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Rutas Sentimentales XI

Las bicis

Cacharrería de evasión


Los sábados por la tarde, después de que Mariano Medina, el insigne "Hombre del Tiempo" nos contara la predicción de la climatología pasada y la dirección en la que habían soplado los vientos, Televisión Española, a la sazón única emisora en España, tenía por costumbre emitir una del oeste por el primer canal. En el bar Plaza, mi casa, era imposible escuchar o seguir cualquier programa porque en aquel pequeño local las voces del subastado, del mus y de las comandas en la barra abortaban cualquier posibilidad de entender algo. Ni tiros de rifle ni disparos de cañón se oían. Sólo durante la transmisión de alguna corrida de toros de buen cartel se podían conseguir algunos momentos de un silencio que los parroquianos otorgaban a modo de concesión. Huyendo de estos alborotos yo me escapaba -siempre con la bici- a casa de mi amigo Juanito, donde sus padres, Juana y Laurentino, practicaban una bondad y una hospitalidad fuera de lo común, cualidades que yo disfruté de esta familia humilde y que para mi son ya un recuerdo imborrable y feliz. Yo preguntaba a mi amigo: "¿Vas a ver la película de esta tarde...?", si me respondía: "Ojor sí, ojor no", entonces podía entender "Ojor sí". Durante dos horas la sala de su casa se transformaba para nosotros en el mejor de los cines. Buena cinta ésta, decía Laurentino en cuanto oía el estruendo del primer tiroteo, y nosotros nos sorbíamos las secuencias sin colar los posos. En los intermedios, un pitillo Antillana dulce o Piper mentolado, porque a Juanito, como trabajaba, le dejaban fumar en casa, ventaja que yo aprovechaba para incorporarme al sabroso ritual del humo cuyo aroma nos transportaba hacia una edad superior, si bien con acompañamiento de dolor de cabeza.

Estos empachos de llaneros solitarios cabalgando por territorios interminables yo los digería después poco a poco dejándome perder con mi bici por los caminos del término de Madrona. Pero hasta llegar aquí habría que recorrer un largo y tortuoso camino, como cantaban los Beatles.

Un pueblo es bici y una bici es pueblo. Y al igual que en el lejano oeste un vaquero sin caballo se nos presenta como la cosa más desolada del mundo, un chaval sin bici en un pueblo, aun hoy, resulta igual de dramático. Este binomio opera anclado en el subconsciente, porque es allí donde hemos fundido estos dos conceptos a base de comer, crecer y vivir sobre la bici; en movimiento o detenido a horcajadas pisando el suelo, es lo mismo. A principios de la década de los sesenta las penurias habían desaparecido en este pueblo pero no así los principios de austeridad, que clasificaban la adquisición de los objetos según el más estricto criterio de necesidad. A las bicis las incluían en el apartado de lo manifiestamente prescindible, al menos en una mayoría de casos y, por tanto, todavía era un codiciado objeto de deseo para cualquier chico, incluyendo a los que no habían alcanzado lo que entonces llamaban el uso de razón. Habría en el pueblo media docena de coches y el tripe de bicis, y éstas, como aquellos, se empleaban para desplazamientos laborales o de urgencia bien justificados. Sólo las tenían quienes las necesitaban para llegar hasta Segovia a trabajar o estudiar, por eso ningún colegial podía soñar con semejante propiedad antes de cumplir, como mínimo y siendo muy optimistas, los 10 años. Sin embargo, mediada la década, el panorama de restricciones cambió de forma radical debido a un motivo principal: la llegada de muchas bicis nuevas destinadas a quienes dejaban de ser colegiales para convertirse en estudiantes de instituto en la ciudad. Esta afluencia de bicicletas desencadenó a su vez un tránsito incruento hacia su utilización para actividades de ocio, gran pecado de la mentalidad antigua, si bien este concepto, tal y como lo manejamos hoy, se encontraba fuera de circulación. Ahora bien, si la corriente general te adscribía a su término equivalente, algo así como estar de brazos caídos, o de tirar cantos a perros, ya ibas cosechando buenos puntos para pasar a la casilla siguiente: vago de tres suelas... y de aquí a maleante te plantan en un plis-plas. La filosofía dominante era similar a la que destilaba una sentencia famosa del Tío Isaías, maestro albañil: "prefiero ver a un tío muerto antes que parado..."

