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* Plaza Mayor * Rutas Sentimentales * Pretextos * Fotografías * Genealogías * Calles * Parajes *

Rutas Sentimentales I

La Sima

El primer pretil que se encuentra por la carretera en dirección a La Losa no pertenece a ningún puente, sino a La Sima. Hay otra sima en El Sotillo, pero esta es la única que escribimos con mayúsculas. Con este lugar mantenemos una relación continua basada sobre todo en lo que de él obtenemos, como suele ocurrir, pero también de cariño porque es referencia irrenunciable de nuestro paisaje.

Bajo a beber de su agua y, desde la sombra de un fresno que se inclina hacia el centro, contemplo toda la oquedad colmada por un agua transparente. Pero es un hueco lleno de vida y agitación: el agua lo comparten ratas enormes y negras (ratas de agua), que van o vienen a sus madrigueras sin preocuparse de otra cosa que no sea su trajín. Andan a sus brincos las ranas entre los juncos y las juncias y cientos de insectos sobrevuelan la zona en pos, tal vez, de otros cientos de animalejos acuáticos de nombres imposibles. A su vez, varios pájaros se incorporan a la cadena alimenticia con un éxito variable. El agua mientras tanto fluye impasible, pura y transparente a igual temperatura durante todo el año, por eso la percibimos como fresca en verano y templada en invierno.

La oquedad tiene forma de cazuela horadada en la roca caliza. En su pared más alta, sobre la que se levanta el pretil, se abre en su base un cueva cuya entrada permanece tapada con un muro de piedras con el único fin de impedir el paso a su interior . El agua sale traspasando esa pared de piedra blanca, pero no se trata de un manantial, sino de un agua viajera, que tal vez proceda de las alturas de la sierra de Guadarrama sin mostrarse a nadie, por un itinerario oculto que nadie ha descifrado. Y hay quien enlaza su misterio con el de la Mujer Muerta y con otras leyendas de caballeros y musas.

El agua emerge de la oscuridad y, deslumbrada, en el remanso de la Sima, se amansa y reposa para recibir un bautizo de sol y de luz. Una vez cumplido ese ritual,  vuelve a viajar oculta de nuevo, sumergida en otro conducto subterráneo, si bien esta vez más corto y más somero. Se dirige a alimentar berros y a oxigenar cangrejos que tampoco conocerán nunca su secreto.

Bebes de este agua cristalina y sólo sabe a agua pura, sabe a sed y a ansia. Por eso sabemos que es un agua poderosa, porque no permite que se le añada ningún sabor de los territorios y rocas que atraviesa. Cuando, con el permiso de las ratas, bebes con tus manos de este agua tan pura, tu imaginación se escapa a esa cueva casi al alcance de tu mano y presiente larguísimos viajes cruzando cavernas, bóvedas cruzadas por rayos de sol, catedrales pétreas, milenarias, desconocidas, incólumes en un silencio total de galerías, lagos y laberintos que nadie ha visto pero que todos conocemos y presagiamos.

Crees que bebiendo te será dado el privilegio de alcanzar alguno de los secretos que ese agua conoce, por eso bebes y bebes hasta la saciedad. Pero  te vas de allí con otra sed aumentada, hasta el próximo día que  vuelvas a bajar para beber, que es lo mismo que preguntar, pero ni aun teniendo el agua en tus entrañas se te otorgará esa dádiva. Puedes beber cuanto quieras de estos ojos líquidos pero nunca podrás beber lo que han visto.

El modesto caudal se dirige al río pero antes, en el soto, acompaña a otras aguas que, a su vez, vienen por otro cauce llamado Arroyo de la Cueva.

Nunca sabremos lo que se cuentan entre ellas, lo que le cuentan al río.

...árboles para la vida...

Peñasgordas

Peñasgordas llamamos a un paraje agreste que te encuentras a medio kilómetro del pueblo en dirección a Segovia. Está formado por una zona de lastra que se labra como tierra de cereales y por un promontorio rocoso. Desde ambos lugares se domina visualmente un amplio horizonte en derredor y, sobre todo, las dos carreteras que llevan o alejan de la ciudad. También se domina el desfiladero que ha formado, con la paciencia de los astros, el humilde arroyo de Matamujeres a su paso discontinuo por este lugar.

En la contienda fraticida desatada en 1936, Madrona conoció la actividad, la tensión y el desgarro propios de una plaza importante en la retaguardia, en este caso del ejército sublevado. Oigo hablar de aquellos años y es como una destilación de dolor.

Algunas de las muchas casas requisadas por los mandos militares hacían las veces de cárceles destinadas a la reclusión de prisioneros republicanos. Con el alba los vecinos podían presenciar en sus calles el paso de formaciones de prisioneros a los que obligaban a cantar los himnos de sus captores, mientras les conducían a Peñasgordas.

En este lugar tan estratégico y tan hostil construyeron bajo los cañones de sus vigilantes una ciudadela de control y ataque -defensiva, dirán otros, en este tema ya se sabe...- integrada por trincheras, búnkers, puestos acorazados de ametralladoras y otras construcciones de guerra. Todo se hizo picando la roca, arrancándola a base de fuerza, la misma fuerza de la colosal piedra. Los prisioneros construían las trincheras desde las que se dispararía a sus propios compañeros.

A veces subo allí y el olor prehistórico de los tomillos que medran entre las yendas de la roca no atenúan un estremecimiento; un ahogo inseparable de la recreación imaginaria de tantos testimonios, de los relatos de quienes les tocó vivir aquella locura.

Son sólo unas huellas petrificadas e incontestables de aquellos años de ignominia y maldad. Un milésimo detalle del infierno.

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EL Simarrón

El Simarrón es un lugar que siempre nos ha dado mucho juego. De conversaciones, de excursiones y de fantasías. Cuando subíamos por el Cordel de las Tabladillas, cumplíamos con el ritual consistente en que, a mitad de la Lastra cogiéramos piedras, cuanto más grandes mejor, y las lanzáramos contra las lajas que asomaban en el camino para oír el sonido a hueco, el retumbar, el eco. Presentíamos la bóveda y su oquedad bajo nuestros pies. Era como sentarse sobre la clave de un arco catedralicio. Satisfecho el el oficio, continuábamos lastra arriba, hacia el Saltadero de Lobos, lugar que cruza este camino.

El Simarrón es uno de los parajes más atractivos, espectaculares y disfrutables que tiene nuestro término. Su superficie, que es lindera del Bosque de Riofrío, abarca también los términos de Navas de Riofrío y La Losa. Tiene zonas de monte, de soto, de pradera, de roquedal, de vega...cada una con la vegetación que le es propia pero abunda sobre todo la sabina, el roble y el fresno.

La zona más interesante es la formada por la garganta del Arroyo de la Cueva; no llega a ser un desfiladero porque es un paso más amplio y despejado. También tiene una pequeña vega, siempre fresca, donde crecen pastos, fresnos y zarzas. Por aquí transitaron, cuando los hubo, manadas de lobos que tenían en esta geografía su refugio. Ahora se multiplican los conejos, erizos y  reptiles, sin enemigos naturales de los que huir. Los zorros, abundantes hasta hace unos años,   también están desapareciendo por la acción del animal racional: envenenados por ingestión de bolas de falso alimento, o atrapados en  cepos que les procuran una muerte lenta y dolorosa, o sencillamente por disparos de escopeta. Demasiados enemigos para subsistir, por muy zorro que se sea.

En la pared norte medra un monte bien nutrido de sabinas, robles y encinas que prosperan aprovechándose de su orientación y contemplan con serenidad inmemorial la incesante vida que brota del espacio que tiene enfrente.

La pared que da al mediodía es toda ella una roca continua en la que el paso del tiempo ha labrado formas caprichosas de geometrías impensables. En sus huecos anidan las aves depredadoras comunes a los roquedales: águilas, halcones, alcotanes, milanos...y también grajos y otras avecillas de menor enjundia. En esta pared se encuentran las bocas de dos cuevas aun inexploradas. Nadie se ha adentrado en ellas porque ellas tampoco facilitan la misión: a una boca abovedada, alta y amplia, le siguen unos estrechamientos con unas retorceduras que disuaden al mejor y más voluntarioso explorador.

Todos intuimos y sabemos, por un acto de fe, que tras esas paredes existen enormes huecos, galerías y estancias bajo una bóveda de caliza de la que cuelgan estalactitas formando figuras sedimentarias que disparan la imaginación. Presentimos cursos de agua deslizándose entre columnas y arquerías, levantadas por gotas de agua partícula a partícula en una labor inmemorial. presentimos remansos de agua y lagunas cristalinas de silencio solidificado.

También nos gustaría que la enorme masa de roca se abriera y nos dejara libre el paso para descubrir su secreto milenario. Mientras esto llega, que parece que tarda, seguiremos llamando arrojándole a su tripa piedras-aldabón para sentir su eco de oquedad inmensa.

El Simarrón es ese lugar con el que todos hemos soñado como mejor escondite; como destino de una huida, como perfecta ubicación para el eremita e incluso para el monástico si monasterio hubiere. Allí la naturaleza es generosa en refugio y alimento: recuerda al paraje del Duratón donde san Frutos se instaló para llevar su distinta vida. Pero este lugar, cuya fisonomía nos invita a habitarlo, debe contar con argumentos muy serios y contundentes en contra de esa idea, a tenor de los resultados: allí no para nadie más de dos noches seguidas.

Gracias a estos argumentos, que presiento pero cuyo detalle no me interesa, el Simarrón se mantiene incólume y primigenio. Quienes lo amamos deseamos que así, tal y como nos fue dado, continúe por los siglos de los siglos, insondable en su misterio.

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El Hocino

Comprende este abrupto paraje una amplia zona que pertenece a dos términos municipales: Hontoria y Madrona. Abarca desde el muro del Real Bosque hasta las proximidades de la N-110. Gran parte de su superficie, la más alta y lindera al bosque, es cultivable. También nos encontramos tramos de monte bajo, tomillero. En las zonas elevadas se puede disfrutar de sus vistas panorámicas y de la atmósfera perfumada de olores a resinas de enebros, sabinas y tomillos.

La zona más  conocida de este paraje es el valle que serpentea el arroyo Matamujeres y en el que se construyó la antigua carretera nacional 110, Soria-Plasencia. Se dice que este tramo de carretera es "como una soga metida en una alforja". En este valle luchan por su supervivencia algunos grupos de fresnos acosados por los incendios que, casi con frecuencia anual, destruyen a muchos. También nos encontramos los restos de dos hornos de producción de cal, cuya actividad hace años que cesó. Están construidos en forma circular con piedra caliza fuerte y semienterrados. Para abastecer estos hornos de materia prima se recurría a los abundantes bancos de piedra caliza que colma los alrededores.

Me contó el Sr. Aurelio de la Puente, que fue el último trabajador de estos hornos, que este paraje fue en otro tiempo no lejano -a principios de siglo, tal vez- todo él monte de robles y encinas. A él se lo contó el tío Maruso, que conoció este bosque. Pero ahora, nuevamente, la orientación espacial de las paredes y laderas que acotan el valle, determina su flora y su fauna. Las que dan al mediodía o a poniente muestran una masa rocosa erosionada que sólo permite una vegetación de tomillos y alguna sabina valiente.. En algunas de estas laderas se han plantado bellotas de encina y de roble en 1999, por lo que aun están en su primera fase de un crecimiento lentísimo, cósmico, en relación con lo que tardan en desaparecer por un incendio.

Las laderas orientadas a Norte o Noroeste se están autorepoblando, también de forma muy lenta, de robles, sabinas y chaparros. A esta labor contribuyen en gran medida los grajos, con su costumbre de enterrar bellotas. Las esconden para tener despensa pero no siempre saben encontrarlas, con lo cual muchas de éstas germinan y crecen.

En la fauna de estos parajes abundan las aves depredadoras, zorros, conejos, grajos, reptiles y muchas clases de pájaros.

Una de las primeras historias que oí de El Hocino fue la de que muchas noches, cuando la guerra del 36, fusilaban aquí a grupos de prisioneros republicanos cuyos cadáveres aparecían abandonados en las cunetas a la mañana siguiente. El recuerdo de estos relatos, su escenificación imaginaria, se cosían a mi pensamiento cuando, a los trece años, volvía de estudiar con mi bici y su pequeño faro de dinamo, con la noche ya bien entrada.

Pasar por El Hocino en invierno a través de tantos juegos de sombras y oscuridades que mi faro alimentaba y movía, era morirse de miedo. Intentaba sosegarme porque en realidad las sombras eran de rocas altas y cardos crecidos que aun se mantenían en pie, pero también había otras que no sabía identificar y que nunca me paré comprobar su pertenencia. Se trataba de un miedo que, lejos de bloquearte, te activaba las piernas en un frenético pedalear con el fin de abandonar cuanto antes esa soga y esa alforja. Era una huida diaria a la que nunca me pude acostumbrar durante los dos años que yo solo, con mi bici y su faro, tuve que pasar por El Hocino.

En compañía, como sucedió después, todos sabemos que el tema miedo cambia completamente porque, si bien no desaparece, se disimula.

Hoy paso por aquí y disfruto de los encantos que me procura este paraje que cada año mejora en repoblación y belleza.

