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Rutas Sentimentales XVII

El Puente Matamujeres

 

Si subes hasta el promontorio del búnker de Peñasgordas y te fijas en el valle por el que serpentea el Arroyo Matamujeres, podrás contemplar la birria de alcantarilla que han destinado al milenario camino para salvar el paso sobre el también inmemorial arroyo. Y por más vueltas que lo des, verás que este elemento, dos filas de tubos de cemento, como los de los desagües, no cuadra ni a tiros con la categoría de la carretera ni con el linaje del cauce. Notas cómo la extrañeza te lleva directo hacia la desconfianza. Estaba yo en la tarea preliminar de buscar información sobre los puentes de nuestro término para un trabajo destinado a publicarse en El Adelantado de Segovia y recurrí a mi padre para que me contara algo sobre este particular. Su respuesta me dejó consternado. Resulta que allí donde opera la banal alcantarilla, se asentaban los muros de sillería caliza de un soberbio puente con su excelente bóveda de medio cañón, similar al románico de Perogordo que luce sobre el arroyo de Tejadilla, pero aquél muy alto y más bello aun, con sus estribos y tajamares, probablemente medieval; una joya. Hacia el año 1961 al antiguo camino lo ascendieron de golpe a la categoría de carretera nacional, la N-110, Soria-Plasencia, a la que en nuestro pueblo, por la inclinación natural de sus habitantes hacia lo sencillo y lo directo, siempre se ha nombrado como La Pista, y sucedió durante las obras de su transformación que el puente y cada uno de sus sillares desaparecieron como por ensalmo. Sin dejar rastro. Y no podía haber nadie, en aquellos tiempos militares de ordeno y mando y sotaneros de obediencia debida, que pudiera atreverse a defender nada porque, si no te sacaban antes la pistola, la única explicación que te daban era la de por mis santos cojones o por el artículo 27..., en aquellas condiciones la autoridad y el saqueo, valga la redundancia, eran indiscutibles. Así que nadie sabe dónde lucen los sillares de nuestro hermoso puente. Éste, que nos falta. Tengo la convicción que sería reconvertido para exhibirlo en la mansión de algún ministro, diputado o cualquier otra autoridad con las que se engrasaba la maquinaria política de aquellos años. Y en lo que atañe a nuestra historia, sin poder demostrarlo, me aventuro a asegurar que era el puente, con su histórica presencia el que daba nombre al arroyo y no al revés, dado que un arroyo, en principio, no puede matar a nadie, mientras que un puente.... al menos dicho queda. Pero, y el nombre ¿de dónde viene? Eso también se lo pregunté a mi padre.

- ¿A cuento de qué se puso ese nombre tan violento...?

- ¡Ah!, vete a saber, en este país si no bautizan con nombres sangrientos no se quedan a gusto... La Mujer Muerta, Quitapesares, Matamoros, Despeñaperros... eso aquí es difícil de cambiar.


Mi padre tiró por la calle de en medio y esa forma de desentenderse del asunto no me sorprendió pero sí me intrigó. Mi padre jamás entraba a comentar sucesos particulares de otros vecinos, no era por ningún recato, le salía de natural y eso ya lo tenía yo asumido. ¿Pero un lugar tan popular e identificado desde antiguo por ese nombre era algo personal? Sin embargo no tuvo, creo que a propósito, la habilidad de cerrar bien todas las puertas del asunto y dejó alguna sin echar el pestillo. Indagué con prudencia entre algunos vecinos de confianza y pronto obtuve la conclusión de que allí se escondía algo que todos, como deudores de un pacto colectivo, rechazaban comentar sin darse cuenta de que sus excusas añadían a mi propósito un nuevo aliciente. Por tanto habría que dar con la forma adecuada de abordar esta tarea, convertida ya en un desafío, para dar con un cabo de la cuerda; y quién mejor para este negocio que mi tío Sebas, hombre extravertido, dicharachero, comunicativo y cuyo aprecio nunca me ha escatimado... a por él fui.

- Estoy haciendo un trabajo sobre los muchos puentes que tenemos en Madrona pero necesito datos de ellos, cuantos más mejor, y he pensado en usted para que me eche una mano...

- Pero yo qué voy a saber de puentes, criatura, si lo único que he hecho en toda mi vida ha sido trabajar... Sí, he pasado porcima de ellos muchas veces con las yuntas, y he pescado barbos en los ríos, eso sí, pero poco más...

