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Crónicas informales

Ahora que vamos despacio, se levanta la veda

En este mes de octubre se levanta la veda en la mayoría de las provincias hispánicas y con ello llega la liberación de estas tierras, las de Madrona especialmente, usurpadas sin permiso reglamentario alguno por todo género de animalillos y bichejos que sin duda confunden libertad con libertinaje, mientras se apoderan, ocupan y gastan barbechos, selvas, rastrojeras, colinas, prados, ejidos, montes , bosques, sotos, vegas, roquedales, lastras, liegos, oteros, recuestos, herreñales, cuevas y demás, todo ellos sin pagar un duro a Hacienda.

En este sentido son muchos los vecinos de este lugar los que manifiestan sus quejas ante la gravedad que reviste la situación, por cuanto la superabundancia de piezas y ejemplares ha infestado el campo de tal forma que en días de buen tiempo, caminos y veredas se hacen prácticamente intransitables para lugareños y visitantes que deciden pasear por el campo. Efectivamente, este mismo corresponsal pudo comprobar cómo, de qué manera, liebres, conejos, perdices, codornices, tórtolas, palomas, jabalíes, gamos, ciervos, corzos, rebecos, cabras, osos, muflones y todos los titulares del catálogo faunístico ibérico se han apoderado materialmente hasta del más infinito rincón de este término, entorpeciendo no ya sólo el paseo del ahorrador dominguero, sino también las tareas del campo propias de este tiempo, cual son la recogida del girasol y la sementera, entre otras, para las cuales los tractores han despejar previamente la tierra de esta fauna con palas hidráulicas especiales.

La situación había llegado a tal extremo que los agricultores tenían previsto, antes de levantarse la veda, una manifestación contra lo que ellos consideran como invasión faunística y allanamiento de la fuente de su sustento, con premeditación, nocturnidad, diurnidad y alevosía. Y es que aquí, en estas tierras del coto de Madrona, ya no es que abunden los animales antes nombrados, sino que su presencia es tan abrumadora que perturba la sana convivencia del vecindario. Según un centenar de testimonios, son muchos los animales, sobre todo aves, gamos, ciervos, osos rebecos, avutardas, y urogallos, que se acercan a las calles del pueblo, logrando entrar en las casas de los vecinos para ir cogiendo confianza con las familias, con el último propósito de comer la sopa boba, por toda la cara, de bobilis. La estrategia que vienen empleando es la de, en una primera fase, hacerse amigos inseparables de los niños, ser como sus juguetes más queridos, para después hacer de ellos sus valedores ante las protestas de los padres, que ven cómo se incrementa el número de bocas a la hora de las comidas, con los sobregastos que esto origina en las familias, siendo una verdadera carga para las más modestas.

En el capítulo de las aves, éstas tienen confundido al personal. Se ha dado el caso de que en días de verano, a las doce de la mañana, se producía la penumbra por eclipse de voladoras, ya que éstas formaban en el aire una red tan tupida no permitía filtrar los rayos del mismo sol. De otra parte, con la colitis que gastan de por vida, la cuestión de sus evacuaciones personales en vuelo sería cosa de contar por separado. Valga el dato de que para salir de casa había que hacerlo bajo potentes paraguas o bien protegerse con sólidos impermeables invernizos. En fin, un caos.

Por todo ello se espera ávidamente la llegada de cazadores, rambos y escopeteros varios con la ilusión de que realizarán una buena limpieza en estos territorios sin acotar. Uno de ellos, consultado por este periódico a tal efecto, contestaba: "las escopetas son muy efectivas para corregir los desmadres de la Naturaleza, que no se la puede dejar sola porque ya ves las que prepara...".

Se especula, además, con la idea de que, disparando a bala ras, una sola munición fusile a cientos de piezas que seguro se encontrarán en la misma trayectoria del proyectil, lo cual supondrá un notable ahorro de cartuchos y disparos. El incremento de la mano de obra necesaria para recoger las piezas abatidas desinflará las estadísticas del paro obrero y, también según este mismo cazador, se meterá en vereda al equilibrio ecológico de la cosa del campo; habrá orden.

Por lo que respecta a la situación que presenta la fauna acuática de los caudalosos ríos, extensos lagos, amplios canales, lagunas, charcas y arroyos de este mismo término se puede afirmar otro tanto pero, como decía el del chiste, de truchas ya hablaremos.

(EAS, martes, 21 de octubre de 1987)

...árboles para la vida...

Leña al girasol

Las plantaciones de girasoles conocen cada año una plaga peculiar que incide sobre ellos especialmente los fines de semana. Pandas de alevines, y también otros que ya comen pan con corteza desde hace la intemerata, llegan hasta los sembrados mayoritariamente en bici, algunos ya en moto y otros incluso de a peón, toman al asalto la plantación para, con la mejor intención del mundo, apañar un girasol que sirva de entretenimiento personal. La extracción de las pipas de sus celdillas y su posterior y rápida ingestión, con escupitajo de cáscaras, vainas o mondas incluido, a la vera de un camino, a la rivera de un río o en cualquier otro lugar a cobijo, escogido al buen tuntún, es una ocupación singular y placentera donde las haya, un deporte nacional de mandíbula batiente y con costes igual a cero.

Las tierras de girasoles hacen crecer a miles de ellos y estos antojos no serían de destacar si no fuera por una particularidad que ya es una cuestión de modales, de saber estar. Cuando se va a zarzamoras, por ejemplo, cada cual va cogiendo las más maduras y se las zampan en el acto, casi a voleo. El avistamiento posterior de un ejemplar más grande, que llama irremediablemente la atención, no hace que se desprecie la anterior, que va al gañote directamente, dejando paso libre a la mayor que está en camino, con lo cual no se desperdicia nada y todo queda en casa. Pero en la caza del girasol, por ley natural, no ocurre otro tanto (no puede uno vendimiarse girasoles cual picotas, cual aceitunas) y estos chaveas se agencian un girasol pero, en viendo otro mayor, descartan el guillotinado, lo arrojan al suelo y así sucesivamente hasta que encuentran el de su agrado. Cuando llega el agricultor a la tierra se encuentra con una escabechina, y unas desparrameras de bigote, todo lo cual le lleva a profundas meditaciones acerca de las familias de los rapazuelos en cuestión. Y con toda la razón del mundo. Algunos piensan que lo que se cría en el campo es de libre disposición y todo ello debido a una educación elemental muy defectuosa, muy mísera, muy sensible al bandidaje y a la destrucción. Y claro, como tantas y tantas veces, lo tienen que pagar quienes tienen el sueldo a la intemperie.

...árboles para la vida...