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Los Guateques

Me pide el cuerpo que defina nuestros guateques creados a finales de los años sesenta, y que prolongaron su existencia hasta bien avanzada la década de los setenta, como islas de libertad surgidas entre mares de atraso y mediocridad, en mitad de océanos de cutrez y desolación. Pero no es necesario tergiversar la verdad, ni siquiera disfrazarla. Los guateques, es verdad, sí tenían una parte de esas islas, pero tenían otra no menos importante de escondite, y otra del salón que todos queríamos para nuestras casas: equipos de música con grandes altavoces, muchos discos, mucha música. Y tenían otros componentes de fantasía, de expectativas y de lugar de encuentro sin el requisito de quedar, de actividad social. Pequeños mundos en los que cada cual acudía para encontrar la medicina que le conviniera, un simple pitillo, a veces, o a buscar también una mirada muy soñada, concreta, y decisiva entre la actividad de los muchos ojos allí congregados.

Para muchos fueron sobre todo refugios. Huíamos de Fernando Esteso, de Lola Flores, de Rocío Jurado, de Andrés Pajares, de Karina, de Manolo Escobar, de todas las canciones del verano; huíamos de Juan y Junior, de los cuarenta principales, del festival de Eurovisión, de Masiel, de toda la morralla que atronaba en las radios y televisores. Huíamos de las monsergas y prohibiciones de nuestras casas; del parte, de Franco y del respeto. Allí encontrábamos, con los altavoces a todo trapo, la terapia de unos ratos de sosiego y desahogo. Una liturgia colectiva y repetida como actos de desagravio frente a la agresión incesante de los ruidos atronadores de la España más cutre y atávica. A las letras en inglés de los que han sido los mejores grupos de rock del siglo (1), nosotros les poníamos nuestras letras imaginarias en ese idioma universal con el que se entienden las almas cuando se enamoran.

Timi Yuro

No es que fuéramos, o quisiéramos ser, hippies, no. Los hippies estaban a años luz de nuestra situación, aunque no de nuestra mente: no tenían que segar cebada, ni trillar en la era, ni sacar basura, ni coger yeros, ni siquiera presentarse a examenes... pero sí envidiábamos sus privilegios: ellos asistían a conciertos al aire libre, fumaban marihuana y disfrutaban del sexo mientras nosotros sólo contábamos con una sola opción: ayudar en casa, cada uno en sus cometidos: tareas del campo, bares, huertas, obras... y fumar a escondidas Antillana, rubio dulce si lo chupas. Envidiábamos lo que a nosotros nos llegaba como un atrevimiento de ruptura con la sociedad mercantilista y, por supuesto, seguíamos el gusto musical de esa corriente que nos metió en el cuerpo un rayo de luz.

Los guateques, además, ocupaban plantas bajas de casas antiguas, unas veces con pisos de baldosas de barro macizo y otras sin embaldosar, te acogían en verano con su oscuro frescor de adobe y humedad. En invierno con un frío de corrientes y goteras, pero ¿quién tiene frío a los dieciséis años...?. Allí acudíamos a experimentar múltiples sensaciones, entre ellas, la de que la música sonaba en exclusiva para nosotros, como un disparo que te acierta en el centro mismo de tu alma. Envueltos por la música y cuando no era demasiada la afluencia, también se desgranaban con toda facilidad conversaciones y tertulias en un ámbito de libertad y naturalidad que en aquella época sólo se conseguían allí. Al igual que para los chicos de ahora, también para nosotros la noche era aliada de nuestro ocio, y la utilizábamos y estirábamos cuanto podíamos los fines de semana. Sabíamos que no transgredíamos nada, ni tampoco nos creíamos mejores ni peores, sólo intentábamos seguir los eslogan que lucían en las paredes del Factory, como ese de ...sé tu mismo, no uno más..., haz el amor y no la guerra..., people for peace..., y otros parecidos que llenaban de colores los muros jalbegados de cal blanca.

Fuera, en la calle, nos esperaba un mundo con el que no nos identificábamos, una época situada en siglos anteriores donde todo estaba prohibido, un mundo duro, absurdo, incomprensible, desalentador, tomado por la furia y el ruido.

John Lee Hooker

Menos mal a los guateques.

Timi Yuro

 

Tina Turner & The Ikettes

1) The Crystals, The Ronnetes, Led Zeppelin, Rolling Stones, Creedence Clearwater Revival, Deep Purple, Jethro Tull, Beatles, Camel, Chicago, Rare Earth, Yes, Santana, Allman Brothers Band....eran algunos de los grupos que junto con los grandes solistas blancos y negros como Bob Dylan, Lennon, George Harrison, Percy Sledge, Donovan, Joe Cocker, Janis Joplin, Ray Charles, Ottis Reding, Paul Simon, Art Gafunkel, Donovan, Melanie, E. Presley, Eric Clapton, John Lee Hooker...y otros que harían la lista interminable (casi todos los que grabaron con la Tamla Motown y Atlantic) se escuchaban preferente y repetidamente en los mejores guateques. También se escuchaba a Serrat, Mari Trini, Miguel Ríos y algún otro hispano que se colaba (más que nada para dar gusto a otr@s...).

 

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El Rastrillo: abierto de sol a sol.

Evoco la palabra, el concepto o el nombre propio de Rastrillo y mi pensamiento se llena de todo el paraje que va desde las Eras del Mercado hasta el puente de la Farnesio en la misma valla del Real Bosque. Y no sé ya si ocurre como licencia narrativa o como un relé que salta deseoso de ampliar límites y expandir la extensión que abarca en los mapas porque este nombre inunda todo el espacio de esta vega, que puede ser de miniatura en su geografía pero ciclópea según la edad en la que la descubres.

El Rastrillo es un paraje singular emplazado entre dos lastras de piedra caliza, una rocosa y abrupta orientada a poniente, la otra más suave y ondulada orientada hacia el Este. Si se alza un poco la mirada hacia la montaña se adivinan estas lastras transformándose en dos brazos que nacen de la sierra, atraviesan el bosque y finalmente vienen a abrir sus manos a la existencia del pueblo. Un brazo, asentado sobre roca desnuda, es severo, nervudo y seco mientras que el otro se extiende sobre tierras de labor, representando la abundancia y la oportunidad de las cosechas. Por el valle que se forma entre ambos se tiende toda la vega del río Frío. En sus riberas medran ahora de forma anárquica fresnos, zarzas y álamos, creando pequeñas zonas de sombra selvática. Esta vega está jalonada con un camino a cada lado del cauce: dos caminos distintos que acompañan al río con idénticos destinos. El de arriba, más uniforme y de mayor altitud te lleva hasta la misma verja de la Puerta de Madrona y su nombre propio es "Camino del Real Bosque de Riofrío". El otro, más desigual y alegre, juega con el río, atraviesa prados y eras y conduce hasta la presa o, si cruzas el río, hasta las verjas del gran puente de granito y también posee nombre único: "Camino al Prado de río Frío". Todo en este escenario queda presidido por la majestuosidad imperturbable de la sierra de Guadarrama y la silueta de la Mujer Muerta en lo más alto del fondo, tras un segundo plano del Real Bosque, rebosante de un verde continuo lanzado por sus sabinas y encinares.

Puede que para un ajeno este territorio se limite a un paisaje atractivo y poco más. Sin embargo, para una gran parte de quienes lo hemos recorrido cientos y cientos de veces y de tantas maneras -a pie, en burro, a caballo, en bici, en carro, en tractor, en moto…. con nieve, con lluvia, con tormentas, con solanera…- es un lugar familiar, entrañable, pródigo en experiencias y recuerdos.

Según cada etapa o edad de la vida, así son las evocaciones y aquí, para situarnos, partimos de los años sesenta, años en blanco y negro en los que todo estaba prohibido, salvo lo que por ley se consentía, que era más bien nada.

Está esa edad en la que todavía no te dejan en casa (no me dejan en casa era una expresión muy empleada entonces) llevar pantalón largo pero, como ya comes pan con corteza, tus familiares permiten que te alejes un poco de tu casa con tus amigos de repión –peonza-, aunque la mayoría de sitios aun permanecen prohibidos; con esta edad, digo, el sobrepasar ese límite ya es un desafío lleno de alicientes. Deja uno la puerta de su casa y sale a conocer las calles y los alrededores del pueblo por primera vez, a conducir tus propios pies allí donde tu quieres ponerlos, de la mano de nadie… vas asimilando los juegos de volúmenes y formas nunca vistas y es entonces cuando una expectación nerviosa se apodera de tu alma, porque estás empezando a descubrir el mundo y no das abasto.

En las rondas posteriores que se repiten por las calles y alrededores ya cambia el propósito: ahora puede que se trate de un simple merodear, o puede consistir en la aspiración a ser un poco dueños de estos territorios y también de los secretos que guardan… o también puede que ese día toque recorrerlos con el fin de localizar sitios propicios para levantar casetas y escondites, conocer qué huertos tienen árboles frutales, calibrar la altura y dificultad de sus paredes, averiguar quién es el dueño y cómo las gasta…. En esta segunda fase de pantalones cortos tratábamos sobre todo de sacar partido de estas salidas y de aprovechar los recursos que te podía ofrecer cada paraje, cambiando mucho la situación según cómo y de quién te acompañes para rondar cada sitio: (cuidado con Tolís y sus propuestas de juegos en la tinada del Sotopalacio… cuidado con Rafa "Garrafa" y sus pitillos que tumban… cuidado con Nardín "Choto" y sus tratos con la bici… en fin, mucho cuidado siempre con las pandas de los más mayores… pero estas son historias dignas de repaso aparte…)

Luego tenemos la figura del caminar sin norte ni propósito, lo contrario de ir a tiro fijo, un simple vagabundear, a lo que salga, a ver qué pasa. Puede que debido a estas aficiones, a unos más y a otros menos, pero a bastantes se les ha prendido en la costra de su personalidad un gusto especial por lo errático, por la desorientación andarina consentida, propia de los que exhiben, para contrariedad de los que no pueden hacer lo mismo, una riqueza de tiempo muy envidiada por los convecinos más atareados, porque a ellos van dirigidas esas saetas cruzadas en las calles "... gente parada, malos pensamientos, … y no miro a nadie ....". En los pueblos a esta holganza nómada y desinhibida, se le llama "ir a perros" por aquello de no desperdiciar la ocasión de tirar cantos a perros, fueran quienes fueren sus dueños, porque había como una especie de consentimiento tácito respecto a esta costumbre, con sus excepciones, por supuesto. Así experimentábamos, entre otros placeres, el de ver cumplida en cada caso la teoría física que varios años después nos explicarían en el Instituto: la de hacer diana "tirando dos perros más adelante", regla de oro de esta actividad. Ahora puede parecer una salvajada, pero entonces estaba completamente justificado: los perros –y también los gatos-, que patrullaban a sus anchas por todas las partes del pueblo, si estaban "acanteados", por lo general tenían más miedo y se lo pensaban mejor antes de atacar o de hacer alguna tropelía de las muchas que se les ocurrían. Tenían ley a las personas, se mantenían a raya. Además, todo hay que decirlo, se sentía una especial satisfacción cuando, con sólo hacer el simple gesto de agacharse como a coger un canto del suelo, constatar que se cumplía la reacción esperada: el perro huía despavorido, emitiendo un aullido de pánico ya antes de sentir en su lomo el supuesto cantazo…. Eso es Ley. Ahora haces ese mismo ademán delante de un perro y piensa que va a recibir una golosina.

De estas primeras escapadas que hacíamos de pequeños, la del Rastrillo era de las que mejor se nos daba: no había peligros de carreteras, ni de perderse, en casa ponían pocas pegas y, además, para nosotros resultaba una de las más provechosas. La costumbre, a veces ya obsesión, de explorar el río y sus riberas desde las Eras del Mercado hasta el mismo puente, nos proporcionó múltiples novedades y entretenimientos, sobre todo el de descubrir las distintas fisonomías con las que aparecían caudal y cauce en cada temporada. En primavera acudíamos a contemplar las aguas abundantes y revoltosas del deshielo, las espumas de sus rizos, a ponderar sus corrientes y complacernos en descubrir remansos, bodones…, a arrojar palos náufragos con señales para ver cuáles se mantenían a flote y se hacían con un destino en aguas más amplias, a asombrarnos de cómo se tragaba la tierra las primeras aguas, haciéndolas desaparecer, como el Guadiana, por alguno de los huecos que, a modo de enormes y oscuras gargantas horadadas entre lajas de piedra caliza, las engullían precipitadamente como intentando calmar una sed que a nosotros nos parecía antigua e insaciable. Lo mismo ocurría con las últimas del estío: desaparecían un poco más abajo de la presa y caían entre los huecos de las amarillentas rocas calizas, desprendiendo ecos insondables de su unión con el fluir de los ríos subterráneos, corrientes que atraviesan galerías ocultas, inexploradas, próximas e inalcanzables al mismo tiempo, en sus resonancias indescifrables. Nos gustaba subir hasta la presa para asomarnos al bodón que había formado el caer de la corriente; contemplar su pequeño salto de agua pura y brillante que mansamente rebosaba el dique, jugando con los rayos de sol, emitiendo destellos y sonidos que se volvían cantarines. Todo como en una postal, una imagen de calendario con una extensión de goce del que todavía no éramos conscientes porque a esa edad se piensa que siempre y todo va a ser así, que todo esta dispuesto para que lo recibamos a borbotones, limpio e inagotable. Todo aparecía entonces a pequeña escala, todo comprensible y abarcable siempre…. Salvo cuando el río se ponía bruto por las crecidas. Entonces rugía enfurecido, formaba remolinos, desataba una fuerza inverosímil, se desbordaba e invadía prados y riberas, se volvía temible y peligroso, sin dar ocasión para bromas. Raro era el año que no tenía algún día de estos, casi siempre en época de deshielo. Pero lo habitual, por muy de realeza que sean los territorios que baña y atraviesa, era su carácter reposado de río elemental, sencillo y humilde, río que da de beber a gamos, ciervos, conejos y otros pacíficos pobladores que habitan en extrema placidez ese cuasi paraíso vegetal que es el Real Bosque.