Empecé con preguntas fáciles para meterle en faena; estábamos solos, sentados bajo la tinada de su corral y sin prisas, así que él se iba soltando hablándome de sus vivencias y recuerdos. Llegado el momento le dirigí la fatal pregunta y hasta un hombre como él, tan dispuesto de suyo a pegar hebra, frenó en seco.

- Ah!.. Esas son cosas de los pueblos... no tiene mayor importancia... le pusieron ese nombre como le podían haber puesto otro cualquiera... qué más nos da como se llame...

- Tío Sebas, yo quiero saberlo, lo necesito... y nadie suelta nada, ¿tan grave es la cosa? Además, me he propuesto conocer esta historia; así que, si lo consigo sabré a quién debo agradecerlo y a quién no...

- No hombre, no te lo tomes así... más que grave, desagradable. Yo es que no soy nadie para hablar de eso... y además, podría confundirte porque no tengo seguridad, ya hace tanto tiempo y ha habido tantas opiniones... pero... sí podrías preguntar al tío Artemio; Artemio Abarca, porque tal vez sea el único que te pueda contar algo fiable. Otra cosa es que quiera hablar contigo, porque ya sabemos cómo las gasta... pero debes intentarlo, a ver qué sacas...


Artemio Abarca era tal vez el hombre más anciano del pueblo gracias a una salud inquebrantable. Hombre de poca iglesia, siempre embutido en su traje de pana negra, camina con tiento porque tiene un ojo huero, y acude al consejo de ancianos que tiene lugar sobre la Pared de La Mancha. Se trata de un murete en mampostería que separa, aunque para mí une, la plaza Mayor del prado que le da nombre. No conozco ningún pueblo que tenga un prado tan hermoso como éste contiguo a su plaza Mayor y también al recinto de su iglesia románica. Sentados sobre esta cerca, de espaldas al prado y mirando hacia la plaza, los ancianos entablan tertulias al caer la tarde, pero Artemio parece más concentrado en saborear su cigarro puro que en los vaivenes del palique y, si no le solicitan, prefiere mantenerse al margen de los coloquios que fluyen de ese ocio tan sosegado y de tan honda perspectiva. De carácter más bien seco, tirando a huraño, apenas habla y cuando lo hace sus frases, como las sentencias, son breves, cortantes y plenas de autoridad. El Tío Artemio carga a sus espaldas una ristra de adversidades que, en parte, me relató en otra circunstancia y con otro motivo, pero en cualquier caso, un historial de pura supervivencia. En aquella primera ocasión me costó mucho hablar con él y eso que se trataba de que me contara detalles de uno de los muchos oficios que le había tocado defender en su ancha vida, pero nunca llegó a coger confianza conmigo, a pesar de ser yo uno de los pocos con los que se dignó a hablar más de dos frases seguidas. Muy difícil veía yo conseguir de Abarca, que de iluso no tenía nada, el recado de los puentes. Le gustaban los cigarros Farias y, entre horas, algún que otro purito pequeño, un Reig 7, un Rössli...; en el bar sólo bebía vasitos de aguardiente mezclado a razón de uno por tres con gaseosa, llamados aquí palomas, aunque las tabernas para él sólo eran un lugar de paso. No sabía cómo ni dónde proponerle una entrevista con alguna esperanza de que asintiera. Tendría que abordarlo en plan serio, de hombre a hombre, sin testigos y haciéndole entender que su colaboración sería no un favor que él me hace a mi, si no a la historia de nuestro pueblo, al conocimiento de los vecinos... algo así. Y si se negaba le contraatacaría advirtiéndole de que en las solanas hay murmuraciones y chismes en los que su nombre rueda como la falsa moneda.


Como conocía sus costumbres una mañana me planté en las puertas del corral de su casa, reconvertido ahora en patio, donde él saboreaba el primer cigarro del día después de haber cuidado a sus gallinas. Le llamé y dejó su asiento en el viejo sillón de mimbres para acudir a la verja. Bueno, no está mal pensé, al menos no me ignora.

- ¿Qué pasa hombre...?

- Quería hablar con usted un rato, si puede ser...

- Y de qué vamos a hablar tu y yo, si poque te lleve setenta años...

- Aquí en la calle, de nada, pero en su misma casa, aunque sea ahí en el corral, puede que encontremos alguna historia interesante.

