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Peña Horadada (El Simarrón)

Este es otro de los casos, de los pocos que tenemos, en los que la toponimia coloquial se ha disociado de la oficial que se muestra en los documentos, los registros, la cartografía y la infografía.

El sustituir los nombres oficiales por localismos, costumbrismos, solecismos y otras deformaciones, lejos de enriquecer, amplía la confusión y contribuye al ensanche del carajal.

Esto es lo que ocurrió en Madrona cuando se prescindió del topónimo oficial para cambiarlo por el de El Simarrón; no sabemos cuándo, aunque se constata que permanece anclado al habla coloquial desde mucho tiempo atrás, si bien el paso del tiempo no legitima ninguna aberración.

De una parte, la palabra simarrón no existe en castellano, no lo recoge el DRAE; tampoco es un término toponímico y, además, carece de significado; ni siquiera el de sima grande, porque las simas grandes son lagos, ibones, lagunas... pero nunca simarrones. Además, si se atribuyera a sima, se ha trocado en género masculino porque, en coherencia, si pensamos que viene de sima, debería ser en todo caso, la simarrona. En fin que con este razonamiento vemos a las claras lo absurdo de los solecismos, que quebrantan las más elementales normas de la gramática y, más que facilitar, embarullan y dificultan el entendimiento. Consecuencias de particularizar el habla, y en este caso por si fuera poco, sobre algo que está bien a la vista de todos, y es que a lo que llamamos El Simarrón no es ninguna cima, ningún cimarrón y mucho menos una sima. Igual ocurre con el topónimo del habla coloquial Fuente Ervilla cuyo itinerario etimológico es Albina, Albilla, Ervilla.

Acuden en esta defensa las máximas castellanas que desde siempre se escuchan por doquier: Al pan, pan y al vino, vino. A las cosas se las llama por su nombre... y otras que aquí se han estrellado estrepitosamente.

En fin, un carajal sintáctico y toponímico al que de ninguna manera quiero yo contribuir; antes bien al contrario: creo mejor labor deshacer el entuerto.

Por ello, en esta serie dedicada a los parajes, procuro emplear los topónimos oficiales, si los hay, pero nunca solecismos o localismos. En otros apartados en los que aparece, que son muchos, lo he nombrado defectuosamente siguiendo el compás general, pero creo que es un error por mi parte y lo iré corrigiendo uno a uno.

Cartografía del Catastro, en la que vemos como El Cimarrón lo que el mapa del IGNE de 1903 se designa como Ceponillos.

También vemos bien señalizada la franja de terreno de la Cañada Real Leonesa, identificada con su nombre.

En la adscripción de paraje de cada parcela, ninguna aparece adscrita a Ceponillos y sí a El Cimarrón o Los Cimarrones (imagen sin intervención alguna).

Adscripción catastral de parajes:

Fincas 74, 78, 79, 80, 81, 82, 84, 92 y 93, a El Cimarrón.

Fincas 83, 20085, 20087, 20088, 20089 a Los Cimarrones.

Fincas 11 a 17, 20, 21... a Las Tablillas

Finca 19 a Peña Horadada.

 

Peña Horadada es un paraje perteneciente al término municipal de La Losa integrado por los siguientes elementos:

1.- Las fincas catastrales número 19, que el Catastro adscribe al paraje Peña Horadada; y las 11 a 17, 20 y 21, adscritas oficialmente al paraje Las Tablillas. Las fincas de mayor extensión unitaria, la 20 y la 19, pertenecen a la familia Sánchez-Álvaro, de Madrona. Las Tablillas se puede considerar un subparaje dentro de Peña Horadada, a tenor de como figuran ambos topónimos en la cartografía oficial.

2.- Un tramo del camino público que lo cruza, que es el Camino de La Losa, aunque también se le conocen otros nombres: Camino del Cimarrón y Cordel de las Tabladillas.

3.- Un tramo, y esto sí es sorprendente, de la Cañada Real Leonesa. Lo he considerado de importancia bastante para concederle un apartado propio en esta serie, en el que se expone y documenta esta peculiaridad. Se puede acceder desde el vínculo de su nombre subrayado.

4.- Un tramo del Valle del Arroyo de la Cueva, cuyas fincas el Catastro las adscribe a los parajes de Las Tablillas, Las Cuevas o Los Ceponillos de La Losa, según los casos.

El hecho de la pertenencia oficial de este paraje a otro término municipal no ha impedido que se convirtiera en uno de los más entrañables, queridos, icónicos y frecuentados por los vecinos de Madrona. Ocurre lo mismo con El Hocino, integrado en el término de Hontoria. En ninguno de ellos se ve alguna vez gente de los pueblos a los que pertenece.