Este río siempre fue uno de nuestros mejores juguetes. En los recreos de la escuela, construida en las proximidades, casi inmediata a su cauce, salíamos a las eras que se miran con el río y aprovechábamos también el tiempo de los recreos, esas sueltas bulliciosas de gritos y carreras, para dedicarlo a jugar en la ribera: hacer fuentes, puentes de arcilla sobre ellos (ahí estaban los de David López, imitados por todos), pescar renacuajos o simplemente vadearlo para experimentar las sensaciones de su roce con los pies descalzos, notar el beso de la corriente cálida de un río de nuestra edad…. Jugábamos, según los momentos, a cruzarlo por las pasarelas con el desafío de no mojarte, o también a ser valientes y atravesarlo por lo más hondo subidos en nuestros altos zancos, esas piernas descarnadas de gigante, obtenidas de las mejores ramas de los fresnos del soto, para conseguir el prodigio de pisar en seco sobre los charcos de las calles y caminos embarrados. Pero se trataba de unos lances que, de salirte mal, al estropicio de mojarte y enfangarte, había que añadir la penitencia de la paliza que tenías asegurada en casa… para que escarmientes, nos decían.

En primavera se nos presentaban más oportunidades de las que podíamos abastecer: jugábamos a los hinques en sus eras, itinerarios de descubrimientos de nidos… pero, más que nada y sin darnos cuenta, también a sentir ese raudal de vida en silenciosa agitación que es cualquier trozo de campo en esta época.

En verano mientras hubiera agua se practicaba la pesca. Pero hace más bulto la palabra que el contenido. Porque ésta era muy escasa si bien, para no volver de vacío, nunca nos han faltado ranas y renacuajos, aunque sólo fuera por entretener, y, hasta bien entrado el estío, también nos hemos bañado en la presa o en algún bodón. Igualmente, los nidos descubiertos y aprendidos en primavera había que atenderlos… al inicio del verano.

Recorrer su cauce rendido entre piedras y lastras suponía también un cierto poder recobrado sobre el mismo río que algún mes antes no nos dejaba ni arrimarnos pero que ahora, desnudo y sin defensas, se rinde humillado bajo nuestros pies. Sin embargo, nuestra intención nunca fue ofender al río. Buscábamos charcos residuales donde la fauna se apiñaba antes de morir: aun podíamos pescar, con una facilidad asombrosa, peces y ranas que habían quedado atrapados en esas últimas charcas sentenciados a una muerte inapelable.

En el otoño subíamos a recolectar moras, endrinas y unas bellotas muy gordas que, suspendidas en las ramas de las centenarias encinas, sobrepasaban la valla del monte. Pero el otoño aquí es muy severo y traicionero con sus vientos y sus fríos y aun estando a resguardo preferíamos otros lugares de los muchos que teníamos para jugar.

En invierno, como es natural, obteníamos menor provecho; tan solo localizar algunas balsas con suficiente grosor de capa de hielo como para aguantar las pasadas de un rudimentario patinaje a base de bota de segarra o bien entablar desafíos y apuestas por atravesar sobre su caudal helado por zonas en las que se podía quebrar la capa, con el riesgo de empaparte de agua helada hasta el corvejón, en el mejor de los casos…. y el consiguiente premio familiar que te esperaba en casa, de tramitación instantánea, una gratificación con la que seguro empezabas a entrar en calor.

Los chavales de hasta diez años…mediados los años sesenta, éramos los dueños y señores de estos parajes solitarios e inmaculados, que parecían no tener otro diseño y finalidad que la de hacernos la diversión algo fácil, asequible, simple y cotidiano.

Pero un poco antes, una vez sobrepasada la edad de ocho años empezábamos a oír de nuestros mayores cosas extrañas. Se nos decía "tu ya tienes uso de razón, hombre…", y con la aplicación de ese "uso de razón" ya te podías dar por perdido. A partir de ese momento, todo se complicaba y empeoraba de una forma ya irreversible. En realidad, lo que significaba haber alcanzado ese uso de razón no era otra cosa que un ingreso forzado en el mundo de las personas útiles, una condena a las aportaciones personales permanentes, sin derecho a rechistar ni a compensación. Decididamente todo iba a peor: por una parte, en casa te consideraban con suficiente entendimiento como para llevar a cabo tareas de mayores, pero la realidad era que en los círculos de juegos, en la plaza y en las salidas seguías siendo un insignificante zascandil, sin derecho a plaza propia en el frontón ni en ninguno de los juegos que se practicaban con las pandas de chicos mayores, los cuales seguían aprovechándose a su antojo de nuestra inferioridad, como lo hacía cada panda sobre cualquier otra peor situada en edad, dignidad y gobierno….

El caso es que a partir de ese momento, en nuestras casas ya se nos requería para hacer tareas auxiliares y recados que al principio eran más bien de poca monta: llevar las vacas u otros animales al prado, al pilón…, ir por ellos y traerlos al establo, ponerles de comer… para luego aplicársenos unas responsabilidades que jamás habíamos pedido. Y así es como empezábamos a participar del mundo de los mayores, recorriendo los caminos y los campos por mandato, con lo cual pasábamos, en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco, de exploradores aventureros a simples recaderos por cuenta ajena. Nadie sabía explicarnos cómo había podido ocurrir semejante desgracia que tanto perjudicaba nuestro existir. De esta forma tan prodigiosa, en una misma tarde podías pasar de jugar con el carretillo en la era a trabajar con él transportando sacos por encomienda de los mayores.

Ya estás hecho un hombre…se apresuraban a decirnos nuestros familiares al vernos pero, conociendo en qué consistía esa hechura, se nos ponía cara de bobo porque, una se nos iba y otra se nos venía, no sabíamos si reír o llorar.

Portadores de cestos

Una de las tareas con la que nos iniciamos en estos menesteres fue la de ayudar a nuestras madres y hermanas a llevar los cestos de mimbre colmados de ropa, precisamente hacia el Rastrillo. En el estío se veían obligadas a acudir a este paraje porque el agua no llegaba hasta los lavaderos del pueblo, como los de las Eras del Mercado (se sumergía por los tragaderos que mencioné antes), así que no había más remedio que lavar la ropa con jabón de cantero en los chorros y regatos inmediatos al mismo puente. Una vez llegados al lugar y resuelto el encargo, había dos posibilidades: una era que te adjudicaran otro mandado, en cuyo caso te podías dar por perdido, y otra que te dejaran libre hasta el final de las tareas del restriegue, aclarado y tendido al sol para volver a echar una mano con los cestos de ropa limpia y seca en la suave bajada hacia el pueblo. Este segundo caso, a todas luces mucho más ventajoso, contaba con un aliciente añadido de esos que te abrasa o te hielan casi en el mismo instante y del que luego, y eso sí que era un trago, habría que dar cuenta en el confesionario nada más y nada menos que ante el sumo sacerdote del pueblo (preguntad por sus nombres y características de los que nos tocó padecer en aquellos años y vuestra contestación tendréis)…si es que no querías vivir con el riesgo inminente, tangible, de ir derechito al infierno. Un vivir condenado aun sin juicio y, además, sin un posible defensor que salga a tu encuentro.

Pero estaba la otra cara de la historia. Con esa edad nosotros no comprendíamos ni por aproximación todo el valor y alcance de este negocio, pero viendo las caras de envidia y perplejidad de tus compañeros de panda o de los más mayores cuando te pedían que les contaras, llegando incluso a suplicar una descripción cuanto más amplia, minuciosa y lenta mejor, de lo que habías visto con tus propios ojos, acababas contagiado de ese fulgor recién instalado en sus rostros. Sólo por eso ya valía la pena. Tu asumías el papel de protagonista de una proeza, te convertías en un vencedor, en un descubridor de lo que para ellos, y ya también para nosotros, parecía ser un tesoro único e irrepetible. Eras el dueño y señor de una hazaña y eso, ante los mayores daba para mucho: para que te trataran mejor, para eximirte de sus abusos (canteas, hurtos de pelota, de repión, de chapas, de cromos, de hinques…, de expulsarte del frontón por las buenas o por las malas… de obedecer sin rechistar sus mandados...) para encontrarte con otros tantos privilegios, y todo sólo por un relato. Eso te resarcía del atraganto de la confesión, del terror y la zozobra de esa condena eterna, adjudicada automáticamente por el sólo hecho de haber entrado de pleno en una situación manifiesta de pecado mortal. Y aquí no te valía como atenuante el decir que había sido sin querer. Esta gran falta estaba clasificada, en el catálogo de pecados para niños de esa edad, como de los más mortales que podía haber entonces; así que esta calificación, añadida al no entender nada de nada sobre el castigo que se nos adjudicaba, nos da una idea del miedo proporcional que nos causaba el destino que tendríamos en las calderas de Pedro Botero sobre llamas perpetuas, que así era como se nos describía el premio. Bueno, pues aun así, compensaba. Ya lo creo que compensaba…

Y es que el gran pecado era éste: si andabas un poco fino y contabas con la suerte de tu parte, dos condiciones que se tenían que cumplir simultáneamente, puede que consiguieras ese preciado tesoro que consistía en la contemplación extática de unos pechos de mujer o de moza casadera. Mujeres que restregaban y sacudían la ropa sobre la tabla de lavar inclinadas hacia la corriente del agua, te ofrecían sin querer una obra gráfica y natural cuyo contenido estaba reservado exclusivamente para los casados o para los bebés, pero no para nosotros, cuya edad de destete quedaba ya muy atrás. Unos pechos, tal vez los primeros de tu vida consciente, blancos, generosos, inquietos en un balanceo insistente de dentro hacia fuera, oscilando como si pretendieran salir de su cubil para mostrarse y saludarte… un escote abierto de sol a sol, dos soles emitiendo un resplandor que nos abrasaba y, al mismo tiempo, nos hacía tiritar.

Hasta un poco después no comprenderíamos en toda su extensión ese interés de los más mayores en que, en secreto, les describiéramos repetidamente, despacio y con detalle, nuestra visión. Bajo los arcos de aquel puente todo sucedía acompañado de una armonía de fondo compuesta por los sonidos que emite la ropa al golpear el agua o las tablas de lavar o las piedras, pero sobre todo por las animadas conversaciones entre lavanderas, de los gritos y risas de quienes no han reparado, por el momento, en la mirada escondida del furtivo y avezado cazador de imágenes prohibidas.

Pocas veces se experimentan glorias tan intensas… .

Pero había más. Si se daban también las dos condiciones anteriores, si habías conseguido esas imágenes, muy probablemente también consiguieras, en el mismo lote, lo cual era ya el súmmun, las de otras zonas ocultas de una anatomía femenina apreciada e igualmente prohibida: las nalgas al descubierto de estas mismas chicas, también en movimientos de arremetida de ida y vuelta contra los frentes y los topes de los banquillos. Sin embargo, las descripciones de estas imágenes cotizaban menos que las anteriores en los corrillos de intercambio. La visión de los muslos de nuestras mozas, arrodilladas sobre su banquillo de madera mientras se inclinan hacia la corriente jabonosa en la que sumergen sus telas…. Un delante y un detrás para llevarte a un solo y mismo infierno. Al igual que cuando espiábamos a las parejas de novios en sus paseos amorosos, o a las chicas cuando se ponían el bañador tras las zarzas para bañarse en los bodones del soto, sabíamos que cometíamos un pecado gordísimo si bien debería pasar algún tiempo para que comprendiéramos los motivos de la prohibición de estas colecciones de imágenes, con la de juego que daban…

Pero claro, se necesitaba aplicar un arte, una maña para andar fino porque era imprescindible evitar a toda costa el embelesarse con la primera visión, no quedarse boquiabierto, alelado como cualquier tonto de baba que se deja notar a un kilómetro. Porque no faltaba el lelo que lo echaba todo a perder –por eso mejor solo que mal acompañado en estos lances- por quedarse deslumbrado y sin reacción a la primera de cambio, como petrificado por una visión que, al mismo tiempo que te anticipaba el cielo te condenaba al infierno para siempre... o, en otro caso, también por querer abusar del tiempo de contemplación, lo cual te delataba de tal modo que se acababa el pastel de forma radical, fulgurante y además, las mozas lavanderas te sacaban los colores con sus comentarios a grito pelado mientras se daban codazos de aviso entre ellas "¡¡…habráse visto niños tan sinvergüenzas…!". Para evitar esto había muchos trucos y recursos. ¡ Cómo no iba a haberlos!. Uno de los que practicábamos era el de pasarnos al interior del monte, algo también muy prohibido, y con castigo si llegara el caso, y establecer el observatorio al final del ojo del puente pero desde la otra punta de la pila que sostiene a la bóveda. Otro era subirnos a la verja oscilante y hacer como que jugábamos a columpiarnos como simples niños creando de la nada su propio parque infantil… Por la proximidad de la celestial visión, este era el truco más provechoso, aunque al mismo tiempo y por el mismo motivo, más arriesgado porque enseguida las mujeres, madres o mozas, nos echaban de ahí a gritos, alegando que nos íbamos a partir las piernas con la verja, o que les revolvíamos el agua… sin sospechar hasta qué punto los únicos verdaderamente revueltos éramos nosotros mismos. Había que andar muy fino, sí. Había que emplear las artes de la fugacidad, la levedad del ser, la sabia elección de un buen escondite… y sobre todo el silencio, no toser, no hablar, no pisar ramas ni hojas… en una palabra, hacerse invisible… eso era lo primordial.