Se quedó un momento pensativo. Yo me temía que me despachara con alguna de sus frases: cada uno que atienda sus propios asuntos... eso es particular... cada mochuelo a su nido... cada uno en su casa y Dios en la de todos... por mi parte, nada que decir; allá cada cual... pero al final consintió:

- Anda pasa, no vaya a pensar alguien que andas de ronda.... - me sacó una silla de espadaña y la colocó en paralelo a su sillón de mimbres; este pequeño detalle me convenció de que él sí quería hablar, y lo quería hacer al modo tradicional de la Pared de La Mancha: lanzando las palabras hacia el frente y sin tener que mirar a nadie, sin tener que buscar o sostener la mirada de ningún interlocutor, desentendiéndose de sus muecas y gestos, sin enfrentamientos, tal como se charla en los caminos con los compañeros de marcha...

- ¿Y qué mosca te ha picado, si se puede saber?

- Es un asunto que cuando he preguntado a varios vecinos mayores, todos me han dirigido hacia usted pero sin aportarme ninguna información, sólo le mentaban a usted. Estoy haciendo una historia breve de todos los puentes del pueblo y, en particular, ahora intento conocer de dónde viene el nombre de Matamujeres que le pusieron al puente de Peñasgordas y también al arroyo.

Permaneció en silencio y bloqueado un rato largo. Me di cuenta de que en ese tiempo no dio ninguna calada a su cigarro, olvidándose incluso de quitar la ceniza que avanzaba hacia sus dedos.

- Ya te conté en otra ocasión muchas historias de mi vida. Pero esto es más delicado... y para qué vamos a escarbar en el basurero... todavía hay apellidos de entonces... no merece la pena a estas alturas... ¿y quién anda tras ello?

- Nadie. Es cosa mía. Y, además, como dicen ustedes, agua pasada no mueve molino -le espeté, hablándole en su mismo lenguaje.

- Ya, hombre. No, si dichos hay para todos los gustos, anda éste, como el de que agua que no has de beber, déjala correr... pero esto no es agua, son ideas, odios, venenos antiguos... que ahora están en calma y no es cosa de echarlos a andar otra vez..., lo pasado, pasado está. ¿Quién somos tu o yo para hurgar en las vidas de los demás...?

- No voy con esa intención. Lo que menos quiero yo es despertar monstruos al puente. Por eso pondré cuidado en que nadie se moleste por lo que diga, pero piense en esto: si los vecinos convinieron en ponerle ese nombre, habrá que dar cuenta del motivo, ¿no? Todos los nombres tienen un motivo, y éste, que es de todos, no tiene porqué ser un secreto. Es verdad que cada cual tiene derecho a que le respeten su intimidad, pero de todo lo demás se puede hablar, porque no le pertenece. Si dos hombres se pegan en la calle, no es un asunto particular. Eso usted sí que lo distingue. Bueno, usted vaya pensando en ello, le dejo tranquilo hasta mañana para que pueda recordar cuanto más mejor, desde el principio, y yo sólo pondré lo que usted me diga, ni una coma de más.

- No si labia no te falta, jodío; eso ya lo sé, pero vaya negocios que me enjalmas, cago en el chico lahostia... veremos qué se puede hacer.

Llevé la silla al interior la casa y allí se quedó Artemio Abarca en su viejo sillón, bajo su gorra visera oteando como era su costumbre un horizonte que, en este lugar, sólo llegaba hasta la inmediata pared de la cuadra, pero que él traspasaba con idéntico gesto al de un marino escudriñando el barlovento.

Volví contento para casa porque para mi, el acceder a este hombre era ya una victoria. A la misma hora de la mañana siguiente allí estaba sentado en su sillón y todo se presentaba mejor de lo esperado, porque hasta me invitó a una paloma. Lo que sigue es un compendio lo que pude obtener en varias horas que pasamos en su patio.

Verás, empezó a contarme el tío Artemio, en este pueblo, cuando los señores de los caseríos, los terratenientes, vendieron el término, hubo dos familias que, por lo que fuere, tenían dinero ahorrado y compraron tierras bastantes como para montar una buena hacienda; de ciento cincuenta obradas a cada hoja, por lo menos. Esas familias eran los Aguilar y los Pozas. Bueno, pues desde aquellas compras de tierras de labor ya empezaron a competir por ver quién se quedaba con más y mejores parcelas. Se disputaban cada obrada y el dueño subía el precio en cada venta. Su ansia casi dejó a los demás labradores, incluso a los renteros, sin las tierras a las que aspiraban y a las que les unían los trabajos de toda una vida, pero que, por contra, apenas tenían con qué pagarlas. Algo les dejaron, y fue sobre todo por la comprensión del dueño, que las salvó de la codicia de estas dos familias.

