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Rutas Sentimentales XII
Bandas sonoras

Esta ruta tiene lugar en Madrid y pertenece a ese territorio brumoso donde se expanden y pliegan las emociones más puras, esas que no entienden de propiedades, lindes, fronteras, aduanas, peajes y todas aquellas líneas artificiosas con las que algunos iluminados disfrutan fijando separaciones y hechos diferenciales para después, llegado el caso, darnos de hostias entre vecinos por un lindazo, un tamojo de chaparros o un trapo de colores. Esta ruta no. Esta puede acompañar en todo momento a salvo de requisitos y empadronamientos allí donde cada uno se encuentre.
Puerta del Sol de Madrid, en una tarde de agosto inmensa, serena, limpia, tranquila, especial, con una temperatura tan agradable como inverosímil…. De todos los agostos que he pasado en Madrid, tal vez éste de 2007 sea el único en el que se ha podido disfrutar de una ciudad más civilizada, más natural, más como la querríamos el resto del año. Como me encuentro con todo a favor para dar rienda suelta al hedonista que todos llevamos dentro, acudo a la planta de discos de la fnac de Callao tal vez en busca de esa guinda que corone la tarde para dejarla redonda, niquelada como dicen los mecánicos. A quienes nos va la marcha musical y sus soportes, los discos, bien se presenten ordenados, bien a montoneras, siempre nos han proporcionado momentos de intenso placer sólo con la práctica de hurgar entre ellos, de trastearlos mientras suena la música a un volumen bien alto, bien digerible. Antes eran vinilos, ahora son cedés, pero la pasión está a salvo de las veleidades de los formatos.

Tina Turner & The Ikettes
Al igual que nos ocurre en las casas particulares, ninguna tienda de música,
estable o ambulante, aplica un orden de colocación lógico o ilógico
a su mercancía. Todo se supedita al criterio del encargado, o más
aun: según se le presente la jornada le puede dar por una ordenación
estándar o bien por una colocación vengativa y discriminatoria
respecto a ejemplares que le envenenan su recuerdo o no se venden como él
esperaba… vete a saber. Por fortuna los géneros musicales no están
delimitados. Ni siquiera la música clásica o de orquesta, porque
¿dónde colocarías tu la serie de grabaciones de temas modernos
"convertidos a clásicos" por la London Symphony Orchestra?;
¿cómo clasificar las canciones de Nacha Guevara? Te encuentras
con artistas que, dependiendo del establecimiento, los sitúan en jazz,
soul o incluso pop internacional. Y este desorden selvático es la pimienta
de esta actividad de buscador de tesoros, paciente tamizador de montañas
de arena en busca de la gema que en su mente se ha tallado. El disco que buscas
y no encuentras puede que se esconda donde menos te lo esperas para darte una
sorpresa, o puede que te digan que está agotado pero siempre te quedará
por intentar alguna búsqueda en otro apartado. Hay que creer en los milagros,
si no, no nos ocurren.
En la época de estudiante, los periodos de vacaciones contaban, entre
otros muchos, con un aliciente muy importante y festivo a un mismo tiempo: la
visita ritual al puesto de discos del mercado de los jueves. En la ciudad de
Segovia, en aquellas fechas y durante muchos años, en cuestiones de tiendas
de música, sólo La Casa del Siglo XV mantenía un exiguo
apartado dedicado a la venta de discos selectos a precios prohibitivos. Los
vendedores ambulantes de discos solían ser personajes muy enrollados
y los que conocían el oficio te vendían los vinilos como un logro
múltiple: el de poner a tu alcance herramientas de conquista, momentos
de gloria, trocitos de cielo. Estaban en lo cierto. El vendedor ambulante de
discos de Segovia, con el pelo escaseándole ya en el panel superior,
pero adornado con melenas laterales y gorra de estilo marinero, mostraba su
oferta en grandes cajas de plástico (en origen destinadas a fruta) colocadas
sobre un rectángulo de mesas desmontables y bajo un toldo, ordenaba el
género en sectores de precio y a ese rol de tesorero de la felicidad
añadía por su cuenta un valor a cada vinilo del que te ofrecía
varios datos comprimidos en una breve ficha verbal acabada siempre con el mismo
remate:: "esos que has cogido están descatalogados y ya no se encuentran.