Desde los cinco años, en la casa de labradores donde nací ejercitaba en secreto un ritual íntimo: subir cada dos por tres a nuestro sobrado, para montar sobre la vieja Dal de mi padre a ver si me habían crecido algo las piernas y comprobar cuántos centímetros necesitaba para alcanzar los pedales. La bici de mi padre, la misma que utilizaba de joven para viajar hasta a El Espinar para encontrarse con su entonces novia, permanecía allí guardada, como descansando aun de una actividad extenuante o tal vez esperando las emociones de futuros itinerarios, quién sabe. Yo acudía sigiloso a mis citas con la veterana Dal y, tras limpiarla un poco, me las tenía que arreglar para subir sin que se me cayera encima y evitar que me atrapara entre los sacos de cereales. Una vez solventado el trámite no me quedaba más remedio que colocarme en posición casi horizontal si quería alcanzar el manillar con las manos. Allí, con la potencia de las pedaladas imaginarias, la vista del sobrado desaparecía de la realidad, sustituida por una panorámica más sutil donde me fundía para descubrir mundos de horizontes infinitos, negociar curvas peligrosas, coronar cimas, cruzar pueblos y ciudades; a ratos añadía el sonido de un motor con mi garganta y, sin moverme de la troje donde reposaba aquel potencial de diversión, me transformaba en incansable piloto. Este maniobrar a escondidas tenía su riesgo porque a menudo alguien corría el cerrojo de la puerta, me dejaba cerrado y después me tocaba vocear un rato hasta que me abrieran.

El primer contacto serio que tuvimos los de mi panda con una bicicleta se produjo una tarde en la Eras del Mercado, donde nuestro amigo Mauricio Sacristán convocó a todos los aspirantes a conductores; o sea, la cuadrilla al completo, cuyos socios contábamos con cinco o seis años pero con infinitas ganas de aprender. Allí tendría lugar un acontecimiento importante. Se presentó Mauri con la bici de su hermana, por lo que enseguida dedujimos que ésta se encontraría a varios kilómetros del pueblo; esa lejanía nos garantizaba cierta impunidad para disponer, con mil precauciones, de su vehículo. Aquella tarde, sin otras lecciones que las acumuladas por nuestra ansia histórica de convertirnos en ciclistas, aprendimos a dominarla uno tras otro a una velocidad asombrosa. Sin maestros, sin ninguna ayuda y sin más contratiempos que los de algún cardenal en codos o espinillas, culminamos esta hazaña: un pequeño paso para la humanidad, pero un gran salto para cada uno de nosotros. Sin embargo, la realidad tardó poco en enfriarnos el entusiasmo porque enseguida tomamos conciencia de la nueva situación: en definitiva, a donde habíamos llegado era al cambio de un desasosiego, el de no saber conducir, por otro mucho mayor: el de la carencia irresoluble de una bici propia. Este deseo se convirtió en la máxima aspiración para cada uno de nuestro grupo y la obsesión trajo en algunos casos, como el mío, una frustración inolvidable.

Querido Melchor:

Una vez familiarizados con el misterio del equilibrio sobre dos ruedas, nos dedicamos a tantear casi a jornada completa, las opciones más viables para hacernos con una bici. La más cercana, limpia e infalible era, con diferencia, la de los Reyes Magos. Un atajo sin costes. Desde que aprendí a escribir, ansiaba el momento de preparar mi carta dirigida sólo a un mago de mi elección, tal como era costumbre, o advertencia, no sé. Mi carta constaba de una sola línea en la que siempre solicitaba la misma y única cosa: una bici pequeña de color verde. Jamás la conseguí, aun cambiando el Rey de un año para otro. La inexistencia de motivos me desesperaba. La constatación de que ninguno de la panda la obtuviera por este medio, en apariencia tan seguro y tan mágico, tampoco me tranquilizó. Cada nuevo año, con la tenacidad de una fe ciega en el orbe celestial, seguía insistiendo bien claro y por escrito ante tan altos mandatarios de Oriente, renunciado de forma inequívoca a indios, vaqueros, tractores de plástico.... ya no era un escrito de petición, sino de pura súplica... y sin embargo cada navidad se cerraba con el mismo resultado: la callada por respuesta. Aquí se estaba consumando un error manifiesto. Y muy grave. Tal vez debido al extravío de las cartas, el caso es que éstas no llegaban a los Reyes y a su vez ellos, sin saber a qué atenerse, despachaban el asunto dejando en la mesilla objetos residuales que ninguno habíamos pedido: una cajita de cartón con la anguila enroscada de mazapán cubierto de confites multicolor, una bolsita de almendras blancas, dos trozos de turrón, duro y blando; cuadernos de varios tipos, una caja de lápices de colores Alpino y algunas figuras de indios o vaqueros de los que venían con las bolsas de pipas o cacahuetes. De la bici ni rastro.

Al final ya sólo rogaba por una bici, de cualquier color, marca y tamaño, sin requisitos.... ¿Por qué no funcionaba este sistema con ninguno de nosotros, aun cuando la única condición exigida, la del buen comportamiento, la cumplíamos de largo? ¿Quién gobernaba por encima de los Reyes Magos de Oriente e interfería sobre nuestra solicitud y nuestro derecho? ¿Qué doctrina era esa, tan repetida en nuestros oídos, de que la fe mueve montañas si comprobábamos que, en nuestro caso, tan siquiera era capaz de mover una bici, de cualquier color y marca, hacia nuestras casas, cuando nosotros ya sabíamos guiarlas sin manos....? Qué desconcierto tan doloroso. Qué mal lo pasamos esos años, porque estos fraudes en el alma de unos seres tan tiernos, tan predispuestos a ser, en general, buenos y confiados, marcan mucho, como ya habrás comprobado.

