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Rutas Sentimentales
La Caja de las Fotos
Las fotografías
de mi familia se han guardado toda la vida en la caja de una camisa, si bien
dejó de ser una caja para convertirse en "La Caja de las Fotos"
que ya no es lo mismo. Ahí habitan las fotos desde siempre, sueltas,
sin orden aparente ni clasificación, entremezcladas con holgura. A su
vez, esa caja disponía de derecho a alojamiento propio en el armario
de mis padres. Este armario siempre ha sido, con notable diferencia, el mueble
principal de la casa. Allí sólo se guardaba los objetos de valor
trascendental, únicamente lo importante; y sólo se accedía
a él mediante encargo expreso.
Uno de los ritos que
desde siempre hemos practicado, incluso hasta el día de hoy, es el de,
por iniciativa de cualquiera de la casa, llevar esa caja a la mesa cuando la
familia está reunida, sobre todo en esas sobremesas de las noches largas
de invierno, coger cada cual las fotos que le parezca e ir comentando su contenido
formando una tertulia. Se trata de una colección humilde y breve. Sus
características son, creo, compartidas por una gran parte de familias
de Madrona en aquella época; un tiempo en el que ningún particular
poseía cámara fotográfica. En consecuencia, la mayoría
de fotos están tomadas por fotógrafos profesionales y sólo
con ocasión de algún acontecimiento: bautizos, comuniones, bodas
y poco más. Las imágenes que aparecen son todas de personas, nada
de paisajes, porque los paisajes, además de ser una exposición
permanente no sujeta a los cambios propios de la materia de los humanos, se
pateaban a diario y tampoco se pensó en ningún momento que alguien
tuviera la ocurrencia y la temeridad de estropear el original.
Por tanto, las fotos
son escasas en número y en blanco y negro, sin embargo, en el momento
en el que se abre la caja se repite una magia infalible: las conversaciones
se multiplican porque a ellas acuden los nombres de familiares y conocidos,
sus ancestros, sus generaciones, sus parentescos y mientras tanto se entrecuelan
anécdotas renovadas y nuevos episodios. Se produce lo que se podría
llamar una masiva actualización de datos. Algunas guardan el regalo complementario
de una dedicatoria escrita a pluma: se trata de textos breves, directos, sencillos,
discretos... de esos que dicen más por lo que callan que por lo que expresan.

De izquierda a derecha: los hermanos Lauro, Matilde, Natividad Ayuso. Su padre Natalio Ayuso. Felicisismo García. Vicente Esteban y la mujer de su izquierda no sé quién es. Águeda Otero -esposa de Felicísimo- y, a la derecha de la foto, Magdalena Ayuso, hermana de Natalio.
A las tertulias acuden nombres
de familias de Madrona pero también de otros lugares porque algunas fotos,
especialmente las de las bodas, ensanchan sus límites con otros nombres
y lugares, de forma inabarcable .... Da la sensación de que se trata
de palimpsestos en los que cada cual descubre nuevas lecturas superpuestas de
una misma imagen. Y a uno le parece imposible que la observación de esos
cartones con borde de picos, tan elementales, pueda transmitir tanta vida, tanto
conocimiento, hasta el punto de suscitar sentimientos contradictorios de añoranza
y envidia de algo que no te ha correspondido y que ahora lo sientes latir en
las imágenes preferidas. La fotografía era algo excepcional y
a esa circunstancia respondían unos rostros marcados por el respecto
y la expectación.
En las fotos de la
caja, todos han salido con la cara preparada para esa ocasión, pero sin
impostación o lucimiento, manteniendo con la mirada una cierta distancia
respecto de un aparato del que desconfían, porque algo se va a llevar,
algo les va a robar: esa parte del alma que no se resigna a permanecer oculta
y se asoma para dejarse adivinar en el semblante de cada uno.
Cuando llegaron las
cámaras particulares, además de una inflación de imágenes,
sucedió algo que aun perdura: a nadie de la familia se le ocurrió
poner sus fotos, ya en color, junto con las de la caja. No. Cada uno se fue
componiendo su propia caja primero y su particular álbum después,
con un orden, una asignación y una fijación de cada foto en las
páginas plastificadas. Y a la hora de guardarlas tampoco han adquirido
el rango de la caja. Igualmente, a ningún miembro de familia se le ha
ocurrido regalar nunca un álbum para alojar esas fotos. Son de esas cosas
que, sin hablarlas, alcanzan un acuerdo tácito y natural que nadie se
atreve a incumplir.
Mientras, la caja, siempre una, la misma y la original, siguió en su pedestal y allí ha sobrevivido a todos los muebles y objetos de la familia. Los sucesivos armarios que conoció han corrido peor suerte. Pero la caja ahí permanece, como una deidad familiar flotando en el tiempo y en nuestra memoria.
Fernando Ayuso Cañas (enero 2005)