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Rutas Sentimentales XX

Las Eras

La eras son los prados donde la mayoría de los habitantes de este lugar han trabajado en las largas jornadas de cada verano durante varios siglos, hasta mediado el S.XX, hacia 1965, aproximadamente. Así fue en todos los pueblos que vivían de la agricultura, porque en las eras se depositaban los cereales recolectados para su procesamiento manual. Era un procedimiento sencillo pero largo y trabajoso porque todas sus fases se desarrollaban a base de trabajo personal con herramientas artesanales de madera y con la sola ayuda de las yuntas de acémilas.

Cuadro de Felipe Pastor Cañas, con las Eras de la Mancha en plena actividad.
En segundo plano, caserío del pueblo, con el torreón y el Caño de la Peña y la morera. Tres iconos desaparecidos.
Al fondo, el Palacio de Riofrío y la silueta de La Mujer Muerta.

El sol regía la actividad, si bien el horario de trabajo durante esos días sobrepasaba por ambos extremos las horas de luz, por lo que aquello de trabajar de sol a sol aquí se queda corto.
Se descargaban los carros, cuya caja se rodeaba de estacas para aumentar y asegurar la carga de haces. A esta tarea se le conoce con el nombre de acarreo. Anticipándose a la salida del sol, ya se estaba en el campo, donde esperaban las hacinas para ser cargadas con los horcones, u horcas de dos picos, el primer carro o el primer viaje, como se oía decir, con destino a la era. Cuando el sol llegaba a lo más alto, se paraba el acarreo, no para descansar, sino para cambiar de tarea en la misma era: ordenar las descargas y preparar las parvas para proceder a su trituración con trillos de piedras; pequeñas lajas de pedernal, finas y cortantes, incrustadas a presión en el envés de los tablones que forman el trillo. Se fabricaban en Cantalejo y era necesario reponer piedras como mínimo para cada temporada.

La Trilla, dibujo del señor Otero (obtenido de internet)


Las yuntas recorrían parsimoniosas, envueltas en sus pequeñas nubes de moscas y tábanos, la parva circular arrastrando el trillo, sobre el que viajaba el responsable de esa tarea; para hacerla bien lo que se debía aprender, sobre todo, eran ciertas mañas para dirigir las maniobras de la yunta correspondientes a las distintas acciones según cada momento, las tareas más sencilla, como la de dar vueltas sentado en el taburete del trillo, a veces se les encargaba a los más pequeños, que debían dirigir la yunta con las riendas en caso de ganado caballar y con la aguijada (aunque en Madrona se empleaba el solecismo injada) en caso de ganado vacuno, para recorrer todo el radio de la parva.

 

 

Aventadora sin motor Campeón. Reproducción de D. Julián Maroto de Nicolás, de Etreros.

A media trilla, se detenía este pasar y repasar para, con un gario, dar la vuelta a la mies, que ya se encontraba en un estado de sometimiento. Se reemprendía la marcha y, cuando la mies bajaba de altura debido al machaqueo de las piedras, al trillo se le acoplaban las volvederas, dos arcos de hierro enganchados en el travesaño trasero para que revolvieran las partes que estaban más enteras y así rematarlas con unas vueltas de trillo.

Trillo con volvederas (imagen obtenida de internet)


Consumada la trilla, al yugo de la yunta, ubio se le nombra aquí con total propiedad, se le acoplaba la caniza (término no recogido en el DRAE, por lo que deduzco que puede ser un localismo, dado que en otras partes se la nombra como camizadera, rastra...), utensilio con la misma estructura que un arado romano pero, en lugar de reja, la pértiga acababa con el acople de un gran tablón de unos tres metros de ancho por unos 50 cm. de alto, que se dirigía empuñando la esteva donde estaba acoplado. Con diversas y habilidosas maniobras con la yunta, se lograba recoger o acanizar, lo trillado y amontonarlo correctamente, para proceder a continuación a preparar otra parva. Esta tarea de acanizar sólo la sabían y querían hacer los mayores. Al final de este proceso, se alzaban tantos montones como variedades de leguminosas, de entre las cuales, cebada, trigo, avena yeros, garrobas, centeno y, en algunas familias, garbanzos, eran las más frecuentes.

Caniza con un acople bastante simple (imagen obtenida de internet).