Uno de aquellos veranos de aspirante a ciclista mis padres me llevaron a El Espinar a pasar unos días con mis familiares. La primera mañana fui con mi primo a los billares de Tomás y al llegar lo que descubrí frente al local me dejó alelado: un grupo de bicis de muchos colores, tamaños y marcas, amontonadas en un espacio libre delante de unas puertas carreteras. Para mí estas joyas con dos ruedas fueron lo mismo que las sirenas para Ulises. Y el primer pensamiento que me iluminó como un relámpago fue "... la leche, que bien les funcionan los reyes a éstos...". En cuanto salí del pasmo y pude hablar de forma normal pregunté a mi primo, también sin bici, qué pintaba allí detenido semejante tesoro. Son de los veraneantes, que están echando un futbolín, me dijo. Y ese día fue cuando conocí el auténtico concepto de esa palabra, nueva para mí. Un hallazgo con su parte espinosa. Él me explicó en qué consistía ser veraneante en El Espinar. Chicos en apariencia similares a nosotros pero en una situación material a años luz: ellos disponían de bicis antes de tenerse en pie; vivían en casas grandes con cuartos de baño, rodeadas de jardines y árboles propios; independientemente de su edad casi todos estaban atendidos por sirvientes que incluso les preparaban la merienda; todo el día y parte de la noche lo empleaban en puro disfrute: en los futbolines, en las charcas de Las Paneras, gastando propinas diarias..., ojo, propinas diarias, para sus caprichos en los comercios del centro... disponían para sus antojos de todo un pueblo con calles pavimentadas con sus aceras y tiendas parecidas a las de la ciudad: juguetería, pastelería, churrería, cine, billares, dos bailes semanales en La Corredera a cargo de su banda municipal....¿se podía concebir algo superior...? En cualquier circunstancia se mostraban desinhibidos, ágiles, ningún miedo les impedía maltratar las bicis, ni hablar o reír en voz alta; se agrupaban en pandillas mixtas, algo inaudito para nosotros a esa edad, vestían sin diferencias y todos se desenvolvían con la misma soltura y desparpajo... el mundo era suyo y en este lugar habían instalado su paraíso.... En Madrona nadie nos había informado sobre la existencia de estas islas, por eso yo me esforzaba en retener cuanto descubría; necesitaba asimilar en mi cabeza cada nuevo detalle porque esto formaba parte de mi ensanche del mundo real, pese a que estas distancias tan hirientes todavía no encontraran encaje en un entendimiento que pretendía razonarlas por sí mismo. Lo que más me llamó la atención, lo descifré más tarde, fue que ninguno de esos grupos esperaba a que les ocurrieran cosas, porque eran ellos precisamente quienes se convertían en protagonistas de su propio acontecer: ejercían su libertad y se aprovechaban de su autonomía en un pueblo grande, civilizado, disfrutable. La diferencia más envidiable era la de que en ningún momento recibían órdenes, ni sus movimientos eran consecuencia de obediencias a nadie, mientras que en nuestro pueblo, con o sin uso de razón, actuábamos atenazados en todo momento por el sacrosanto deber de la obediencia ciega a todo quisque: a tus padres, al cura, al maestro, al médico, a cualquier superior, a los de mayor edad… un sinvivir, una infancia en permanente estado de sitio.

En Madrona no conocíamos la especie humana del veraneante puro; algunos inmigrados sí pasaban aquí las vacaciones pero, quién más quien menos desmadejaba su tiempo en las múltiples tareas familiares: en la eras, las tierras, los establos, la huerta, las obras... Nunca se había visto aquí a ningún sirviente uniformado servir comidas o aperitivos a una familia, veraneante o no, en la mesa de un jardín; tampoco eran habituales los jardines, pérgolas, parterres, alcorques, setos... aunque sí nos eran familiares las tinadas, los corrales y las macetas con geranios o amor de caballero.

Mientras tanto, eclipsado por el resplandor de aquel grupo de bicis, me olvidé de los billares y pensé que no sería delito coger una, sólo un rato para dar unas vueltas en la plaza de La Corredera, tan bien pavimentada con losas de granito, alrededor del kiosco donde actuaba la banda municipal, tal como se practicaba a veces en nuestra humilde plaza de tierra, con la ventaja añadida de que allí, entre esa abundancia de bicis, sería como un grano en mitad de un muelo. Se lo propuse a mi primo pero éste, sorprendido por mis intenciones, me vino a decir que allí no acostumbraban a emplear esas artes. Al escuchar su respuesta mi cara se encendió de rojo puro y no pude tragar saliva porque se me atragantaron las ascuas de mi vergüenza. Tardé bastante en volver a intervenir.