Son joyas, no mires el dinero…" y miraba para otra parte del puesto como
si ofreciera algo prohibido y tuviera que defender la mercancía de supuestos
agentes del fisco, o del confisco. Esta frase la aplicaba a cualquier ejemplar.
Para él todos estaban descatalogados. Usaba estos amuletos y te permitía
tenerlos en tus manos y examinar los surcos sin límites de tiempo, sin
atosigar; una técnica de engolosinamiento muy antigua no inventada por
ningún tecnócrata moderno; pero en lo demás era serio,
no admitía regateos y si alguno estaba rayado te lo cambiaba.
Esta tarde se abren paso en la memoria porque en la segunda planta de la fnac
me encuentro de repente con viejos amigos. En ese momento están sonando,
bien alto y bien claro, quien lo diría, los Creedence Clearwater Revival,
ese grupo tan familiar en la época de los guateques al que podías
imaginar natural de algún pueblo de la sierra limítrofe con Madrona,
con la voz ganadera de John C. Fogerty (guitarra, arpa y vocal) como si fuera
nacido y criado en Otero de Herreros de toda la vida. Mi primer pensamiento
es una exclamación interior: ¡estábamos en lo cierto!, ¡estábamos
en lo cierto! Nuestra elección y nuestro gusto de la época de
nuestros guateques eran universales, indestructibles, sempiternos... Mientras
se suceden sus canciones, treinta y cinco años después de que
las escuchara por primera vez en el Factory Club, se dice pronto, empiezo a
hurgar en los anaqueles centrales de la sala y compruebo con cierto regusto
que en su mayor parte están ocupados por muchos de los discos de entonces,
de los años sesenta y setenta con sus mismas imágenes, sus mismas
fotos: ahí están todas las obras de los Rolling Stones, sus satánicas
majestades; Bob Dylan, predicador al que le arrebataron éxitos para músicas
de iglesias; Neil Young, un pastor de merinas bonachón y, por sus artes
cercanas, como un pariente del pueblo de al lado; Jethro Tull expertos en lamentos
oníricos celtas; Leonard Cohen, ese seminarista ateo con el que se puede
establecer un desahogo de cuitas en total confianza; los Allman Brothers Blues
Band, con esos sonidos que incitan al movimiento, al viaje; a estar de pingo…
todo el catálogo de la Tamla Motown, todos los artistas de Atlantic,
entre ellos los siempre actuales Led Zeppelin con toda su discografía
ahora plasmada en ceros y unos, remasterizada, esta es la palabra y con todos
sus sonidos como pasados a limpio; Génesis, cuatro músicos llenando
universos con una multiplicación de armonías perfectas; Joe Cocker
con esa voz que se desgarra por momentos muy apta para protestar, para abrir
sendas entre la maleza, para dar un puñetazo sobre la mesa; los Supertramp,
que son como la Cruz Roja, siempre en situación de servicios mínimos,
siempre a punto para una urgencia emocional; Simon y Garfunkel, conspicuos arcángeles
entonadores de los salmos de nuestras religiones sentimentales, siempre a la
espera de milagros; trovadores de la espiritualidad de nuestras pasiones terrenales,
bálsamos acreditados para calmar contratiempos y desencuentros, artífices
de bandas sonoras que inmortalizaron instantes de gloria particular, cuánto
poder de sanación y disfrute esconden sus tímidas voces. Ahora
se reeditan sus éxitos en un doble cd llamado The Esential, una serie
que acoge también a Leonard Cohen, Santana y muchos otros inquilinos
de los anaqueles de nuestros guateques. Asombroso. Pasa el tiempo y en la fnac
siguen sonando temas de estos quintos nuestros. Para mi estadística particular,
me fijo en qué tipo de compradores adquieren estos milagrosos discos
multicolor y observo que la gran mayoría es gente joven. Tal vez los
hayan escuchado en los tocadiscos de la casa de sus padres y se hayan contagiado.
