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Rutas Sentimentales XVIII

Nacionalismos

Hay algunas ideologías y creencias que detesto y que no son merecedoras de ningún respeto. Y ya desde esta primera línea vamos a dejar una premisa bien clara: sólo son dignas de respeto las personas, y no todas ni en todos los casos. La ideas, ideologías, creencias, religiones, filosofías no llevan el respeto incluido por su mera existencia, o porque las elaboren o propongan personas en principio no sospechosas y presentables. Ninguna. Nos podemos preguntar y debatir si merece respeto la ideología nazi, la fascista, la que sustenta el capitalismo salvaje, la del comunismo que aliena a la persona, las religiones satánicas, o aquellas que en nombre de su dios alientan el terrorismo, o consienten prácticas como la de pederastia por parte de sus pastores… y así un sinfín de corrientes y organizaciones basadas en creencias, figuraciones o ideologías.


De entre estas últimas resalto una a la que considero bochornosa porque me parece un insulto a la inteligencia; por su toxicidad y porque sus efectos contaminantes, como la radioactividad, son muy difíciles de combatir. Se trata de los nacionalismos. Todos y cada uno de ellos. Después de soportar durante tantos años el nacionalismo instaurado por la dictadura militar, resulta que ahora nos ha sobrevenido la imposición de otros 17, consentidos, legalizados y amparados por el (ficticio) mantenimiento del buen rollo, de lo políticamente correcto, del derecho a la diferencia y otras milongas; y hemos de aguantar a representantes y activistas incansables de esas 17 identidades inventadas, cuya legalidad se basa en que han sido elegidos democráticamente, algo de lo se aprovechan constantemente para colarse hasta la cocina, la misma cocina que ellos dinamitan en cada ocasión. Son quintacolumnistas.


Pero yo no quiero contaminar mi ruta sentimental con la náusea que produce esa ideología. Recurro a ella en esta introducción porque de alguna manera la asocio a una persona de aquí que conocí, creo que bastante bien: Manuel Torralbo Cárdenas, cuya existencia ocupó gran parte del S.XX y un poco del XXI. Ganadero de profesión, podríamos definirle como un nacionalista de aquí, pero en una variante no estrictamente política, sino matrimonial, quizá sentimental… no sé. Sí puedo afirmar que no obedece al patrón que tenemos formado de un nacionalista convencional, porque, en primer lugar, no era un bocazas, como suelen ser los nacionalistas comunes cuando detectan que alguien les puede escuchar y se ven sin bozal. Torralbo mantenía y alimentaba sus propias convicciones pero no las exponía salvo en situaciones de máxima reserva y discrecionalidad. Por tanto, pocas veces. De hecho, no sé de nadie, salvo, tal vez, algún miembro de mi familia, que conociera el ideario que voy a tratar de exponer con el máximo respeto hacia su persona, aunque no tanto a su ideología sobre este asunto.


Sostenía Manuel que los nacidos en este pueblo, todos, y el genérico incluye a ambos géneros, éramos unas auténticas calamidades cuando elegíamos pareja fuera del mismo pueblo. Y, en consecuencia, consumado el despropósito, los matrimonios resultantes adolecían de unas asimetrías clamorosas, coincidentes en que siempre resultaban perjudiciales para los autóctonos. Salíamos perdiendo en todos y cada uno de los casos porque el barco escoraba siempre por el mismo costado. Avalado por sus capacidades de observación, prospección y síntesis, unidas a una vida también dilatada, sostenía que esta era una condición general que los aquí nacidos adquiríamos por el mero hecho de nacer y culturizarnos en este pueblo, independientemente de que te doctores en Oxford. Por si no fuera poco esta premisa, añadía una segunda en la que se da por sentado que en este pueblo, se consiente y se practica una costumbre con arraigo pero perversa y muy perjudicial para el lugar y su propia vecindad: aquella que consiste en tratar mejor a los de fuera que a los de aquí. Y este era otro de las convicciones que él trataba de demostrar recurriendo al análisis de casos prácticos, resultando algunos de ellos muy difíciles de rebatir debido a su evidencia.


