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Rutas Sentimentales XIX

Nacionalismos II

Como continuación al texto anterior, como excepción y sin que sirva de precedente, enlazo con él esta reflexión, corta, porque el tema da para muchos ensayos, pero irreprimible.

¿Por qué las convicciones en torno a los nacionalismos tienen tanto éxito en todas las clases sociales, independientemente de lo que éstas tengan que defender, privilegios o miserias?


El esquema básico de la ideología de cualquier nacionalismo es muy sencillo y es equivalente al de cualquier religión; al fin y al cabo los nacionalismos son una fe y, en consecuencia, idóneos para el engaño. A partir de una dicotomía tipo blanco/negro o bueno/malo, se basan en generar sentimientos con apariencia de completar y realizar al individuo como ser social. Sentimientos y creencias de pertenencia, de identidad, de grupo, que tan sólo están basados en esa fe pero que, además, van de la mano con otros tantos de agravio, de superioridad… y otros muchos. Para estos sentimientos, en principio, todos somos destinatarios y, mayoritariamente, buenos receptores, porque todos necesitamos creer en algo, todos sentimos y cualquiera puede hacer un sitio para acomodarlos. Para albergar o unirse a estos sentimientos colectivos no se requiere de ningún saber, ninguna preparación; es más, los dirigentes nacionalistas prefieren a sus acólitos incultos, indocumentados e irreflexivos. De otra parte, las fes y los sentimientos colectivos ejercen un magnetismo en las personas que las perturba los filtros de crítica y racionalidad. Y por ahí se cuela la peste.


Los nacionalistas se especializan en la potenciación de diversos sentimientos, que transforman en pasiones, y empiezan por el de la distinción: somos distintos a nuestros vecinos. Esta creencia se desvanece de inmediato puesto que es algo manifiesto que todos somos tan distintos como iguales, y juega en ambas direcciones: tu eres tan distinto a mí, como yo lo soy respecto a ti, por lo que compartimos las mismas distancias e idénticas proximidades; algo que por sí mismo no demuestra nada, ni puede servir de base, porque no lleva a ninguna parte.


Se añade entonces el primer componente tóxico: dado por hecho irrefutable y admitido el de ser distintos, se le añade otro sentimiento, otra creencia, otra percepción: no sólo somos distintos sino que nosotros, en particular, somos mejores a los demás, equivalente en el campo religioso colateral al de nuestra fe es la única verdadera. Para sustentar esta segunda toxicidad, se incorpora una primera letanía de virtudes propias que resaltan manifiestamente comparándolas con la infinita lista de los defectos de los vecinos. Es el concepto de superioridad, o el supremacismo, como se le nombra ahora. El orgullo nacional, el RH, la raza ária.... Debes sentirte orgulloso de que te hayan nacido en un lugar rico, con posibilidades. En consecuencia, hay que poner mucho cuidado en dónde se nace, porque si se te ocurre nacer en Namibia, por ejemplo, no te va a funcionar ningún tipo de orgullo ni nada, ni siquiera el horóscopo.


El siguiente bebedizo que se añade es más tóxico, alimenta los dos planteamientos anteriores y está destinado a la acción, con elusión, en todo caso, del mínimo contraste y demostración. Es aquél de que afirma: no sólo somos mejores que nuestros vecinos sino que son éstos precisamente los causantes de nuestros peores males. Y lo sustentan en otra letanía de perjuicios inventados, infligidos por el adversario principal, que ya figura transformado en enemigo, al que se estigmatiza como salvaje, invasor y usurpador. El victimismo. Ya tenemos un enemigo contra quien disparar, equivalente en el campo de la fe a la maldad, personificada en el demonio o el Mal o, en otros ámbitos, representado de múltiples maneras según la época y lugar. Por ejemplo, para los talibanes, el demonio es Estados Unidos. El demonio, y/o los calificados como impíos, nos confunden para hacer el mal; el vecino impide que nos sintamos bien, nos estorba, nos perturba, nos agravia, nos coarta, nos impone, nos roba… nos arrebata nuestra libertad y nuestra identidad. Ah, la identidad, las esencias patrias…. Todo nacionalismo, como toda religión, necesita un contrario declarado, para disparar contra él. Lo necesita para articular un montaje de desprestigio del enemigo y esto es algo que se alimenta desde todas las instancias posibles y especialmente desde las instituciones de las que, una vez tomadas, manejan con descaro y de forma incansable, porque no interesa que ningún acólito relativice o se relaje.


