|  El Soportal          

* Plaza Mayor * Rutas Sentimentales * Pretextos * Fotografías * Genealogías * Calles * Parajes *

Rutas Sentimentales XIV

La mayor fiesta

El día ha amanecido con una buena nevada y todo permanece en silencio, envuelto por una calma polar. Así que me entra la impaciencia por coger la cámara y, agradecido por una situación tan aparente, emprender una corta marcha por sendas inmediatas al pueblo sin que me importe el que ya las tenga recorridas y aun repetidas en todas sus versiones.


Con el paisaje tocado de blanco inmaculado la mirada se convierte en un torbellino de ansia y no da abasto para escrutar todos los detalles de la novedad que siempre supone la nieve; a medida que la observación va registrando pormenores y referencias, el pensamiento también se toma sus libertades, como siempre, y se escapa por sus callejuelas de espejos en busca de destellos y emociones que bullen en los prados de la memoria.


En Madrona, como en todos los pueblos, supongo, las grandes nevadas, las que al menos sobrepasan los quince centímetros de nieve cuajada, nos proporcionaban a todos una gran fiesta. Nos situamos en la década de los setenta hacia atrás, unos tiempos que, lejanos o no, la sociedad todavía no era cochera y estaba menos supeditada a lo accesorio. A la nieve se la consideraba no como un elemento molesto sino todo lo contrario: la mejor aliada que podían tener los campos, los arroyos, los prados, los cereales y, antes que nadie, los colegiales.... año de nieves año de bienes. Nos emocionábamos observando el prodigio de que el agua más pura se pudiera almacenar en grandes cantidades, por sí misma y en inmejorables condiciones sin necesidad de embalses, trasvases ni otros esfuerzos de la hormiga humana, en un depósito en verdad original: en lo más alto de la cumbres que tenemos a la vista. Después será entregada lentamente o con el ritmo que decidiera su ama, la misma naturaleza. En estos amaneceres tan blancos una luz muy especial nos despertaba siempre con la misma preocupación ¿habrá cuajado?, ¿de cuánto tomo?... si nuestras madres nos dejaban en la cama un tiempo extra los escolares ya sabíamos que nos esperaba al menos una jornada entera de vacaciones extra, propicia como ninguna para emprender buenas aventuras y, en consecuencia, cuánto más tiempo durara la nieve sin derretirse, tanto mejor. Si la nevada era consistente las escuelas cerraban y esta condición justificaba y oficializaba la holganza. Sólo el médico de cabecera, D. Manuel Sevilla Larripa, por habitar una de las casas de los maestros, se libraba de traslados en vehículos, y emprendía muy de mañana su recorrido profesional de visitas a los domicilios de los enfermos, calzado con sus botas de segarra y con su maletín bien provisto de frasquitos de penicilina, por lo que ni siquiera en esta circunstancia a los convalecientes les faltaba atención médica personalizada, como se diría ahora, pero auténtica, a domicilio (ahora son los enfermos los que tienen que acudir al médico…). Los agricultores no salían a ninguna tarea fuera del pueblo, los bares se llenaban y todos se asomaban a las calles como obedeciendo a un impulso interior de propiciar el encuentro con los convecinos, puede que para hacernos saber los unos a los otros que estábamos vivos y que tanto nuestros tejados como nosotros mismos resistíamos bien todo lo enviado por el firmamento. Lo mayores se armaban de palas y escobas de jaramago y trazaban senderos limpios de hielo para evitar episodios de resbalones. Los labradores atendían al ganado, que también se quedaría a cubierto, y una vez acabadas estas faenas abrían de par en par las puertas de los establos, corrales o pajares y se afanaban en arreglos de arados, garios... labrar orejeras, estevas... o rajar leña. El caso es que como por arte de magia surgían en estos espacios, si daban a la calle, tertulias de los vecinos cercanos o de los que por allí pasaran, que con la excusa de compartir un trago de la bota, se agregaban a la corrobla. Era en esos días, en los que las prisas de los quehaceres cedían ante la contundencia de su imposibilidad, cuando se podían escuchar las mejores porfías y apuestas de los mayores, aunque siempre sobre asuntos de su mundo más inmediato: yuntas con un poder de tiro y resistencia sobrenaturales, tierras de producciones bíblicas, cereales inmunes a pestes, paisajes de alimañas, piedras extraídas de las entrañas de las lastras, barbos como atunes, firmamentos sostenidos sobre enigmas y otros desafíos de un entorno difícil y hostil.


