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Rutas Sentimentales XIII
Paletos

Hay rutas que uno
recorre acompañándose de la lentitud, desbordado a cada instante
por inquietudes entrañables, como la de retener lo que, sin mostrarse
a la vista, puede acariciarnos: las brisas, los sonidos, los olores, los silencios...;
o aquellas como la de amplificar las emociones más sutiles... tamizar
los recuerdos... filtrar los posos del agua que calma la sed... humedecer semillas
que anuncian su germinación... atrapar colores para fijarlos en lienzos
sin esquinas... hurgar en las aberturas iluminadas del presente, único
momento con existencia real... en resumen, para complacerse, para rebullir en
esa felicidad aristotélica e inagotable que nos procura la mansa contemplación
cuando se está en paz, si no con la totalidad del orbe, al menos con
uno mismo.
Y hay rutas en las
que uno se debe armar con un palo porque a buen seguro que por los caminos que
hayan de pisar sus pies se topará con cardos, abrojos y otros hierbajos
rastreros que han germinado extramuros de su cotera, atreviéndose a invadir
la senda del paseante tranquilo. Su lucimiento les costará la guillotina:
habrá que descabezarlos en un primer golpe y arrancarlos del segundo.
Es verdad que cuando golpeamos el ramaje de un cardo, éste se cobra también
su venganza esparciendo su semilla y, por tanto, multiplicando el territorio
de su medranza, pero sólo en el caso de que esté seco, porque
en verde el envite, si es certero, lo dejará sin posibilidad de descendencia.
Esta es una ruta contra
algunos cardos que invaden tramos de un camino que, a pesar de lo que ha costado
cimentar, nadie parece defender como si pesaran más los reparos a la
hora de esta zafra a base de machete que los beneficios de una senda limpia.
Tal vez se deba al arraigo de esa cultura tan perversa resumida en que lo que
es de todos no es de nadie; pero esta sería otra conversación.
No recuerdo el motivo.
Puede que le gastáramos una broma, le hiciéramos una faena, le
acertáramos con un proyectil de tirador, le dejáramos plantado
o simplemente le pegáramos. Lo cierto es que nos llamó paletos.
Fue un grito entre sollozos.
A los de mi panda.
Paletos.
Fue la primera vez
que oíamos esa palabra y todavía carecía de significado
para cada uno de nosotros, si bien por la causa y el tono que percibimos tendría
que significar forzosamente algo malo para nuestra persona. En consecuencia
no reaccionamos de ninguna manera. Quietos hasta ver, no vaya a ser que la emprendamos
con él, haya refriega y luego no sea nada... nos dimos la vuelta y con
las mismas le dejamos cerca de su puerta a sabiendas de que la cosa no quedaría
tal cual, ni por su parte, dado el berrinche que se agarró, ni por la
nuestra porque en los pueblos, al menos en los pueblos, sucede que quien pretende
adjudicar un mote tiene muchas posibilidades de quedar bautizado con su propio
invento, en tanto su presunto destinatario, a poco que sepa capear el dardo,
queda libre de sambenitos. Paradojas del destino con aromas de venganza. Otro
tanto se puede decir de cuando alguien pretende lucirse con alguna expresión
o término de mucho voltaje: se juega el quedarse apodado con él
para el resto. Insigne caso el que se me desvía ahora la atención:
el recuerdo del inefable Facultades, Facu...
