añadirle algunas más, como la paciencia y la facultad de afrontar cada situación con un temple especial, una serenidad imposible de aprender o improvisar. Su bondad, en todas y cada una de las cinco acepciones que describe el diccionario sobre este concepto, es tan enorme que resulta conmovedora. La aportación de su buen hacer a la familia ha sido decisiva. Pero tiene otra faceta que he descubierto hace pocos años en las marchas de senderismo compartidas por sierras y montañas. Tiene una capacidad de resistencia física impensable para su constitución. Su apariencia engaña. Es capaz de terminar fatigosas rutas o de alcanzar el pico de Peñalara sin oírla el más mínimo jadeo. Asombra. Los torreznos de su fiambrera, que reparte generosamente entre los ruteros durante las pausas de descanso, ya tienen el reconocimiento asentado, irrebatible y merecido de que son los mejores.

Con Elías, el segundo, he compartido, en cantidades innumerables, recorridos en bici, despedidas de soltero, enramadas de mozas, sesiones inmensas en La Piedra Filosofal, fiestas de pueblos, recorridos de bares en Segovia, discotecas, marchas... e infinitos ratos, ordinarios o especiales, en el pueblo. Tiene el mismo temple de Luis y la misma bondad de Goyi. Su capacidad de resitencia y de aguante en todo tipo de situación y circunstancia es proverbial. Uno de los mejores compañeros para cualquier viaje.

 

Goyi y Doro. Procesión del Santo Cristo. Agosto 2008. (Foto FAC)

Después viene Doro, al que un síndrome de Down, la gran putada de un cromosoma 21 a mayores, le dejó chiquillo para siempre. Siempre ha sido un personaje popular y querido por todos. A Doro le he servido miles de manzanillas en el bar de mis padres y hemos tenido igual número de porfías, por ver cómo se abonaba la comanda. Cada día teníamos un episodio lleno de risas, gritos, discusiones, advertencias, jaleos... hasta que uno de sus mejores amigos, Lauro (mi padre), salía en su defensa y se zanjaba el asunto dejando las cosas con tal claridad, que al día siguiente estábamos en las mismas... Puede que Doro me adeude algunas manzanillas, pero si hiciéramos cuentas de todo, de los buenos momentos que él ha sabido activar, sería yo el deudor.

Luis, Luisuco, Cuco, es el más inquieto, el más indómito, sin llegar a cascarrabias, aunque alguna vez disfrute quiñando. Su vitalidad desbordante, su agilidad y su maña son notorias. En sus años jóvenes canalizaba toda esa energía mediante el deporte. Compitió en maratones y carreras similares con buenos resultados. En cuanto a su forma de ser también es un Paisa puro.

A Mariano le sumo todo lo anterior y además hay que añadir que éramos de la misma panda y casi quintos. Eso supone que, como diría mi padre, nos conocemos desollados, porque a la par descubrimos y compartimos la escuela, las escapadas de casa, el atentado fallido contra el maestro don Juan (serrar la mesa donde se apoyaba para que se cayera y se terminara de escacharrar...), las aventuras, las meriendas, las canteas (en una de ellas, un impacto me partió una ceja y eso que no tiraba a dar y el proyectil venía rebotado desde una laja de La Lastra...y es que a sobaquillo lanzaba a base de bien), la historia de la zapatilla (un fuego que se nos descontroló a los dos, pasó a incendio y no ardimos ni nos pillaron de puro milagro...). Más tarde las primeras copas, las primeras toses de los cigarrillos, las pandas de chicas, los juegos, las fiestas... pero también con Mariano disfrutó nuestra panda del Simarrón; un paraje donde los Sánchez-Álvaro conservan la propiedad de un territorio tocado de misterio y encanto. Aquel lugar era como otro país paralelo y oculto, una extensión secreta del pueblo. Él nos mostraba los nidos de las águilas, las cuevas, el río del valle y nos conducía como un baquiano por los roquedales sin darse importancia y como si aquel lugar nos perteneciera a todos por igual. Con él aprendimos a diferenciar los nidos de las rapaces, a indagar en las madrigueras de los conejos... y muchas otras lecciones de naturaleza práctica. Nunca olvidaremos la sensación de los Antillana, Peper, Ducados, Mencey... fumados furtivamente en los resguardos naturales del Simarrón, porque allí disfrutabas de esa magia de encontrarse oculto sin necesidad de esconderte. Cajetillas compartidas que fumábamos todos a un tiempo para que nadie tuviera ventaja. Después se guardaban en escondites y, por lo general, las remataban Mariano y Juanito.

María José, la benjamina de la familia, era, para empezar, la hermana de mi amigo Mariano y en aquella época cumplíamos un regla no escrita mediante la cual a las hermanas de los amigos de panda, independientemente de su edad, ni tocarlas. Si eran mayores se guardaban las distancias y si menores pasaban a ser como nuestras protegidas. Eso no quita para que en ocasiones jugáramos al escondite en la panera de su casa con su grupo de amigas. María José es como Goyi, un caso de bondad extrema. Una persona de talante excepcional, como todos los de esa familia. El destino, vamos a llamarlo así, que es cruel, atroz a veces, ciego, incomprensible e injusto, sobre todo injusto... le jugó una canallada gratuita y absurda. Un impacto bajo la línea de flotación. Pero ahí estuvieron de nuevo los Sánchez-Álvaro arropándose entre ellos sin fisuras para seguir remando contra viento y marea.

Lo descrito hasta ahora sólo son leves pinceladas de un lienzo inmenso. Pero el propósito no era abarcar todo el tapiz. Así en los espacios en blanco otros podrán fijar más trazos, más colores, más luces.

Cuando en las conversaciones espontáneas aparece el nombre de alguno de estos componentes, todos tienen varias anécdotas vividas con ellos porque son los más fundidos con el pueblo. Madrona no se entendería sin ellos pero ellos sin Madrona tampoco se encontrarían. Por eso puedo afirmar que a las gentes de este pueblo los Sánchez-Álvaro han aportado y siguen aportando un acervo no sólo de anécdotas y vivencias sino de virtudes de bondad, honradez, decencia y dignidad.

Y medicina de este frasco todos necesitamos alguna dosis diaria, para no perder el norte, para bajarnos los humos; algo que se consigue muy fácil si nos fijamos por un momento en la ejemplaridad de unos vecinos cuya sencillez les hace cada vez más apreciados y más entrañables.

Larga vida a los Sánchez-Álvaro. Larga vida a los Paisa. De todo corazón.

Fernando A. C. Agosto 2008.

...árboles para la vida...