Cuando regresé, Madrona me pareció una aldea del desierto mejicano, un pueblo desolado, mísero, con sus calles bordeadas de ortigas... un lugar olvidado, propio para un destierro; pero esta impresión apenas tomó consistencia porque desapareció en cuanto oí voces conocidas y contacté con alguien de mi pandilla. Al fin y al cabo este sí era mi pueblo, y si los veraneantes disfrutaban de bicis, billares y jardines, también nosotros sabíamos encontrar diversión en nuestros ríos, sotos y, sobre todo, en los numerosos juegos de plazas, calles o eras, según la estación del año.

Cuando conocimos la verdad sobre el funcionamiento de la noche mágica, tal vez más tarde de lo esperado, experimentamos sensaciones contradictorias. Nos caímos del árbol, pero de pie, como los gatos, y la sacudida nos despejó algunas nubes sombrías; la crudeza de la verdad operaba a la contra, pero también como una liberación: al menos ya sabíamos a qué atenernos. Dos hondas decepciones en un solo golpe, de acuerdo, pero, visto el resultado de tanta plegaria... mejor apostar por lo tangible, esa realidad donde cada cosa tiene su lugar, incluidas las desigualdades dolorosas. Por tanto sólo nos quedaba la opción de apencar con nuestro destino y esperar, con la obsesión intacta, a que "te hiciera falta" para que en tu casa reaccionaran. Eran lentejas.

Nos afanamos en una tarea sin descanso cuyo objetivo era conseguir la suprema aquiescencia que sólo podía proporcionar la demostración de la necesidad; criterio luminoso y guía de comportamiento de nuestro pequeño universo, una referencia histórica de austeridad castellana. La consecución de este beneplácito familiar fue la batalla a librar en cada casa: había que convencer a la familia de que una bici no es que fuera ya necesaria, sino imprescindible para cumplir todo tipo de mandados, transporte urgente de objetos, ir a la era, guiar el ganado hasta el Soto, salvar prisas...en definitiva, el mejor ayudante de las obediencias, dónde va a parar. Aun así la lucha se nos hacía larguísima, infructuosa, desesperante. Como los guerreros valerosos, perseverábamos en el empeño gracias al convencimiento de nuestra victoria. Luchábamos contra el muro de un no descomunal al que, a pesar de nuestra matraca diaria, no adivinábamos su punto vulnerable y, por tanto, los avances eran imperceptibles porque a nuestros padres, juntos o por separado, no les arrancábamos el mínimo compromiso. En consecuencia y mientras no llegaran tiempos mejores, debías consolarte con las vueltas que te dejaran dar los afortunados propietarios de la máquina voladora, aunque la movieras por debajo de la barra. El hacerla rodar situándote en el costado izquierdo e intercalando la pierna derecha por debajo de la barra, era una maña de la que nos valíamos los más pequeños para atajar la imposibilidad de un pedaleo normal, debido a que desde el sillín nuestros pies no alcanzaban todavía a los pedales; fue una de tantas habilidades surgidas de nuestro estado de necesidad. Otro arte fue el de resultar sanos y salvos de carreras y gymkhanas con bicis sin frenos; lográbamos controlar los efectos de la velocidad y los derrapajes intercalando el pie entre la barra vertical y la rueda trasera, con el efecto canalla de, en pocas frenadas, perforar las suelas de nuestras zapatillas Tao. El roce de las cubiertas desbastaba esta goma como si rozaran un queso. Cuando llegabas a tu casa, a los calores de los pies había que añadir los de la cara, o los del culo, según los casos, debido a los torniscones que recibías por estropear en una sola tarde las Gorila o las Tao. Una de tantas actividades que terminaba en este premio como remate de la hazaña.

La llegada de una tanda de bicis nuevas en sólo dos años se debió a la coincidencia de ser muchos los que empezábamos el bachillerato en el instituto de Segovia. En esta tesitura, a nuestras familias les salían mejor las cuentas comprándonos una bici nueva, unas dos mil pesetas, para recorrer los dieciséis kilómetros diarios de ida y vuelta al instituto, antes que cargar con los costes de una residencia en la ciudad, tal como se hacía con las chicas en las mismas circunstancias. Esa fue la causa de que llegaran hasta nuestras manos aquellas máquinas tan esperadas. Varias veces al día nos congregábamos sin venir a cuento en la plaza del frontón para, en calidad de ciclistas de ley, observarnos como nuevos propietarios y complacernos en admirar los brillos de aquellas Super Cil, y alguna GAC, de colores inmaculados, veloces, clasificadas como "de media carrera" -por ser, como algunos decían "de guías gachos"...-. Muchos permanecíamos todo el santo día agarrados a la bici. Y si no las guardábamos en nuestros dormitorios fue para que no nos tomaran por anormales.