No tardamos en averiguar
el significado de esa palabra que él, resguardado en el territorio acotado
de su puerta y entre parientes que le hacían de escudo, nos disparó
como insulto. Esa vez le salió gratis. O sea que nosotros para él
éramos sólo unos pueblerinos, gente atrasada y violenta. Algo
así. Es verdad que ignorábamos todo de la ciudad donde vivía:
Madrid, esa mega ciudad de aluvión. Sí notábamos cómo
a sus vecinos le gustaba lucir en el pueblo las camisas blancas sin ser domingo,
conocíamos su habilidad para reundir los cigarrillos... en realidad cundían
todo hasta la desesperación… es verdad que no teníamos ni idea
de ninguna ciudad, entre otras cosas porque con menos de diez años sólo
nos interesaba la calle, los juegos y las aventuras al aire libre. Tampoco se
nos daba bien, en general, la corrección en el lenguaje (para ser sinceros,
sólo en las huidas rozábamos cierta perfección), el acabar
las palabras en ado o ada... manejábamos un vocabulario reducido por
elemental y tampoco decíamos papá y mamá, sobre todo por
influencia contramariconil de las pandas de los mayores. Así que nosotros
decíamos padre y madre y el sonido final de muchas palabras era a u o
para economizar, para hacerlas más rápidas, ágiles, salvajes
y situarlas fuera de norma silábica. Creo que todos asociamos el concepto
paleto a una mezcla de ignorancia y atrevimiento, aderezada con un tipismo agreste
originario de los establos y los surcos.
La palabra se lanzaba
como insulto y en aquellos días acarreaba el mensaje de superioridad
de una civilización, la suya, la urbana en general, que ante todo cuida
las medidas y las formas, frente a otra, la nuestra, que superpone los contenidos
al envoltorio.
Y sucedió que
este cardo y algún otro más de su especie se quedaron con el nombre
de paletos por méritos propios. Si paleto equivalía a ignorante
y atrasado, éstos que, a falta de otro sitio más barato, venían
al pueblo a pasar unos días en verano, pero ignoraban cómo desenvolverse
en él de acuerdo con las leyes de las calles de tierra, de las relaciones
sociales entre las pandas, de la intemperie y de la naturaleza en estado sólido.
Poco después
supimos que alguno de ellos nunca se enteró de nada y sigue siendo el
paleto mayor del reino, allí donde quiera que se encuentre. El paradigma
de cardo que motiva esta ruta es aquel que agotó su infancia sin saber
conducir aros con guía; después, ya talludito, tampoco aprendió
gobernar la bici marchando en grupo sin causar o sufrir accidentes, mucho menos
llevar a una pasajera en la barra, ni frenar con el pie, ni derrapar, ni salvar
las roderas de los caminos, ni evitar los pinchazos, ni arreglarlos. No se podía
contar con ellos para ir a nidos, a peces, a melonares, a fruta de los huertos,
a buscar bodones para nadar... no podían disfrutar de las acederas porque
las confundían con las de perro; tampoco diferenciaban las endrinas de
las bayas del saúco, ni los majuelos de los escaramujos; ni un barbecho
de una rastrojera, un carnero de una oveja, un caballo de una yegua; un vencejo
de una golondrina, un alcotán de un milano; un lindazo de un cornejal...
no sabían de la misa la mitad pero se atrevían a despreciar con
una sorna intensiva usos y costumbres hasta llegar a la burla de la terminología
cotidiana del pueblo. Sus padres acababan de dejar la yunta y el arado, pero
ellos se ya sentían redimidos y como ascendidos a una casta superior.
De otra parte, además de esa piel de color lechoso que les identificaba
no ya como forasteros, sino como impropios del entorno, no ganaban nunca un
desafío; no soportaban caminar descalzos en las eras; tampoco resistían
los embates de los juegos de habilidad en la plaza, ni los del frontón.
Temían al cieno de los bodones, a la oscuridad y a las lejanías
del pueblo. En situaciones de acción y sigilo se comportaban como unos
auténticos patosos y, en consecuencia, su compañía suponía
en cualquier situación un lastre para nuestras actividades al aire libre.
Sus padres se percataban de nuestro indisimulado rechazo y nos regañaban
al recomendarnos, es decir nos amenazaban, que "les ajuntáramos".
Pero no había manera. Casos imposibles. Ni siquiera sus primos contaban
con ellos para ninguna ocupación placentera. Sin embargo ellas, hermanas
o primas, eran muy distintas.