Después venía la otra parte en la que los chicos más mayores o más espabilados nos hacían preguntas para que se lo explicáramos despacio y bien. Y notábamos en las expresiones de nuestra audiencia una graduación instantánea del valor que daban a cada parte del relato según los nombres propios que en él aparecieran. Por lo tanto, esto era comparable a las colecciones de cromos: los mejores siempre son más escasos o a la inversa y su cotización se dispara. Lo mismo ocurría aquí con estos cromos formados con las sílabas que pronunciaban nuestros ojos.

Por eso me acuerdo de quienes alcanzaban las cotas de mayor valor. Y entre éstas, hubo un caso especial que superó todas las marcas, las superó y mantuvo durante bastante tiempo. Fue precisamente la sobrina de un cura, pero no un cura cualquiera porque a éste le cupo el honor de haber alcanzado varios record en soltar yesca variada: capones, bofetadas, broncas y descaros a cualquiera que se encontrara en "su" camino. Sin embargo su sobrina -a cuyos padres nunca vimos. -, de nombre luminoso y divino, por su hermosura estaba sobradamente a la altura de tan prodigioso nombre. Por ser tan agraciada y tener tanto seguidor, se puede decir que marcó una época en este lugar. Cualquier otra noticia o información sobre ella alcanzaba un valor considerable, aunque un valor de cambio muy perecedero, de ahí nuestra avidez por la captación estos tesoros tan fáciles de esconder.

Pasado el tiempo de recaderos subíamos el escalafón para asumir de forma obligada otros cometidos muy distintos, de más sudor y lágrimas y ya cada tiempo que venía hacía mejor al anterior hasta que pudimos romper este círculo vicioso a la edad de... no sé… , si es que acaso ¿lo hemos roto... ?.

Pana roja y marrón

Pero estos, con ser grandiosos episodios, no eran tampoco los únicos alicientes que nos procuraba El Rastrillo. Contábamos con otro aliciente muy principal. Si la llamada del pecado siempre ha sido poderosa, tampoco es manca la llamada de lo prohibido: en el caso que nos ocupa, el Real Bosque como territorio del Patrimonio Nacional, defendido y guardado día y noche por guardas escopeteros con demasiada facilidades para tirar de gatillo. Este gran bosque donde cazaba ciervos y gamos un señor a veces innombrado al que muchos mayores tenían mucho respeto (¿respeto es la palabra…?), un territorio protegido por señores con escopeta y traje con gorra de pana roja y marrón que no dudarían en disparar (así nos lo advertían nuestros padres) a cualquier cosa que se moviera y que no fueran ciervos o gamos dentro del bosque.

Me acuerdo del guarda de la Puerta de Madrona Martín, y su mujer, Bea, siempre hermosa y sonriente. Eran amigos de mis padres y buena gente, pero Martín gastaba muy malas pulgas; no se sabía bien dónde terminaba el traje de guarda y dónde empezaba la piel de Martín (un defecto muy extendido entre quienes visten uniformes). De ojos vivaces, alardeaba de su papel de guarda y de lo bien engrasada que mantenía su escopeta, lo cual, como era de esperar, hacía más interesante el traspasar la valla del Real Bosque. Internarnos furtivamente en el monte pasando a través de las verjas del puente El Rastrillo constituía en sí mismo una aventura con varios riesgos de enjundia: te podían descubrir los guardas, siempre de ronda por las veredas, incluso a deshoras y llegar a dispararte con sus escopetas; te podías perder en el bosque, al que ahora le falta la numerosa población de álamos negros, perdidos todos por la grafiosis; y finalmente, si te pasaba algo, siempre estabas en territorio prohibido, propiedad del innombrado que ganó una guerra…. El asunto no podía reunir mayor interés, así que, bien colándonos por la verja oscilante –lo más sencillo y discreto- o saltándonos por la enorme pared de piedra caliza, penetrábamos en este lugar lleno de sonidos de aves y mamíferos propios de cuentos de hadas y que estaban reservados a los reyes (y a los guardas). Pero, además de la contemplación, entrábamos a buscar cornamentas de ciervos y gamos, por si no fuera poco delito una cosa, sumábamos el robo, ya para ir a la cárcel directamente.

Normalmente seguíamos el curso del río Frío desde El Rastrillo haca arriba. En su cauce se encontraban a menudo ciervos muertos que aun no habían sido descubiertos por los guardas y, por lo tanto, aun conservaban sus cornamentas. Las incursiones no solían durar demasiado tiempo para no abusar de una cierta buena suerte que parecíamos tener. Luego, ya más mayores, averiguaríamos mejores sitios para entrar y disfrutar de este espacio maravilloso de olores a tomillos, sabinas y verdes nacidos de las mismas entrañas de las rocas. Y es que es norma universal que no hay nada mejor que se prohiba algo para añadir más alicientes en el empeño de hacerse con ello.

Un día, después de varios años de Servicio en la Puerta de Madrona, Martín cambió de puerta y le sustituyó Bernabé y su familia numerosa, entre los que estaban sus hijos Gaspar (al que apodamos Gamo), que era el mayor, y su hermana, la guapa Florencia, que también tuvo su buena cotización. Les seguían otros tres o cuatro hermanos a los que se les adjudicó el mote genérico de "Gamines". Bernabé, bonachón y tranquilo, nunca tuvo ningún altercado con nadie del pueblo, no infundía ningún miedo y las cosas fueron mucho mejor. Fue el último guarda que habitó la casa de la Puerta de Madrona. Con su marcha se condenó esta entrada y también un derecho de los habitantes de este pueblo, un derecho de paso al monte de Riofrío que nació con la misma valla del bosque. En los barrotes de hierro macizo de sus puertas todavía cuelgan dos letreros de madera pintados de blanco con letras negras que advierten:

PROHIBIDO TERMINANTEMENTE SALIR DE LA CARRETERA, BAJO MULTA DE 25 PESETAS

Y a su derecha este otro, que para mí siempre ha sido y será el cartel más bonito del mundo:

`ABIERTO de SOL a SOL´

Fernando Ayuso Cañas. Abril 2002.

... árboles para la vida...

Los Cerros de la Paja y del Trigo

La cualidad de inexplicables de estas colinas originó una leyenda destinada a atenuar la rareza de su existencia. La conocida leyenda, tan antigua como popular, se resume en el castigo caído sobre un rico avariento, incapaz de dar una simple limosna a un pordiosero que a la postre resultó ser el mismo Dios camuflado en ese disfraz. Debido a este fatal despiste del rico, su cúmulo de cosechas, sus dos enormes montones, uno de grano y otro de paja, quedaron convertidos irreversiblemente en simple barro y roca. Así termina el relato que ejemplifica lo que puede acaecerles a los ricos avarientos inmunes a la compasión y a la caridad.

Esta es la primera parte de la leyenda. La segunda no ha tenido tanta fortuna en su difusión. Por eso desde aquí quiero darle un repaso, aunque sea de forma muy resumida. Se cuenta que a partir aquel momento, los ricos de la comarca - todos avarientos porque lo uno conlleva inseparablemente lo otro, ya que forma parte indisoluble de una misma condición - tomaron nota de la lección y tras sus respectivas congregaciones, convinieron de forma tácita en que nunca más se exhibirían al aire libre, a la vista de cualquiera, aquellas riquezas que por su naturaleza pudieran llamar la atención del necesitado o del envidioso. Se preocuparon de que quedaran bien claras las diferencias y distancias entre quiénes son ricos auténticos y entre quienes sólo son pobres con dinero. A estos últimos, determinaron, le conoceréis por sus abundantes defectos, entre los cuales destaca precisamente aquél que menos se pueden reprimir: esa tendencia irrefrenable a la ostentación y a la vanagloria, amparados en una ignorancia sólo comparable con su fatuidad. Y desde entonces por estas tierras, gracias a estas historias, ya se distingue con cierta facilidad entre unos y otros.

Salgo de paseo -ir a andar, decimos aquí- con mi pade, tomamos una ruta hacia el noroeste y enseguida estamos en el camino de Torredondo. ¿Por qué este camino?. No lo sabemos; no hemos acordado de antemano nada al respecto. Es como si el camino nos hubiera elegido a nosotros sin encontrar por nuestra parte ningún tipo de resistencia. Sucede a menudo y nos da igual. Comprobamos que tenemos en el horizonte los Cerros de la Paja y del Trigo y con eso sabemos que estamos donde tiene que ser.

Mi padre está bastante mal de la vista pero este sol profundo e intratable, derramando su infinidad de luz por el campo, le ayuda a ver detalles que me hacen sospechar de su enfermedad. ¿Ve o no... ?. Sé a ciencia cierta que se vale con dificultad dentro de las casas, en las ciudades, en los interiores..., pero este campo tan abierto y luminoso parece activarle algún resorte desconocido para los médicos: él me señala lindes, cerros, cotos, árboles, matices de color y detalles que yo mismo, con buena vista, tardo en descubrir... y sin tocar la tierra me informa de su grado de dureza, de humedad, de si está más suelta o más apretada... . Me hace pensar que este cúmulo de datos los obtiene a través de otros sentidos, o también que pueda deberse a una peculiar comunicación con la tierra, independizada ya de lo tangible, no sé si misteriosa o no pero, en cualquier caso, inabarcable para mi.

En las conversaciones, mi padre tiene el don de dosificar las palabras para no aturdir, para no imponer. Si tu no le preguntas siempre dará bastante menos información de la que tiene, pero si le preguntas satisface tu curiosidad de una forma exacta: ni una palabra de más y ni una de menos. Me recuerda, como también me ocurre con muchos conocidos de Madrona, a esos castellanos que describe Delibes: recios, austeros, troquelados por una geografía concebida sólo para titanes. Así que, al paso, vamos hablando de varios temas aunque él no deja de observar los dos lados del camino como si en cada momento estuvieran produciéndose acontecimientos únicos en las tierras de labor que jalonan esta senda. El camino, por su parte, se deja andar y parece salir sólo al reencuentro de nuestros pasos.

Sobrepasado el cerro de la Cuesta Blanca enseguida se percata de una silueta recortada en este horizonte de campos abiertos y cielos altos, con algo sobre el hombro, una herramienta ha de ser, en el centro mismo de un paraje conocido como Los Abonales. Me da cuenta de ello y le anticipo el acertijo de quien puede ser, para que vea que yo también controlo.

- No es ninguno de ellos. Es Frutos.

- Ninguno de los que has dicho tiene tierras aquí. Y el único que lleva el azadón de esa manera es Frutos.

Efectivamente, es su primo Frutos de la Calle, vecino de su mismo barrio desde niños que, siguiendo su costumbre, ha salido a quitar ballicos de alguna tierra, sin descartar esta actividad como mera excusa para estar en el campo . Al poco de acabar los saludos entablan una conversación. Enseguida me doy cuenta de que no es una conversación; es La Conversación. La única que han tenido toda la vida: la que trata sobre las tierras, los ciclos de las cosechas y las labores, como si se tratara un tronco de árbol del que parten múltiples ramas con infinitas hojas. Y no sólo ramas sino también los seres que a ellas acuden: pájaros, insectos, polen... El campo, la labor, la historia del pueblo, todos los vecinos; todos sus episodios familiares con las yuntas, con las máquinas; las estaciones, todas las anécdotas, los errores y los aciertos, los nacimientos y las muertes, los árboles genealógicos, las compras y las ventas, las fanegas de cereales y sus múltiples cálculos... todo va pasando por ese diálogo sencillo y continuo que brota siempre sobre las tierras, como si bebieran de un manantial que no acaba de calmar su sed. Las tierras y el término del pueblo son el mantel de la mesa donde posan los demás objetos que se servirán en esta copiosa y variada comida que es su conversación, y son sus porfías. Han sabido construir un universo a su medida y por él transitan como aventajados pilotos; en él se desenvuelven por medio de códigos, como los trilleros de Cantalejo, sólo asequibles a los del gremio de su generación.