En ningún caso se cumplió esa sentencia tan redicha según la cual, cuando ya se posee lo que con tanta insistencia se anheló, se desinfla el entusiasmo y desaparece el interés. En nuestro caso sucedió lo contrario: nos introdujo en un universo de expectativas porque sobre una bici nos sentíamos dueños de una parte del mundo: la que se podía abarcar con un vehículo que sólo dependía de la fuerza de nuestras piernas; una energía autónoma, gratuita e inagotable. Resultaba gratificante experimentar cómo lográbamos, gracias a nuestra máquina, ser más dueños del espacio y del tiempo; éstas coordenadas, tan rígidas para un simple caminante, ahora se flexibilizaban porque interveníamos sobre ellas escapando de su rígida autoridad. Todo se volvió más relativo, más posible, porque una sola pedalada de fuerza media equivalía a más de diez pasos.... Habíamos recobrado las alas por las que tanto suspiramos; las distancias se encogieron y el tiempo se estiró. Nos transformamos en jinetes a jornada completa pero también en pequeños dioses investidos del don sagrado de la ubicuidad. O casi.

El encargo principal de las Super Cil, el de simple herramienta para ir a clase, también nos sirvió para compartir los tiempos de trayecto con otros estudiantes mayores de los que nos gustaba escuchar sus comentarios sobre todo lo relacionado con las clases, útiles a veces para tratar con profesores o encarar asignaturas. A menudo se formaba un grupo de dieciocho ciclistas para salir al amanecer desafiando los extremos del clima por una carretera cuya solitaria cuya calma la convertía casi en nuestra propiedad particular. Éramos tantos y con tantas ganas de juerga que durante los recorridos nunca faltaron las ganas de diversión. El tráfico tal y como lo conocemos ahora no existía; alguna camioneta colmada con grava de nuestros ríos circulaba tan lenta en las cuestas arriba que nos servía para agarrarnos a algún saliente de la caja y dejarnos llevar sin esfuerzo, entre guasas con los conductores, que nos amenazaban con gritos y sacando los puños por la ventanilla; pero sólo obedecíamos a quienes se atrevieran a parar en plena cuesta y bajarse del camión...algo que muy rara vez sucedía. Nuestras bicis cumplieron bien ese encargo académico pero también nos recompensaron con aquellos que tanto habíamos anhelado. Los límites del término se ensancharon, el tiempo cambió de medida y nosotros podíamos estar en cualquier parte y a cualquier hora.

El Cosmos se desdobla


Las primeras correrías las teníamos ya muy pensadas desde años atrás: la ampliación de nuestro reducido mapa de a pié por el que hasta ese momento nos habíamos movido como simples caminantes; el convertirnos en exploradores de lejanos territorios con nombre propio que sólo conocíamos de oírlos repetir en las conversaciones de los mayores y que tanto bullían en nuestra imaginación: caseríos, anejos, lastras, el cementerio visigodo, los huertos, las viñas, nidos de aves lejanas, así como todo el catálogo de recolecciones: prados de setas ocultas, las zarzamoras de los confines, las bellotas de los montes prohibidos, las endrinas gigantes, los oasis de acederas tardías, los berros de manantiales secretos... ya todo el término era abarcable y cercano con la ayuda incalculable de las bicis. Fuimos añadiendo las fiestas. Primero las de Torredondo, más tarde las de los pueblos limítrofes y después, viajes a estos mismos sitios, o a sus parajes, ya sin fiestas ni excusas. Iniciamos un periodo de actividad frenética como ciclistas, en el que acumulamos un historial de anécdotas imposible de detallar en este pequeño relato. Sin embargo sí quiero dar cuenta de la que con más fuerza y nitidez acude a mi recuerdo.

Medraban en Fuentemilanos varias pandas de chicas que, por capricho de la naturaleza o de las leyes de Mendel, el caso es que carecían de su correspondiente panda de chicos. En realidad, en aquélla época apenas había chicos en este pueblo vecino, ni siquiera podían formar un equipo de fútbol. En Madrona se daba una situación inversa; al menos nuestra panda, que disponía de guateque permanente muy bien abastecido de música, el Cosmos DC, y, sin embargo, presentaba un déficit manifiesto de chicas. En el buen tiempo subíamos muchas tardes hasta este pueblo vecino porque teníamos la seguridad de encontrarnos con pandas de chicas paseándose por la misma carretera y así, disimulando una casualidad natural, enhebrar diálogos y gastarnos bromas con cualquier excusa; en alguna de esas incursiones en bici llegamos a un acuerdo con la panda mejor provista de chicas guapas y, como decían los mayores de entonces, sin compromiso. A pesar de asentarse en un cerro expuesto a todos los vientos, la hermosura de las chicas de Fuentemilanos gozaba de cierta fama entre las poblaciones limítrofes; además, ¿quién es feo a los quince años...?. El convenio alcanzado consistía en organizar con ellas nuestro guateque en las afueras de su pueblo algún fin de semana, en lo que pudiéramos llamar una sucursal al aire libre del Cosmos DC. Y ahí nos vemos todos los de la panda, escalando la Cuesta Arnal en bici y transportando cada cual una cosa: bolsas repletas de discos sencillos, otras con elepés, el tocadiscos (marca Cosmo), un altavoz suplementario, pilas de las más gordas… y muchas ganas de aires nuevos.