Al mando de los Pozas estaba Aurora Navarro Caneda, una mujer inteligente y activa a quien la cabeza le funcionó bien para prosperar en tiempos difíciles pero que en los fáciles, cuando ya se vio rica y poderosa, se le aflojaron los tornillos de la cabeza; se volvió derrochona, caprichosa y mandona... parecía que todo lo mandara al revés, sin ton ni son. Arcadio Pozas Conrado, casado con ella en tiempos de pobreza resultó un hombre trabajador, inteligente y pacífico. Siempre a lo suyo, sin entrar en litigios, sin vicios ni pretensiones, sólo cultivaba dos aficiones: la de sus partidas de subastado en la taberna y la de cazar en el término del pueblo y sus caseríos. Mientras Aurora dirigía a los criados, Arcadio se conducía como un empleado más, con su horario y puede que con su sueldo, esto no lo sé. Se daba una maña misteriosa para desentenderse por completo de los desvaríos de la ama, pero jamás hizo trinchera con los criados, se mantenía a distancia tanto de ellos como de Aurora. Por eso, cuando ésta dio aquel cambio, todo el pueblo se convenció de lo que los criados ya venían rumiando desde hacía un tiempo: que Arcadio era como una olla acumulando presión y un día tendría que explotar. Y el día que se le encendiera la mecha a Arcadio, decían, la armaría parda; no iba a dejar un títere con cabeza: sangre, sudor y lágrimas. Esta convicción, y una joya de escopeta repetidora que tenía para su entretenimiento, le otorgaban más autoridad que a la Navarra, como la llamaban aquí. Cuando explote Arcadio... fue una frase habitual en las calles del pueblo... y fue el hombre más temido durante muchos años, no por su corpulencia y temperamento, que no había caso, sino por el buen manejo de su magnífica repetidora que vete a saber de dónde la trajo, pero que mantenía bien engrasada...

Al mando de los Aguilar capitaneaba con mando en plaza doña Áurea Cobián Simón, una mujer a la que el destino la colocó en una posición acomodada debido a las herencias. No sabemos si su tristeza y negrura también era de herencia o por merecimiento propio. El caso es que llegó a acumular cierta riqueza en comparación a lo que aquí había, que era más bien poco, y también mal repartido, como todavía puedes ver hoy. Esta mujer cargaba con una maldición, en realidad una amargura, que nunca pudo superar: a los pocos meses de casarse, su marido Dámaso Aguilar, desapareció de forma inesperada de la noche a la mañana y en el pueblo chocó mucho que Áurea, que tantas leyes sabía y que tanta maña se daba para denunciar a diestro y siniestro, no denunciara su desaparición a la Guardia Civil ni ante ninguna autoridad, por lo que el vecindario, que las coge al vuelo, empezó a pensar que ella sí sabía que no había desaparecido arrojándose al río, como insinuó en un principio, sino huido, pero no se atrevía a reconocerlo porque eso era un abandono con todas las letras. Al cabo de unos años se oyó, alguien lo había visto, que Dámaso servía una portería de un bloque de pisos en Madrid y también que no se le conocía nueva compañera, con lo cual se demostraba una verdad que todos conocían antes de que se confirmara: que Dámaso no había abandonado a doña Áurea por otra mujer de mejor planta, sino a cambio de la más pura nada. Renunció a su posición, a la hacienda y a ella a cambio de nada, sólo por no soportarla, prefiriendo la profesión de sirviente y mozo de portería; y para ella este abandono equivalía a la mayor de las humillaciones. Si por lo menos se hubiera metido a cura... se la oyó decir en un descuido... Así pues su vida transcurría como la del escarabajo pelotero: arrastrando lo que no puede levantar; y por dentro era como si una tenia la quitara cada día un poco de humanidad y le añadiera, si cabe, un poco más de mala leche. Los comentarios que circulaban por los corros de las comadres acerca de este episodio siempre han sido muy malos para las cabezas. Las desconfunden. Bueno pues los había a todas horas y de todos los colores. Ella vistió de luto desde aquel momento hasta el resto de sus días; de igual manera decidió cerrar las puertas de su casa para refugiarse en su pena y dirigir la hacienda con mano de hierro y con una austeridad poderosa, aunque todos lo llamaban simple racanería y, por tanto, muy lejos de la virtud con la que ella pretendía disfrazar su estilo de economía. Aprendió a utilizar la desconfianza, la desmoralización y el refranero como guías de comportamiento. Más que guías, disparos de ballesta contra todo bicho viviente. Pero antes, en los pocos meses que aguantaron de casados, tuvieron ocasión de engendrar un hijo. El chaval, por tanto ya nació huérfano de padre, pero ella se volcó en él como si fuera su única fe, su única vida. Fue creciendo como niño malcriado y consentido pero, en cuanto su madre pudo, lo envió a un internado religioso de los más caros de Madrid, para alejarlo cuanto antes de la gañanía y estudiara para ser un hombre de provecho el día de mañana. Al chaval apenas lo dejaban venir por aquí y cuando lo hacía no hablaba con nadie. En realidad no había nadie aquí que tuviera algo que hablar con él, que ya es desgracia. Eso sí, en Madrid, según contaban, con el tiempo se hizo un pimpollo y todo lo que su madre ahorraba a base de privaciones y sacrificios más ajenos que propios, Cristóbal, que así se llamaba, lo derrochaba a manos llenas en establecimientos de todo tipo en el Madrid más rampante, donde llevaba una vida caprichosa de señorito de pan pringao. Más que un hijo, un censo; aquí sólo se contaban barbaridades de este chico pero, al día de hoy, no sabemos donde parará.