En la añoranza por este tiempo interviene con fuerza un hecho del que nos podemos sentir orgullosos en Madrona. Los montones del cereal limpio permanecían en la era durante el tiempo que su dueño considerara necesario, al igual que toda la herramienta y utillaje empleado en estas tareas, sin más preocupación que la de protegerlo de posibles tormentas o ventoleras dañinas. El respeto por lo ajeno se manifestaba en el hecho de que nadie cogía nada de los demás. Nada. Bueno, con la excepción de que alguna noche los críos entrábamos a las chozas y bebíamos un trago de las botas de vino… pero no como costumbre; no nos arregostábamos como decimos aquí.


A mí me parece que estas normas de comportamiento no escritas y, por lo tanto, sin régimen sancionador aplicable, que los vecinos cumplían como un proceder de su natural, además de constituir un elemento de confianza, de concordia y de calidad de vida, manifiestan la categoría humana de las personas que protagonizaron aquella época. Mi padre expresaba muchas veces con honda tristeza y desconcierto el hecho de que antes, decía, que todos éramos pobres, nadie robaba nada, mientras que ahora, que nos sobra de todo, no puedes descuidar nada en ninguna parte. A él le robaron, arrancándolas, unas puertas de hierro en una pared junto a la ermita del Santo Cristo. Le produjo una doble decepción: la primera por el robo en sí con su valor, la segunda porque nunca imaginó que allí, al lado del Santo Cristo, alguien pudiera atreverse a ello y, menos aún, conseguirlo.

Disculpas por esta inflexión. Regresamos a cuyo es.

Reproducciones de las medidas de media fanega y celemín, también de Julián Maroto de Nicolás.

 

La siguiente fase era la de separar el grano de la paja. Antes de la llegada de las máquinas limpiadoras, se hacía, como siglos atrás, aventando pequeñas cantidades valiéndose de la pala, de múltiples habilidades y, como condición obligatoria, de un viento moderado. Las máquinas limpiadoras, o aventadoras, se inventaron a partir del mismo principio elemental de uso del viento en combinación con la pala por parte del agricultor. Esta máquina, con estructura de madera y partes de hierro y chapa, fue de tracción humana durante muchos años. Con una gran manivela se hacía girar un eje de aspas o palas dentro de un bombo donde generaban una corriente de aire que, dirigida hacia el cereal trillado, depositado en una tolva de la que iba cayendo a medida, expulsaba la paja por la parte trasera mientras que dejaba caer el grano a un sistema de cribas, que se movían a la par que las aspas. El grano ya limpio caía por una tobera lateral al mismo suelo, donde había que apartarlo constantemente para que no cegara la salida. Para reemplazar la fuerza de los brazos aplicada a la manivela, en la década de los sesenta, se incorporaron unos simpáticos motores de dos tiempos, muy elementales, que con un poco de gasolina mezclada con una pequeña proporción de aceite, eran capaces de mover los engranajes de la aventadora y durante una media hora y limpiar una buena parte del montón (se aguantaba mucho...). Se trata de los famosos motores Campeón, con su depósito en forma de tubo, que se colocaban sobre la aventadora, a la misma altura que la tolva, y transmitían su movimiento a través de una correa. Las peculiaridades más sobresalientes de este motor eran su dureza y, de otra parte, la frecuencia con la que su bujía hacía perla (se soldaban los dos polos que provocan la chispa de la explosión). Este adelanto no evitó que a la aventadora se la abasteciera de forma manual elevando el material hasta una tolva superior de madera en forma de V.

La trilladora de la familias Ayuso-Bernardo era este modelo, al que le falta en esta foto el tubo lanzador de la paja triturada.