Repensando hoy día todo lo que le oí, tal como lo planteaba, se trataba de una especie de determinismo genético en el que los genes de los aquí nacidos adolecen de esos dos defectos desde el momento de su creación; defectos perfectamente identificados pero de los que resultará imposible curarse. No se refería a una generación concreta sino a todas, porque, en esta teoría, el tiempo no influía para agravar o atenuar la situación. Para demostrarlo, Manuel analizaba casos de distintas generaciones y todos ellos concluían con el mismo resultado.


Nunca le oí hablar de esto con nadie, pero conmigo tenía confianza y si surgía un momento apropiado, con garantía de confidencialidad, se explayaba a sus anchas, con vehemencia y también con resentimiento debido a que le hería la torpeza, al parecer congénita, que nos nubla el caletre a la hora de desenvolvernos en este campo de arenas movedizas. A su vez, yo he valorado siempre esta confianza y sólo después de muchos años me atrevo a narrar parte de lo que Torralbo me transmitió.


Lo que más me impresionó de estas conversaciones fue la comprobación de hasta qué punto tenía estudiadas a todas y cada una de las parejas con elemento foráneo. De otra parte, las formadas por autóctonos para él estaban más o menos equilibradas; estas uniones no producían menoscabos importantes, todo formaba parte de una normalidad aceptable, digna, incluso armoniosa, asumibles sin resquemores ni reparos. Todas le parecían adecuadas, normales.


Conocía perfectamente a los aquí nacidos, a sus familias; conocía sus profesiones, sus aptitudes, sus éxitos, sus fracasos y el detalle de su patrimonio. Y de los sobrevenidos también hacía acopio de información. Él ponía en cada plato de la balanza lo bueno de cada parte y el fiel siempre se inclinaba, estrepitosamente hasta hacer tope, del lado de los de aquí. Siempre. A la hora de exponer y rebatir, en su argumentario se combinaban principalmente cuatro variables, por este orden de importancia: el talento, el patrimonio, la catadura moral y la presencia, que incluye belleza y proceder.


Diseccionaba a cada pareja de tal manera que el de aquí salía ganando bien por talento: estudios, puestos de trabajo, intelectualidad… bien por cualquier otra variable. Al patrimonio también le daba mucha importancia, y en su consideración, a veces incluso tasación, tenía muy en cuenta que una propiedad aquí valía más que cinco en cualquier otra parte. Esto es artillería gruesa. Y esta equivalencia la avalaba con cifras de compraventas concluidas en este entorno, con datos que conocía y sabía utilizar dialécticamente.

Cuando se presentaba algún caso en el que ni por intelecto, ni por patrimonio, el fiel no se posicionaba dónde él quería llevarlo, recurría a la bondad. Mucho mejores personas las de aquí, de todas la maneras, como él decía. Si alguno de los casos analizados se resistía o causaba alguna quiebra en los tres apartados anteriores, Manuel no dudaba en ponderar la fisonomía y el saber estar para machacar al contrario, mejor porte los de aquí, con diferencia, más educados, más avanzados. En sus intervenciones afloraba un dolor muy consolidado, le dolía esta ceguera incurable de la que adolecen los de aquí. Le dolía la gran pérdida que suponía en cada uno de los casos esas uniones, según su idea, tan descompensadas. Una descompensación que conduce al fracaso o, en el mejor de los casos, a una zona gris en la que el progreso y la luz son quimeras. Y le dolían porque el apreciaba, arropado por su propia ceguera, como cada nacionalista, a los aquí nacidos, a todos sin excepción. Le dolía asimismo no saber con certeza la causa de estos defectos congénitos de los aquí nacidos, defectos muy graves a tenor de su transcendencia. Y como eran defectos generales, que padecemos todos, no necesitaba hablar mal de alguien en concreto. Nunca le oí hablar mal de alguien. De alguien de aquí, claro, porque con los de fuera era implacable.


La conversación sobre este asunto siempre la iniciaba él aprovechando una mención a alguno de los "afectados". Esto era como un pacto tácito, asumido sin más. Un día en el que él aprovechó lo propicio de la situación para pontificar sobre su tema estrella, me atreví a rebatir su teoría utilizando como ejemplo a sus propios hijos, sin saber que estaba jugando con fuego. Le espeté que su teoría hacía agua si contemplamos su propio caso. Y le expuse, mientras él hacía gestos y aspavientos de desaprobación, una relación sucinta de todo lo bueno que yo había observado en los suyos, con algunos datos que yo tenía por irrebatibles, pero al poco me di cuenta de hasta qué punto tenía preparado el supuesto para el momento en el que, ineludiblemente, se presentara, descargar toda la munición acumulada.