Por aquellos años los hermanos Orencio y Timoteo Crespo, cogieron fama por su buen oficio como labradores y también por su formalidad. A la Navarra, como aquí se nombraba a Aurora, la faltó tiempo para mandar contratar, al precio que fuera, a los dos hermanos. Pero sólo consiguió al primero. En cuanto se enteró Áurea fue directa hacia Timoteo y le apalabró, dicen que por un dineral, y sin remendar de viejo. Al poco de empezar Orencio como mayoral en casa de la Navarra, yo entré a servir como zagal. Acababan de comprar buena parte del término y yo tenía diez años pero ya me encargaban trotes de mayores. Lo pasé muy mal. Me pagaban cuatro perras, pero estaban así las cosas. Todo el pueblo veía cómo las dos mujeres competían entre ellas en cualquier asunto y también a través de sus criados en tareas del campo, pero ellos se resistían. Orencio se cuadró en la primera ocasión y le soltó que él sólo estaba comprometido con su trabajo bien hecho, pero no con sus antojos, que eso era lo hablado y por tanto esa era la Ley, y la Navarra, con toda potestad, tuvo que recular.

Desparramaban la guerra entre la gente como se esparce la mala semilla por los campos. Las malas semillas siempre encuentran sitios donde prender, así que el pueblo se dividió en bandos a los que los vecinos se apuntaban no por afanes de justicia, que ya no la había, sino de su propia conveniencia. Ellas se entretenían poniendo denuncias ante el juzgado de paz para solventar sus enredos sobre la tarima de la sala, así se lucían ante su bando de seguidores y atemorizaban al contrario; los litigios eran para ellas como jugar una brisca. Al Juez de Paz y al Fiscal les tenían hartos de tanta burla y por eso a muchas denuncias de las que presentaban no las hacían ni caso; por no verlas, ni oírlas.... Lo que sí daba pena era ver a los vecinos, e incluso familias, divididos por el veneno que desprendían las luchas de estas dos ricas hembras.

Un día de mucho calor sobre finales de agosto me tocó acompañar a la Señora para ayudarla en unos recados en Segovia. Orencio guiaba la calesa gobernando a los caballos con un arte que por aquí nunca se había visto. Al volver era tanto el calor que hicimos un alto en Peñasgordas para dar de beber a los caballos. Abrimos una sandía y allí estábamos calmando el sofoco cuando se presentó la calesa de Áurea, guiándola Timoteo, que también regresaban de la ciudad. Al llegar a nuestra altura los tres oímos exclamar a la Cobiana, por que lo dijo en tono para que se oyera con todas las letras:

- Sigue zampando, a ver si revientas de una vez, so tragona... -y mandó parar el coche enfrente de nosotros

- Calla sanguijuela, que haces sombra al mismo diablo... -le espetó la Navarra. Nosotros seguimos a lo nuestro porque pensábamos que todo quedaría en palabras, como tantas y tantas veces.

