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Crónicas informales

De cómo la igualdad transciende al hornazo

Hablábamos en la anterior crónica sobre el hornazo de sus características generales vistas un poco a vuelo de pájaro, pero una observación más detenida y sosegada, más investigación que dirían los que se mueven en el fango de las apariencias, ha aportado unas conclusiones que, si bien no son sorprendentes, si merecen la pena ser comentadas por su novedad.

Decía que a esta tradición de pascua se habían adherido las nuevas hornadas, gentes de relación o procedencia madronera pero con residencia fuera del pueblo que se unen a las pandas aborígenes, uy es aquí donde se han alterado ciertos presupuestos, el norte y el sur, precisas formas de hacer las cosas transmitidas a través de generaciones y que parecían que estaban ahí de por vida. Bien, pues estos pipiolillos que ahora se incorporan a eta costumbre y que pertenecen ya al mundo del escaparate y el catálogo, la edad del pavo creo que la llaman o por ahí le anda, navegan, señores, de por libre, van de independientes, aunque bien se les nota en la cara que es porque no encuentran otro remedio, tal vez como resultado de una emancipación y liberación femenina con visos de imparable, potente e incontenida que no respeta las más elementales normas de confección de un hornazo auténtico. No se respetan los roles, que diría el sociólogo.

Antes, o sea, hace poco, cada chica de la pandilla aportaba hornazo para dos: para ella y para otro gañán, a falta de novio otro cualesquiera. Los chicos no levaban comida; los chicos ponían las bebidas, vino, cubateo... el balón y negociaban con las chicas a lo que se debía jugar. Ellas ponían la comida, manteles y otros aperos propios de mesa campestre, y, a cambio, gastaban alguna broma liviana, como la de hacer masticar moñigos rebozados camuflándolos como si fueran trozos de leche frita y cosas así. (Ay, Gaspar, Gamo, cuánto sabes de esto...).

Bueno, pues si te he visto no me acuerdo, se ha acabado el rollo. Ahora es a los chavales, pobres hombres, cada uno con su ajuar, su botellina de refresco, su bolsa... pobrecitos, la que les han enjaretado sin olello ni comello; tienen que andar suplicando a sus madres o abuelas que les hagan el hornazo y éstas, a su vez, les regañan porque, alegan, eso es cosa de las chicas. Las pibas no quieren llevar más que lo suyo, responden. Vaya pibas. De las pibas y ano te puedes fiar en este negocio, como no lleves tu talego, ayunas y punto; porque de donde no hay, mal cabe repartir y tampoco es cosa de robar hornazos, práctica muy extendida en ciertas pandas a las que la naturaleza no les había dado correspondencia femenina por la cosa de las edades.

También tengo entendido que, en la actualidad, las negociaciones sobre la elección de los juegos y el lugar idóneo para la comida son mucho más largas, más difíciles, más rigurosas, porque se preparan incluso haciendo reuniones por separado. Así que les ves a ellos hechos unos chavalotes, que ya hace mucho que comen pan con corteza y toda la pesca y ahora, además del balón, tienen que llevar su propio escabeche, el loro estéreo, las cintas que a ellas les gusta (de música chicle, suelen ser) y a esperar próximas instrucciones. Total nada.

Como por más que cavilo no puedo encontrar las causas de este cambio, he pensado, digo yo, que si est será debido a que ven mucho y bien la tele de sobremesa -me consta-, que es donde se aprende a llevar con éxito grandes operaciones y encumbrados cometidos, donde desaparecen los monopolios más elementales y todo son colores y cambios. Valiendo.

(EAS, lunes 27 de abril de 1987)

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Noticias frescas

El sol ha sido desposeído de su mando. Todo se ha enfriado por arte de voluntades extrañas: las cabezas as almas, personas, animales y objetos. Las noches han sitiado a los días, han encogido la luz natural disponible mientras el aire, puro y duro, contrae los rostros de las escasa figuras que, con pasos distintos, pero en cualquier caso exagerados, se desplazan, o son desplazados, quien sabe, por las calles. Sus destinos son perentorios, rutinarios, archiconocidos; se trata de la mecánica relación de los hombres con los de su especie, con las cosas y, en algunos caos, con los animales o las plantas.

Sin embargo, las plantas dormitan profundamente sus vacaciones; las cosas manifiestan menos vida aun de la que suelen y los animales se aburren sin remedio en sus guaridas a falta de moscas con las que pelear. No entran en el juego de las luces y las sombras, sólo buscan refugios contra el hielo. Las vacas torponas, cabizbajas y taciturnas, realizan robóticamente sus itinerarios hacia los prados donde, como es costumbre en ellas, elaborarán silenciosamente su leche mientras sueltan chorros de vapor al respirar. Ni siquiera transmiten su tedio porque forman parte del paisaje diario y nadie, salvo interesadamente sus dueños, repara en su número, en sus gestos, en sus mugidos, en sus matices.

Los escolares, otrora nota de colorido, bullicio y alegría, van, entran, monotonía de lluvia tras los cristales, regresan a sus casas, deberes, televisión, monotonía de lluvia tras los cristales... Los jóvenes, si es que existen, están dispersos, distintos, distantes; se encuentran, más que viviendo siendo vividos por las cosas, por los otros, por las trampas, por la época, por qué sé yo. No hay gritos, algazaras, polémicas, juegos en las plazas, competiciones, apuestas, porfías, reuniones, charlas, ensayos, tertulias... Los maduros, al menos de edad, están a sus cotidianas tareas sin poder ensanchar un poco más el tiempo de claridad porque los juegos de horas de los relojes no son capaces de quitar noche para poner más día y se muestran tan impotentes en este su terreno correspondiente como los demás.

Los mayores que el invierno aun no se ha llevado, luchan contra él para que no se les lleve y en este empeño van gastando pequeños cupos de sus vidas.

En los bares, abrevaderos tabernícolas, flota una nube de humo tabaquero envuelta en calor de bar y allí las cartas, o los naipes que está mejor dicho, van estableciendo ruletas de combinaciones infinitas y miles de noticias importantísimas a tenos de la expectación, comentarios, iras, gestos, mohines, aspavientos, estupor, reprimendas, opiniones, disgustos, alegrías, recriminaciones, aprobaciones, voces, risas, suspicacias e intenciones varias que suscitan las jugadas. Y mientras en las mesas de juego es donde mayor número de noticias se dan por unidad de tiempo, en la barra las discusiones más enconadas estriban en si, como dice éste, hoy hace verdaderamente más frío que ayer o, como dice aquél, lo cierto es que fue ayer cuando hizo mucho más frío que hoy, dónde va a parar.

Hasta los saludos en esta época se truecan por escuetas frases alusivas a la intensidad del frío, a la maldad intrínseca del tiempo, a la perversidad de la climatología y a los diversos hombres del tiempo y sus múltiples y no siempre coincidentes previsiones, según quién, cuando y dónde sean escuchados.

Son las noticias frescas más añejas de la historia. Toda una lección de originalidad.

En Castilla, nueve meses de invierno y tres de infierno, se dice. Pero no es muy probable que el infierno sea tan aburrido como los meses de invierno y tampoco tan alegre como los tres meses de verano. Habría que revisar y corregir el dicho popular. En cualquier caso, el tiempo se carga con las culpas de todo mal y es la climatología a quien se hace responsable de todo el tedio y de toda la esclerosis social.

No hay color.

(Jueves, 21 de enero de 1988)

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