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Rutas Sentimentales XV

Las edades difíciles

En los actos sociales los hijos son un tema de conversación recurrente en exceso. Lo tengo en cuenta en cada ocasión y procuro ser lo más moderado posible en mis intervenciones, si es que se producen. Cada vez que asisto a uno de estos actos es habitual la cortesía de que alguien me pregunte por la edad de los míos. Diecisiete y catorce, digo. ¡Ah, unas edades delicadas, difíciles, esas...! Eso dicen, respondo queriendo contener la vía de agua que se nos avecina. Pero mis compañeros de conversación suelen entender mi laconismo como una señal de que se abre la veda y, empujados por una necesidad de contraste, se lanzan a tumba abierta a contar las especialidades de su descendencia, coincidentes en más o en menos, con las de los demás. Yo no quiero abusar del lector como algunos tertulianos abusan de quienes, a falta de escapatoria, han de atenderles; por eso resumo sus aportaciones: exhiben enorme perplejidad ante el hecho de que sus hijos, de edades entre los catorce y veinte, criándolos a tolva, es decir a base de dormitorios exclusivos equipados con pantallas planas, ordenadores, consolas, ipods, móviles, wifis, routers, estanterías colmadas por los objetos de sus aficiones, vestimenta de antojo, viajes y estancias en el extranjero y un sinfín de complementos de disfrute personal, muestren una actitud, sobre todo ante sus padres, de tanta insatisfacción, tan egoísta, tan plegados sobre sí mismos, tan irascibles, tan desconsiderados, tan retraídos respecto al resto de la familia, con tantas necesidades (léase dependencias)... tan solipsistas.

Es la generación de la play para la que se acuñó la frase le falta un hervor... Y ante esta situación recomendaban cautela y prevención porque puede que por atajar un mal, la personalidad se quiebre, frustremos sus aspiraciones o, por nuestra falta de tacto, pierdan su escaso equilibrio emocional en un mar de confusión... y aparezcan los traumas y los complejos propios de esa edad madurativa por la que atraviesan. Y la conclusión suele ser algo parecido a esto: resignación por nuestra parte. Hay que dejarles que se formen su propia personalidad, que logren trazar su camino por ellos mismos... eso sí, aunque no lo dicen, todo ello sin restricciones y siempre a cobijo del hotel de cinco estrellas, nuestras casas, en el que son atendidos a mesa puesta y gastos pagados, sin dar ni chapa.


Asistencia integral 24/365.

Transferencias corrientes.

¿Por qué? Porque están en una edad delicada.

Como he soportado estoicamente su relato, creo que también tengo derecho a expresar mi aportación. Así nadie se va de vacío. Así que ato la mosca por el rabo y les digo, ¿queréis conocer una edad delicada de verdad? Sólo necesito dos minutos. Os voy a contar un caso de edad difícil de los muchos que conozco. Os lo voy a contar muy resumido, para no abrumar, aunque disponga de suficiente material para una serie por entregas.


Nace en 1926 en una familia de labradores compuesta por el matrimonio y dos hermanas que le anteceden en edad. Sobre el destino de los miembros no se barajan opciones porque ya está determinado de antemano. El hijo continuará el oficio de labrador de su padre y trabajará para la casa paterna de sol a sol incluso después de formar su propia familia. Las hermanas se encargarán de los cometidos propios de las mujeres en una sociedad rural: tareas de mantenimiento de la casa y colaboraciones esporádicas en las tareas agrarias más livianas.

Al poco de cumplir los diez años fallece la madre y les sobreviene la guerra civil. Estalló la guerra como decían antes. Estalla la guerra. Parece que la guerra ya existía contenida en un globo que estalla por sí mismo... la frase se las trae. Bien. A lo que vamos. Como a otras tantas familias de Madrona, el ejército sublevado les confisca la cuadra, el pajar, la cija y parte de la casa para alojar soldados y pertrechos. Todavía permanecen los tiznones de los candiles en las vigas de madera. Al cabeza de familia los militares le asignan la misión de emplear un carro y una yunta en faenas de abastecimiento para el frente de guerra, cercano al pueblo, extendido a lo largo de todo el Sistema Central que separa Madrid de Segovia. Y ahí le tenemos a él, con once años al frente de una casa y de su labranza. Inmediatamente empieza a tomar decisiones de adulto. La primera, dejar de ser escolar. Asistirá, cuando pueda, y siempre después de dejar atendidos los ganados y las cuadras de la casa, a unas clases nocturnas que se imparten para críos como él, todos afectados por el disparate de la guerra. Deberá completar los ciclos de la agricultura tal y como se viene haciendo desde los romanos: arado, sementera, arado (por consideración no les miento las tareas de arrejacar o palotear), abonos, escardados, siega, trilla, almacenaje... dependiendo siempre de un clima extremo y poco benévolo. Sólo una combinación equilibrada de fuerza, maña e inteligencia le podrá salvar de la que se le avecina. Con once años y de amanecida, camina con una yunta de bueyes que casi le doblan la estatura hacia las tierras de Torredondo. Las yuntas son de animales y los animales son cada uno de su padre y de su madre, y por tanto pueden ser formales o pueden ser reencarnaciones del mismo diablo, de los que cocean, desbaratan sobeos y coyundas, salen despavoridos de improviso porque les ha picado la mosca o se niegan a obedecer incluso a los puyazos de la aguijada ... una lucha constante con todos los animales de la casa.