- Si bajo te saco los ojos... -atacó Áurea

- Eso está por ver, a mi tu no me asustas. Ni tu, ni toda tu ralea, anda ven a por mi si te atreves, so zorra...
Mantuvieron durante un rato, aunque a mi me pareció una eternidad, un tiroteo de injurias, despreciando los avisos de sus mayorales, incapaces de apaciguar una situación que cada vez se descontrolada más; ellas chillaban como dos fieras, sus ojos echaban lumbre... en esto que Áurea se baja de mala manera del carruaje, los caballos se espantan pero ella se va directa hacia la Navarra y acto seguido las dos se enredan lo mismo que dos gatas rabiosas; forcejean, se caen al suelo y entre el polvo y las piedras de la carretera blanca se tiran de los pelos, se clavan las uñas, se arañan, se muerden entre alaridos e insultos... requieren cada una a su criado;

- ¡Orencio!, ¡pánfilo!, ¡mata a esta hiena, que me va a devorar…!

- ¡Timoteo!, ¡aplasta a esta víbora!, no te quedes ahí como un pasmao...

Los hermanos acuden e intentan separarlas... consiguen ponerlas en pie y ellas aprovechan la situación para despacharse nuevas sacudidas, para lanzarse nuevos zarpazos... están al borde del precipicio, sujetándose con las nalgas contra el pretil de caliza y sin aflojar en ningún momento la pelea, como poseídas por el mismo diablo... cuando intentan separarlas los Crespo, impotentes ante tanta furia, cruzan la mirada un instante y esa mirada contiene todas las historias de agravios, de abusos, de sufrimientos... y contiene también la liberación... solo faltaba ejecutar el acuerdo contenido en ese instante de luz. A un mismo tiempo, sin decir ni media, los dos empujan suavemente los dos cuerpos cosidos por las uñas y, con un leve toque, sin el más mínimo impedimento, como si fuera lo que estaban pidiendo, se precipitan al vacío y sus cuerpos, todavía unidos por la rabia, revientan contra las piedras del lecho del arroyo. Los mayorales, serios y en silencio, me miran a un tiempo y yo asiento con la cabeza; desenganchan dos caballos y, cabalgando a pelo, se dirigen como centellas hacia el pueblo, para traer al médico. Yo mientras tanto aguardo cuidando los caballos y los coches, paralizado por el miedo y la preocupación. Todo lo que mi cabeza podía pensar era malo: habría llegado ya el momento de una guerra real entre los dos bandos de seguidores, estallaría por fin Arcadio y vaciaría varios cargadores contra los vecinos... Para cuando el médico logra bajar hasta el cauce del arroyo ya ninguna de ellas respira. Como no se podía hacer nada con ellas hasta que el juez levantara acta del deceso, Peñasgordas se iba llenando de gente que acudía como en procesión. Todos pudieron ver los arañazos ensangrentados en los brazos, el cuello y la cara; las ropas rasgadas... como si hubieran peleado dos garduñas.

No sé por qué ocurrió, el caso es que la Guardia Civil se llevó presos a los dos hermanos hasta que se aclararan las cosas, algunos extremos, dijeron ellos, con vistas a un posible juicio. Por lo visto no creyeron del todo en sus palabras porque los perdedores, en esta ocasión, eran gente de posibles, y ahí la justicia va por otros caminos. Yo escuchaba palabras nuevas que tardé mucho en entender: deceso, homicidio, diligencias... El caso es que al poco tiempo vinieron a por mi para llevarme a declarar, pero no me dieron ninguna explicación, sólo que contara ante la sala, llena en aquel momento, todo lo que había visto, y cuantos más detalles, mejor. Yo era el único testigo no implicado, me dijeron, y enseguida me di cuenta, a pesar de mi edad, que de mi testimonio dependía la suerte de los hermanos Orencio y Timoteo. En un instante recordé con toda claridad sus ojos clavados en mí después de la caída y mi gesto de asentimiento. Yo les conté toda la pelea, y, con una naturalidad que todavía hoy no sé de dónde venía, les aseguré que los hermanos habían acudido a auxiliar a las dos contendientes, intentaron separarlas tirando cada uno de su ama, pero era tal su cólera que en una arremetida sobrepasaron el pretil y las dos cayeron abrazadas, con las uñas clavadas una en la otra, sin que los Crespo pudieran evitarlo, so pena de caer con ellas en la misma tanda, que poco faltó para caer los cuatro. A los señores del tribunal y a los allí presentes les debió parecer bien mi explicación y a partir de aquel momento se dieron prisa en dar el caso por cerrado. Mucho más tarde supe que mi testimonio había sido un calco del aportado por los dos hermanos. Nadie apeló, nadie mostró ningún interés por saber algo más de estas dos fieras.