Me recordaban estos
veraneantes a los perros de piso. En aquella época los perros urbanos
en sus estadías en los pueblos eran dignos de lástima: andaban
como perdidos, desubicados, con el rabo soldado a las patas, siempre temerosos
refugiándose entre las piernas de sus amos, incapaces de disimular su
pánico hacia todo lo que se moviera. Sus congéneres aborígenes,
sin ataduras ni leyes, se percataban de su apuro aun en la distancia y se divertían
de lo lindo haciéndoles lo propio: perrerías en el sentido más
material que se puede esperar del término. Y es que en el mundo animal
los reinos son feroces y hay que ganárselos. No se heredan. Mejor nos
ahorramos los detalles de sus trazas después de un ataque por parte de
un perro de pueblo.
Así que se
produjo una quiebra inevitable entre alguno de estos cardos y los nativos, a
pesar de la frecuente proximidad entre sus ramas genealógicas. Su inadaptación,
elegida o involuntaria, les dejó sin compañía y sin atrevimiento
para incorporarse al acontecer natural a pie de calle.
Unos años más
tarde una poderosa industria nacional entró a saco en el desarrollo y
explotación de un esperpento basado en un arquetipo de paleto rural.
Aproximadamente los cuatro quintos de la población en aquellas fechas,
a mediados de los sesenta, residía en pueblos y vivía del campo.
El mero recuerdo de algunos de sus impulsores me produce tal náusea que
prefiero no contaminar este papel con sus nombres. Especialistas aventajados
en denigración y en mala baba compusieron un títere disparatado
y lo propagaron por doquier ayudados por los medios de propagación de
la ignorancia; perpetraron con ellos películas, obras de teatro, representaciones
de todos los colores en televisión, escribieron historias y contribuyeron
a fortalecer nuestra más rancia tradición humorística,
esa que consiste en reírnos de las peculiaridades de los demás
hasta convertirlas en defectos. Un manantial de burla grasienta y casposa.
Made in Spain.
Y Madrid, lugar principal
donde se cocía este caldo, podría abastecer varias industrias
de humor canallesco sólo con hurgar en las peculiaridades de los habitantes
de sus periferias, atestadas de obreros e inmigrantes. Pero a la industria de
esta befa, no le interesaban los defectos de sus personajes periféricos
y optó, con la aquiescencia de todas las cúpulas, por lo más
sencillo: la creación de una estrambote ramplón que ridiculiza
de la forma más soez a las gentes de nuestros pueblos. Ha resultado tan
rentable esa caricatura que aun hoy la padecemos a sabiendas de su inmoralidad,
de su falta de respeto. Da la sensación de que aquí necesitamos
en todo momento a alguien a quien lapidar, alguien de quien reírnos.
Y cuánto más próximo mejor. Seguro que ninguno de estos
especialistas en ultrajes soportaría treinta segundos un análisis
sobre él mismo con sus mismas técnicas y aun menos sobre sus raíces
o su procedencia.
Siguió la vida y nos familiarizamos con las ciudades. Primero en Segovia, donde cruzábamos la ciudad con la bici, sin percances, para asistir a las clases en el instituto, o a los misioneros o a donde tocara. Tras el bachiller muchos llegamos a Madrid, la ciudad más sucia, caótica y grande del páramo, y supimos dónde y cómo habitaba cada veraneante de camisa blanca. En seguida y sin esfuerzo nos hicimos partícipes de los ritmos propios de una ciudad sobredimensionada; nos adaptamos sin daños colaterales a sus costumbres, a los semáforos, a los relojes, a las prisas y a la velocidad... y por supuesto ya hacía tiempo que dominábamos las terminaciones de todas las palabras en ada, ado... poniendo en cada una lo que le es propio, faltaría más. No nos movíamos con el rabo entre las piernas, ni siquiera en las manifestaciones del campus. Después, aquellos paletos de pueblo terminamos carreras universitarias y especializaciones en una gran ciudad que, al contrario de varias europeas, nunca alcanzó la categoría de mito para nosotros. Y ahora nos movemos por los laberintos de las metrópolis, incluidas las europeas, porque somos cosmopolitas por derecho propio, en cualquier medio de transporte propio o ajeno, excepto en bici porque en la civilizada Madrid, los urbanitas nos atropellan con sus coches, siempre con la inestimable colaboración de los olímpicos guardias de tráfico. Alguno de aquellos paletos de entonces, les dan ahora cien vueltas a estos ciudadanos periféricos de cuarta; en todo: en ciudadanía, en cultura, en idiomas, en títulos universitarios... en categoría humana.