La tercera pócima pretende sustentar de forma fehaciente los postulados anteriores. Aquí aparecen los pastores de destinos colectivos, los adoctrinadores. Su misión es la construcción retrospectiva de una nación mediante la utilización de equívocos bien construidos, con los que llegan a conformar un cuerpo de doctrina, tan irrebatible e indemostrable como los dogmas de la fe, de cualquier fe verdadera. Estos pastores se empeñan de forma incansable en construir una alucinación social basada en las premisas descritas y no duda en adulterar todo aquello que les estorbe o impida. Se apoderan y manipulan descaradamente las instituciones, la enseñanza, con especial ahínco en la manipulación de la historia, el idioma, los símbolos, los equipos de fútbol, los presupuestos, los espacios públicos... y todo lo ponen al servicio de su monoteísmo. Crean una atmósfera de asfixia social con la institucionalización de los disparates; se atrincheran en los órganos políticos, sociales, culturales y despliegan la creencia de que todo está ya decidido; es decir, el pueblo elegido por fin tiene fecha para lograr su lugar en el mundo y en la historia, porque se liberará de la opresión de su invasor y recobrará su libertad. Serán como un pueblo elegido por la deidad estatal para construir un mundo superior, acotado e insolidario.


Aquí podemos evocar a Robert Musil, cuando en su obra Sobre la estupidez, afirma que un idiota envuelto en una bandera es más peligroso, pero igual de idiota que otro cualquiera.


Estas ideas de sueños patrióticos, bien implantadas en el sentir general, hacen que muchos estén prestos a coger su fusil y luchar desde las trincheras por la liberación de su pretendida patria, abominando de la común… siempre y cuando no se tenga algo que perder… o se tenga mucho que ganar, que viene a ser lo mismo. Si, además, lo mezclamos con religión, la balcanización está servida. Las últimas guerras de los Balcanes son el ejemplo de la atrocidad más fuerte jamás ocurrida. Ningún conflicto ha superado tal concentración de nacionalismos y barbarie.


La historia está a nuestro alcance, y en ella podemos constatar cómo las guerras de religión y las guerras promovidas por las ideas nacionalistas, son las que mayor atrocidad, sufrimiento y retroceso han aportado a la sociedad. En todas partes. Aun así, todavía en el S.XXI, se mantienen varias guerras activas de ambas clases, de religión y de patrias. Y eso es porque a algunos, demasiados, les viene bien.


A los nacionalistas, en cualquier tiempo y lugar, les salen muchos seguidores y de entre éstos, en los casos que nos afectan, ciertas instituciones españolas de religión católica también les va esta marcha; se les queda pequeña su labor de pastores de almas y andan prestos a ampliarla con la de pastores de patrias. Al fin y al cabo, su monoteísmo funciona en paralelo. En España tenemos los ejemplos vergonzosos y vergonzantes de instituciones católicas, en concreto vascas y catalanas, qué casualidad, dedicadas a construir patrias a base del fomento de sentimientos de pertenencia, de identidad, de injusticia, de superioridad, de derechos violados, de creación de enemigos y agravios, de generación de odio y desprecio hacia los de afuera, de manipulación y tergiversación de la historia, de la cultura y de la realidad. Justo el mandato que consta en los textos sagrados... Aprovechan sus púlpitos, su posición y privilegios para reforzar a los caudillos y sus ideas. Les gustará el ejemplo de los Balcanes… o más bien tienen mucho que ganar.


Esto podría abrir otra línea de desarrollo: las dictaduras nacionalistas van de la mano de la religión mayoritaria en cada país.


Bertolt Becht afirma en su obra Los negocios del señor Julio César, que los ideales sólo pueden tomarse en serio si se ha derramado sangre por ellos; mientras que Robert Musil asegura, en la obra citada, que los países se construyen con sangre e inteligencia. Franco destruyó y reconstruyó un país con desmesurada atrocidad y ninguna inteligencia; una guerra civil descrita como cruzada, el summun de ambas ideologías unidas en lucha contra el ateo y bárbaro... y de aquellos polvos vienen muchos de estos lodos.


Sin embargo, en estos dos casos que nos afectan, por el momento nadie está dispuesto a ir a las trincheras a ganarse la patria (a lo sumo en el País Vasco, a disparar por la espalda y salir corriendo o poner bombas accionadas a distancia en vehículos o aparcamientos; también a torturar a sus secuestrados, tal y como muestra el historial de sus homenajeados gudaris). Ambas regiones son prósperas y las cifras económicas constatan que son ellas; precisamente, las agraviadas por el Estado Español, las de más alto nivel de vida de toda la península, con una asimetría que causa sonrojo, según todos los datos e indicadores. Por eso, en caso de guerra, tienen mucho que perder; y por lo mismo argumentan que el derramamiento de sangre es una salvajada y que no hace falta pasar por eso. Para descomponer un País de más de cinco siglos basta con ejercer el llamado derecho a decidir; aunque, eso sí, derecho que sólo corresponde ejercer a una parte, la suya; los convecinos y connacionales, como no somos demócratas, no votamos sobre nuestro país. Ellos, los más ricos, los más privilegiados, se arrogan en exclusiva el derecho a decidir sobre todo lo que les plazca, incluido el mapa de España y los territorios que la conforman. Eso sí, todo de buen rollo, en plan colegueo. Porque ellos son civilizados, mientras que los demás tiramos como a más salvajes.


Tampoco permiten hablar de federalismo. Saben que un Estado federal supondría menos presupuesto y menos competencias y, además, en estos sistemas, las competencias son reversibles de una forma rapidísima porque no se pueden blindar. Por eso se burlan de los socialistas cuando les plantean una propuesta federalista.