A cualquier oyente excluido de ese universo parécele que hablan de las tierras como si se tratara de mujeres y de sus cualidades: sin son ásperas o suaves, generosas o egoístas, ardientes o sosas; si son hondas o someras, sus proporciones de arena y arcilla, sus preferencias sobre simientes; la forma en que germinan las semillas por ellos derramadas, si se prestan a una buena labor o más bien son de las de poner pegas o requisitos, la forma de ofrecer las cosechas, sus valles y curvas... Porfían sobre las cosechas como recompensas a su buen entender sobre esta materia y su buen hacer, su esfuerzo constante; y a mi se me antojan, mientras les oigo atentamente, que se conducen como unos jeques describiendo sus incomparables harenes, que en este caso no son sino un puñado de tierras de labor en donde les han salido los dientes y en las que desde entonces habitan su almas.

Hay un momento en el que intervengo yo, poniéndome de su parte, como para darles más mérito a sus conquistas... y digo muy convencido que este clima de Segovia es tan extremo que resulta cruel, intratable, desesperante... pero constato simultáneamente que se me quedan mirando de forma un tanto extraña y su silencio sólido me de un aviso de precaución, por que es como si me hubiera atrevido a cambiar el tema de la conversación y les noto unas ganas reprimidas de decirme pero hombre que en eso ya no nos andamos.... y al poco tiempo percibo que mi intervención ha resultado lo mismo que si acabara de describir el hielo a un grupo de esquimales...

Antes de llegar al caserío de Torredondo con su carterona repleta de correspondencia, varias mujeres salían al camino, ávidas de noticias sobre sus hijos y parientes, a recibir al cartero pero también para advertirle de que no se acercara, porque los mastines estaban sueltos y no podían hacer carrera de ellos; ladraban como si fueran a comerse el mundo y desafiaban a cualquier desconocido para hacerlo trizas con esos grandes colmillos babeando su rabia.

- ¡Tira las cartas y vuélvete, corre...!, -le gritaban desde lejos las mujeres desde el cerro que visualmente se antepone y oculta al caserío, porque sabían con total certeza que, si continuaba acercándose, el burro se espantaría y lo primero que hace un burro cuando se espanta es desprenderse de forma violenta de su, en este caso, menguado jinete, el cual acabará estampándose de mala manera contra el suelo, como ya había ocurrido otras veces... Así que mi padre arrojaba las cartas y los periódicos a las tierras -siempre las tierras- y emprendía el camino de regreso, prácticamente huyendo, hasta la mañana siguiente, en la que se repetiría la misma historia.

Había en Madrona, en ese tiempo, sólo dos aparatos de radio. Uno pertenecía al médico D. Luis Higuera y el otro al secretario D. Eleuterio Ayuso, conocido también por su mote "El Tío Cabezota", de ahí que tanto en el pueblo como en sus anejos y caseríos, se recibieran muchos ejemplares del periódico y mucha correspondencia como instrumentos habituales de comunicación. A los su generación les tocó ser testigos de grandes acontecimientos y cambios en el devenir de unas formas de vida tan extremas que les convirtieron en supervivientes.

Yo continúo solo el camino al encuentro de mis propios recuerdos y me alegro, de forma totalmente egoísta, claro, de pertenecer a otra generación, de no haber vivido aquellos tiempos, de no ser ningún forzado superviviente. Y mucho menos de aquel disparate de la guerra civil, la postguerra, el hambre, la ignorancia... la anulación absoluta de la dignidad de las personas humildes.

Los de mi generación hemos recorrido este camino muchas veces pero, al contrario que para nuestros padres, casi todas ellas festivas. Salvo para algunos, no muchos, que todavía llegaron a tiempo de segar algunos panes... de acarrear hacinas o de espigar algunas rastrojeras, según los casos.

Torredondo es el primer pueblo al que se iba de fiesta cuando uno dejaba ya los pantalones cortos. Después serían los demás pueblos que circundan el nuestro, pero aquí acudíamos sin mediar permiso de nadie, prácticamente escapados, lo que añadía riesgo a la aventura. Allí, frente al Teleclub/Bar tropezando con los cantos que asomaban en el piso, ensayamos nuestros primeros pasodobles, que para nosotros eran como de exportación, intentando acompasar, con escaso acierto, nuestros movimientos con la música. Fueron las fiestas más humildes de toda España, las más entrañables y en las que más nos hemos divertido. Todo se daba en una medida abarcable, como hecha a escala humana y seguramente para las pandas de los más mayores esta fiesta se les quedara un poco escasa de gente y oportunidades. Puede ser. Pero allí cada uno sabía de forma casi exacta a lo que iba y lo que se encontraría. Y aun así, allí acudíamos imantados y en tropel.

Para celebrar esa noche de san Bartolomé, podías viajar, si andabas listo, subido en el remolque de un tractor. Alguno de los más mayores, es decir alguien ya con más "edad, dignidad y gobierno", tenía en su casa autoridad suficiente como para sacar el tractor para estos fines, tan alejados por otra parte de las ideas y cometidos que motivaron su diseño. A propósito: ¿Alguien ha visto alguna vez un tractor tirando de un remolque colmado de chicos con destino a una fiesta patronal... ?. ¿Cómo describir aquella algarabía, las caras a la luz de la luna de agosto, las carcajadas resonando en la noche de los campos, las gargantas resecas por la nube polvo fino y blanco del camino...? Nuestro destino sólo era Torredondo pero en esas circunstancias no nos hubiera importado llegar al fin del mundo. El regreso era casi de amanecida y las condiciones en las que volvíamos son para ti, inteligente lector, de fácil suposición.

A los pies de los montones de trigo y de paja, bajo una claridad lunar, hemos vivido algunos episodios reales. Uno de ellos fue el de aquella huida de un melonar bajo disparos de una escopeta repetidora. Había costumbre de saborear alguna de las deliciosas sandías que dan las tierras de Torredondo con fama acreditada de ser de lo mejorcito de la comarca. Pero esa noche se nos atragantaron a cuatro de nosotros. Además, en aquella ocasión no esperamos al tractor para que nos llevara a casa: volvimos a mil por hora levantando una polvareda más propia de una película del oeste que de cuatro chicos que huyen despavoridos bajo los estampidos de una escopeta cercana...

Otro episodio de los reales ocurrió con un "número" de la guardia civil de entonces. Volvíamos a casa a paso quedo, prácticamente rendidos por el cansancio, cuando oímos que alguien se acerca corriendo por el camino hacia nosotros. Allí mismo nos echó el alto con no sé cuántas amenazas apuntándonos con "su arma reglamentaria", mientras los nervios y el sofoco no le dejaban controlar la situación. Yo me acerqué -no sé de donde saqué la valentía para hacer eso, tal vez se debiera a que era de los más mayores, o tal vez sobrios del grupo...- mientras me apuntaba con la pistola y le recomendé que la guardara en su sitio, no fuera a disparársele sin querer.... llegué, con toda la cautela y la calma del mundo, a presionar con el índice el metal que vibraba en su mano, y me hizo caso. Después hablamos largo y tendido, mientras el grupo permanecía en silencio a un lado, algunos ya sentados en los cerros que forman las roderas del camino. Entre los ajigolones causados por la carrera que se había echado para alcanzarnos, le entendimos que habíamos molestado a unas chicas:

- ¿Todo este grupo que somos...?

- No, todos no, pero los que han sido están aquí.

- Ojalá, -le contesté- si ni siquiera nos dejan acercarnos... para molestarlas un poco....

- Yo también he sido joven... , dijo, y ahí encontró una oportunidad al parecer muy deseada para desahogarse con una conversación más útil para él que para su derrotado auditorio. Cuando acabó su balsámica confesión nos fuimos cada uno a nuestro destino con el apunte de una nueva amistad... que tal vez nos fuera de provecho para futuras ocasiones, nunca se sabe.

Y luego están los no vividos, o mejor, los vividos sólo con la mente; los soñados, los añorados en las brumas de la intimidad... acudíamos a esas fiestas, como cualquier adolescente cuando va de fiesta, cada cual con su catálogo de fantasías y anhelos muy perfilados durante la semana de vísperas, con las esperanzas sobre algo que no sabíamos muy bien cómo se podría concretar, porque no sabíamos cómo se podrían concretar en la realidad estos universos mentales, si era por suerte, por conocimiento, tal vez por habilidad..., no sabíamos pero queríamos, ignorando la utopía de semejante empeño, dirigir el azar a nuestro favor, aunque fuera sólo un poco.... . Al final, de concreto, de palpable, no había absolutamente nada. Todo lo más, la diminuta cosecha de alguna mirada un poco más especial; miradas que nos parecía haber percibido pero que, en cualquier caso, pasarían al mundo de los secretos mejor guardados, con el único fin de atesorar algo que nos sirviera de sustento a nuestras utopías, a los sueños que alivian nuestras hueras jornadas de pura monotonía.

Aun así, algunos de nosotros continuamos acudiendo a la cita muchos años después, como por una suerte de compromiso tácito de prolongar los contenidos de una edad que ya no nos pertenece, en ese escenario tan elemental y tan especial, en un campo tan abierto que los sueños se vuelven, como el tiempo, imposibles de amarrar.

Después hemos recorrido estos caminos en bici, hemos revisitado, ya si incidencias, los melonares, los prados, los bodones del río Milanillos... siempre como si se tratara de episodios habituales, casi familiares. Ahora recreo en mi vista, aquellas experiencias tan jugosas como ,fueron las de escalar con la moto, aquella Montesa enduro roja, las laderas empinadas de los montones. Se convirtió en un ritual el alcanzar la cima de los Cerros del Trigo y de Paja, parar el motor y conceder un tiempo largo al silencio para degustar, sentado y con la sola compañía de los insectos y reptiles, un cigarrillo de esos que no quieres que se acabe nunca, mientras te abandonas a las evocaciones y añoranzas más íntimas, preguntándose uno mismo dónde fueron a parar aquellas emociones o también, haciendo caso al sabio, pasar de muchas preguntas porque tal vez no se necesiten tantas respuestas; contemplando desde esa privilegiada atalaya los horizontes más limpios e infinitos, las puestas de sol, los juegos de colores... lo que ningún pintor puede plasmar.

A veces, al bajar me encontraba a Aureliano, vecino de Torredondo, con la palma de la mano prolongando su boina, haciendo visera sobre su frente para seguir todas las cabriolas que, voluntarias o sobrevenidas, hacía por las laderas. Al pasar a su lado, despacio para hacerle un gesto de saludo con mi mano, todavía le oía decir:

- Este jodío chico de Lauro, se va a matar ...

Y no me paraba porque sabía que regañaría, aunque con cariño, echándome en cara lo que le hacía sufrir porque parecía que en cualquier momento rodaría ladera abajo... .

Ahora me gustaría subir, aunque fuera a pie, como en algún san Bartolomé lejano subiéramos a ver amanecer, pero eso me llevaría ahora mucho tiempo y prefiero aplazarlo para otra ocasión que ya buscaré.

Al poco tiempo de volver sobre mis pasos diviso los dos perfiles recortados sobre el verde primaveral de los cereales. Gesticulan y levantan los brazos señalando cerros o valles. Cuando llego compruebo que no han notado mi falta, o si la han notado no han hecho ni caso. ¿De qué hablan ahora? Ahora están desgranando un filón inagotable de conversación: lo que para el pueblo ha supuesto la concentración parcelaria, acabada de estrenar. Conocen sobradamente a los propietarios de las pequeñas parcelas anteriores a la concentración y conocen también todos los polígonos, propietarios y parcelas resultantes. Es como si se hubieran preparado para una cátedra que ahora ejercen con soltura y precisión, sobre una materia a la que no se puede renunciar.

Y aquí los temas se han multiplicado: todos se han beneficiado de una manera u otra, pero ellos desgranan los matices de cada cual. Intento seguirles en un maremagnum en el que se suceden cifras y datos que cambian según el momento del que se hable, si antes de la concentración o después, sobre medidas de capacidad, como son las fanegas y medias fanegas empleadas para medir el contenido de los sacos; de superficie como son las obradas antes de la concentración parcelaria, y hectáreas, áreas y centiáreas después, y también kilos porque de arrobas ya hablaron sus padres y ellos, aunque saben manejar esta unidad, prefieren los kilos con los que imaginariamente llenan carros y remolques, trojes y paneras.

Y mientras ellos se adentran en mares de espigas y cosechas, yo vuelvo mi cabeza por ver si siguen ahí los montones, iconos ya de nuestra conciencia. El mirar los horizontes de nuestro alrededor es algo instintivo entre las gentes de aquí. Miramos porque tenemos nuestras referencias espaciales metidas en la médula. Resultaría apocalíptico el que en una de estas comprobaciones automáticas, instintivas, no viéramos a cada momento nuestra torre, las manchas verdes de nuestros sotos, nuestras lastras, el Cerro de las Viñas, nuestros montones de Paja y de Trigo, nuestra Cuesta Arnal o la perspectiva del Real Bosque con el Palacio de Riofrío devolviéndonos su mirada en rosa. Necesitamos a cada momento constatar nuestra propia alma. ¡Qué sería de nosotros si le faltaran estos iconos a nuestro pueblo!...