Demasiadas mascotas. Y demasiado grandes.

Su labor la componen unas setenta obradas (4.000 metros cuadrados la obrada) de tierras pequeñas y dispersas, por lo que mucho de su tiempo pertenecerá a los caminos. Hace tratos, toma decisiones y de su esfuerzo y su acierto tendrá que vivir la familia. En esa época reparte, subido a su borrico, un carterón repleto de correo (prensa y cartas de los militares) en Madrona y los anejos de Torredondo y Perogordo, porque su padre también fue cartero. Estando en El Soto de zagal, otro oficio sobrevenido, se protege junto a Gerardo, quinto y amigo, escondiéndose bajo unas matas de espinos porque unos bombarderos les sobrevuelan tan bajo que parece que vayan a estrellarse sobre ellos. Inmediatamente oyen estallidos de bombas arrojadas en el mismo pueblo de Madrona; los estruendos de los motores y las explosiones les retumban en los oídos. Cuando calculan que ya ha pasado el peligro Gerardo Sancho se libra de los espinos y otea el horizonte del pueblo, ve toda la humareda que sale de las casas del barrio de arriba:

- ¡Ahí va, a mi casa no la han dado, a la tuya sí! -exclama jubiloso.

Los antiaéreos del ejército legal no dejaron aproximarse al frente a los aviones de los rebeldes y éstos, sobrecargados de peso, se vieron obligados a soltar las bombas en el paraje conocido como "detrás de las casas", en las parcelas de detrás de la calle San Antonio. No hubo víctimas. Pasada la infame contienda empezó la era de los cuarenta años de victoria, con una postguerra, su adolescencia, en la que en muchas casas se pasaba hambre y otras necesidades imposibles de ocultar. En su casa se consideraban afortunados porque labraban una pequeña hacienda de tierras en propiedad y, a base de trabajo, pudieron evitar las calamidades que sufrieron otras familias. Ésta fue de las primeras que compraron un tractor (para tres labranzas) un Lanz, y una trilladora de madera que funcionaba con polea activada por un tractor. Sobrevino la mecanización de las tareas del campo y las pequeñas haciendas no serían suficiente para evitar el éxodo de agricultores, incluido él, cuando las máquinas les hicieron ver que sus mañas, su fuerza y ellos mismos, sobraban en las mismas tierras con las que habían mantenido un trato tan íntimo. Eso sí, el empezar de cero en Valencia como emigrante ya no le pilló en una edad difícil, porque mi padre ya tenía cuarenta años y tres hijos.


Las conclusiones del relato no tienen buen encaje en los esquemas que manejamos los padres de hoy. Pero las historias no se cuentan para sobreponerlas a las de otra época, porque ya sabemos que no cuadran, sino para obtener valores y referencias universales, que son los que emiten luz en cualquier tiempo y lugar.

Algún día alguien tendrá que narrar los avatares de esta generación en los que aun no se ha reparado suficiente. Son los dignos supervivientes de guerras declaradas como la de 1936, de la que se ocupan los historiadores, pero también de otras que pertenecen a la intrahistoria como las del clima, las bestias, los trabajos ciclópeos, la escasez, el atraso, el entorno social y político. Su actitud impecable ante tanta adversidad, respondiendo ante un destino que les ponía a prueba cada jornada, su resiliencia, es para mi el testimonio que mejor nos acerca los conceptos de responsabilidad, de dignidad y de nobleza.

Compárese con la actitud de los niños criados a tolva.

Fernando A. C. Febrero 2009.

..árboles para la vida...