- Parece mentira que me digas eso, yo que te tengo por una persona inteligente. Los míos los que más, hombre, los míos los que más, no te jode.


Y soplaba con la boca de tal manera que más que soplos eran bufidos. Tenía dos hijos y una hija, y quiso el destino que los tres se casaran con personas de otros lugares. Una vez más calmado, yo volvía sobre su caso, pormenorizando cada aspecto que yo creía muy valioso de sus nueras y yerno. Tal como hoy diríamos, poniendo en valor sus cualidades más positivas y notorias; pero él, con gran pasión y agilidad, neutralizaba mis razones, incluso las basadas en mi buen conocimiento de sus sobrevenidos, con aclaraciones y una lluvia de datos que sólo ellos conocían, pero que, de ser ciertos, hacían bajar muchos enteros en la cotización social de aquéllos. Los suyos, me aseguraba, salían perdiendo en todos y cada una de las cuatro variables antes enunciadas. Era el aplastamiento de una apisonadora. Con datos, aunque el de la belleza fuera de los más subjetivos y, por tanto, interpretables. Nada. Lo daba todo por incuestionable a partir de la urdimbre de sus explicaciones. Al final, las contrapartes, quedaban literalmente machacadas. La balanza destrozada. Nacionalismo puro.


Yo nunca he usado esos datos, ni lo haré jamás, porque siempre lo interpreté como un desahogo de Manuel, propiciado por la confianza que tenía en mí.
Yo siempre admiré a Manuel, si bien por otras cualidades; la primera de ellas, su clarividencia a la hora de analizar cuestiones no sólo sobre asuntos de su incumbencia, sino sociales y del pueblo sobre todo; su inteligencia para entender y expresarse perfectamente en conversaciones con personas con estudios, como diría él y, más que nada, porque era de esas personas, mujeres y hombres, que en su paso por la vida sólo han aportado cosas buenas tanto para su familia como para los convecinos. Perteneció a esa generación a la que le tocó trabajar muy duro y en malas condiciones, pero él, sin menoscabo de su rectitud y buen hacer, acrecentó notablemente su hacienda basándose en su trabajo, en su habilidad para los trueques y compraventas y en esa austeridad ancestral, tan propia de aquellos que han de sudar para ganarse el pan, que se basa en saber identificar, diferenciar y despreciar lo superfluo y valorar lo que de verdad importa. Esta conciencia del trabajo como medio para salir adelante y además aumentar el patrimonio que se ha transmitir a las siguientes generaciones no sólo ha desaparecido, sino que además está mal vista y en una gran parte de casos, se ha invertido: ahora de lo que se trata es de liquidar y hacer caja con lo que otros consiguieron a base de austeridad y orden, pero esto es otra conversación.


Por la razón que fuere, aquellas porfías han quedado grabadas en mi subconsciente y a veces, cuando reparo en ciertas situaciones de nuestra realidad actual, esa evocación se presenta sin ser llamada, pero de forma nítida, y puedo recordarlo perfectamente devanando su madeja con un ideario que no comparto, aunque sin descartar que alguien lo suscriba.


Sí comparto la forma que tenía de valorar el trabajo y la aportación de la mujer a la familia en el medio rural, algo que él conocía bien. En eso sí fue avanzado porque ni una brizna de machismo asomaba nunca en sus conversaciones sobre esta cuestión. Al contrario, alababa de forma incondicional el papel que desempeñaban estas mujeres en las familias agrarias.


Manuel era de los que necesitaban poco; sólo pedía para él fallecer antes que su mujer, petición que he escuchado en más ocasiones, procedente siempre de hombres, en concreto de este tipo de hombres, capaces de todo fuera de su casa, pero perdidos y agobiados en el supuesto de tener que afrontar la más nimia tarea doméstica.


Su petición se fue atendida. Que la tierra le sea leve.


Fernando A. C. Verano 2016.

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