En una de estas miradas atrás, aparece un remolino de aire, un tornado de juguete que se enreda y juega con la arena del camino, haciendo un cucurucho centrípeto de chinas y polvo blanco que se aleja hacia Torredondo. Una bruja, le llamábamos de pequeños. Y el pensamiento me lleva a elucubrar sobre los duendes y brujas como ésta que juegan con nuestros recuerdos, vivencias y ansiedades depositados entre las piedras y las arenas de este camino. Juegan y juegan y cuando no se ponen de acuerdo su discusión se plasma en un cucurucho móvil de historias vivas que nunca se llevará el viento porque quedaron destinadas, quién sabe por quién, a girar en su vórtice alrededor de sí mismas por los siglos de los siglos.

Fernando Ayuso Cañas (Madrona, últimos días del S.XX)

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El Soportal

Desde un punto de vista social, el soportal es una de las soluciones más inteligentes de la arquitectura. Inteligente en su sentido estricto, es decir, como una creación que repercute directamente en beneficio de una multiplicidad de usuarios sin ningún tipo de distinción. Esta circunstancia ha tenido como consecuencia la de que a través de la historia hayan recurrido a esta construcción, aunque con desigual frecuencia, todas y cada una de las culturas, desde las más antiguas y lejanas, hasta las más modernas y en especial por sus religiones (recordemos esa parte del Erecteión en la Acrópolis de Atenas, que muestra las hermosas Cariátides, esculturas de mujer que soportan la parte superior del edificio). La cristiana en nuestro país los convirtió en arte para sus templos y los elevó a una belleza todavía no superada en basílicas, catedrales y otros edificios.

Estos pórticos a manera de claustros que tienen algunos edificios o manzanas de casas en sus fachadas y delante de las puertas y tiendas que hay en ellas: “los soportales de la plaza...” como les define el diccionario, trascienden a las construcciones populares porque los particulares conocen bien el beneficio de sus virtudes, y aprovechan la ocasión para dotar a sus edificios de un elemento de sólida ornamentación.

La arquitectura civil adapta con total acierto esta solución arquitectónica y la incorpora a sus edificios, calles y plazas más importantes. Castilla, Castilla la Ancha, es tal vez la zona que atesora mayor variedad y profusión de este elemento arquitectónico, por lo cual constituye un patrimonio y una riqueza sin parangón. Los descubridores y emigrantes de esta región lo supieron trasladar al nuevo continente a la hora de fundar nuevas ciudades y esta es una de las herencias más sabias de nuestra cultura. Si nos fijamos en los de la ciudad de La Habana, construidos en la época colonial, enseguida veremos la magnitud del empeño y de la belleza que alcanzaron. Algunos parecen competir con los atrios catedralicios y todos son un espectáculo en si mismos. Sobrecogedores. Lástima que no atraviesen, como nada allí, un tiempo no ya bueno sino normal... (qué pena, verles ahora desconchados, humillados, a la deriva, como los edificios que sustentan...).

Todas las ciudades de Castilla, incluidas las que no son capitales de provincia, (Medina del Campo, Arévalo, Burgo de Osma, Tordesillas, La Alberca...), los disfrutan y los declaran valores protegidos.

Los soportales son una ocasión especial para que diseñadores, constructores, propietarios y Ayuntamientos incorporen a la comunidad, para su transmisión y disfrute, un mensaje de belleza y de arte. En los pueblos más modestos (como Calatañazor, por ejemplo) unos pies derechos de madera sustentan las humildes casas que, realzadas por ese hueco, parecen asomarse a la vida que transcurre en la calle. Al ser edificios de sólo dos plantas, la superior se nos presenta como suspendida y liviana, tomando la más alta cualidad de los aleros.

En las ciudades más pudientes los soportes están labrados en piedra bien de granito, bien de caliza. En otros (Turégano) se muestran no con pilares sino con arcadas de medio punto sustentadas por columnas de piedra con sus basas y capiteles. Los soportales son a los pueblos lo mismo que sus torres: el visitante puede conocer la categoría que un lugar ha llegado a alcanzar fijándose en las torres de sus templos. Con los soportales ocurre lo mismo y también con sus plazas públicas (volvemos a recordar otra vez a Medina del Campo). Aunque no son los únicos indicadores, sí nos dan una medida muy aproximada de lo que fueron y, sobre todo, del concepto de lugar público que querían trasladar a la realidad cotidiana.

Para la construcción de soportales en una población se requiere primero que los vecinos que gobiernan su Ayuntamiento tengan asumido y consensuado un modelo de ciudad y de su caserío y una idea bien clara del beneficio y belleza que, conjuntamente, aportan a plazas y calles, así como de los valores que desde el mismo momento de su edificación, y siempre en aumento, se crearán definitivamente en ese lugar. La segunda parte es el acuerdo con los terceros implicados. Pero si faltara este consenso es legítimo recurrir a la imposición, sobre propietarios y constructores, de una normativa de la que previamente el Ayuntamiento se debe proveer. En cualquier caso siempre se necesita de convencimiento y voluntad firmes para llevar a cabo este proyecto.

RUTA DE LOS SOPORTALES

En Segovia son representativos los de la misma ciudad tanto los nuevos como los antiguos de la Plaza Mayor. Pero además, en su provincia se encuentran pueblos, villas y ciudades, como Riaza, Ayllón, Pedraza, Sepúlveda, Turégano, Santa María de Nieva, entre otros, con modelos de hermosos soportales.

También quiero mencionar a la Villa Real de Navalcarnero, dado que antes de pertenecer a la provincia de Madrid fue segoviana, porque cuenta con una serie de soportales muy bien restaurados que embellecen su plaza mayor, llamada Plaza de Segovia, que se ha convertido ya en un emblema. Una visita a este pueblo, que además cuenta con otros atractivos, como es el del cuidado y acierto que han tenido con la restauración de antiguas viviendas en su núcleo histórico, siempre es gratificante y si se hace al caer la tarde en los meses de verano, más aun, porque la plaza recobra una actividad bulliciosa donde una de las mejores formas de participar en ella es desde las terrazas de los bares.

Hablando de viajes y salidas las ofertas para disfrutar de plazas porticadas y soportales se multiplican. Se puede mencionar a los sorianos de Burgo de Osma y, en la misma ruta, los del pueblo segoviano de Ayllón, población que compensa sobradamente el desplazamiento que hay que realizar, teniendo en cuenta que también está próximo el pueblo de Riaza, merecedor también de otro paseo por sus calles y soportales. Volviendo a Ayllón, si te sitúas en su plaza mayor, por ejemplo, y orientas tu vista hacia el Este, tendrás la oportunidad de comprobar con cuánta belleza y armonía se conjugan los soportales en tres órdenes desiguales –religioso, administrativo y civil- y procedentes de al menos cinco épocas distintas. Por una parte, su vieja iglesia cuenta, en el lateral derecho de su nave (la parte que da a la plaza) con un soportal inferior y, encima de éste, otro más, que en este caso sería no ya soportal sino tribuna, construidos mediante una sabia combinación de madera y piedra. Son tan amplios que pueden ser empleados para múltiples actos y presentaciones. Separada por una calle está la Casa Consistorial. Un edificio también con doble soportal, esta vez construido todo de obra, más moderno, pero sin romper la armonía conseguida con el anterior y también con los que le siguen. Éstos últimos son los correspondientes a las viviendas cuyas fachadas principales dan a la plaza mayor, cerrándola por entero. Estas viviendas, de sólo tres alturas, tienen a la madera como elemento principal. La segunda planta se sustenta sobre una solera también de madera a la que le siguen muros de ladrillo en paños contenidos por puntales y traviesas. Es de lo más seductor, en su sencillez, que tenemos en la provincia. La nota discordante la ponen los coches aparcados frente a los soportales, que echan a perder la grata visión del todo el conjunto.

Sin embargo, en Riaza el edificio de Ayuntamiento irrumpe descaradamente sobre la plaza, rompiendo ostensiblemente la armonía del conjunto. Sin ser un edificio feo, sí está sobredimensionado, y su fachada principal se impone sobre el resto con descaro, atendiendo únicamente a su propia entidad, como declarando que se basta y sobra consigo mismo. Por el contrario, sus soportales están en su mayoría construidos con pilares de piedra caliza, con basa y capitel; de gran belleza en su conjunto.

Dado el valioso patrimonio arquitectónico de Segovia, esta ciudad en colaboración con los Ayuntamientos de su provincia, debería confeccionar y promover una ruta de los soportales, del mismo modo que funcionan, y con éxito, la de los castillos y la del arte románico. Declararlos, para empezar, bienes protegidos y ofrecer a los interesados alguna opción organizada y bien documentada sobre este tema, tan interesante asimismo para una tesis doctoral, por ejemplo. Ahí queda la propuesta.

AÑORANZA DE UN SOPORTAL

Esta ruta, referida a Madrona es pura quimera, puesto que a estas alturas sólo pueden existir los soportales en ese campo brumoso formado por un deseo antiguo, convertido ya en añoranza, de un cambio imposible. En consecuencia, esta es una ruta sentimental atípica por cuanto en Madrona no tenemos, por desgracia, este tipo de construcciones que sí tienen otros pueblos. Sí tenemos un atrio románico de gran valor, orientado a sudoeste. A veces, cuando llegábamos tarde a misa, nos quedábamos en el atrio –para no molestar- y dentro de éste escuchábamos la misa con el lujo incluso de poder fumar un pitillo... y para nosotros la misa valía igual, porque en el atrio se mantenía un silencio similar al del interior. No estabas fuera de la iglesia. También en las antiguas escuelas disponían de unos espacios a los que llamábamos soportales, si bien eran meros zaguanes destinados únicamente a dar refugio a los escolares en días de agua, de nieve, o en batallas de canteas y de boleas de nieve, según las estaciones. El zaguán es un soportal de uso restringido, y por tanto más pequeño y con menor aportación al conjunto.

La primera vez que mis padres me llevaron a Segovia siempre la recordaré por la dicha que me proporcionaron dos cosas de las que en ese momento, aunque sólo contara con cuatro años, fui perfectamente consciente. Tanto, que no las he vuelto a olvidar. De pronto, porque no recuerdo cómo ni en qué llegamos al centro de la ciudad, me encontré a cubierto de los soportales de Fernández Ladreda, con la vista y el alma colgados del escaparate de una juguetería. Mi madre me dejó observar todo el tiempo que quise esa diminuta pero mágica exposición multicolor dentro de una pequeña ventana. Una ventana en la que con sólo asomarte te transportaba a una dimensión de expectación, de goce y donde, además, uno se podía aprovisionar de abundante material para sus próximos sueños. Después supe que era la tienda “El Circuito”, donde ocho años más tarde me comprarían, como a todos los chicos en aquellos tiempos, mi bici nueva “de media carrera” Super Cil azul brillante, que aun conservo en perfecto estado. Desde entonces se me quedó grabada una distinción entre ciudades o pueblos que aún mantengo: son buenas ciudades o buenas poblaciones sin cumplen al menos estos dos requisitos: que tengan soportales y que tengan jugueterías.

Al regresar a Madrona en el coche-correo y contemplar en lo que consistía mi pueblo comprendí con decepción cuán distanciado estaba este lugar de las cosas que verdaderamente me importaban en aquellos años. Por eso esta es una ruta sentimental en sentido puro, puesto que no existen soportales en Madrona por los que transitar, en los que quedar, en los que hacerse el encontradizo.

Supongo que las calles enlosadas con piedras de granito azul y el Acueducto me impresionarían mucho, pero esos son recuerdos que no puedo desmenuzar porque desconozco dónde habitan. Pero esos soportales de Segovia sí dejaron una huella que todavía disfruto cuando soy viajero. De los conventos sus claustros, de las iglesias sus atrios, de las villas y ciudades sus plazas porticadas y sus soportales me van hablando con la elocuencia del arte hecho piedra y madera, de la magnanimidad e inteligencia de las gentes que proyectaron y consiguieron estas construcciones destinadas al beneficio y disfrute de una comunidad.

Como todos sabemos, se dan múltiples experiencias en un soportal: contemplar cómo cae la lluvia en la plaza o en la calle y tomarlo como pretexto para pegar hebra con desconocidos mientras escampa. Conversaciones mantenidas con una tranquilidad especial, porque un soportal, al contrario que una acera, no es sólo para transitar, para tener prisa, sino para detenerse, para ver y ser visto, para sentarse en una terraza... da mucho de sí un soportal

Pero lo que más me atrae del soportal es esa ambivalencia que notas cuando te encuentras en él, porque, en sentido estricto, no estás fuera del edificio que lo alberga pero tampoco acabas nunca de estar dentro, y eso opera como un juego mental, inconsciente muchas veces, produciendo unas sensaciones de dualidad de mucho agrado para el espíritu. Es como si participaras de esa cualidad reservada sólo a los dioses y que es su don de la ubicuidad.

Los soportales están llenos de sugerencias porque han acogido los pasos de sus moradores –algunos tienen sus pavimentos desgastados-, han contemplado la llegada y la desaparición de los vecinos y todo el trajín de la vida ocurrida entre estos dos extremos. Y es que cuando estás bajo el artesonado de un soportal nunca acabas de estar solo del todo; a poco que te fijes te parecerá que percibes algún resto de las conversaciones mantenidas allí a paso quedo, de los tratos rubricados con un apretón de manos, de miradas entramadas a través de sus columnas y pilares, de desesperanzas a la búsqueda de un consuelo y de anhelos en pos de una utopía.