Los demás, según las edades y las aficiones podían optar por colocar cepos en los basureros para capturar aves; explorar el río helado y comprobar si soportaba el patinaje sin demasiado riesgo de hundimiento; lanzarse bien sobre sacos de abono, bien con trineos de fabricación propia por las laderas con mayor pendiente de La Lastra; recorrer parajes, echar boleas por pandas, por barrios, por edades o por sexos; sacar los zancos para burlar humedades y corrientes o simplemente fisgar por las calles y alrededores del pueblo mientras derribas carámbanos soldados a las bocatejas.


Se respiraba un ambiente impregnado de una festividad especial y se conmemoraba que el cielo seguía siendo generoso en las aportaciones con las que se supone debe contribuir a la vida, entre las que el agua es la principal. En el pueblo se vivía una función sin forasteros, sin protocolos de comidas, vestimentas o rituales y sin más obligación que la de pasar buenos ratos. La ausencia de programa conseguía reuninos a todos en los lugares más comunes. Para mi estas han sido siempre las mejores fiestas porque las actividades prescindibles se detenían con un consenso y sabiduría muy antiguos. Postergar las actividades era como conseguir una tregua en la lucha diaria. Una buena nevada podía regalarnos hasta tres días sin clase.


Pero ahora somos cocheros y todos tenemos mucha prisa para ir en nuestros coches no sabemos bien a dónde. Podemos tener salud y la despensa abastecida pero si no podemos coger el coche estamos perdidos en el sentido literal de la palabra. Sin coche no nos acertamos, es como si no existiéramos. Por eso se destinan a la actividad cochera -para autopistas, túneles, carreteras, aparcamientos, circunvalaciones, puentes...- unas cantidades de dinero que bastarían para acabar con todas las desgracias artificiales que con tanta maestría sabemos activar. Del ingente y abusivo espacio que se les entrega en las poblaciones, de los privilegios que han alcanzado los conductores y los vehículos en cualquier parte y siempre a costa de las personas no acorazadas, de los espacios públicos y de la destrucción del planeta en su nombre... de tanta barbarie, de tantas vidas, de tantos sufrimientos... también se podría hablar; también habría que hablar, me digo a mi mismo mientras recorro un paisaje en el que, en esos momentos, a los coches ni se les ve, ni se les oye… ni se les espera.


Por si no fuera bastante cuando aparecen las manifestaciones naturales de cada estación climatológica, los fenómenos meteorológicos que tienen lugar en la atmósfera, los consustanciales a nuestro planeta, la cultura cochera ha logrado que la población los perciba como enemigos, molestos, turbadores y asesinos. No nos caen bien. Lo que hasta no hace mucho se recibía como bendiciones del cielo, porque repercutían en la generosidad en los campos y las cosechas, ahora son maldiciones para la población cochera. A ello contribuyen de forma obsesiva los periodistas de todos los medios, que ya han creado escuela titulando noticias como "La nieve causa atascos de más de 10 kilómetros..."; "Las fuertes lluvias provocan múltiples accidentes con un resultado de 17 muertos..."; "Veinte muertos por accidentes debidos a la nieve..."; "El sol deslumbra a los conductores de la A-6 sentido La Coruña..."; "Un avenida arrasa veinte casas y causa cinco muertos...". Deberían explicarnos que, como quiera que a nadie le consta ningún ataque de la nieve, lluvia o niebla, todos estos episodios son evitables y se deben sólo a la estupidez humana. Puede que evitáramos alguno. También nos interpretan que el tiempo "mejora" cuando va a seco y soleado y "empeora" cuando llueve o nieva. Si acataran la misma lógica que ellos han inventado -la lluvia o la nieve matan-, tendrían que concluir que los coches, a su vez, son asesinos compulsivos, dado que cada año se cobran la vida de millares de personas en nuestro país, pero en lugar de contribuir a frenar esta hemorragia, se apoyan los planes de rescate para el sector del automóvil... con el dinero de todos.