 


Llegada de las ruedas dentadas y rodamientos


Estos procesos de trilla, limpia, recogida y ensacado desaparecieron de un plumazo con la llegada de una trilladora a Madrona sobre el año 1958. La compraron entre los hermanos Ayuso - Bernardo, hijos de Faustino Ayuso Rincón y Eulalia Bernardo Contreras. Se trataba de un modelo avanzado de la marca Ajuria, fabricada en Vitoria. Con esta máquina, a la que también se alimentaba de forma manual a través de una cinta elevadora, se eliminaron los tediosos procesos antedichos. Esta trilladora trabajó, durante unos diez veranos, para los agricultores que, tan solo de palabra, la contrataban (aquí se empleaba otro localismo que sustituye el verbo contratar por el de ajustar). Este ajuste siempre contaba con la participación de al menos uno de los dueños, que velaba por el buen funcionamiento de la trilladora y se encargaba de su mantenimiento. Como siempre fue Lauro, mi padre, quien se encargaba de ella, en Madrona se la conoció como la máquina de Lauro. Casi todos los del pueblo trillaron con ella y, debido a esta incorporación, redujeron considerablemente los usos de la era en tiempo y espacio. Todos sus mecanismos se accionaban mediante la polea de un tractor, al principio un Lanz, uno de los primeros y más elemental de los tractores, y, a través de un grueso tubo de chapa orientable y graduable, expulsaba la paja a gran distancia y altura, preparando unos pajeros descomunales. Cada labrador se llevaba la paja que quería a su casa y al final del verano siempre sobraba en gran cantidad. Para la salida del grano limpio la máquina tenía en su parte delantera, bajo la cinta elevadora, dos toberas a las que se acoplaban directamente los sacos. Para las granzas, otras tantas salidas en los costados.

Este es exactamente el modelo que llegó a Madrona, con elevador de mesa.
El tubo, como es lógico, se giraba para orientarlo justo al contrario, para lanzar la paja fuera de la zona de operaciones.


La máquina funcionaba a la perfección tan sólo con el mantenimiento diario de los engrases y los aprietes de ciertas tuercas, tendentes a aflojarse por las continuas y fuertes vibraciones de sus mecanismos.

A este modelo le falta la mesa o banco de alimentación y el tubo es un añadido posterior.


La llegada de esta máquina nos dejó a los más pequeños sin parte del atractivo de la era, consistente en montarte en los trillos, en las canizas, jugar con los ejes y ruedas de las limpiadoras o con los carretillos, todo ello para causar enredos, por supuesto. También, en esas noches de agosto con sus aromas propios de los cereales y el prado, utilizábamos las eras para jugar al escondite con las chicas, subirnos a las hacinas (a las que aquí nombramos como cinas) o intentar escalar el pajero más grande, entre otros.

También hay un apartado para los sabores y los olores, imborrables en la memoria por cuanto se grabaron cuando aún sobraba sitio. Las fiambreras con tajadas de la olla: longaniza, lomo y torreznos; con tortilla de patatas, con pimientos verdes fritos… todo ello comido no con apetito, que esto es algo más moderno, sino con hambre natural, se degustaban como en manjares que después se convertían en energía. En cuanto a los olores, la era desprendía olores propios que venían de la frescura del prado, de las mieses quebradas, del polvo que soltaba el grano, de los bálagos de centeno mojados, de la paja… Muchos de estos olores transcendían la era y se extendían hasta las calles del pueblo en estos meses de verano.

 

Reproducciones de utillaje para la actividad agraria. Obra del artesano D. Julián Maroto de Nicolás.

La siguiente tarea era la de llevar todo el grano y la paja a casa. En Madrona siempre ha habido muchas casas pequeñas, lo que suponía tener que subirlo todo a los sobrados. Los sacos a hombros por escaleras tortuosas hasta las trojes y la paja lanzándola con los garios desde el mismo carro hacia el bocín del pajar. Trabajos y más trabajos que culminaban llegada la tercera semana de septiembre, y de ahí que la función del pueblo, la fiesta mayor en honor al Sto. Cristo de la Salud, se celebrara en la semana del 20 en adelante. Era la agricultura y sus tareas lo que marcaban los ciclos de actividad y el devenir de la población.


Para esa fecha la era quedaba despejada y barrida y más pronto que tarde se presentaba la semencera.