Instalamos los trastos donde ellas nos indicaron: al pié de la fuente que da nombre al pueblo, un nombre muy predispuesto a las bromas, y al anochecer, camuflados entre álamos blancos de ribera, las prisas y nervios de los convocados delataban cierta represión de afanes muy antiguos. A los primeros compases nuestros cuerpos se encontraron sin disimulo con los de nuestras amables vecinas, hasta entonces sólo asequibles para estos menesteres en las fiestas del Cristo del Consuelo. Enseguida experimentamos las enormes diferencias respecto a los bailes públicos en la plaza de su pueblo. Eso es lo más característico de bailar en los guateques: una sensación narcótica de que el mundo empieza y acaba en los dos que se abrazan... Además, allí la luz lunar otorgaba a nuestra humilde reunión un impagable complemento de intimidad en plena naturaleza. Un pequeño rescoldo emitiendo incandescencias en la inmensa llanura castellana; ese baile era creación nuestra, en él sólo se escuchaba la música seleccionada por nosotros, por eso disfrutábamos de todas las canciones como si las tocaran en dedicación exclusiva. Por nuestra parte tampoco se puso ninguna pega a que ellas ubicaran el solar de baile sobre una media ladera. En aquella cuesta los Rolling se desenvolvían muy bien, como Tina Turner y los temas sueltos de los Four Tops, los Temptations... porque son todo-terreno y no reparan en precipicios ni peñascos. En la sesión del lo agarrado también nos adaptamos de manera más que aceptable a Aphrodite´s Child o Neil Young, (¡ay "Corazón de oro" cuánto nos has facilitado las cosas algunas veces....!), incluso la melosería de Cat Stevens tampoco se daba mal. Por supuesto que también abusamos del "Isn´t a pity" de G. Harrison... Aunque no supiéramos decirlo así, nuestra selección discográfica estaba técnicamente planificada para actuar como artillería subliminal de aproximación y envolvimiento. Los temas escogidos contenían un encargo de ayuda que se cumplía según lo previsto. Peor resultado cosechamos con sus encargos de canciones de Mari Trini o de Cecilia; ellas los pedían para que el horno donde se cocían aquellos panes contara también con un sosiego romántico, una burbuja poética, pero nosotros nos encontrábamos siempre con la misma pega: a alguno se le escapaba una sonora carcajada al escuchar en castellano aquellos romanticismos a pie de monte, risas contagiosas entre los chicos del todo inoportunas porque los enredos de los cuerpos no necesitaban versos sino batallas.

Si es que bailar las canciones de Cecilia es como bailar el parte, dijo alguien. Lo de movernos abrazados sobre aquella media ladera tampoco nos cogió desprevenidos, porque ya lo teníamos practicado de sobra en las fiestas de Hontoria, pueblo asentado en cuesta que celebra los bailes de su función principal sobre la misma pendiente que ocupan sus calles y plazas. Al principio percibes el incordio de no desenvolverte con naturalidad, a nivel, pero después le vas cogiendo el punto y vas jugando con las gracias de solventar los compases en desnivel. También era una oportunidad para las más bajitas, o bajitos, que sacaban partido a los intervalos de las vueltas, al modo de las figuras del tiovivo.

Siempre elegíamos los últimos momentos de la tarde para iniciar nuestro guateque tomillero y la sesión acababa a la hora que a ellas, nuestras protagonistas, las exigían volver a casa. Oficialmente esto fue así. Nosotros recogíamos los atalajes musicales y, para regresar sobre nuestras monturas, la verdad es que lo teníamos muy fácil: sólo con dejarnos llevar por la cuesta Arnal, ahora a nuestro favor, en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en Madrona; por algo a la ida habíamos escalado la cuesta... A su vez esta bajada era muy de agradecer para los que les duraba el sofocón... porque el frescor del soto nos atemperaba cuerpos y almas. El interés mutuo de ambas pandas mantuvo la celebración de varios guateques campestres hasta el día en que algunos de los pocos chicos del pueblo, haciendo frente común con las madres y padres de las chicas, y alimentando el histórico pique entre estas dos aldeas, lograron disuadir a nuestras amigas de lo que ellos imaginaban como "bacanales con los de Madrona". A nosotros nos advirtieron con cumplir la peor de las amenazas que nos podían hacer en aquellos días: quitarnos las bicis. Así que ante el riesgo de un precio tan alto, dejamos que corriera el aire durante un tiempo. Sin embargo, la amistad entre ambas partes salió ganando, se fortaleció contra los recelos y amenazas de sus convecinos y sobrevivió al paso del tiempo, porque había nacido con la fuerza de un verdadero intercambio cultural.... al anochecer.