Pero no puedo dejar que estas cavilaciones me arruinen este momento en el que los pies se complacen en el estreno de la alfombra festiva de La Lastra, así que como Juan Palomo yo me lo guiso y yo me lo como: las destierro cuanto antes y dejo que las releven otras reflexiones mucho más alentadoras, que también las hay. Desde lejos, cada mirada al conjunto del caserío me devuelve un mensaje optimista. No sabemos la suerte que tenemos al poder contemplar este pueblo a salvo todavía del urbanismo salvaje cuyo descontrol ha asolado a pueblos próximos a la ciudad como Hontanares, Palazuelos, San Cristóbal, La Lastrilla, Tres Casas, San Cristóbal... y otros tantos que desde sus contornos ya no se pueden ver, porque han sido cercados por una soga de colmenares a base de pisos y apartamentos que ha terminado por ahogar la esencia del pueblo donde se asientan. Ya es imposible ver el pueblo original. Se ha desfigurado tanto el mismo caserío como sus contornos y accesos. No es que el desarrollo urbano de Madrona sea modélico, porque también acusa buenas lanzadas, pero aun estamos a tiempo de impedir la fagocitosis del ladrillo voraz. Un delirio consentido y alentado por las corporaciones municipales salidas de los votos de los ciudadanos... eso es lo triste, que les votamos y nos destruyen .


Atravieso el pueblo y me encuentro con vecinos que caminan muy despacio para no resbalar y sus saludos son también más pausados, hay más intercambio de palabras y con quiénes hay más confianza me preguntan que a dónde voy con la que ha caído; a poner unos cepos, les contesto. Llego a la ermita del santo Cristo y constato la percepción anterior: considerados en su conjunto, los daños urbanísticos de Madrona no son letales. Todavía se puede disfrutar de la contemplación de su enclave y sus horizontes al que tal vez en una mañana como ésta a la postal le falte un detalle: han desaparecido de las viviendas las lumbres bajas, las glorias, las estufas de leña y las cocinas económicas; esto es algo que declara la inactividad de las chimeneas y en este horizonte se echa en falta los humos azules de sus rescoldos.


Desde hace un rato he constatado el juego incansable del sol con las nubes o viceversa. Es enero y éstas se hacen valer. Sostienen una especie de competición por cuanto el sol consigue abrir brechas y huecos por los que asomarse y cambiar completamente la iluminación de la atmósfera con una luz desbordante de matices. Ellas corren para ocultarlo porque quieren hacerse notar sin nadie que les haga sombra y con este enredo llevan toda la mañana. También quedo atrapado por este espectáculo tan peculiar y aparece en mi memoria aquel dicho recurrente de un convecino aficionado a descifrar los mensajes de la bóveda celeste para obtener un apunte de predicción, un mensaje, algo, aunque siempre acababa con el mismo remate: "vaya un enigma...". En esto concluía con voz queda Marcelo Sánchez tras una observación detenida del celaje.


Pretendo continuar por el Camino Pozuelos para abarcar el flanco norte, porque desde allí se puede contemplar un fondo colmado con la majestuosidad de la cordillera. Esas montañas, que atesoran el bien más preciado, transmitiendo una serenidad con la que nos hemos familiarizado desde que aprendimos a andar. Uno no se cansa de mirar las sierras de La Mujer Muerta (¿por qué no la llamamos Mujer Dormida o tendida, o acostada o en descanso? ¿cómo puede estar muerta con la actividad que experimenta tanto en su epidermis como en sus entrañas…?) y su imagen me sugiere hoy que alguien le ha retirado la colcha azul de su aposento para que luzca un nuevo resplandor blanco. Sin embargo aquí, un poco más abajo, está deshelando y algunos vehículos ya han embarrado la nieve de los caminos, por lo que decido aplazar el recorrido para la próxima ocasión y regresar por donde he venido llevándome un magnífica composición de silencios e imágenes, unas invisibles para los demás y otras más tangibles, pero todas igual de valiosas y entrañables.

Recorrido fotográfico. Selección de fotos.

Fernando A. C. Enero 2009.

..árboles para la vida...