En el acontecer de las eras sólo había dos causas con fuerza suficiente para detener las faenas: una de fuerza mayor, como son las tormentas, vendavales o lluvias. La otra eran las corridas de toros que daban por la tele. Televisores pequeños, de pantallas curvas, en blanco y negro, bastaban para, si daban una corrida de toros, convocar a todo el pueblo. Los mayores abandonaban las eras, acudían al bar, porque sólo los bares, junto con tres o cuatro familias, tenían televisor. Se sentaban formando filas en una silla al revés, con el respaldo en el pecho para apoyar los brazos, y ahí comenzaba un tiempo de comentarios, cigarrillos y porfías sobre lances de El Litri, El Cordobés, el Viti… con un botellín de Mahou en la mano. El bar se quedaba prácticamente a oscuras, para evitar moscas y ver mejor las imágenes y en la atmósfera del pequeño recinto se mezclaban los olores del trabajo con los humos de los cigarrillos (caldo... Ideales rehechos, y Celtas mayoritariamente y sin filtros) y también con los eructos de cerveza. No eran tiempos para quejas por estas cosas tan accesorias y naturales… Cuando terminaba la corrida, había que poner un poco de orden en aquel caos: se abrían puertas y ventanas de par en par para renovar el aire, para que entrara la luz, para recoger la botellería menuda, para barrer el suelo de colillas, cáscaras de pipas, de cacahuetes (alcagüeses…), huesos de aceitunas…. Aún quedaba una franja horaria de claridad.

Carros de mulas. Restauración y reproducción, obra de D. Julián Maroto de Nicolás.

A esta máquina trilladora la sucedieron diversos artilugios, bien autónomos, bien ayudados por el tractor, aunque siempre imperfectos y problemáticos porque se les atragantaban las tareas, hasta la llegada de la cosechadora, que acabó de un plumazo y definitivamente con esa maquinaria intermedia y también con este ciclo agrario. Como todos sabemos, esta mecanización tuvo como consecuencia principal, la de la migración de familias de agricultores hacia las ciudades; migración que se puede calificar de éxodo por cuanto en estos años ascendió a su escala más alta.

 

Carro de vacas o bueyes. De Julián Maroto de Nicolás.

Para que cada cual se haga una idea numérica de este fenómeno, consta en la documentación consultada que al menos desde 1850 hasta 1950, había en Madrona entre 85 y 95 familias que vivían de la agricultura (labradores, ganaderos, hortelanos....); actividad que pasaba de padres a hijos con total naturalidad. Hoy, cuando escribo estas líneas, octubre de 2018, no llegan a 6 las familias que viven exclusivamente de la actividad agraria.


Utilización de los espacios en las eras


El reparto de eras para los agricultores se hacía mediante sorteo público e igual, aunque después hubiera intercambios entre particulares por conveniencias propias, y se extendían hasta El Plantío por el Oeste y hasta El Picón de Paco por el Este. A eras se destinaban las mismas superficies que llevan ese nombre, y también parte de los prados de la Dehesa Boyal. Jurídicamente, las primeras están clasificadas y registradas como Bienes de Propios mientras que las integradas en la Dehesa, lo están como Bienes del Común de Vecinos. A éstas pertenecen las de los prados de La Mancha, El Plantío y los que están en las márgenes del río Frío (Prado al camino del río Frío). Esta diferenciación jurídica contiene una enorme importancia por cuanto los bienes de propios son de disponibilidad de los vecinos, destinados secularmente a sus necesidades y respetados en su disponibilidad y uso, pero son gobernados por la municipalidad, mientas que la competencia para el gobierno y disposición de los del común de vecinos la ostentan los propios vecinos a través de sus juntas y hermandades. Esto es algo que se explica y documenta en varios apartados de esta misma web.


Hoy algunas eras se han reconvertido en parques, como las Eras del Mercado y las del margen de río Frío. Otras se han absorbido para distintos usos, como las de La Mancha, en las que se ha construido un velódromo y unas pistas de tenis, pero la característica principal del devenir de estos cambios es siempre la misma: los vecinos no deciden nada, ni votan, ni se les consulta sobre este particular. Muchas de las acciones sobre estos bienes se perpetran en fraude de ley, pero nuestra población no tiene o no encuentra los recursos para cambiar esta forma dictatorial y dañina de hacer las cosas. Bastaría con la implantación de unos procedimientos participativos y acordes con la legalidad.

Fotografía obtenida de internet cuyo autor es Michael O´Cleary. Se tomó en el año 1967. Creo que es La Mancha desde La Pista y al fondo aparece un gran pajero que con toda probabilidad es uno de los que formaba la trilladora mencionada.

Más datos de la imagen en: https://collections.artsmia.org/art/28065/madrona-a-village-near-segovia-spain-michael-ocleary

Fernando A. C. octubre 2018.

 

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