Fernando Ayuso Cañas. (julio 2003)

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El Soto, nuestro alma vegetal

Igual que a un niño le sobran todos los mares, todos los océanos y los transatlánticos que los cruzan, porque tiene bastante y se siente colmado con su montoncito de arena, su cubo y su pala en un metro cuadrado de playa, a nosotros cuando estamos en nuestro soto, en cualquiera de los que tenemos, nos sobra el resto del mundo.

Es lo mismo.

Allí acudimos porque en él habitan la conversación, el silencio, el sosiego, el recuerdo, el río, las acederas, las endrinas, las zarzamoras, la rosa peonía, el fresco, el sol y la sombra, el verde y el azul, las aguas de sus ríos, los baños, los nidos, los peces, los cangrejos; las miradas, los besos, las primeras declaraciones de amor, torpes y temblorosas; las caricias, los encuentros de los cuerpos y las entregas de las almas; los anhelos, los colores vivos de las ropas de domingo, las pandas... según lo que cada cual hubiera ido a buscar, olvidar, recordar o suponer.

Encontrarse en el soto es sentirse en otra dimensión, en otro pequeño planeta hecho a la medida de tu mente. En él se puede acceder a un estado curativo de alma, porque neutraliza excesos que nos ralentizan la mente, como esa presión de los mitos sobre las sobras y las faltas.

Claro que no soy imparcial.

Cómo voy a ser objetivo, si estoy hablando de mis (nuestras) células.

Hay unas primeras fases de edad en las que nuestro organismo mantiene una actividad tan frenética como silenciosa para crear células a razón de miles por minuto. Si alguna máquina hubiera registrado los lugares donde se han dado esos estallidos microscópicos y mudos, a muchos de nosotros nos saldría el soto en primer lugar. El segundo puesto lo ocuparía, probablemente, ese mínimo espacio extraterritorial, que nosotros manteníamos en continuo movimiento: la bici. Y el tercero la calle. Aun cambiando el orden daría igual.

En Madrona, y de pequeño, el primer destino que eliges para escaparte con tus amigos de panda es el soto. A propósito de las escapadas, ni punto de comparación las primeras, que se hacían a pie, a motor gallego, y se llegaba tarde a cualquier parte, con las segundas, en bici, con su velocidad y ligereza en pos de alcanzar el don de la ubicuidad.

Cuando una bronca, y puede que alguna propina calorífica también, de tus padres estaba asegurada por llegar a deshoras o por escaparte sin aviso ni señal, aducíamos, instintivamente, que veníamos del soto. Con lo cual siempre decíamos la verdad y operaba además como una excusa talismán porque rebajaba notablemente la intensidad y la extensión de la chamusquina.

Esta pradera de tierra negra, atravesada por varios ríos y salteada de fresnos, olmos, bardagueras, zarzas, espinos y otra vegetación menor, se te presenta, en esa edad tan temprana y tan breve, como una selva para explorar, llena de posibilidades y sorpresas. Hay que averiguar dónde maduran las mejores endrinas, dónde se cogen las zarzamoras más grandes; los bodones más amplios y profundos, con mejor agua y con piso de arena; las acederas más frescas y más tardías; los escondites más secretos; los tramos del río dónde medran ranas con ancas grandes o los barbos de buen lomo; ese trozo de césped dónde puedes descabezar un sueño sin que te molesten los mosquitos o los reptiles; las riveras con los mejores mimbres; sitios dónde anidan las aves que te interesan... y mientras aprendes y disfrutas de estos y otros contenidos de esta pequeña enciclopedia soteña resulta que, sin apenas darte cuenta, te has hecho todo un mozo y ya te ves los domingos caminando detrás de "tu" equivalente panda multicolor de chicas repitiendo las huevadas propias de esa edad,

... a ver qué pasa.

Los chicos caminábamos siempre detrás de la fila de chicas, a una distancia pudorosa, para no juntarnos en el paseo, porque estaba muy mal visto o porque las chicas no nos dejaban aduciendo que estaba muy mal visto.

Y, de forma secreta, ya te vas fijando en la que te parece la más guapa, del mismo modo que en las películas que has visto, todas del oeste y en blanco y negro, hay una chica alrededor de la cual parece girar el mundo, y tu ansías esa referencia para tu pensamiento, que se está abriendo paso, como tu cuerpo, en esa dimensión tormentosa de la adolescencia. Pero en este asunto da la puñetera casualidad, lo vas sabiendo poco a poco, de que son dos o a lo sumo tres chicas, quienes concentran irracionalmente esa cualidad de preseleccionadas, no ya por ti, sino por todos y cada uno de los componentes de la panda. Un contratiempo inquietante porque eso va a suponer una lucha ineludible y, por tanto, te la vas a jugar con todas las consecuencias.

Una vez que has tomado conciencia de esta situación de intensa competencia sobrevenida, de una parte tan contraria a las expectativas que operan de forma incesante en tu corazón y, de otra, con tan poca lógica para la forma que te han enseñado de ver las cosas, tu mente desarrolla un intensísimo trabajo especulativo sobre cómo encontrar situaciones propicias para que tu mensaje llegue a la elegida con alguna ventaja en tiempo, forma y contenido sobre el de los demás. Pura competición. Puro darwinismo.


Por eso, cuando vamos a buscar zarzamoras en panda, somos los chicos quienes nos adentramos entre las zarzas para arrancarles su jugoso fruto y ofrecérselo a tu seleccionada, habitante espiritual empadronada en tu mente, y a la que tu imaginación ha elevado a reina de tus sueños.

... Una diosa.

... El motor del sistema solar.

Y aquí ya puede ocurrir de todo, pero seguramente ocurrirá que te enredas entre las zarzas, porque da también la casualidad de que las zarzamoras más grandes y lustrosas, las mejores, se encuentran en lo más alto, en lo más inaccesible de todo el entramado, con lo cual notas que vas a salir con las piernas cruzadas de arañazos, la ropa, la ropa de los domingos, deshilachada por los enganches continuos con las espinas de los vástagos. Las manos rasgadas por los alfileres de la maraña horadando carriles de sangre muy roja, como encendida, pero no te duele, ni te importa esta inmolación porque tienes el alma suspendida por la expectación, y en este momento no sientes dolor, como si tu cuerpo le perteneciera a otro; tu eres durante unos instantes un ser compuesto de partículas invisibles, sin peso e inmortal y estás buscando un destino muy particular: ensanchar los límites de tu alma, conquistar de forma inapelable un territorio intangible, una extensión complementaria destinada a refugio de goce y esperanza. Eres el protagonista de tu propia hazaña, impulsado por unas ascuas que te ciegan.

La primera parte la has superado con éxito. Has logrado los mejores ejemplares de zarzamoras, negras, maduras, brillantes, como de foto de calendario... lo mejor de todo el soto; algo que sólo darías a tu madre. Y así acudes con el cuenco que forman las palmas de tus manos rebosantes del mejor fruto, con el envés de cada una de ellas sangrando, con minúsculas espinas todavía clavadas en una piel aun tierna y sin defensa, a ofrecérselo en exclusiva a la chica más guapa de tu mundo, asumiendo no ya el riesgo sino la pura constatación de que todos los integrantes del grupo están tomando nota minuciosamente de todo cuánto sucede, han oído que la has nombrado a ella entre todas, si bien se han vuelto todas las cabezas a un mismo tiempo, pero no te importa; aunque te pongas colorado, porque el desafío ya está decidido y asumido. Elevas la voz para llamarla por su nombre, no por su mote, algo que aquí ya es especial de por sí, y cuando llegas a ella, el primero, mientras los demás todavía continúan enredados entre las zarzas, acudes hecho una piltrafa por los arañazos que han prendido en tu piel y en tu ropa…, y aun así casi en estado de levitación. Ella se acerca y forma también un cuenco con sus manos, en este caso limpias y blancas, inmaculadas, intactas, como las de una reina que es. Sin embargo constatas que, en un principio, ese roce de manos en el que tanto has pensado no se da. Pensabas que ambos aprovecharíais el trance para estar con las manos juntas un poco más de lo debido, como una primera señal de tus intenciones, un roce suave cargado de energía atómica a punto de estallar..., anticipabas que ese roce hiciera de válvula de expansión de tu estado febril... que la fuerza de una voluntad tan intensa sería suficiente para sustanciar ese anhelo…

... pero no ha ocurrido...,

... es más, si somos sinceros, ella incluso se ha cuidado de moverlas hacia abajo para evitar ese contacto tan decisivo y aun a riesgo de perder alguna zarzamora...

Pero este puñetazo que acabas de recibir en la boca del estómago todavía no te hace desfallecer. Aun queda algo de aire. Así que mientras realizas el trasvase de frutos, de forma muy lenta como para que no se caiga ningún ejemplar -te dan ganas de contarlas de una en una para que ese instante dure siempre-, la has observado muy de cerca, tragándotela con los ojos en busca de un mismo, o parecido, mensaje; algo que se corresponda aunque sea asimétricamente, con los mensajes eléctricos de tus gestos; esperabas alguna pequeña exclusiva, un mínimo material para mantener alguna expectativa, para seguir alimentado tus fantasías y los sueños reparadores de la realidad... ¿y ella que ha hecho? No ha tocado tus manos, tampoco te ha mirado y, una vez que tenía todo el fruto en las suyas sólo ha exclamado:

¡Uy, qué tanda...!

... Eso ha sido todo.

... Ni siquiera te ha dado las gracias. No hay cuentas, no te debe nada…

Se ha separado de ti y se ha vuelto hacia el grupo de sus amigas e... ¡incluso está compartiendo con ellas tus frutos!... esos diminutos manjares conquistados en un infierno de zarzas, tan sólo está sirviendo para que se rían mientras saborean lo buenas que están "esas" zarzamoras... esas que sólo eran para ella... . Al mismo tiempo, tu te has quedado allí pasmado, aturdido, hecho un verdadero gilipollas, con auténticos deseos de desaparecer de este mundo.

¡Uy, qué tanda!, ha dicho, y esa ha sido toda la cosecha de un episodio minuciosamente preparado por tu parte. Dos breves palabras que acaban de descomponer el mundo y a nadie parece importarle la catástrofe.

El recuerdo de esas películas de Jerónimo en las que dos indios juntaban las muñecas de sus brazos para intercambiar la sangre que brotaba de sus heridas, sellando de esa manera los lazos contundentes y definitivos de su amor y hermandad te había impulsado a pensar, mientras te arañaban las púas de las zarzas, que incluso podría ocurrir una cosa semejante, es decir, que ella se hiciera un poquito de sangre "a propio intento" para mezclarla secretamente con la tuya o, en el peor de los casos, aunque con los mismos efectos, que ella absorbiera con sus labios un poco de la sangre de tus manos, para probarla y mezclarla con su propia sangre, amparada por la excusa de curar o de paliar al menos esos desgarros, como ocurre cuando nos cortamos con la navaja, pero con el mensaje superior de su amor por ti.

Tal y como tu lo harías por ella...,

tal y como tu lo tienes escrito por ella... pero tampoco…. Es más, ni siquiera ha reparado en tus heridas, ni ella ni ninguna otra chica..., ni una sola palabra al respecto... y todo ello en el soto, el santuario elegido para tus emociones más viscerales...

Cautivo y desarmado huyes al río para lavarte lo mejor posible las piernas, los brazos y las manos y allí, en soledad, se te han disparado unas lágrimas imposibles de contener, vapor de una olla a presión, que no son sino la punta del iceberg de tu propia hecatombe.

La bronca y tal vez algún torniscón que te esperan en tu casa por arañarte y por rasgar la ropa de los domingos no serán nada al lado de esa decepción tan honda y demoledora. Acaban de arrojarte al fondo abisal de la negrura más asfixiante y sólida.

¡Uy qué tanda!... será la frase que te nublará la mente y perturbará tu interior como un dolor que se multiplica en cada célula.

Necesitas un tiempo de recuperación, no de los sopapos de casa, sino de esta dinamita que ha estallado en mitad del corazón.
Así que a partir de este momento y con las conclusiones bien apuntadas, vas a adoptar una serie de medidas para ponerte a salvo nada más y nada menos que de tus propios sentimientos. Un empeño que, por otra parte, ya será perpetuo. La supervivencia de las especies, puro darwinismo también. De momento, en el tema de la recolección de frutos silvestres y sus ofrendas, vas a dar un vuelco radical: te dedicarás sólo a tus bellotas en otoño; a tus acederas en primavera; a tus endrinas en el estío, que son tus frutos preferidos.

 



Todas para ti.

Y las mejores zarzamoras también, sólo para uno mismo.

Aunque se indigesten.

Y la que quiera moras, ahí tiene las zarzas.

Allá ellas con sus picotazos y sus grititos.