Cuando me encontré a solas con los Crespo, no me dijeron nada, sólo me dieron una suave palmada en el hombro, me miraron con esos ojos capaces de fundir las piedras y yo pude comprender cuánto agradecimiento y cuánto aprecio me enviaban. Tras arreglar sus asuntos particulares y dejar un tiempo de sosiego, para no parecer que huían de algo, ambos hermanos dejaron el pueblo y nunca volvimos a saber nada de ellos. Comprendieron que irse era lo suyo.

Desde la desaparición de estas dos mujeres el pueblo fue recuperando poco a poco una tranquilidad que ya se echaba en falta. Un solo cura ofició la misma misa para las dos, la misma homilía y el mismo funeral y ya desde el camino del cementerio los vecinos se mezclaba entre ellos de forma inesperada, olvidando antiguas consignas de guerra. Por lo general la gente humilde lo que menos quiere son batallas, bastante tienen con la de ganarse el pan de cada día... el caso es que se diluyeron los dos bandos y los bancos de la iglesia daban cada domingo la medida este nuevo aire; algunos quedaron, claro, con el veneno intacto, pero entre el miedo y el ver que una mayoría se desentendía de enfrentamientos, se mantuvieron a raya.

- ¿Y quién más sabe este relato, Sr. Artemio? -le pregunté-.

- Sólo tu y yo. Ni siquiera a mis hijos conocen toda la verdad de este suceso.

- Pero esto es una responsabilidad muy grande para mi...

- Tu haz lo que quieras. Ya han pasado muchos días y han caído muchas noches y a mi ya me da igual. Demasiado tiempo he cargado yo con esta penitencia...

Me fijé en la cara de este hombre y constaté que su confesión le suponía algo así como sofocar un rescoldo que le había abrasado el alma durante muchos años. Demasiados, como decía él. Su rostro se descargaba de esa tensión que le hacía parecer huraño y amargado. Puedo decir que su semblante experimentó una transformación: su tez se esponjó y distendió; las comisuras se abrieron y la mirada del ojo bueno parecía más luminosa. En su patio bebimos unas palomas con unas pastas y me percaté que él estaba celebrando no sólo el final de su relato, sino la liberación de un tormento.

Conseguí anotar en mi libreta multitud de nombres propios, de sitios y otras informaciones que debería pasar a limpio más pronto que tarde con el fin de leérselo despacio al tío Artemio para que fuera él la primera persona en conocer y aprobar, o no, el texto. A los cuatro o cinco días me encontraba en esa tarea cuando me dan cuenta del suceso: Artemio Abarca ha fallecido. De repente, dijeron. Ni quienes le conocíamos ni sus familiares dábamos crédito a esta noticia porque este hombre, a pesar de sus noventa y tantos años, no tomaba ninguna medicina, no se le conocía ningún padecimiento o achaque que le doblegara. Ni siquiera había conocido un solo hospital.

Esa mañana, como casi todas desde su jubilación, el Tío Artemio limpió el gallinero, barrió y regó el patio y, una vez todo en orden, se acomodó en su sillón de mimbres para saborear el primer Farias del día, al sol si no pegaba mucho o a la sombra ya en días de moscas. A punto de acabar su cigarro se quedó plácidamente dormido y, sin más aviso, ya nunca despertó. El puro, sujeto entre sus dedos, se había apagado justo a la mitad. Hasta entonces nadie había envidiado su vida pero aquel día todos envidiaron su muerte.

Considerando los comentarios y silencios de los vecinos y la revelación que me había manifestado yo concluí que el Sr. Abarca había cumplido tantos años, puede que algunos contra su voluntad, porque no podía detener un tiempo que para él sólo era una espera: hasta el momento de poder liberar a su conciencia de la pesada carga que supuso aquella declaración. El testimonio de un chaval de diez u once años que salvó del garrote vil las existencias de los dos hombres más cabales del pueblo, según me insistió el Tío Artemio, y liberó de odios rancios a mucha gente humilde necesitada de paz.

Fernando A. C. Primavera 2010.

..árboles para la vida...