Desencuentros en la tercera fase

Hasta los dieciséis años, el pequeño mundo de nuestras bicis se mantuvo uniforme en sus usos y costumbres; las pandas se movían como esas bandas de aves que forman una pequeña nube, cuyo contorno cambia manteniendo una misma dirección, una armonía integradora. El punto de partida se sustentaba en el equilibrio de circunstancias con el que afrontábamos las actividades más frecuentes: paseos, carreras, apuestas, excursiones, desafíos de filigranas sobre los pedales... sin más incidencias que las de salir calados de alguna tormenta o alguna multa de la Guardia Civil por no llevar faro...

Una de las aspiraciones que compartíamos en secreto en relación con nuestro entrañable vehículo era la de ampliarlo a dos íntimas plazas: pasear en él a una chica, a poder ser nuestra elegida, pero no sobre el soportín en el que atábamos los libros del instituto en invierno, sino sentadas de forma transversal sobre la barra que une el sillín con el manillar. Las posibilidades eróticas de un paseo en bici en estas condiciones nos hacían imaginar a nuestra elegida compartiendo un mismo aire, protegida del mundo exterior por nuestros abigarrados brazos, en una especie de nido entrañable, gobernable sólo por quien pedalea. Una fantasía sublime cultivada hasta la obsesión debido a su variedad de posibilidades pero, otra vez, también aquí eran muchos los llamados y muy escasos los elegidos. Esta forma de convertirse en nuestras pasajeras preferentes, de primerísima fila, era un atrevimiento considerado como pecaminoso, muy mal visto, estrictamente prohibido como todo goce carnal y, en consecuencia, temido por una de las partes beneficiarias. Conclusión: en una gran parte de casos se mantuvo la aspiración intacta....

Con la irrupción de las motos, enseguida nos dimos cuenta del cambio radical que dio esta cuestión. Resultó que a partir de entonces sí; ya sí las encantaba que las pasearan en moto, sentadas en la parte de atrás del mullido asiento; esto ya era otra cosa, abrazadas a la cintura del conductor a una distancia y presión variables pero, en cualquier caso, reguladas en todo momento por ellas a su sola conveniencia ya no parecía una exhibición lujuriosa... sólo porque ellas viajaban detrás... A su vez, su velocidad incomparable, dotaba a estos vehículos de una capacidad de desaparición asombrosa, ideal para burlar las largas exposiciones a escrutinios de vecinos fisgones que tanto se padecían desde las bicis. Estas máquinas sí parecían acercarte a la perseguida magia de la ubicuidad.

Se inició una nueva era, aun vigente, donde las novedades se sucedían con un ritmo de vértigo en todos los ámbitos de la vida. La introducción de electrodomésticos, vehículos y automatismos para las familias y los trabajos, transformaron las viviendas, el campo, los horarios, las costumbres, las familias, los sonidos... estábamos iniciando el tránsito irreversible desde una sociedad equilibrada por un mismo contexto y cohesionada en la humildad, a nueva que nadie podía interpretar, ni asimilar, ni entender, pero esto sería ya otra conversación.

Los dieciséis años marcaban la línea de un antes y un después también en otros ámbitos. Los estudiantes acababan su bachillerato, "salvo honrosas excepciones" que podemos decir algunos... y se pasaba a COU, un curso ya con barruntes de Universidad. Después de seis años de trayectos entre Madrona y Segovia se hacía notar cierta saturación. Esa era la edad exigida para poder conducir motocicletas de hasta 49 centímetros cúbicos, y los dieciocho para obtener el permiso de conducir turismos y motos grandes; esta cercanía de edades cambiaba el punto de vista de las cosas. El número de los que ansiaban esa fecha para obtener el permiso y acceder a la categoría de piloto se multiplicaba en idéntica proporción a la cantidad de motos nuevas que llegaban al pueblo. Estas máquinas tardaron muy poco en convertirse en tótem de la juventud. Eran los años en los que Ángel Nieto encadenaba victorias y títulos mundiales... con lo que el olor a gasolina a algunos nos perturbaba la razón. Era natural. Muchos ya soñaban con ellas mientras desoldaban las perlas de aquel motor "Campeón" anclado sobre una máquina de aventar cereales en la era, cuya tolva había que abastecer a pala para que limpiara el grano, el tener algo similar entre las piernas obedeciendo cualquier orden tuya sobre dos ruedas mientras viajas... eso no tendría precio.

