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La Sima

La Sima, como El Barrero, tampoco es paraje, aunque en Madrona se utilice este nombre para referirse al paraje donde se encuentra, que no es otro que el de La Vega de la Cima. Sin embargo, constituye en cualquier caso un referente en nuestra pequeña historia. Por eso en esta web tiene varios registros: uno es precisamente con el que inicié la sección siguiente:

Rutas Sentimentales

y en este otro, en ___Cuaderno Ð Madrona__

en el que se aportan estudios de acreditados expertos en geología:

El Alma Geológica de La Sima.

La Sima, aparte de todas sus connotaciones emotivas y alegóricas, nos muestra descaradamente lo que estamos haciendo con el sistema hídrico natural; con los manantiales, fuentes, pozos, ríos, arroyos y todas las aguas superficiales. Esta sima ha pasado de mantener un vigoroso caudal permanente de agua pura, apta para el consumo, a su desecación más radical.

Mi generación creo que ha hecho de puente entre un estado de la Naturaleza viva y sana, tal como se ha mantenido y transmitido durante miles de años y el de su fulminante devastación. La destrucción se sustenta en fuertes pilares; uno de los más potentes es el de considerarla como un objeto de nuestra propiedad que a nadie más incumbe y, en consecuencia, podemos hacer con ella lo que nos de la gana.

Mientras redacto estas líneas aparecen noticias que anuncian el descubrimiento, tras una larga búsqueda, de agua en la luna.

Esta ceguera colectiva es el factor que me impulsa a dejar testimonio, en mi ámbito, de cómo hemos recibido nuestro pequeño mundo y, tras el delirio consumista, cómo lo vamos a entregar a quienes vienen detrás, aunque la mayor parte de ellos, con la misma ceguera, están encantados de participar a plenitud en esta orgía.

Como en otros asuntos, también en este se puede mirar para otro lado. Pero no en mi caso.

Como se afirma en otros apartados, La Sima, aunque pertenece a una parcela de propiedad privada, es uno de los iconos de nuestro entorno y posee un largo historial de servicio a caminantes y trabajadores que desde siglos han acudido a saciar su sed en este agua viajera llegada desde lugares inverosímiles a través de las grutas que las manan y ocultan.

A La Sima bajábamos a beber agua en todo tiempo y, de jóvenes, antes del instituto, sentíamos esa magia de su agradecida temperatura, como la del agua de los pozos, que en verano nos obsequiaba con su reparadora frescura mientras que en invierno "tenía el detalle" de estar casi tibia. Después, en el instituto, se desvaneció esa magia.

Mientras bebíamos agachados (acucullados), haciendo cazo con las manos o directamente a morro, presenciábamos a escasos metros el al trasiego de unas enormes ratas negras que allí mantenían una población próspera y estable. Mas tarde las identificaríamos con las ratas de agua que describe Delibes en su admirable novela. Creo que hoy se consideraría incompatible, o sea, una salvajada en términos reales, beber del mismo estanque o aljibe en el que habita una colonia de ratas de agua.

Sin embargo, hay que dejar en claro que en aquel tiempo jamás supimos de alguien que sufriera algún daño o complicación por este hecho. Y aquí bebían casi todos los vecinos y de todas las edades. Es más, nos complacía calmar la sed de una forma gratificante.

La Sima mantenía un caudal tan generoso, aflorado tras un misterioso viaje por las grutas de La Lastra, que, para evitar la inundación de la finca, tenía su aliviadero mediante una canalización subterránea para conducir las demasías hasta el Arroyo de la Cueva, ya en el Soto de la Grajera.

La imagen que ahora vemos de esta sima nos enseña con insoportable elocuencia hasta dónde estamos llegando.

Como mucho y sólo en invierno, La Sima ya sólo muestra aguas estancadas y pútridas.

Imagen de La Sima tomada el 12 de julio de 2020. Duele.

Igual fecha, igual dolor.

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