Las mismas cien vueltas
que de imberbes les daban en el pueblo.
La contemplación
de una escena en un lugar público de Madrona me sugiere la guía
de esta ruta y el primer pensamiento que me estalla entre los recuerdos es que
a algunos cardos no los desmochamos bien. Han seguido creciendo y ensuciando
los caminos. Me paralizaba una pereza muy antigua para hablar sobre estas especies
gregarias pero una conversación con los compañeros de trabajo
me anima.
¿Qué
es un paleto? Ninguno de los que charlamos nombra la palabra pueblerino. Algo
hemos avanzado, pienso en ese momento. Paleto, dice alguien con voz más
alta, puede ser alguien que apenas se ha movido de su lugar de origen o de donde
vive. Puede. Para mi, intervengo, paleto es quien no sabe estar. Se haya movido
o no, tenga varias carreras universitarias o graduado escolar. Sea rico o pobre,
alto o bajo, rubio o pelirrojo, viva en Juan Bravo o en Villaverde Alto. Una
chica sugiere: ¿por qué no lo consultáis en el diccionario?.
Acudimos al DRAE, pero a mi me cabrea tanto este asunto que ya advierto de antemano
que en los conceptos y en los contenidos de las palabras también intervienen
preferentemente las vivencias, las corrientes, los usos sociales, las conveniencias...
y algunas de estas palabras son tan rotundas que se mantienen a salvo de clasificaciones.
Esto dice el DRAE
de paleto:
1. adj. Dicho de una
persona o de una cosa: Rústica y zafia.
2. adj. Dicho de una
persona: Falta de trato social.
3. U. m. c. s.3. m.
gamo
La primera acepción,
sin nombrarlo, mantiene un vínculo con la idea burlesca que tan bien
conocemos, lo rústico nos lleva al campo, y el campo, inevitablemente,
al pueblo. Pero si nos referimos exclusivamente a las personas ya no tiene porqué
ubicarse en el entorno rural. Es independiente de cualquier hábitat.
Pero se trata de una palabra contaminada por un concepto sobrevenido y muy consolidado,
por lo que su depuración se alargará en el tiempo, dada la radiactividad
que la endosaron insignes titiriteros. A pesar de que aun es rentable la explotación
de esta vaina, estamos en el buen camino. En una España en la que la
mayoría de los urbanitas mantiene el sueño, o la realidad, de
poseer una casa en el campo, como esas que dibujamos en los cuentos, y en la
que hasta hace poco la gran mayoría de los habitantes residía
en pequeñas poblaciones, muy pocos se pueden soslayar sus orígenes.
Otra cosa es que renieguen de ellos. Y de renegados, esto es otra certeza, marchamos
bien: algunos de aquellos paletos de ciudad se mantienen en sus categorías
de apóstatas de los horizontes abiertos, desertores de su ascendencia
natural convertidos en plebeyos de arrabal, vasallos de periferias, asfixiados
en termiteros anónimos e inconmovibles.
Quiero pensar que estos paletos de ciudad me recuerdan a esos cardos que medran en el camino, y ya no lo hacen por atrevimiento sino que se trata de una huida con la esperanza inconfesable de recobrar, aun a riesgo de terminar en el intento, las coordenadas de su solar originario.
Quería pensar
eso, pero qué más me da, allá cada cual .
Ancha es Castilla.
Fernando A. C.
Octubre 2007.