La batalla de la bici, en una sociedad que empezaba a cegarse con los brillos de las apariencias, se veía perdida de antemano; es más, ni siquiera se planteó; no había color. Hasta el principio de Arquímedes empezó aquí a perder fuelle, porque el valor real de las cosas se difuminaba cuando competía frente a los destellos de superficie.... Al conducir uno de esos ingenios ingresabas en la categoría de motorista y propietario de un vehículo a motor, cualidades muy por encima de las de un simple ciclista con pinza en la pernera del pantalón, por mucho músculo que abultaras. Fue un golpe bajo que transformó nuestra fijación por las bicis en un estado de emoción permanente suscitado por aquellas Rieju Confort, la más veloz de todas las 49 cc.; la elegante Derby Antorcha, marca campeona del mundo; Guzzy Dingo, firma legendaria de sonido inimitable; la envidiada Montesa Scorpion 50R, cuyo diseño se adelantó a su época... y el civilizado escúter Vespino L, tan humilde y silencioso como efectivo y con un diseño femenino. Aunque todavía eran máquinas elementales gozaban de atractivos irresistibles: un consumo insignificante de gasolina, un mantenimiento sencillo, se situaban a medio camino entre el coche, inasequible para muchos bolsillos, y la bicicleta, que cobraba un precio en esfuerzo y lentitud. Y en nuestra sociedad, muy tradicional a la hora de resaltar notas de antigua hidalguía, la llegada de las motos en aquellos años contó con iguales ventajas a las que hoy gozan otros antojos que la apisonadora del consumo nos sirve en bandeja: no sólo no encontró ninguna oposición sino que se vivió como una liberación del esfuerzo, un tanto del progreso. Y no hay nada que rebatir, porque además cuenta, y mucho, el componente disfrutón de cualquier moto; tan solo el reparo de que no se debió consumarse a costa de marginar a las bicis hacia un tercer plano.

Ni en nuestro pueblo ni en ninguna otra parte del país fraguó jamás una cultura de la bici al estilo de otros países europeos: una costumbre de uso sin connotaciones sociales o económicas, un convencimiento arraigado de que esta apacible máquina sólo procura beneficios. Pero entonces, como ahora, la cultura que mejor se entendía era la de "a quién más pueda" y "maricón el último...". En consecuencia, el uso de las bicis ya se consideraba como de segundo orden y, en cuanto se podía, eran reemplazadas por cualquier vehículo con motor. Sólo permaneció un uso secundario como herramienta de ocio, lo mismo que hoy.

En mi panda ocurrió igual que en las demás: los que trabajaban no necesitaron más trámite que acudir a la tienda para pedir una y de los que estudiaban, unos no podían y a otros no les dejaban. Esta nueva situación derivó en una asimetría respecto a la afinidad con la que nos movíamos, sobre todo cando se presentaban ocasiones de salir del pueblo, el escenario cambió de forma radical. ¿Cómo se podría mantener acorde una panda en la que unos viajan en bici y otros en moto?

No sé adónde habrán ido a parar las numerosas bicis nuevas de aquella época, pero mi Super Cil azul de media carrera -al final descarté el color verde, tal vez para alejar los malos sueños- todavía conserva, cuarenta años después, parecidos destellos, el mismo brillo. Mantengo hacia ella una fidelidad sustentada en los incontables momentos de dicha que me ha proporcionado. Son cuatro hierros con unas gomas, de acuerdo, pero son testigos de las experiencias más importantes de una existencia. Aun hoy, aunque disponga de otras máquinas incomparables, me acerco a ella con el mismo respeto de los diez años y procuro mantenerla en perfecto orden de revista. Nunca quise abandonarla, ni sustituirla, ni dejarla envejecer, porque todavía me tiene que llevar a los sotos a buscar endrinas y zarzamoras, a los montes a recolectar bellotas y tomillos, a los prados si nacen las acederas y las setas; a los campos, en tanto crezcan la hierba y el trébol en los que revolcarse..., a repasar por las roderas de los caminos mientras exista yo y mientras exista también el aire, el cielo y la tierra.

Y sigo creyendo que es un vehículo insuperable para compartir conversaciones, miradas, deleites, complicidades y otras emociones que uno se va encontrando sólo con el impulso del leve movimiento, como los detalles de la brisa, de los paisajes, del silencio, del sol y del agua. También es fácil comprobar que, en su modestia es el vehículo más civilizado y respetuoso con todo y con todos; por eso ha sido agraciado, tal vez por determinación de alguna justicia cósmica, con el don de la perpetuidad, igual que sempiterno es también el recuerdo de los estallidos de vida que se abrieron paso sobre esas dos ruedas guiadas por un manillar.

Fernando Ayuso Cañas. Otoño 2006

Cacharrería de evasión

..árboles para la vida...