Pero, como es cierto que el hombre, sobre todo el hombre, tropieza constantemente en la misma piedra, estos o parecidos episodios no serán los únicos de los que salimos con los pies fríos y la cabeza caliente. Con lo mal que se lleva el jugar a perdedor, y más con las chicas…

Por eso también aparece en la memoria, aprovechando esta oportunidad, esos corazones dibujados en las cortezas de los álamos con las iniciales de parejas, la sustanciación de un proyecto, de un anhelo, atravesados por una flecha, labrados con las navajas de tal manera que fuera imposible soslayarlos por parte de las destinatarias: allí dónde ellas se sentaban en panda mientras trataban asuntos de sus golosinas, sus cromos y sus pipas... Así, descaradamente, un corazón como una pancarta proclamando a los cuatro vientos un amor por el que nadie, salvo su dibujante, se siente concernido.

Mucho peor que un mensaje lanzado en una botella, del que siempre te quedará la esperanza remota de que llegue a fructificar.

Aquí no. Aquí el mensaje no sólo ha llegado sino que también ha sido revelado con el único efecto de su patética desolación.

Pero gracias al tiempo, ese ácido que todo lo borra, la vida te trae otros planes y otras actividades, alguna de ellas tal vez con algún componente de venganza, como fue aquella ocupación estival destinada a espiar a las chicas que acudían a bañarse a los bodones del soto mientras se ponían, o se quitaban, el bañador. Ellas tomaban sus precauciones para no ser vistas en la operación de cambio de ropas: se ocultaban al menos de dos en dos entre macizos de arbustos o zarzas y una de ellas vigilaba mientras procuraba tapar a la otra, pero nosotros, que ya lo teníamos todo ensayado porque habíamos realizado bastantes supuestos prácticos, disponíamos de varios observatorios de visión contrastada y, por tanto, con resultados más que aceptables. Otra actividad practicada en el soto fue la de espiar a las parejas de novios en sus escarceos, en sus apartes, componiendo un álbum de fotos virtual con destino a esa enciclopedia que antes nombrábamos. Después había que confesarse, claro. Todo tiene su precio.
Por eso algunos hemos vivido en pecado mortal prácticamente todo el tiempo.

LA MÚSICA, ESA ALIADA IMPAGABLE

El recuerdo de cómo cumplías años se va llenando de nombres propios y también de sabores ya imborrables, como es el de las zanahorias recién arrancadas a una tierra regada con agua cristalina, pura, o como es también el sabor una pizca ácido de los tomates recién cortados de la mata que generosamente nos proporcionaban nuestros compañeros hortelanos.

En los veranos de aquellos años de estudiantes, nos reuníamos sin quedar bajo el frescor de los fresnos, a cumplir con el ritual de nuestra holganza y hubo un tiempo compartido con algún contertulio afortunado poseedor de uno de aquellos revolucionarios transistores Lavis, de un tamaño acertadísimo, con funda de piel negra, suplementados por sus dueños con una pila de petaca abrazada al cuerpo del transistor con unas gomas fuertes. El propósito era proporcionar al aparato mayor potencia de sonido y de búsqueda de emisoras. Allí, sobre la hierba fresca del soto, siempre acudía alguien a tiempo para escuchar, como si se tratara de un rito, la mejor música que entonces te podían ofrecer: la del programa "Mariscal Romero Show" en onda media, porque no existía otra cosa, salvo la onda corta que funcionaba sólo por las noches. Allí asistíamos a la ceremonia de escuchar las novedades de lo que se cocía en el exterior, que era lo que nos interesaba, discos que después, traídos de Madrid o del mercado de los jueves de Segovia, irían a los estantes de nuestros guateques.

La tribu musical seguía minuciosamente cuánto se producía fuera, esa explosión de creatividad de las décadas 60 y 70 que acompañó los sentimientos de la juventud del mundo occidental -y parte de los otros mundos- y ya ocupa una buena sección en la historia de la música. Hablar de lo de dentro es poco menos que llorar. Sólo Los Bravos, con Black is black y Los Canarios, con Ponte de rodillas lograron unos momentos de gloria, unas ventas, en el mundo anglosajón, que es donde se cuece esta industria.

Aquí sólo teníamos cancioncillas, imitaciones insultantes y versiones, que son nuestra especialidad. Un desierto aunque con algún que otro oasis.

Sin embargo hubo un día especial de esos que adquieren, por derecho propio, un espacio cincelado entre las capas de la memoria. Y aquí ya es inevitable que aparezcan nombres propios. A la sombra de los fresnos, permanecíamos tumbados como muchos días de verano sobre la hierba, dando vía libre a la indolencia con la excusa del calor, cuando acudió Vicente Rodero, precursor en Madrona de muchas cosas dignas de narración aparte, en su bici, pero esta vez no con su Lavis en la mano, sino con un aparato que al instante concentró todas las miradas y preguntas y que resultó prodigioso: un casete portátil de cintas diminutas que sólo conocíamos de oídas. En esa cinta podías grabar la música que tu elegías, y reproducirla, como en el tocadiscos, cuantas veces quisieras, sin rayones y allí donde eligieras porque lo más llamativo era su pequeño tamaño, sus posibilidades de transporte y escucha en los lugares más impensables, aunque sólo fuera a través de su pequeño altavoz.

Era el verano del año 1969 y ya había en Madrona esos guateques de los que tanto hemos hablado. Nosotros hasta entonces manejábamos los tocadiscos monofónicos y también conocíamos los magnetófonos de cinta grande porque ya había alguno en el pueblo. Pero este casete fue el primero en Madrona y tal vez en muchos lugares de la comarca, toda vez que en España no se vendían aun. Se lo habían traído sus tíos de Alemania. A todos nos resultaba complicado entender cómo todo un LP de vinilo e incluso más, cupiera en esa cajita con una cinta tan diminuta, tan frágil. Que ahí estuviera Leonard Cohen con su voz tranquila punteando su guitarra con las chicas de su coro bien está, pero que esa cintita pudiera albergar la bullanga de Carlos Santana, los alaridos de Jimy Page y todo el estrépito de su grupo (Led Zeppelin) en directo, con el concierto entero… o que pudiera grabar nuestras conversaciones sin cables, sin estorbos de micrófonos y reproducirlas al instante… eso ya era una revolución. Ya lo dijo Nardín (Choto) cuando lo descubrió: "…es que tiene cojones la cosa…".

Así que el aparatito pasó a convertirse en objeto de intenso deseo por parte de todos, dadas las posibilidades que contenía el invento.

Nuestra capacidad de asombro hacía que viviéramos en constante expectación sobre cada nueva canción que descubríamos; al tanto de cada episodio musical.

Pero si la maquinita nos fascinaba irresistiblemente, a Vicente se la entregaron además con cintas llenas de grabaciones, entre ellas estaba nada más y nada menos que Je t´aime...moi non plus, novedad de ese mismo año cantada por Jane Birkin, de una hermosura estelar, (y que precisamente aún sigue bellísima, después de tantos años) junto con Serge Gainsbourg, autor material de la canción. Y aquello sí fue un acontecimiento en nuestra tribu musical. Resulta que esta canción, con cinco meses en el mercado, estaba prohibida y perseguida por el régimen de entonces. Tan prohibida que ordenaron severamente retirar todas las copias y reproducciones que, debido a un fallo en el sistema de alerta de la censura, se habían editado en España. Así que a los gemidos tan sugerentes de Jane sumábamos el valor añadido de lo prohibido. Y así nos encontramos muchos momentos de aquel verano, congregados en círculo alrededor de aquel prodigioso aparatejo, oyendo repetidamente en total silencio a Jane, enamorados todos de ella y de los mundos que habitaba, mientras apretábamos el culo contra la hierba, con una envidia visceral respecto a ese tal Serge y cada cual con su codiciado universo de fantasías pecaminosas e imposibles; y preguntándonos cómo sonaría esa canción, o ese corte, como también se decía (entonces no eran temas o proyectos), en un buen equipo de música mientras bailas con tu diosa, casi tan bella como Jane.


Y con el paso del tiempo cada cual le va poniendo al soto otras caras, según las edades y momentos, otras visiones y otros episodios vividos. Iniciaciones en los enredos del corazón y del cuerpo; estrenos de ropa y de piel; miradas en azul sólido de deseo; ojos empapados de pérdidas…. Y constatamos las ventajas de que él no pueda hablar ni mostrar más que su verde y su frescor. Mejor que no cuente las historias de amor y desamor; mejor que no diga nada. Que contengan sus fresnos los secretos y los enigmas, que la brisa airee los desalientos. Que la escarcha esponje su hierba renovada.

Mejor que no diga nada.

Cuando lo recorro caminando entre los fresnos, aun me parece oír el silbido de la honda en plena acción de Pedro "Perricascas" en sus tiempos de vaquero del pueblo. La piedra envuelta por el cuero y transformándose en proyectil mientras recibe una fuerza inusitada.. acción que sólo la pericia de este hombre, conjugando el movimiento de su brazo con una vista de ave rapaz, habrá de llevarlo a un hito certero y eficaz. Con admirable frecuencia derribaba aves y mamíferos cuyo destino no era otro que las cazuelas de su lumbre baja.

Me parece ver cuadrillas que en realidad no son tales sino familias completas entregadas al afán de apañar las suertes de leña. Completan sus tareas de aprovisionamiento de forma sincronizada sin necesidad de acuerdos previos. Se hacen descansos descaradamente innecesarios, sólo para pegar hebra con los de la suerte de al lado, para compartir botas con vino de pellejo, fiambreras, anécdotas, piedras de afilar, desafíos, porfías…

O pienso en el episodio aquel yuntero cuando, de madrugada, sale a acarrear haces y que, desde la sopanda de su carro ve como los bueyes se detienen inexplicablemente en un camino del soto, en medio de la oscuridad previa del amanecer. Él no les ha dado ninguna orden y por eso no entiende cómo de repente se han parado ni a cuento de qué. Por eso alancea con su garrocha los cuartos traseros de su pareja de bueyes. Estos sienten el dolor del hierro clavado en su carne pero aun así permanecen inmóviles, como petrificados. El yuntero baja del carro y cuando llega a la cabecera descubre el motivo: un hombre permanece tendido, cruzando el camino de rodera a rodera. Se percata de que sólo está dormido, así que lo despierta e inmediatamente le pone al tanto de que esa pareja de bueyes que le están mirando justo delante de él le acaba de salvar la vida. Una vez que el desconocido se va, los bueyes, con su carro y su yuntero, prosiguen el camino. Pequeños milagros de un acontecer anónimo en un soto que parece tener alma.

Así cada cual va abasteciendo su propio cuaderno inmaterial con las historias en el soto, bien sean vividas, bien transmitidas verbalmente en las tertulias, como las que se forman durante las noches de verano en los umbrales de las casas. Carreras con apuesta como las que organizaba Justo Matías, auténticos órdagos a los jóvenes… en las que siempre estaba el soto como referencia "hasta el cruce de las dos carreteras y volver…", con sus controles y sus jueces.

Nosotros sabemos que vivir en un pueblo que tiene al lado un soto de fresnos con ríos y bodones en los que bañarse no es comparable a nada, porque el soto, aunque humilde y sosegado, quieto y en silencio, está trabajando dentro de ti para tenerte atrapado ya para siempre. Y no necesita emplear otros reclamos
Madrona tiene su término rodeado de bosques y sotos heterogéneos y, por tanto, con una gran variedad de flora y fauna. Hasta el último cuarto del siglo XX, salvo el del Real Bosque de Riofrío, al que accedíamos sin más restricción que la de su horario por la Puerta de Madrona, ninguno de ellos estaba vallado o cercado por alambres de espinos.

El Soto, y sobre este concepto cada cual ya tiene fijados los hitos imaginarios, puesto que hay varios sotos que se entrelazan, el de Herreros, el de la Grajera, el de las Alamedas el de Paredones, Sotopalacio... va medrando sin atender a lindes ni coteras, que sólo son particiones hilvanadas por los humanos con el fin de entendernos, entre las vegas de nuestros ríos con una medida del tiempo que no equivale tampoco a la nuestra y soportando lo mejor que puede las alteraciones biológicas de su entorno, que es una forma culta de decir las canalladas que se le originan.
Se puede decir que hay aquí una tradición de reverencia civil hacia el soto, una sabiduría silenciosa sobre este lugar que consiste en mantenerlo, respetarlo y disfrutarlo. Tal vez se deba a una concepción utilitarista sobre este territorio: sus beneficios tradicionales en lo relativo a pastos, ganado y rebaños, su aprovechamiento fluvial y de la madera, su titularidad comunitaria. Pero, simultánea a esta percepción y con igual fuerza convive la conciencia de que se trata del recurso más valioso para nuestro ocio, para nuestros trasvases de energía.

En el soto no tienes que hacer nada especial. Sólo dejar que su frescor te envuelva, sólo estar al tanto de cómo los distintos tonos de verde orientan tus átomos en la dirección correcta, sólo contemplar la vida que estalla a cada instante en las cabezas de los fresnos.

Dale tiempo. El soto te cura.

Hay quien sostiene que las cosas no son verdaderamente importantes hasta que no pasan a la memoria. Con el soto esto no funciona, no se cumple.

Ya desde un principio el soto ocupa una nueva extensión en nuestro entendimiento y deja de ser cualquier prado con árboles para convertirse en nuestra conciencia de clorofila, nuestro alma vegetal.

Fernando Ayuso Cañas. Otoño 2003

... árboles para la vida....