La peculiaridad más llamativa de este paraje y su entorno es la configuración de su relieve, compuesta por empinadas y cambiantes laderas que en ocasiones forman cortados rocosos, de los que asoman farallones que vierten al valle formado por el Arroyo de la Cueva. Este arroyo es muy peculiar en el sentido de que se forma por la confluencia de otros 4, en el paraje de La Losa de Ceponillos, seguido al de Peña Horadada en sentido La Losa. Uno proviene del Real Bosque y se llama Arroyo de Ceponillos; otro de Navas de Riofrío, de nombre Arroyo de la Ahogada; de La Losa, llegan el Arroyo Matavacas y el Arroyo de la Barranca... pero ni siquiera con esta concurrencia logran formar un río. Durante el estío pierde su exiguo caudal, a pesar de discurrir casi en la totalidad de su trayecto entre sombras y arboleda.

Otra de sus características más atractivas es la de su vegetación. Las sabinas ascienden por las laderas, superan rocas y vertientes e impregnan todo de su verde sereno e inmutable. Conviven en armonía y sin pretensiones con matas de chaparros y ambas especies encuentran aquí todo lo necesario para un crecimiento que a nuestros ojos se muestra lento, pero esto es algo que a la Naturaleza le importa poco, puesto que es soberana y gobierna sus propios tiempos.

A su vez en el valle medran fresnos, que aprovechan el frescor y la tierra de las riberas del arroyo. También hay colonias de robles y yo recuerdo haber ido con mi padre y con Filemón Bernardo a cargar carros con troncos y palos de robles cortados a hacha por ellos. Las pendientes del camino resultaban tan dificultosas para las yuntas de bueyes o vacas, que para asegurar en lo posible el éxito de las subidas más extremas, había que colocarlos en el modo que llamaban uncidos encuarta. De esta manera de cada carro tiraban dos yuntas; y aún así, para arrear a los animales y que no desfallecieran en lo más pendiente o complicado de las cuestas y revueltas, se les aplicaba a veces algún puntazo con la aguijada y gritos constantes para animarles; aunque en esos gritos también iban lamentos, amenazas y un poco de todo. Los mayores, que así era como les veía yo entonces, no querían ni pensar en la posibilidad, muy cercana, de que la inercia del carro, cargado hasta arriba de las estacas, superara a la fuerza de tiro de las yuntas y las arrastrara por quebradas y precipicios. A veces se producía algún vuelco... con lo que eso suponía de trabajo y tiempo perdidos. Siempre me pareció una proeza de estos animales de tiro culminar con éxito estas rampas por un camino en tan malas condiciones debido a los arrastres de las tormentas.

Su superficie alberga gran cantidad de especies de tomillos y otras matas y arbustos. En la actualidad, debido que no está sometido al la acción de los rebaños, conoce una época de recuperación y expansión.

Estas fincas conocieron una época en la que, a pesar de lo inapropiado del suelo, se roturaban con tracción animal aquellos trozos menos encrespados. Tras la mecanización del mundo agrario toda la superficie se destinó a pasto y monte. La ausencia de presión de ganados ramoneadores, rebaños de ovejas y cabras, contribuye notablemente a su reforestación natural.

Infografía del SIGPAC, del Ministerio de Agricultura. El Cimarrón queda fuera de lo que nosotros llamamos El Simarrón.

Vista hacia el Sur desde lo más alto de Ceponillos, o Cimarrón, con el paraje Las Cuevas en primer término y los Cerros Calocos al fondo.

A medida que bajas por el camino se abren los horizontes hacia el Sistema Central. Con vista de águila se pueden observar los pueblos de La Losa y Ortigosa.

Vista hacia el Oeste, hacia donde se abre el valle tras El Sotillo. A la izquierda, vertiente del paraje Las Cuevas

Roca con nombre propio que a su vez denomina el paraje: Peña Horadada. Un topónimo tan bonito como apropiado.

Peñas horadadas que han formado una rocalla natural donde vemos el juego de fuerzas y tiempos entre la roca y las plantas. Y la mano del hombre abajo.

Vemos que son muchas las peñas horadadas en este paraje, con lo que el topónimo no puede ser más pertinente.

En este paraje el oxígeno te acaricia.
A la derecha, ladera casi vertical de otro teso. Sabinas, robles, fresnos y encinas conviven en concordia y transmiten en absoluto silencio, su belleza y armonía.
En el valle, oculto, el Arroyo de la Cueva.

Una vez terminada la lastra se abre un valle que se extiende casi hasta la población de La Losa. Tras la cima de enfrente, el bosque de Riofrío.

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