Todos los nacionalismos son previsibles, porque funcionan de la misma manera. Una vez conseguida y asegurada su nación, su incendio se propaga con una nueva fase de expansión, o incluso antes. En correlación con el proselitismo de las religiones, porque en ambos casos, su ADN contiene un mandato de expansión, apoyado siempre en argumentos viscerales en el caso de los nacionalistas y divinos en el de las religiones. En el caso de los nacionalismos, a falta de apoyaturas místicas, se le da otra vuelta de tuerca al relato de la historia para establecer nuevos principios irrenunciables que les corresponden por derecho propio, un derecho auto atribuido. En nuestro caso, los nacionalistas catalanes reclaman como propio lo que ellos llaman los países catalanes (Valencia, Baleares…) y los vascos, Navarra, Treviño… Sin embargo, también hay unos países catalanes y un país vasco en Francia, que no reclaman, porque en ese país, que no es precisamente una dictadura, ninguna de esas regiones tiene reconocida ninguna autonomía, ni establecidos cupos, ni conciertos, ni fueros, ni otras cesiones de ningún tipo de soberanía... ni siquiera tiene carácter oficial ninguno de sus idiomas, sólo el francés. En Francia entienden muy bien a dónde llevan los nacionalismos y los atan en corto; al contrario que aquí, que todos los partidos pactan con ellos con tal de alcanzar o mantenerse en el poder, y siempre a cambio de concesiones, eufemismo de privilegios; lo que significa que desde el gobierno central, se instauran privilegios de unos ciudadanos sobre y a costa de los demás. Y de ahí las asimetrías antes mencionadas. Pero estas concesiones, terminan siempre volviéndose en contra del conjunto de los ciudadanos y, dada la naturaleza de insaciable de todo nacionalismo, también contra el mismo país en su conjunto, contra sus instituciones y contra los demás ciudadanos.


¿Y cómo es que aquí consiguen tanto y en Francia nada? ¿Y cómo es que aquí enseguida llevan a España a los tribunales de Estrasburgo y a Francia, u otros países, nunca? Francia tiene más regiones e idiomas que España, pero también tienen una cultura política que deja bien establecido los principios irrenunciables e intocables de su organización. Aquí la cultura política está hecha añicos. Y la sociedad otro tanto.


Parece ser que a los políticos, de cualquier partido, no les interesa superar el sistema de tribus propio de los nacionalismos, por eso destinan tanto dinero y tantos recursos a la potenciación de cada una de las 17 identidades colectivas que desde hace tanto tiempo padecemos debido a la institucionalización de los disparates. El sistema de autonomías fue diseñado para gestionar de forma más eficaz los asuntos más elementales de los ciudadanos desde una posición de cercanía y comprensión, teniendo en cuenta las peculiaridades de cada región. La finalidad se ha pervertido de raíz y ahora todo consiste en arrebatar competencias al Estado, potenciar las diferencias, los idiomas (o jergas) locales, todo en detrimento de lo común, y nuestros sucesivos gobiernos, complacientes y desbordantes de buenismo, les transfieren todo lo que pidan: enseñanza, policía, carreteras, parques nacionales, ríos…, (¿cuántas policías nacionales hay en Francia, Holanda o Alemania?; ¿cuántos sistemas de enseñanza, de sanidad?; ¿cuántos independentistas pueden atacar a sus países reales y difundir sus mensajes de odio y ruptura en las tribunas de los respectivos Parlamentos?


Los disparates que se perpetran en las instituciones españolas son vergonzantes, empezando por el Congreso y el sistema de legalidad partidos. ¿Cómo pueden ser legales los partidos que pretenden la destrucción de España? Aquí, además se sufragan con fondos del presupuesto estatal. ¿Cómo pueden cobrar más, mucho más, los cargos y funcionarios autonómicos que los estatales? Un país no se puede sustentar en semejantes despropósitos.


Las fes nacionalistas son incompatibles con la razón y la concordia, por eso sólo generan odio, enfrentamiento, atropello y barbarie.

En Madrona hemos sufrido un caso que constata esta barbarie en la persona de Jesús González Ituero, asesinado, y con toda probabilidad torturado, por la banda ETA , el 4 de abril de 1976, a los 24 años de edad. Quienes conocimos a Jesús de muchos momentos y de charlas en corto, sabemos de su dones de apacibilidad, de serenidad, de inteligencia y de buena persona. Por ello la noticia produjo un dolor en toda la vecindad que, aun pasado mucho tiempo, se muestra difícil de digerir.

Y es bueno que mantengamos la memoriva viva, que no relativicemos, que no nos apuntemos a las equidistancias, ni a ningún tipo de justificación ni mínima comprensión para esta barbarie.


Percibo los nacionalismos como una monstruosidad de la mente humana y en ellos sólo alcanzo a ver ignominia y desvarío. Su hedor es asfixiante y su verborrea provoca náusea.

Fernando A. C. Agosto 2018.
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..árboles para la vida...