Después de dar un gran repaso a casi todos los índices alfabéticos,
numéricos y aleatorios de las estanterías y otros depósitos,
a colecciones, recopilaciones… compruebo que los antiguos títulos, con
las mismas fotografías del puesto del mercado del jueves en Segovia,
compiten abiertamente con los grupos actuales, ídolos para, es un poner,
los chavales a partir de dieciséis años…y aquí, y hoy,
entre el aire acondicionado, siguen sonando temas ya históricos, ahora
de J.J. Cale, así que todavía no me voy, aun a costa de aumentar
el manojo de discos que voy acumulando y que habrán de pasar por caja.
Llega un momento en que me tengo que marchar, sin querer y sin obligación,
pero no me queda otro remedio porque me expulsa el aire acondicionado, por esa
manía de los encargados de mantenimiento de estos edificios inteligentes,
de arrecirnos en pleno agosto.
En la calle Preciados recupero el calor y una hora de luz que falta para anochecer.
Vuelvo a casa por un itinerario entretenido y frecuente: calle Espoz y Mina
hasta Plaza del Ángel. En ésta se encuentra el Café Central
en el que hoy, como es habitual, un cuarteto toca jazz para los afortunados
que han conseguido un sitio en el pequeño local. Si en los días
no vacacionales es necesario superar un eslalon para acceder y, con mucho favor,
solicitar una comanda en la barra, hoy sencillamente se vuelve imposible. Todo
está bloqueado. Petado, en terminología actual. Las mesas de la
terraza también a tope y grupos de gente esperando la conquista de unos
centímetros libres. Opto por continuar mi ruta por la calle Huertas,
calle de disco-bares famosa del centro de la ciudad, ahora peatonal, más
amable, más humanizada y mejor transitada. En muchos bares suenan músicas
actuales, un tanto estrepitosas pero enseguida constato que otros cuantos todavía
eligen las canciones de grupos y solistas de nuestros guateques: Bob Dylan sigue
siendo un valor seguro, Joe Cocker y su voz cazallera todavía sigue gustando,
Van Morrison es imprescindible en cualquier discoteca, por modesta que sea,
y cuando su voz asoma de algún local de estos te das cuenta que el mundo
de las fechas y sus cifras a veces queda inservible del todo; lo mismo ocurre
con Peter Gabriel, Deep Purple… y toda una generación de creadores que,
aunque no se estudian en los libros, para muchos son poetas todoterreno a los
que recurrimos en todo momento. Y gusta comprobar que uno no está solo
en esta afición, así que doy en pensar que existe un público
joven que, además de demandar esta música para su disfrute íntimo,
ahí está el ejemplo de la fnac, también la comparten en
amor y/o compañía por estos bares.
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Agoto la calle Huertas y enseguida estoy en casa. Voy derecho a mi almacenillo
para elegir la pequeña banda que servirá de fondo a mi cerveza
disfrutada sin forcejeos, sin prisas, y elijo a Randy Crawford. Mientras descorcho
el manojo de cedés recién comprados suena su maravillosa voz a
la que yo le aplico una traducción simultánea, habilidad muy recurrida
desde la primera adolescencia pero con nuevos textos cada vez que suena, esa
es la magia; con paisajes musicales a estrenar, limpios, sin tropezones, sin
telarañas, sin carcoma; como una ablución interior que te deja
la mente limpia, abierta y con olor a jabón. Eso es la música,
la renovación de mundos íntimos con nuevas esencias, nuevos colores,
nuevos horizontes.
La voz de Crawford, con esos registros
exclusivos e indescriptibles de las cantantes negras, llena el milagroso silencio
de la casa como si interpretara para mi solo, como si fueran temas dedicados,
una cualidad sobresaliente del jazz. Haz la prueba con Diana Krall, aunque sea
blanca y rubia.
Y cuando acaba este disco, me pongo un popurrí artesanal en mp3, banda
sonora de cientos de canciones, con un poco de todo lo de entonces y otro poco
de algo de lo de ahora, porque los mundos musicales no se interconectan por
cifras y letras, sino por nuestra capacidad para la emoción y por nuestro
sentido de lo fantástico.
Y porque estábamos en lo cierto.
Fernando Ayuso Cañas (agosto 2007)